Bald man seated at a cluttered table with a fly on his head
Creación

Jimmy y el jefe

Un capo que solo sabe preguntar, un matón harto de responder y una silla rota junto al río. Un relato de José Manuel Ferrández Verdú, hecho de diálogo seco y humor negro.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Lance y Clev eran duros en los negocios y no les gustaba perder el tiempo ni andarse con tonterías a la hora de hacer algo. En los depósitos había varios tipos sentados hablando de sus asuntos y cuando llegaron se callaron como putas. Sobre la calva de uno de ellos se posó una mosca.

Luego ellos fueron con el cuento a uno de los muchachos.

—He visto una mosca sobre la calva —dijo Clev.

—Imposible.

—Te lo juro, la he visto esta mañana.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que no nos preocupemos, que la cosa se va a arreglar.

—Eso es que sabe algo. ¿Ha estado allí?

—No me extrañaría.

Al otro día los llamaron para que fueran al almacén. Allí estaba el jefe y a su lado su mastodonte Jimmy.

—¿Se puede saber qué andáis haciendo últimamente? Dice Jimmy que no se os ve el pelo.

—Haciendo cosas.

—¿Has oído eso, Jimmy? Dicen que han estado haciendo cosas.

—Sí, jefe, lo he oído perfectamente.

—Y ¿qué opinas de eso?

—Que no sé qué clase de cosas han estado haciendo —dijo Jimmy.

—Eso es cosa nuestra —dijo Clev—. Pero por ahí alguien anda diciendo que la cosa puede arreglarse.

—¿Que la cosa puede arreglarse? ¿Es verdad que puede arreglarse? ¿Qué te parece eso, Jimmy?

—Me parece que estos son unos chicos listos.

—Así es, ¿pasa algo? —dijo Clev.

—¿Que si pasa algo? Pero Jimmy, ¿qué es lo que les pasa a estos?

—No lo sé, jefe.

—Nosotros no nos hemos inventado nada.

—Oye, Jimmy, ¿tenemos moscas?

—No, jefe, estamos limpios.

—¿Habéis oído a Jimmy, o es que no os fiáis de él?

—Jimmy puede decir lo que quiera, pero nosotros hemos oído lo que se dice por ahí.

Había por allí unos gusanos.

—¿Qué hacen estos gusanos aquí? Nadie nos ha hablado de gusanos —dijo Clev.

—¿Has oído eso, Jimmy? A estos muchachos nadie les ha hablado de gusanos. ¿Cómo ves tú eso, Jimmy?

—No lo veo bien, jefe.

—¿Oís lo que dice Jimmy? A él no le gusta que digáis esas tonterías.

—Bueno, puede que Jimmy no tenga buen gusto.

—¿Has oído, Jimmy? Dicen que no tienes buen gusto. ¿Qué opinas de eso, Jimmy?

—Que estos chicos no son muy listos.

—¿Habéis escuchado a Jimmy? Dice que no sois muy listos. ¿Qué dices a eso, Clev?

—Puede que Jimmy no esté bien informado. Seguramente no habla mucho con los muchachos ni con las moscas.

—¿Qué te parece lo que dicen, Jimmy? ¿Hablas poco con las moscas?

—Yo no hablo con moscas, jefe, eso es de idiotas.

—Caramba con Jimmy, resulta que no habla con moscas. ¿Qué os parece, muchachos?

—Eso es solo asunto de Jimmy. Si no quiere hablar con moscas, allá él. Pero lo de los gusanos no nos gusta. Creemos que te has pasado de la raya.

—¿Has oído lo que dicen, Jimmy? ¿Tú también crees que me he pasado de la raya con los gusanos?

—No, jefe, has estado estupendo.

—¿Oís lo que dice Jimmy, chicos, que he estado estupendo con lo de los gusanos? ¿Qué os parece?

—¿Es que todo se lo vas a preguntar a Jimmy?

—¿Has oído eso, Jimmy, que si todo te lo voy a preguntar a ti?

—Sí, jefe, lo he oído.

—¿Y qué te parece eso, Jimmy?

—Que se están pasando de listos, jefe.

—¿Habéis escuchado a Jimmy? ¿Es verdad que os estáis pasando de listos, muchachos?

—Mira, Brock, eres un gordo asqueroso y los gusanos te los puedes meter por tu culo seboso.

—Joder, Jimmy, ¿pero tú habías oído alguna vez una cosa así?

—No, jefe, nunca.

—¿Qué crees que debería hacer yo ahora, Jimmy?

—Haz lo que te salga de los cojones, jefe, ya me tienes hasta el gorro.

—¿Cómo dices? Pero bueno, Clev, ¿tú has escuchado lo que ha dicho Jimmy?

—Claro, jefe, lo he escuchado perfectamente.

—¿Y qué opinas?

—Que Jimmy está hasta el gorro, jefe, de que le preguntes todo a él. ¿Por qué no tienes más agallas y me lo preguntas a mí?

—¿A ti? ¿Pero tú has oído lo que dice este chico listo, Jimmy?

—Sí, jefe, lo estoy viendo y oyendo desde hace rato.

—¿Y qué opinas tú? Dímelo, Jimmy, que para eso te pago.

—Yo pienso que puede que tengan razón.

