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Agustín Vidaller: «Para mí, Oriente es una forma de no estar»

"Oasis" (Trea, 2017), segunda novela de Agustín Villader, sigue mirando a Oriente de una forma muy diferente a Paulo Coelho.

Hay escritores que escriben sus textos casi a vuelapluma, confiando ciegamente en la excelencia natural de su propio flujo de consciencia. Pero existen otros que cincelan y pulen cada palabra de cada frase con la sobrehumana paciencia de un maestro yesero de la Alhambra. Agustín Vidaller pertenece al segundo grupo, como ha quedado de manifiesto desde que publicó una novela sorprendente y distinta titulada Costas perfumadas (Trea, 2015).  A esa deslumbrante ópera prima le han seguido otras dos dignas sucesoras, la muy reciente Oasis (Trea, 2017) y Exotique, una recopilación de relatos ya terminada pero que saldrá al mercado el año que viene. En ellas, Vidaller sigue mirando a Oriente, aunque a dos orientes distintos: Oasis, al África negra; Exotique, a Asia central, pero un mismo hálito que bebe de Borges y de Rimbaud sigue palpitando tras cada arabesco literario. Oriente es «una manera de no estar» para este viajero de la imaginación que apenas ha salido de su localidad natal, la oscense de Pomar de Cinca, y que del Oriente real sólo conoce Tánger; pero no hay atisbo alguno de esoterismo paulocoelhiano en sus textos, siempre profusamente documentados. La redacción de las 91 páginas de Costas perfumadas llegó a comportarle la lectura de un tratado en inglés sobre Somalia que sobrepasaba las dos mil.


P.- ¿De dónde le viene la pasión por el mundo oriental?

Pues la verdad es que no tengo ni idea, pero quizás de la lectura de Los siete pilares de la sabiduría, de Thomas Edward Lawrence; y también de cierta identificación del mar con el desierto. En realidad, mi primera pasión fue el mar.

P. Que no deja de ser curiosa: usted es una persona de interior.

Soy de Aragón, sí, y a lo mejor precisamente por eso me apasionara el mar. Yo no aprendí a nadar hasta los quince años; para mí el mar era una cosa que no existía. Si hubiera vivido a la orilla del mar, quizá no hubiera pensado tanto en él. Entre mis primeras lecturas semiadultas estuvo un libro que me regalaron, que se titulaba Quince historias de corsarios y que luego enlacé con las novelas de Conrad y Jack London, el de Colmillo blanco. No sé, supongo que cada uno piensa precisamente en lo que le falta. Para mí, el océano es como la imaginación: un inmenso espacio místico e impenetrable en el que caben muchas cosas, aunque el secano aragonés, que es la tierra en la que yo me crié, también es un poco así: la vegetación escasa, el calor, la sequedad…

Desierto de Siria

P.- No es un paisaje muy diferente de los desiertos de Arabia, al fin y al cabo.

En mi imaginación no lo es, no.

P.- De joven empezó, aunque no terminó, la carrera de filología semítica en Madrid. ¿Escogió esa carrera por una voluntad de acercarse más a ese mundo que había conocido a través de la literatura?

La escogí movido sobre todo por Lawrence, pero la escogí de manera absolutamente irresponsable, en busca de estereotipos. Sólo cuando empecé a escribir Costas perfumadas me tomé el mundo árabe más en serio y me puse a investigar sobre las guerras tribales árabes, los árabes del mar, los árabes de las marismas… Leí mucho, por ejemplo, a Wilfred Thesiger, autor de un libro que se titula precisamente Los árabes de las marismas y de otro cuyo título es Arenas de Arabia.

P.- Lo que usted conoce de ese mundo, ¿lo conoce exclusivamente a través de la literatura? ¿Nunca ha visitado el mundo árabe?

