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José C. Vales: «A la cultura siempre le va mejor cuando la corriente culta se mezcla con la popular»

José C. Vales, que obtuvo el Premio Nadal en 2015 por "Cabaret Biarritz", publica su nueva novela "Celeste 65" (Destino, 2017).

Cuando en 2015 ganó el premio Nadal, aún era un desconocido para la inmensa mayoría de los lectores. José C. Vales (Zamora, 1965) había publicado dos años antes su primera novela, El pensionado de Neuwelke, y su desembarco en las filas de Destino mediante el mismo galardón que encumbrara en su día a Carmen Laforet o Miguel Delibes llegaba gracias a un libro al que pocos parentescos podían buscársele en la literatura española de nuestro tiempo. Cabaret Biarritz era un libro raro, por su ambientación y por sus pretensiones y, sobre todo, por el asombro que producían su estilo libérrimo, su compleja estructura y su trama engarzada entre pequeñas historias que se unían para conformar una pequeña cosmogonía en torno a una de las mecas más recurrentes de los veranos pasados. Este mismo otoño ha llegado a las librerías Celeste 65 (Destino), la última novela de Vales, que aunque regresa sobre esas mecas de los descansos burgueses de antaño (no en vano, tanto esta narración como su anterior obra se presentan como entregas sucesivas de una serie intitulada Los pecados estivales) muestra diferencias abundantes y notables respecto a su anterior obra. La Biarritz de principios del siglo XX se sustituye aquí por la Niza de los impetuosos 60, y los extraños crímenes de entonces mutan en una rara historia de amor, desconfianzas y complicidad que aparece pespunteada por los claroscuros de una época tan caótica como apasionante.


Pregunta.- Hay una luminosidad muy acusada en su novela: la ambientación veraniega, la luz propia de los parajes que describe, ese ambiente pop que lo impregna todo. Pero esa luminosidad se muestra siempre en contraste permanente con cuanto sucede, o parece que sucede, en el Negresco y con la oscuridad que envuelve a los dos protagonistas, Nigel y Celeste, el primero por lo que el lector sabe de su pasado y la segunda por todo lo que se ignora sobre ella. 

Respuesta.- Sí, esa dualidad se ramifica en casi todos los aspectos de la novela: la lluvia y la oscuridad de Oxford frente al sol y la luz de la Costa Azul, la timidez de Nigel y el desparpajo de Celeste, el hecho de que cada personaje tenga dos nombres, el interés por lo mínimo (los insectos) y por lo inmenso (el universo), el asqueroso Tirpitz frente a la increíble BB, el debate entre el cosmos y el caos, la verdad histórica y las mentiras oficiales… La mayor parte de esas estructuras y ramificaciones son intencionadas, claro, pero de otras me percaté en galeradas y correcciones, y de otras me habéis avisado los críticos y los periodistas. En cualquier caso, las estructuras previas y premeditadas son asunto del autor: al lector común eso le tiene que llegar como una nebulosa, casi como una sospecha. Si se ven las costuras, la novela pierde mucho.

P.- La peripecia de Nigel, en concreto, casi propone un viaje de la oscuridad hacia la luz: desde las penumbras de su Inglaterra natal hasta las soleadas costas del sur de Francia. Sin embargo, es una huida en falso, o sólo a medias, como si el personaje ejemplificara la imposibilidad de deshacernos de nuestros propios actos. 

R.- Claro, ya sabes que la mayoría de las novelas y obras literarias se configuran como un itinerarium, hacia la sabiduría, hacia la riqueza, hacia la fama, hacia el amor, hacia Dios o lo que sea. En este caso, por simplificar, el protagonista se encuentra con Celeste, que es su guía: es la persona que va a dirigir su viaje y va a enseñarle que hay una vida que vale la pena ser vivida. En poco más de un mes, Nigel descubrirá que la existencia no es una noche turbia y solitaria, sino un verdadero caos de alegrías, miedos, amor, sexo, violencia, mentiras, amistad…

P.- Frente a él está Celeste, joven, despreocupada, y a la que sin embargo el detalle de las vendas en los pies aporta un toque no sé si de intriga o de negritud. Encarnan actitudes casi radicalmente contrarias. En determinados pasajes de la novela parece que es la mera dialéctica que se desencadena entre ambos personajes lo que va moviendo la acción. 

