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Crónica

Todos somos griegos: Antonio Monterrubio y la vigencia de la tragedia ática

Álvaro Acebes Arias reseña 'Antígona vive', el ensayo en que Antonio Monterrubio demuestra que Esquilo, Sófocles y Eurípides siguen descifrando nuestro presente: guerra, exilio, poder y dignidad. Porque, como dijo Shelley, todos somos griegos.

/ una reseña de Álvaro Acebes Arias /

«Todos somos griegos». La conocida frase del poeta romántico Percy B. Shelley describe, en realidad, algo más que el papel que ha encarnado Grecia desde siempre como patria espiritual del hombre. Asume su impresionante memoria cultural, su estatura moral, la historia de un pueblo y una civilización que, como cualquier otra, contiene sus contradicciones, gestos de barbarie, crueldad y soberbia, pero en la que por encima de todo se advierten unos valores, ideas, lenguajes y actitudes que hemos tomado durante siglos como ideal. Grecia como una llamada o continua invitación, acaso una promesa. Quizás siempre haya sido así. Cuenta el helenista Paul Cartledge que una figura como la del poeta Homero, a pesar de las leyendas o los enigmas que envolvieran su identidad, era para los griegos mucho más que un icono cultural. Los prodigiosos versos de la Ilíada y la Odisea, en tanto que epopeya nacional, actuaron como conciencia y guía del pueblo a lo largo de distintas épocas. Un modelo de vocación universal en el que encontrar la representación de todo tipo de vida humana: alguien que aspirase a ser político, general, soldado, padre de familia o amante no tenía más que acudir a algún fragmento o escena de los fabulosos poemas de Homero para descubrir las enseñanzas necesarias. Bastaba con saber dónde y cómo buscar ese ejemplo.

Algo similar ocurrió con el teatro, cuyos mitos, temas y asuntos persisten hasta hoy, tan actuales como cuando se escribieron. Nos lo recuerda Antonio Monterrubio en su nuevo libro, Antígona vive (Chamán Ediciones, 2026), un brillante y sugestivo ensayo que demuestra que las fantasías pedagógicas que imaginaron Esquilo, Sófocles y Eurípides conservan miles de años después toda su capacidad para conmover y sugerir significados, pero, sobre todo, su enorme validez a la hora de descifrar la realidad en la que estamos instalados. La tragedia ática, indica Monterrubio en las páginas preliminares de su estudio, «está bien viva y, por ende, respira, late y no deja de evolucionar». Y lo hace no solo como una larga e irrenunciable tradición literaria desde la que emergen motivos y tramas que han tenido su continuación en otros textos y autores, con sus diferentes variaciones, exégesis y lecturas, sino como aguda y lucidísima reflexión sobre los más variados aspectos de la condición humana. Una sustancia ética de exaltada densidad, cuyas metáforas y realizaciones, igual que en los poemas homéricos, se convierten en «espectáculo de las grandes potencias de la existencia», tal y como definió el filólogo Albin Lesky a la tragedia griega en su ya clásico trabajo, pero también en espejo de las distintas cuestiones que agitan la vida social y política de una comunidad: la guerra y sus desastres, el drama del exilio, la pugna entre el hombre y la adversidad, los desafíos a las leyes divinas, la exploración de las pasiones humanas, la crítica al autoritarismo, los conflictos entre el individuo, el ciudadano y el poder, el análisis de la condición femenina… Medea, Antígona, Edipo, Orfeo, Casandra y Orestes tienen poco de primitivos y mucho de intemporales y permanentes. Son nuestros contemporáneos, pues sus dimensiones particulares, destinos y problemáticas, además de hurgar en conflictos que son universales, continúan erigiéndose en extraordinaria fuente de conocimiento y consuelo.