Exclusivamente a través de la literatura, sí. Yo salí de España por primera vez a los dieciséis años, pero para un pequeño viaje a Francia con mi madre, y desde entonces he ido a Italia, a Portugal, otra vez a Francia… Pero no al mundo árabe. Hace poco he estado en Tánger, pero nada más. La verdad es que no he viajado mucho, pero lo prefiero así: creo que, si hubiera conocido ese mundo, no hubiera tenido la libertad imaginativa que he tenido. Yo nunca escribiría sobre un escenario conocido. Creo que lo que uno escribe tiene que ser exclusivamente hijo de lo que se imagina.

P.- Hay escritores que dicen todo lo contrario: que sólo cabe escribir sobre lo que uno conoce.

Caben las dos aproximaciones, pero yo creo que, de todas formas, cada uno escribe sobre aquello que le obsesiona. A fin de cuentas, todo es una metáfora. A mí quizás me marcara mucho la literatura que leí de joven: Baroja, de quien a los trece años leí Las inquietudes de Shanti Andía; Valle Inclán, Stendhal, etcétera, pero sobre todo Cien años de soledad y Borges, que creo que me perjudicaron más de lo que beneficiaron porque me marcaron unos estándares muy elevados. Antes, por ejemplo, había leído a Vargas Llosa, pero desde entonces no he vuelto a leer a Vargas Llosa, que me parece un tanto prosaico. Cien años de soledad es la imaginación pura; la invitación a viajar con la mente, que para mí fue clave. Si hubiera conocido Somalia, no hubiera podido escribir sobre Somalia.

P.- Quizá le hubiera decepcionado.

Decepcionado, no sé, porque cuando uno sale de casa nunca tarda en encontrar cosas interesantes. Pero tendría una idea completamente diferente de Somalia, eso desde luego; y creo que me impediría ambientar allí mis novelas. Necesito escribir sobre una Somalia, una Arabia o una Asia central que no existan; que sean simplemente la imaginación pura y dura. Yo, cuando empezaba a escribir, de adolescente, sí que hice alguna aproximación a mi pueblo, a mi entorno, a Barbastro, que está cerca… Pero a los veintiún años sufrí una crisis muy intensa; una verdadera crisis del alma, y desde entonces todos los escenarios que me había planteado adquirieron una dimensión diferente. Se me presentó una especie de espejo deformante o de cristal traslúcido que me obligó a reinterpretar todo mi imaginario.

P.- Dice que necesita imaginarse Somalia, Arabia, etcétera, pero sus textos están muy documentados, muy cimentados en datos concisos. Se hace evidente al leer sus escritos que hay un proceso de documentación muy exhaustivo detrás de ellos. En Costas perfumadas, si un personaje agarra un fusil, ese fusil es descrito con todo detalle y al lector no le cabe duda de que es exactamente ése el fusil que manejaba la gente real en la que se inspiran sus novelas.

Lo de los fusiles de esa época no me costó demasiado trabajo documentarlo: sólo tuve que consultar la Espasa. En cambio, para ilustrarme sobre Somalia y el océano Índico, sí que tuve que consultar, consiguiéndolos con mucha dificultad, del orden de diez libros en inglés sobre antropología, clima, historia, etnografía, religión… Si no hubiera sabido inglés, nunca hubiera podido escribir Costas perfumadas, porque en español sólo está la Espasa y una traducción de Primeros pasos en el este de África, de Richard Francis Burton. También logré entrar, a través de Internet, en los archivos digitalizados de la Universidad de Yale y acceder a unas dos mil páginas sobre Somalia. Y también me adentré en el sufismo bagdadí del siglo IX, en Las mil y una noches y hasta en santa Teresa, a la que también se menciona en el libro. Me preocupaba mucho el detalle antropológico, que es algo que le debo a El paciente inglés, de Michael Ondaatje. Él habla sobre las tribus que emplean una lira de dos cuerdas, las tribus que emplean una lira de una cuerda… De todas formas, todo ese sostén era simplemente un arquitrabe de lo que yo iba imaginando.

P.- De alguna manera, lo que presentan sus libros es una Somalia imaginaria que se hace verosímil a través de una documentación exhaustiva. Es una especie de truco literario. Es una relación biyectiva; algo que se retroalimenta. Ha mencionado la consulta, entre otros, de un documento de dos mil páginas; y todo eso para escribir un libro que apenas tiene cien.

