/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Si alguien imagina a Brasil como un país subdesarrollado se equivoca totalmente. Baste citar la arquitectura de Oscar Niemeyer, que va más allá de ese libro abierto que es la ciudad de Brasilia y se extiende a edificios de apartamentos y museos desde Belo Horizonte hasta Niterói. Mal se conjuga el subdesarrollo con las vanguardias artísticas, algunos de sus nombres, como Cândido Portinari, innovaron en el arte y el diseño. Si viajan allí, déjense atrapar por la belleza y la calidad de los objetos que muestran los escaparates de sus tiendas, pero no esperen encontrar siempre gangas. Los excelentes zapatos de Mr. Cat son muy resistentes y tienen buenos diseños, pero su precio es apenas un diez por ciento más barato que los españoles y de otras tiendas ni hablar siquiera de hacer alguna adquisición. En la zona de A Lagoa de Río aprendí una técnica que he tenido que aplicar muchas veces aquí: «Si no puedes pagar el precio de un objeto, hazle una foto». En Salvador de Bahía encontré un escaparate de ropa femenina toda en color menta, que hizo las delicias de Pamela Díaz Escalante, la artista conocida como Menta Days, y podría seguir dando ejemplos de que Brasil está en la vanguardia de la moda y del diseño y que sus clubes privados, como el Bahía Marina, no tienen nada que envidiar a los ambientes más selectos de Europa o Norteamérica.
Probablemente, lo que confunde al español que no pisó esas tierras es la imagen de la favela y de las personas que viven en la calle. Es cierto que no todo en Brasil es glamuroso y que algunas favelas son territorio de los narcos y en ellas la vida no es tan fácil como en un club privado; pero, como dice mi buen amigo Mauro Korn, al menos la gente que vive en la favela tiene un lugar en el que resguardarse y la población de los sintecho es inferior a la que puede verse en ciudades como San Francisco que gozan de reputación de primer mundo; aunque confieso que siempre he visto la favela desde lejos, al igual que nunca estuve en el Bronx ni en Harlem, pues soy de la opinión de que allí no se va de turismo sino que, si llega el caso, debe irse para renunciar a las comodidades de nuestra vida y ofrecer el trabajo a esas comunidades menos favorecidas.
En resumen, la realidad no es blanca ni negra y mi impresión es que este país tan grande que parece un continente alberga dos realidades bien distintas. Aunque viven en un mismo espacio, las dos realidades lo hacen sin mirarse una a otra. Eso explica la enorme diferencia de vida entre pobres y clase media alta, pero también el hecho de que, a pesar de las tremendas desigualdades, no sea, a mi entender y en mi experiencia, un país particularmente peligroso; porque, entre otras cosas, el que tiene poco o nada trata en general de salir adelante por sus propios medios y monta su pequeño negocio de reparación de calzado en la calle o vende bebidas o pasteles caseros desde su coche y, como he visto en la playa urbana de Barra, en Salvador de Bahía, una señora ganaba su pequeño sueldo lavando los pies de los que volvían de la arena.
Mi relación con Brasil siempre ha estado ligada a mi actividad profesional y ello me ha traído el regalo de la estancia de investigadores en nuestro laboratorio y me ha permitido viajar para impartir conferencias o cursos. Siempre he encontrado cariño y generosidad en mis amigos, y grandes colaboradores, como Ricardo Santelli, de las universidades federales Fluminense y de Río de Janeiro, han compartido con amabilidad su propia vida familiar, sus preocupaciones y sus experiencias. Lo cierto es que Brasil es un país maravilloso al que vale la pena ir. Además, los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva han contribuido a reducir la brecha salarial entre los brasileños y, a pesar de que no han estado exentos de episodios de corrupción, la humildad y sinceridad de este viejo luchador le alejan de la soberbia y vanidad de otros políticos que se dicen socialistas y progresistas. Nunca olvidaré el primer discurso de Lula, cuando afirmó que su programa de gobierno era dar la oportunidad de tomar tres comidas al día para todos los brasileños. Ahora, la reciente victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil aleja el fantasma del bolsonarismo amnistiador, pero supone un reto para que el Partido de los Trabajadores evite la corrupción en sus filas. Animo al lector a visitar este bellísimo país y conocer a sus gentes.

Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.
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