Antígona vive propone un ameno recorrido por las variadas manifestaciones y temas de la tragedia griega. Desligada de las ceremonias y rituales religiosos, esta nació con una intención liberadora y didáctica al instalar el mito y sus diversas articulaciones en un ámbito profano, propiciando de este modo una meditación general —un «teatro de la mente», dice certeramente Monterrubio— sobre sus alcances y consecuencias en el seno de la vida colectiva. Solo hay que observar su propia configuración escénica, con la presencia de músicos, bailarines, coros, el intercambio dialéctico entre estos últimos y los héroes centrales y la fervorosa participación de la ciudadanía en un gran espectáculo teatral que discurría al aire libre. La tragedia, afirma Monterrubio, fue «el arte que mejor se adaptaba a las nuevas estructuras democráticas de la polis». Sus tramas, por más que se ciñeran a los contornos del mito o se retrotrajeran a tiempos y conflictos muy lejanos, esquivaban las interpretaciones únicas, favorecían el diálogo en torno a unas instituciones y enunciaban una idea de modernidad apabullante: la de que no existen certezas que puedan explicar las ambivalencias, contradicciones y ambigüedades del comportamiento humano. La palabra puesta en el centro de la escena se convertía así en un medio para la discusión crítica y la elaboración de unas alternativas ideológicas, pero también —y esto es quizá lo más importante— en un instrumento mediante el que llegar a una experiencia de conocimiento.  

No es casual, por otra parte, que Antonio Monterrubio tome como punto de partida en su ensayo el dilema a que nos enfrenta el personaje de Sófocles, esa adolescente rebelde que se opone a los victoriosos y representa una luz de claridad humana en medio de tiempos muy oscuros. Antígona es, entre las muchas figuras que nos ha legado la tragedia ática, una de las que más comentarios, análisis y lecturas ha suscitado y son incontables las versiones teatrales, operísticas, cinematográficas y literarias que se han producido a lo largo de diferentes épocas. Una señal de la pervivencia del mito y del interés que despierta, capaz aún de conmovernos con la misma intensidad con que se emocionaron otros espectadores miles de años atrás, pero sobre todo de su poder para interpelarnos y aludir a asuntos nunca declinantes como el perdón, la piedad, la justicia, la dignidad o los desastres a que nos puede abocar la resistencia a la reconciliación. Lo mismo ocurre con otros personajes como las Medea y Electra imaginadas por Eurípides o el Prometeo de Esquilo, algunos de los dramas que el autor zamorano examina con detenimiento y erudición en los capítulos siguientes, bien apoyado en los discursos de especialistas como Bruno Snell, George Steiner o Pierre Vidal-Naquet y logrando devolvernos la emoción que cabe en esos textos, igual que si los leyéramos por primera vez. Cada una de esas obras, sin haber perdido un ápice de su fuerza y belleza, nos pone frente a situaciones y argumentos que saltan de siglo en siglo, trazando un apasionante diálogo entre aquella época lejana y la presente. Una ruta impagable e imprescindible, que incita a volver sobre nociones olvidadas, pues el sentido profundo de estas tragedias, con sus valiosas enseñanzas y su honda comprensión de la fragilidad de la condición humana, nos recuerda nuestras servidumbres y miserias y, al mismo tiempo, las inesperadas grandezas que se esconden en ella: la necesidad de compasión y transigencia, de apelar a la tolerancia, la búsqueda de libertad, placer y alegría, el coraje para oponerse a la tiranía, la profundidad que cabe en cada uno de los anhelos humanos… Lo explica acertadamente Monterrubio: «la cultura clásica lo es porque nunca termina de decir lo que tiene que decir».

En estos tiempos de tópicos carentes de sustancia, en los que siniestros fantasmas que creíamos desaparecidos regresan feroces y dispuestos a dar un escarmiento a quienes se les opongan, es de agradecer la aparición de libros como Antígona vive. Su tenaz defensa de unos valores humanísticos a partir de unas cuantas historias inmortales, combinada con el enfoque didáctico y ético y la atención sobre cuestiones que continúan palpitantes y nos incumben quizá hoy más que nunca, convierte esta obra en una invitación a releer los clásicos, reflexionar y recuperar la esperanza.


Antígona vive
Antonio Monterrubio
Chamán, 2026
256 páginas
19 €

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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