Menos: noventa y una. Mi proceso creativo es muy lento. El origen de Costas perfumadas, por ejemplo, es un relato que se titula «Lo que cabe en la mano» y que yo escribí a los veintidós años. Costas perfumadas salió publicado cuando tenía treinta y seis. Entre medias hay catorce años durante los cuales no escribí absolutamente nada pero en los que de alguna manera fui digiriendo todo lo que después se convertiría en Costas perfumadas.

P.- ¿Cómo es el proceso de transformación, de trasvase, de una documentación tan ingente a un libro tan corto?

Es un proceso de decantación, de ensayo-error, de exclusión e incluso de olvido, ni más ni menos.

P.- ¿Lee sólo lo que necesita leer para documentar sus novelas o lee sin más y eso acaba germinando la novela en su cabeza?

No, no, leo sin más. Si hiciera lo contrario, lo que saldría sería una novela histórica de bajo postín. Yo me he documentado mucho sobre Somalia, pero también he hecho lecturas más gratuitas sobre cosas que tienen que ver y que también han acabado apareciendo en el texto.

P.- Lo que más sorprende al lector de sus libros es lo trabajado de la prosa. Más que escribir, usted cincela cada frase y cada palabra. Nada está puesto al azar, y a mí, leerle me trae a la mente a los arabescos de la Alhambra: ese paciente horror vacui en el que cada pequeña hojita es una obra de arte en sí misma.

Bueno, Exotique sí salió de esa elaboración obsesiva y atormentada que comentas. Pero Costas perfumadas no: Costas perfumadas sí que la escribí a mano alzada, porque me encontraba en un estado mucho más inspirado.

P.- No es ésa la sensación que el libro transmite, desde luego.

Bueno, es que es una novela que estuve pensando, meditando y digiriendo durante décadas. Cuando me puse a escribir, lo tenía todo muy masticado. Exotique, en cambio, sí fue una redacción mucho más atormentada, mucho más lenta, más obsesiva; volver sobre la misma frase, escribir las cosas a mano en un cuaderno, pasarlo a ordenador, reescribirlo… La verdad es que hay mucha diferencia.

P.- La suya es una prosa muy poética, muy lírica. ¿Hasta qué punto busca conscientemente esa influencia de la poesía?

La relación que yo tengo con la literatura la tengo en realidad, sobre todo, a través de la poesía. Muchos de mis referentes a la hora de escribir son narradores como Conrad, pero también hay entre ellos muchos poetas: Rimbaud, Saint-John Perse, Victor Segalen, Leopoldo María Panero

P.- Hay pasajes enteros de sus libros de los que uno no entiende exactamente qué están contando pero que encuentran su fuerza en una especie de música que envuelve al lector. ¿Es un efecto buscado por su parte?

Sí, sí. Es un efecto poético; una captación irracional de lo que se dice. A mí me gusta más esa captación irracional, que es propia de la poesía, que la racional. Frente a una metáfora, si es buena, no hay razonamiento que valga.

P.- ¿Nunca le ha tentado escribir poesía usted mismo?

Pues en parte sí, pero es que yo no concibo la narrativa sin poesía, ni la poesía sin narrativa. Creo que, igual que la épica antigua está escrita en poesía, se puede volver sobre esos pasos y maridar de nuevo la poesía con la narrativa épica, como el Cantar del Mío Cid, el Poema de Gilgamesh o La Ilíada.

P.- Costas perfumadas está ambientado en Somalia y el mundo árabe; Oasis, en África; Exotique, que será su próximo libro, en Asia central.

