/ por Francisco López Porcal /
La novela Nada, de Carmen Laforet, galardonada con el Premio Nadal de 1944, constituyó sin duda la consagración de una desconocida escritora de veintitrés años. Fue un acto de valentía en la difícil posguerra para una mujer inconformista y adelantada a su tiempo. Laforet poseía una libertad creativa que asombró a críticos y lectores por su capacidad de dotar al espacio urbano de una notable fuerza expresiva, interrelacionada con unos personajes atenazados por la miseria moral y material de la sociedad barcelonesa del momento. El paso de los años ha demostrado el acierto de aquel galardón. Nada tiene hoy, en el siglo XXI, un encanto especial para el buen lector y se mantiene como una obra indispensable de la historia de la literatura española.
Las impresiones y vivencias del personaje de Andrea en Nada encuentran una correspondencia sensible en el universo de Martín Soto y de sus amigos vecinos de la familia Corsi, Carlos y Anita, protagonistas de La insolación (1963), primer volumen de la trilogía Tres pasos fuera del tiempo. Los calurosos veranos ocupan un lugar central en las vacaciones de Martín, que transcurren en la casa de su padre, Eugenio, en Beniteca, un pueblo imaginario de Murcia de un blanco hiriente por las mañanas y envuelto por una calina azul y rosácea por las tardes, cuando «el leve rumor de papel arrugado venía del mar. Y todo bajo aquella luz de luna cálida, casi tan fuerte y más embriagante que la luz del sol».
Como sucede en la Barcelona de Nada, la Beniteca murciana no es un decorado, sino un conjunto de múltiples imágenes y atmósferas captadas por el joven Martín y otras apuntadas por la omnisciencia del narrador. Allí están las andanzas con sus amigos, los baños en la playa, el jardín de sus casas y el sol que en las vallas «refulgía en los pequeños vidrios hiriendo las pupilas como cuchillos», sin olvidar la fragancia de los pinos cercanos, escondite para sus confidencias acompañados por el ensordecedor concierto de las cigarras. A ese espacio sensorial se incorpora el costumbrismo de la vida social, sus tabernas, el café del Casino, una galería de tipos singulares que animan el paisaje humano del pueblo.
Pero es la luz deslumbrante de aquellas latitudes, la fuerza del astro rey, la que domina los espacios e influye en el desarrollo del relato. El paisaje parece abrasarse bajo una claridad que deforma las distancias y altera la percepción: «Era como viajar al centro del sol», desde el incendio blanco y cegador del mediodía hasta «los pedregales de color violeta, de color ocre con los lejanos montes del fondo. La luz comiendo el reflejo de algunos caseríos, palmeras. Todo resultaba en un primer plano sin perspectiva en la tarde. Todo herido por la mordedura de la luz de verano». Es el triunfo del impresionismo, el que fagocita las sensaciones propias de un espacio sensorial de especial cromatismo y olores que deslumbran en un paisaje de belleza sofocante. La luz, siempre la luz, que moldea y explica la libertad de unos desinhibidos adolescentes en sus correrías, encerrados en un paraíso tan luminoso como estrecho:
Anita salió en aquel momento a la explanada con su chaqueta azul sobre el traje blanco. La seguía Frufrú con la bandeja de la merienda. La luz de la tarde tenía una belleza acaramelada. Era una luz tranquila, llena de verdes y de rosas claros con pequeñas nubes como islas incendiadas.
En La insolación, Laforet contrapone dos espacios interiores que expresan realidades afectivas opuestas. Por un lado, la casa de los abuelos de Martín en Alicante evoca la oscuridad del hambre y las penurias, aunque también la preocupación y los cuidados hacia el nieto; por otro, la vivienda de su padre, Eugenio, y de Adela, su madrastra, que aparece dominada por una amenaza vaga, pero terrible. Aislado en su alcoba, resentido y triste, Martín aguarda una señal: la llegada de sus amigos que lo rescatarán momentáneamente de aquel encierro para disfrutar del refrescante baño matutino en la solitaria playa de Beniteca:
Por la puerta entraba una lengua de sol blanca e hirviente que se mezclaba al ambiente coloreado. Las chicharras cantaban dentro de la cabeza de Martín. Su cuerpo humedecido por el sudor olía vagamente a peces recién cogidos en la red. Tenía un brazo bajo su nariz y respiraba aquel olor.
En aquel momento se oyó un largo y claro silbido. Una pausa y otro silbido más.
Dando saltos —se quemaba los pies descalzos en los ladrillos— corrió Martín hasta aquel borde de la azotea, junto al poste de la luz. Ellos estaban allí abajo, en un claro entre los árboles de la finca del inglés, y le hacían señas con los brazos.
El tiempo del relato, marcado por la posguerra española y las huellas de la guerra civil, constituye una clave para entender el comportamiento de los personajes, aunque el contexto histórico aparece principalmente como telón de fondo de sus diálogos y observaciones. Bajo la luminosidad del verano persiste una sociedad de valores anquilosados, dominada por la estrechez moral, los prejuicios y una vacuidad que Laforet retrata con su mirada crítica. Son «maniquíes sin alma, con sus bocas pintadas y sus monótonas conversaciones».
