Medieval stone fortress beside a misty river and mountain valley
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La última paga

En el Nórico del siglo V, Roma no cae: sencillamente deja de pagar. Manuel J. Moya Araujo relee la 'Vida de san Severino', una hagiografía en la que se borran las fronteras entre romanos y bárbaros y entre vivos y muertos, y un santo enseña qué puede salvarse del naufragio.

/ un artículo de Manuel J. Moya Araujo /

He terminado de leer la Vida de san Severino y mi impresión es difícil de separar de la atmósfera que impregna toda la obra. Más que una simple sucesión de milagros, el libro parece desarrollarse en un mundo donde las fronteras de la realidad se han vuelto porosas. En primer lugar, la frontera en su sentido más inmediato: el Danubio ya no separa verdaderamente el territorio romano de aquello que lo amenaza; los bárbaros lo cruzan, aparecen de noche, se esconden en los bosques, capturan a quienes trabajan fuera de las murallas y desaparecen. Pero también se han vuelto porosos los límites entre lo visible y lo invisible, entre la naturaleza y el prodigio, entre los vivos y los muertos. En el Nórico de Severino, las velas revelan culpas que nadie ha confesado; los muertos no quieren volver a la vida; los animales guían a los viajeros perdidos y los reyes tiemblan ante un hombre desarmado. La proximidad de Dios no consuela solamente: también acusa y despoja a las cosas de la apariencia bajo la que los hombres tratamos de protegernos. Severino ve demasiado, oye demasiado y sabe demasiado; a su alrededor, lo secreto deja de serlo. Su santidad no tiene nada de apacible: es inquietante y extraña, como el mundo que lo rodea.

La escena que mejor concentra esa inquietud es quizá la resurrección del presbítero Silvino. Severino hace salir a todos de la iglesia, descubre a una virgen que se había escondido para contemplar el prodigio y, después de expulsarla, llama al muerto. Silvino abre los ojos, pero, cuando se le pregunta si desea continuar en esta vida, suplica que no lo retengan ni lo priven de la paz que ya ha alcanzado. Severino vuelve a orar y el cuerpo queda otra vez inmóvil; los testigos deben jurar que guardarán silencio. Todo en la escena resulta inquietante: la iglesia cerrada, la virgen cotilla sorprendida en la penumbra, el cadáver que habla, el juramento. No es una resurrección jubilosa, destinada a devolver un hijo a su madre o un hermano a su familia, sino un prodigio casi clandestino. Durante unos instantes se entreabre una puerta entre ambos mundos y quien se encontraba al otro lado pide que vuelvan a cerrarla. La resurrección, que debería afirmar de la manera más rotunda el valor de la vida, permite aquí que el muerto la juzgue desde fuera y rechace el regreso.

A partir de ahí, el trasfondo histórico deja de parecer un escenario añadido y empieza a formar parte de la misma atmósfera. La razón de Silvino para rechazar la resurrección es teológica: ha conocido una paz superior. Pero cuesta no escuchar también una resonancia histórica involuntaria. ¿A qué mundo habría de volver Silvino? A uno de ciudades sitiadas, cautivos, sacerdotes ahorcados, fortalezas abandonadas y poblaciones que viven pendientes de un enemigo escondido en los bosques. Para volver a este mundo de incursiones, cautiverios, ciudades amenazadas y un orden romano que se deshace, parece decir, casi mejor quedarse en el otro. Lo cierto es que los milagros de Severino salvan cosechas, multiplican el aceite, liberan prisioneros y evitan ataques, pero no pueden restaurar ese hiperobjeto histórico (el orden romano) dentro del cual esas desgracias deberían haber sido excepcionales. Una ciudad se salva hoy para ser evacuada mañana; después de vencer a los alamanes, los habitantes de Batavis creen haber recuperado su hogar, y Severino les explica que solo han ganado el tiempo necesario para abandonarlo. En el Nórico del siglo V, la providencia no recompone la normalidad: enseña a vivir cuando la normalidad ya no existe. En este sentido, Severino no es más que un pequeño bote; una pequeña luz en la oscuridad de un naufragio general.