Son libros diferentes. Costas perfumadas se desenvuelve en la zona de Somalia y el sur de Arabia, sí: el golfo de Adén, que es un paisaje esencialmente rimbaudiano. Exotique no trata propiamente del Oriente islámico, sino de una especie de cruce entre el islam, el budismo, el cristianismo nestoriano y el maniqueísmo. Tampoco va tanto al detalle antropológico; no abunda en tanta etnografía ni arquitrabes históricos. Hay una base de documentación sobre el imperio chino, pero es un libro más imaginario, más libre, más escrito a vuelapluma, y quizás más gótico. Una imaginación más pura y un imaginario, creo yo, más acendrado. Y Oasis es una novela que he tardado diez años en terminar y que tiene su origen en el Antiguo Egipto y atraviesa después un continente totalmente desconocido. El lenguaje y la evolución son más próximos a Costas perfumadas que a Exotique, pero tiene en común con Exotique una prosa más remachada, más torturada. También es un poco más larga que Costas perfumadas, aunque sigue siendo un libro breve.

P.- ¿Por qué tardó tanto en terminar Oasis?

Por una excesiva autoexigencia. Lo que se me resistía eran las últimas diez páginas.

P.- Pero toda su obra revela una excesiva autoexigencia. Lo revela Costas perfumadas y lo revelan las primeras ciento sesenta páginas de Oasis. ¿Por qué esas diez páginas concretas se le resistieron tanto, siendo, además, precisamente las del final, que suele estar cerrado ya desde que uno comienza a escribir, porque antes ha pensado los trazos fundamentales de la novela?

Pues no sé. Lo que está claro es que yo, en un momento dado, he sabido escribir más, y en otro menos. Soy escritor desde que tenía trece años, pero en realidad he escrito sólo en momentos puntuales: entre los veintidós y los veintitrés años, entre los treinta y seis y los treinta y siete y los últimos dos años.

P.- Chispazos de genio.

Más o menos, sí. De genio o de lo que sea.

P.- Entre medias de esos momentos concretos de inspiración, ¿no escribió absolutamente nada?

Nada. Más allá de algún bosquejo, lo que he publicado es lo único que he escrito.

P.- Volviendo a Oriente, lo que le atrae de todo ese mundo, ¿es simplemente una suerte de escapismo, o cree que ese mundo tiene cosas que enseñarnos y un interés que vaya más allá del literario?

No, no creo que tenga mucho que enseñarnos. Para mí es básicamente escapismo. En Oriente yo busco sobre todo el paisaje y la alteridad. Cuando leo, a veces busco también reflexión, pero fundamentalmente busco escapismo. En realidad, leo fundamentalmente libros de historia, porque en la literatura moderna no encuentro mucho viaje, ni mucho paisaje. Yo, cuando abro un libro, siempre busco que me atrape desde el primer párrafo, desde la primera parte. Quizá sea una postura un tanto radical, pero prefiero el Poema de Gilgamesh antes que el último Premio Planeta.

P.- Era la de Stefan Zweig, que solía decir que, frente a lo que a veces se dice de que una novela debe tener altibajos, él creía que sólo debía tener altos.

Sí, exactamente. El autor puede reflejar su mundo personal, sus obsesiones, etcétera, pero tiene que haber un hálito lírico. La literatura tiene que parecerse a lo que ya hacían los mesopotámicos hace cuatro mil o cinco mil años: acción, paisaje, ritmo poético, etcétera. La sofisticación que nos rodea es algo con lo que yo no logro empatizar, por más que no me quepa duda de que hay escritores admirables actualmente.

P.- Otra cosa que llama la atención de su Oriente es que no es el Oriente místico o esotérico que atrae a otros escritores, sino un Oriente despiadado, bélico… Y posiblemente más real.

Claro. Es el que a mí me atrae. La moda del budismo y de la espiritualidad china no es más que eso: una moda. Lo que pasa es que en Occidente vivimos con un complejo de culpa por lo que hemos hecho en los últimos quinientos años, pero en el fondo queremos que Oriente no sea más que un reflejo de lo que nosotros somos.

P.- Usted no es un Paulo Coelho que busque enseñanzas místicas en un Oriente idealizado.

No, no. Yo las enseñanzas místicas las busco en Rimbaud; en el Rimbaud de Una temporada en el infierno. Lo más parecido que yo tengo a una guía espiritual es eso.