—No te pago para que pienses, solo te he pedido tu opinión, Jimmy. ¿Estás de acuerdo conmigo, Jimmy? ¿Quién es aquí el que paga?

—Tú, jefe.

—¿Habéis oído, chicos, Clev y Lance? ¿Qué os parece?

—Oye, jefe, ¿podemos pasar a otra cosa?

—¿A otra cosa? ¿Es eso lo que ha dicho, Jimmy?

—Sí, jefe, creo que ha dicho eso.

—¿Y qué cosa puede ser esa otra cosa, Jimmy?

—Ni zorra idea, jefe, yo solo sé que el que paga eres tú.

—Excelente, Jimmy, ahora veo que lo has entendido.

—Claro, jefe.

—¿Sabes una cosa, Jimmy? Creo que deberías ir al río.

—¿Qué quieres que haga en el río?

—Llévate a Pat y pasáis un rato juntos. Creo que le vendrá bien.

Henry salió de casa con la idea de hacer algo por ahí y fue andando hasta la orilla del río. Miraba el agua y se puso a hacer fuerza como un desesperado de la vida hasta tal punto que se escuchó un ruido descomunal. Una pareja que estaba sentada por allí miró hacia donde estaba Henry.

—¡Eh! Tú, imbécil. ¿Qué está pasando ahí? Parece que estás haciendo mucho ruido —dijo Jimmy.

—No os preocupéis, no ha sido nada, solo he sufrido un ataque de fuerza y se me ha ido de las manos.

—Espero que no hayas roto nada importante.

—Aquí no se ve nada que merezca la pena.

Había por allí tirada una silla rota junto a otras cosas abandonadas. Jimmy se levantó y se dirigió hacia Henry.

—¿Qué le ha pasado a esa silla?

—No tengo ni idea.

—Eso ya lo veremos. —Jimmy sacó su móvil y llamó a los muchachos diciendo que había un mamón junto al río y no paraba de hacer ruidos y de romper sillas. Pero Henry no tenía ganas de líos y le dijo a Jimmy que tenía muchas cosas que hacer.

—Será mejor que me vaya. Tengo cosas importantes que hacer.

—De modo que ahora tienes mucho trabajo. No es suficiente con lo que has hecho aquí y quieres echarme a mí el muerto…

—No hay ningún muerto, que yo sepa.

—Pues de aquí no se va nadie. Oye, Pat, ven aquí, que este viejo quiere largarse como si no hubiera pasado nada.

La joven se había quedado sentada observando a los otros dos. Se levantó y se acercó hasta Jimmy y Henry.

—¿Qué quieres, Jimmy?

—¿Es que no ves lo que pasa?

—¿Qué es lo que pasa?

—Este pringao se dedica a romper todo lo que hay aquí y ahora dice que tiene cosas que hacer.

—Oiga, yo no he roto nada, ya se lo he dicho.

—¿Ah, no? Entonces, ese ruido que se ha escuchado hasta en la casa de mi tía en Alaska, ¿qué ha sido?

—No lo sé.

—Por eso he tenido que llamar a los muchachos. Esto tiene que aclararse. Todo este estropicio que hay aquí no se ha hecho solo. Y qué casualidad que…

—Pero todo esto son trastos viejos, solo basura.

—De modo que basura, ¿eh? ¿Qué te parece a ti eso, Pat?

—¿Qué quieres que te diga? Tú eres aquí el segundo del jefe, será mejor que lo llames y se lo preguntes tú mismo.

—Ya he llamado a los muchachos.

—¿Y qué te han dicho?

—Que ya vienen.

Al cabo de un cuarto de hora aparecieron Clev y Lance y se acercaron andando desde el coche. Miraron a Jimmy y a Henry. Luego miraron a Pat.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —dijo Lance.

—Eso pregúntaselo al troglodita este. Nosotros estábamos sentados mirando al río y al viejo no se le ocurre otra cosa que armar un escándalo de cojones y ponerse a romper todo lo que pilla. Mira cómo ha quedado esa silla.

—¿De quién es esa silla? —preguntó Lance.

—¿Y eso qué importa? ¿Es que a ti también te gustan las sillas rotas?

—Será mejor que nos tranquilicemos todos un poco. La cosa no es como para tirarse por un barranco —dijo Henry.

Al oír aquello, Jimmy se lanzó contra Henry con toda su masa de hipopótamo, pero el viejo se hizo a un lado con agilidad y Jimmy fue a parar al río, donde cayó y se puso a bracear como si se estuviera ahogando. Todos se acercaron a verlo. El río era profundo allí y Jimmy no sabía nadar. Pero ninguno se atrevía a lanzarse para salvarlo, porque entonces lo arrastraría hasta el fondo con él irremediablemente. Intentaron lanzarle un palo o alguna madera de las que había por allí. Luego Henry le lanzó la silla rota, que era una pieza maciza. Jimmy se agarró a ella y, con una cuerda que encontraron y le lanzaron, pudieron acercarlo hasta la orilla, donde al final pudo salir sin ahogarse.

A partir de aquel día, Jimmy y Henry salían todos los domingos a buscar sillas abandonadas para romperlas y se llevaban una botella de vodka y otra de tequila para amenizar la faena.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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