Es entonces cuando la caída de Roma adquiere en el libro una profundidad casi espiritual. En uno de los relatos más conocidos, Eugipio recuerda que, mientras subsistía el Imperio, los soldados de las ciudades eran mantenidos con fondos públicos para defender el limes; pero que, cuando durante el tiempo de Severino dejó de llegar la paga, desaparecieron las unidades y, con ellas, la propia frontera: Qua consuetudine desinente simul militares turmae sunt deletae cum limite. Algunos hombres de cierto contingente que había subsistido en Batavis partieron entonces hacia Italia para llevar a sus compañeros la última paga —ex quo perrexerant quidam ad Italiam extremum stipendium commilitonibus allaturi— y son asesinados en el camino. Es un relato breve, pero esclarecedor, sobre la desaparición de la autoridad imperial en el limes. La autoridad de Roma no desaparece mediante la deposición de un emperador, sino a través de un hecho administrativamente elemental, casi banal: deja de llegar la nómina. Las murallas siguen en pie, los soldados conservan sus armas y las ciudades todavía tienen habitantes, pero aquello que daba sentido al conjunto se ha retirado. También aquí la apariencia ha dejado de coincidir con la verdad: hay fortalezas que continúan habitadas después de haber muerto como instituciones.

Severino habita precisamente esa discordancia. Vive entre la ciudad y el desierto, entre romanos y bárbaros, entre lo visible y lo oculto, entre la vida y la muerte. No funda un orden nuevo ni intenta restaurar el antiguo. Sabe qué debe abandonarse y qué puede salvarse todavía del derrumbe: no las murallas, sino las personas. Por eso el final resulta tan perfecto. Cuando todo lo que parecía sólido —el limes, las guarniciones, las ciudades, incluso el reino rugio— se ha descompuesto, el cuerpo del santo, que debería ser lo más perecedero, aparece incorrupto y desprende olor de santidad. Los monjes no pueden llevarse el Nórico de Severino, pero se llevan el cadáver, el culto y la memoria de Severino de Nórico.

Y así, la obra que comenzaba todavía entre tribunos, fondos públicos y oppida romanos, termina con Odoacro, Gelasio, comunidades monásticas desplazadas y reliquias instaladas en Italia. La gramática es ya, en cierta medida, medieval. Pero el verdadero tránsito que narra no es simplemente el paso de la Antigüedad tardía a la Edad Media —cuestión árida reservada a los historiadores—, sino el paso de un mundo cuya estabilidad parecía descansar en ciudades, fronteras y ejércitos a otro en el que solo permanece aquello que puede atravesar la pérdida de todas esas cosas. Severino no promete que el mundo visible vaya a salvarse. Su inquietante promesa es más modesta y más radical: no todo está obligado a perecer con él.


Manuel J. Moya Araujo (Alicante, 1988) es graduado en Derecho, máster en Historia del Mundo Antiguo y actualmente cursa el doctorado en Ciencias de la Antigüedad en la Universidad de Zaragoza. Tras una primera formación jurídica, orientó progresivamente sus intereses hacia la historia y, en particular, hacia el estudio del poder y la legitimidad en el mundo romano. Buena parte de su investigación se ha centrado en el Codex Theodosianus, punto de encuentro entre sus intereses jurídicos e históricos y desde el que ha abordado cuestiones como la usurpación y la construcción de la legitimidad imperial. Ha publicado diversos trabajos académicos sobre estas cuestiones y cultiva también el ensayo y la divulgación histórica, con especial interés por las relaciones entre historia, literatura, política y cultura. Actualmente prepara El escudo y la diadema, un libro sobre las disputas por el poder imperial romano durante el siglo IV.


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