R.- Desde luego es un aprendizaje, pero Nigel aprende con dificultad. Celeste y Nigel mantienen una relación turbia, poco definida, un tanto confusa para la mentalidad pueril actual. En mi opinión, las relaciones humanas basadas en algo tan biológico como el sexo o en algo tan infantil como los sentimientos son relaciones de tipo mediano y vulgar, tal vez se puedan considerar algo más que relaciones laborales, pero poco más. Espero que algunos lectores puedan entender el tipo de relación que mantienen los protagonistas.

P.- Después está la propia cultura pop, que es la gran protagonista subterránea, y en el trasfondo ese eterno dilema entre la alta y la baja cultura, la discusión sobre las fronteras entre lo académico y lo popular. 

R.- Yo creo que las primeras décadas del siglo XX, con las vanguardias, con el apogeo del psicologismo y de los fascismos, resultaron al final un callejón sin salida en muchos sentidos, también en el cultural. Y, por otra parte, esas ideas e ideologías levantaron torres de marfil elitistas y clasistas. La conclusión, cualquiera que fuera el proceso, fue que a la sociedad le dejó de interesar lo que hacían las élites: no entendían ni sus novelas ni sus angustias psicológicas de pacotilla ni aquellos versos surrealistas, así que decidieron que, mejor, preferían ir a ver a cuatro chicos tocando canciones en The Cavern. A la cultura siempre le ha ido mejor cuando las dos corrientes, la popular y la culta, se han mezclado; si no se mezcla con el barro, la alta cultura tiende a pudrirse y petrificarse. Ya sabes, la galería de personajes ilustres y todo aquello… A Paul McCartney le preguntaron en 1965 si lo que hacían los Beatles era cultura; y —muy listo— dijo que ellos solo hacían canciones para bailar. Ese mismo año ganó el Premio Nobel de literatura un ruso llamado Shojolov. Podemos preguntarnos quién ha influido más en la cultura occidental, o mundial, y quién tenía más cosas que contar, y quién tenía más cosas que aportar, y quién contribuyó a cambiar la mentalidad occidental… Y también debemos preguntarnos por qué. Y debo decir que esto me recuerda mucho la revolución romántica, pero eso es otra historia.

P.- Tanto en Celeste 65 como en Cabaret Biarritz, y creo que en menor grado también en El pensionado de Neuwelke, la intriga se acaba revelando como una especie de mac guffin, una excusa que permite que la trama avance para ir sacando a la luz otros temas que terminan por vertebrar realmente la narración. 

R.- Sí, porque lo que me interesa realmente no es la peripecia, sino el paisaje, por decirlo en términos comunes. Me interesan mucho más —literaria y realmente— las callejuelas estrechas de Niza, con sus restaurantes y las parrillas con pescado, las parejas riendo en las pequeñas mesas de las heladerías, el acordeonista y las bañistas que diálogos bobos a porrillo y persecuciones sin ton ni son. Pero, sobre todo, mis novelas cuentan con personajes, a veces protagonistas, que relatan su asombro ante el mundo; bueno, es un asunto muy dieciochesco, muy “gracianesco”, si puede decirse, muy propio del primer Andrenio, muy enciclopedista… Aunque esto no interesa mucho, no vende nada, y por eso no suelo contarlo.

P.- En ese aspecto, también llama la atención en su obra el carácter coral de las narraciones, el modo en que va creando una galería de personajes que no sólo aportan verosimilitud, sino que también conforman el propio marco de la acción. Me interesa mucho en qué medida eso parte de una voluntad prefijada o se va imponiendo como necesidad a medida que progresa la escritura. 