A esa mediocridad ambiental se suman el hambre, que amenaza el desarrollo de un Martín larguirucho y flaco, las distintas formas de represión sexual, la del médico del pueblo, don Clemente, hacia Anita, así como la represión de los afectos de una masculinidad rígida y mal entendida: «Eugenio, que no quería que su hijo le besase, porque los besos le parecían poco viriles». Y está, finalmente, la represión política, que la voz omnisciente introduce sin estridencias: «Hay chicos a los que los rojos les mataron sus padres, y hay chicos que tienen a sus padres en la cárcel o que quedaron huérfanos después de la victoria de los nacionales», y también el encierro en la torre de la casa de los Corsi del huido Damián, el novio de Carmen, la criada,, por miedo a represalias políticas, ese miedo que se prolonga más allá de la contienda.
Sin embargo, por encima de estas circunstancias históricas y sociales, destaca la sensación de vacío que impera entre los tres amigos. La banalidad de Martín, de Carlos y de su hermana Anita guarda un paralelismo con la de los jóvenes de El Jarama, la novela que Sánchez Ferlosio publicó unos años antes de La insolación. Ambas obras coinciden en la aparente despreocupación juvenil que deja entrever la inquietante falta de horizontes. Martín llega a reprocharles esa indiferencia: «¿Qué os importa a vosotros en esta vida? ¿Os importa lo que pasa en el mundo? ¿Os importa el arte? No os importa nada».
La soledad del protagonista, marcada por la temprana muerte de su madre, se agrava con la relación rígida y tosca que mantiene con su padre, militar destinado en la cercana batería de artilleros. Pero es sobre todo la hostilidad humillante de su madrastra —un rasgo que remite a la experiencia autobiográfica de la autora— lo que empuja al muchacho a buscar refugio y distracción entre sus vecinos, los hermanos Corsi, que viven al cuidado de Frufrú, una mujer lunática y extravagante. Mientras tanto, el padre de los adolescentes, infantiles, caprichosos y arrogantes, trabaja como viajante entre Madrid y Lisboa. En aquel entorno, Martín encuentra una libertad provisional, aunque no exenta de contradicciones.
El verano transcurre en aquella playa murciana entre risas y chapoteos en el agua templada. Todo parece animado por una sensación de plenitud de vida, brillante de día, brillante de noche. Sin embargo, esa felicidad tiene algo de espejismo, una clausura ajena a cuanto sucede fuera de él. En ese pequeño paraíso, Martín descubre que la felicidad «es el resultado de una serie de concesiones entre los que se quieren». Así, la suavidad del crepúsculo favorece la intimidad entre los dos muchachos. Carlos rodea con el brazo los hombros de Martín sin advertir la oscura emoción de este. El narrador omnisciente, aun sin ocultar las limitaciones del protagonista, revela la intensidad de su admiración por Carlos. Una atracción mutua materializada en las sigilosas visitas nocturnas de Carlos a la cama de Martín: «Carlos bostezó ruidosamente, pero Martín no despertó. Se desvistió, quedando desnudo por completo». Ninguno de los compañeros del instituto con quienes podía conversar de cosas interesantes había despertado en Martín una fascinación comparable a la que ejercía la belleza del efebo Carlos Corsi.
El término clausura remite en primer lugar a la idea de cerramiento. Pero como señala el profesor Jean Weisgerber, la reclusión «n’empêche ni d’entrer ni de sortir, elle s’ouvre ou se franchit aisément». De ahí que la clausura se convierta en imperfecta cuando adquiere su máxima representación en espacios abiertos, en parajes de montaña, en espesos bosques, que, pese a su amplitud, confinan al individuo dentro de su propio universo emocional. Tal es el caso de Martín, confinado sin advertirlo en una libertad engañosa.
Desde una perspectiva próxima al psicoanálisis, Gaston Bachelard recuerda que «las pasiones se incuban y hierven en la soledad. Encerrado en su soledad el ser apasionado prepara sus explosiones o sus proezas». La cita ilumina uno de los resortes fundamentales de la novela. La insolación, la atmósfera opresiva de la rancia familia, la blanca neblina del calor y la ebullición de sus propias emociones van tejiendo alrededor de Martín una tensión creciente y peligrosa. Bajo la placidez del verano, Martín se enfrentará a la necesidad de crecer, desprenderse de sus ilusiones y buscar otros horizontes, lejos del encanto de Beniteca y de la nociva influencia de sus amigos estivales.
Carmen Laforet alcanza en La insolación otra cima literaria a la altura de su extraordinaria narrativa. Su sensibilidad convierte la luz, el calor y el paisaje en elementos decisivos en la construcción psicológica de los personajes. Si Nada nos descubre una Barcelona claustrofóbica y sombría, La insolación nos atrapa en la luminosidad abrasadora de un verano mediterráneo. Dos universos distintos unidos por la maestría de Laforet para descubrir que, bajo la superficie de los espacios y sus objetos, yace la compleja autenticidad de la condición humana.

Francisco López Porcal (Mislata, Valencia, 1957) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Valencia (1998) y doctor por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia (2014), con una investigación acerca de la noción de imaginarios en el espacio ciudadano y sus conexiones con el discurso ficcional de la novela. Colaborador habitual en prensa diaria y en publicaciones especializadas, como Revista de Letras, La Vanguardia.com y Makma, revista de artes visuales y cultura contemporánea. Ha colaborado en libros como Santos Juanes: diversas publicaciones sobre esta Real Parroquia (2002) y 101 relatos de la publicidad antigua (2018). También es autor de los ensayos La Valencia literaria desde el espacio narrativo (2018) y El estanque de ámbar: escenarios, libros, debates, aproximaciones (2023) y las novelas Atrapados en el umbral (2019) y Una sonata lluviosa (2025).
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