Música

Cantautores sin complejos

Pablo Moro reivindica la figura del cantautor ahora que Ismael Serrano celebra sus veinte años de trayectoria musical.

/ por Pablo Moro /

Siempre hay alguien que enciende la mecha, que arranca el motor, que abre camino. Y por ese camino seguimos todos. A veces como un rebaño, a veces simplemente porque esa era la senda que llevábamos buscando tanto tiempo, una intuición que rondaba nuestra cabeza, nuestro proceso creativo, sin que acertásemos a explicar con palabras de qué se trataba. Recuerdo la primera vez que escuché el disco “Personal” de Quique González. Mi hermano, mi particular oráculo musical, lo trajo a casa después de que un locutor de Radio 3 (probablemente Chema Rey, pero no logramos acordarnos) pinchara en su programa “Cuando éramos reyes” y recomendara fervientemente el álbum. No puedo asegurar, eso es verdad, que en aquel momento surgiera la chispa que ahora la memoria ha maquillado como fundamental, pero desde luego ese instante fue clave para mi manera de entender el trabajo compositivo que estaba empezando a desarrollar. Y sé a ciencia cierta que para muchos autores de esa generación, más tarde o más temprano, con “Personal” o con “Salitre 48”, Quique abrió un puerta de la percepción, nos explicó a nosotros mismos e influyó directamente en nuestras canciones posteriores. Pero claro, también nos pusimos estupendos.

Habíamos escuchado a Silvio y Milanés; Serrat, Sabina, Pablo Guerrero; habíamos escuchado hasta a Paco Ibáñez y Raimón; buscábamos en las ferias de discos a Hilario Camacho, a Luis Pastor. Íbamos a los conciertos de Pedro Guerra y Javier Álvarez y una vez nos cruzamos con Ismael Serrano, que era como nosotros y ya estaba ahí, tocándolo con los dedos. El primer concierto con banda que di en mi vida fue en el Centro Cultural de Cajastur de Oviedo (que ya no programa porque claro, la crisis, ya se sabe). Adornamos con bajo, batería y guitarras mis composiciones de palo y nylon, hasta tocamos una versión de “Simpathy for the devil”, porque, ya digo, empezábamos a estar en otra. Recuerdo que al terminar el concierto le pregunté a mi padre si le había gustado. “Tu madre y yo te veíamos más en un teatro que así”. Un paréntesis: una vez escuché a  Krahe explicar la diferencia entre él y Sabina desde sus inicios. “Joaquín siempre se ha visto como Dylan, llenando estadios. Yo como Brassens, en un teatrito”. Mi padre y Krahe. Cráneos previlegiados.

Pongamos que hablo, entonces, de que fue Quique González el que nos hizo querer ser Dylan en lugar de Brassens y empezamos todos con la puñetera letanía, con las frases hechas: “me veo más cerca del rock”, “mis influencia son anglosajonas”, “los americanos lo explican mejor con la palabra songwriter”. No nos culpo. Había que ser valiente para defender la cantautoría en una época en la que la música mal llamada independiente había tomado el control, ocupando no sólo sus espacios de culto sino también los puestos principales del mainstream. Queríamos molar y fuimos unos mierdas, la verdad. Les reímos las gracias a los que nos llamaban “cansautores”, cambiamos los arreglos de nuestras canciones, renegamos de la guitarra clásica por su hermanita guay acústica. Y empezamos a citar a los Stones, a Tom Petty, a Dylan y Tom Waits, a Jackson Browne y Springsteen. Dejamos de lado a aquellos otros y sin darnos cuenta nos convertimos un poco en una caricatura. Una vez, tras un bolo en Vigo, cenando con los promotores, uno de ellos, perro viejo, dio las claves de las canciones de los “nuevos songwriters”. Si aparecía la palabra “revolución”, pero en una idea más individualista que social; la palabra “follar”, convertida en la nueva ilusión romántica de la poesía urbana y la figura de Tom Waits, no había duda. Una de mis canciones más celebradas por entonces cumplía todos los requisitos. Les reímos las gracias a esos cabrones.

Hubo cosas buenas. Hace veinte años, mucho antes del 15-M y los nuevos partidos, mucho antes de la crisis, en la época de “bonanza”, algunos ya hablábamos en nuestras canciones de la necesidad de los cambios sociales. Probablemente de una manera muy ingenua, muy naïf. Pero soportamos el sambenito de ser unos plastas por hacerlo. Y tampoco fuimos todos. Recuerdo a mi querido Alfredo González diciéndome que sí, que muy guapo todo, pero oye, que “Ojalá” ahí estaba, cagoentalputa. Por otro lado, aprendimos a manejarlo. El cambio fue grande, la “americana” lo llenó todo, Wilco se compraron casa en España y Luis García Montero vendió más libros que nunca. Creativamente estábamos en la pomada, teníamos nuestro aquel, se hicieron buenas canciones, buenos discos. Pero luego, sin saber cómo, nos quedamos en tierra de nadie, ni pa ti ni pa mí, demasiado cantautor para unos, demasiado rock para otros, como conejos asustados en mitad de la noche el festivaleo nos pasó por encima. Algunos siguen. Se engancharon en alguna parte. Escriben libros. Otros ya tal.

Ismael Serrano celebra ahora sus veinte años de carrera y sigue reivindicando la figura del cantautor. Él que nunca dejó de hacerlo insiste, en una reciente entrevista, en que aún está mejor visto hablar de Cohen o Joni Mitchell como influencias que de Guerrero y Aute. No estoy de acuerdo. Las cosas con la cantautoría han vuelto a cambiar un poco y, aunque tenga matices diferente, la percepción sobre la palabra en sí, más que sobre el concepto, tiene ahora matices positivos. Un nombre asociado sin dudas al rock, como el de Hendrik Röver, reivindica el término. “No teman a los cantautores” anuncia algunos de sus conciertos y se define como tal. También, aunque no se lo he oído  decir explícitamente, estoy convencido de que Nacho Vegas, figura capital del indie español, acepta la etiqueta.

Ya sea por una cuestión práctica, de economía de lenguaje, como por orgullo de pertenencia a una retórica, una tradición o un estilo, o porque los últimos años era difícil escapar al contexto social, los cantautores han vuelto a ser cantautores. Es más. Casi podríamos decir que se ha conseguido el efecto contrario. En publicaciones, críticas, reseñas, artistas americanos, songwriters, son nombrados como cantautores sin ningún complejo ni duda. Y viceversa. Gente como Ismael, que fue tratado con desprecio por muchos, es visto con otros ojos, escuchado con otros oídos y entendido con otros cerebros en lugares donde hace unos años resultaba impensable. Esa pregunta que en el año 2012 lanzaba Luis Pastor como título de canción y disco homónimo y que ahora titula el libro de memorias que acaba de publicar, “¿Qué fue de los cantautores?”, parece encontrar por fin una respuesta. Nunca se fueron. Sólo se despistaron un poco entre anglicismos cool y desafección generacional. Esta nueva percepción es una buena noticia, sobretodo porque desde el lenguaje también se construye la realidad. Si se acepta a Father John Misty como cantautor es probable que el oyente, ya despojado de prejuicios vacuos, se acerque a discos que dejó pasar en algún momento porque la etiqueta se lo impedía.

Ojalá.

 

 


 

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