R.- El noventa por ciento de lo que escribo está planificado y detallado con anterioridad al acto de escribir. Ya sé que hay genios que se plantan delante del teclado y que escriben “lo que les sale”. Yo no tengo la suerte de contar con esa inspiración divina, así que tengo que planificarlo todo, lo mejor posible, para que la novela tenga la estructura que deseo, el tono que deseo y que cuente lo que quiero contar, y no se quede todo en una acumulación de ocurrencias. Respecto a ese coro que parece rodear a los personajes principales, debo decir que es uno de los aspectos más divertidos de la escritura; es también muy decimonónico, muy dickensiano y bennettiano, claro, pero… bueno, ¡es que el mundo está lleno de gente!

P.- Hay también otra característica que vincula especialmente sus dos últimas novelas: una ironía que aparentemente quita hierro pero que, en el fondo, esconde críticas muy acervas.

R.- El hecho de que en estas novelas haya apostado por una visión humorística de la vida guarda relación, en primer lugar, con mi personalidad, en el sentido de que apenas puedo evitar reírme de buena parte de lo que acontece a mi alrededor, y en otro sentido, me permite presentar al lector determinados asuntos con cierta amabilidad. No me interesa el humor como resorte para la risa boba: una buena sonrisa irónica, una bofetada elegante, es mucho mejor que un griterío airado y furibundo. En todo caso, no sé si muchos lectores contarían Celeste 65 como una novela contra el existencialismo, contra el emocionalismo, contra el egotismo, contra el psicologismo, contra la cultura con telarañas, contra las mafias culturales, contra la estética ridícula del fracaso o contra las mentiras históricas, etcétera. Y, sin embargo, es así. Y, por tanto, también es una novela sobre la necesidad moralmente obligatoria de vivir con alegría, sobre la responsabilidad individual y sobre el caos, aterrador y maravilloso, que rige el mundo.

P.- En algunas entrevistas ha declarado que concibe la escritura como un divertimento. Sin embargo, es evidente que se toma muy en serio la literatura.

R.- Desde luego, no concibo la literatura como un acto de sufrimiento y dolor. Toda esa verborrea me resulta ridícula y patética. Sobre todo porque hay mucho sufrimiento real y no tengo paciencia para soportar a los farsantes del dolor. También me dan bastante grima los que comercian literariamente con el dolor o los que proponen la literatura como una terapia. Cuando esos doloridos de cartón piedra se tengan que enfrentar con el sufrimiento real tal vez se les quiten las ganas de fingir lagrimitas y lloriqueos. Y sí: me tomo en serio la literatura porque la conozco un poco, y precisamente por eso, también, creo que no hay que tomársela demasiado en serio. Hay escritores que hablan de sus novelas como si hubieran descubierto la piedra filosofal. En fin: mucha pretensión para tan poca sintaxis. Y, en este punto, cabría decir que la literatura no guarda ninguna relación con el mundillo literario, ni las lentejuelas o la farándula… Eso es menos serio aún, pero vayamos a otro asunto, mejor.

P.- Usted se dedica profesionalmente a la traducción. ¿De qué modo cambia su relación con su propio idioma, si es que lo hace, cuando traduce y cuando escribe? 

R.- Me dedico profesionalmente a la filología, y uno de los trabajos del filólogo es la traducción, y debo decir que, casi insensiblemente, muchos de los problemas puramente léxicos, semánticos, morfológicos, sintácticos o estructurales que se plantean en la traducción sirven para la creación literaria; también se aprende lo que no funciona y lo que no interesa, por cierto. Stefan Zweig no era muy partidario de dar consejos, pero en sus memorias decía que, si tuviera que recomendar algo a l««««os futuros novelistas, les aconsejaría que tradujeran a sus autores favoritos. La necesaria concentración en la palabra justa, la forma adecuada, la organización precisa que exige la traducción resulta muy útil en la creación literaria. He tenido la suerte de traducir a Jane Austen y a Arnold Bennett, entre otros, y, bueno… son cursos intensivos de literatura.


 

 

 

 

 

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