P.- ¿Le atrae Oriente como algo con entidad en sí mismo o como algo tanto más atractivo cuanto más parezca un negativo de Occidente? Edward Said decía que por un lado está el Oriente real y por otro el Oriente que, medio real medio irreal, Occidente fabricó para explicarse y entenderse a sí mismo.

Para mí, ir a Oriente es como ir a la Luna: básicamente, una manera de no estar. Quizá eso sea hijo de una actitud inconformista o de no encajar en la sociedad, no sé. De todas formas, creo que en Costas perfumadas creé un Oriente más verídico, pero que en Exotique hay más topicazos. Exotique, según como se mire, es un retroceso respecto a Costas perfumadas, aunque lamente decirlo.

P.- Pero, si era un retroceso, ¿por qué lo escribió y lo va a publicar pese a todo?

Porque lo necesitaba, porque necesitaba escribir, y eso me hizo resignarme a lo que tenía entre manos. A veces uno no sabe colmar las lagunas de lo que ha escrito y tiene que resignarse.

P.- ¿Se ve escribiendo un libro largo en algún momento o su escritura sólo pide libros cortos?

Más bien cortos, sí. Ya Oasis es demasiado largo, y creo que Exotique, que es un libro de relatos, también debería ser más escueto. Hay relatos que tienen prácticamente la extensión de Costas perfumadas.

P.- Otro aspecto curioso de su escritura es que no es fácil delimitar personajes al uso: aun habiéndolos, es como si se deslieran en el ambiente que los rodea.

Eso pasa sobre todo con Exotique. En Costas perfumadas, que es una novela bastante conradiana, yo sí que creo que hay más análisis caracteriológico. Conrad hacía de la aventura algo más psicológico.

P.- ¿Cuál es la chispa que inicia para usted la escritura de un libro? ¿Una frase, una suerte de música interior, un deseo de acercarse de un determinado ambiente…?

Más que nada, el equilibrio. La creación, creo yo, requiere de equilibrio y desequilibrio, y lo que lleva a dar un paso más siempre es un chispazo de desequilibrio que se trata de equilibrar. Lo que lleva al trabajo, sin el cual nada es posible, es una búsqueda de sosiego, equilibrio y concentración.

P.- ¿Escribir es una suerte de bálsamo?

Pues según… A la larga sí, pero a la corta también es una fuente de sufrimiento, sobre todo cuando uno se atasca, cuando no sabe seguir adelante. También hay esa parte de tormento.

P.- Un libro suyo, ¿cuántas redacciones y reescrituras puede llegar a tener?

Dos.

P.- ¿Sólo dos?

Sólo dos, sí. Una a mano y otra ya a ordenador.

P.- Daba por hecho que me respondería veinte o treinta. Su prosa está tan pulida que me cuesta creer que sólo tenga dos reescrituras detrás.

Hombre, lo que pasa es que antes de poner una palabra delante de la otra la repienso muchas veces, y por otro lado en el texto a mano siempre hago muchas tachaduras. En un texto escrito mío, el cincuenta por ciento del texto son exclusiones, tachaduras y descartes.

P.- Sí que hay decenas de reescrituras mentales, entonces.

Sí, sí, por supuesto. Yo, en general, hago protagonista, quiero hacer protagonista, a la palabra. Creo que es la palabra lo que tiene que crear la realidad y no al revés. Ése es el quid de mi literatura, como es el de la poesía.

P.- Me sorprende esa persistencia en usted de la escritura a mano. Cada vez se ve menos. Hasta José Antonio Mases, un escritor asturiano de casi noventa años, escribe sólo a ordenador, y es innegable que todo ese proceso de tachaduras y descartes es más cómodo de hacer a ordenador, donde es más limpio y transparente. ¿A qué obedece entonces esa voluntad suya de aferrarse a la escritura manual?

Son ritos personales, ceremoniales privados… Todos los escritores tienen los suyos, lo mismo para escribir narrativa que poesía: unos beben y otros no beben, unos fuman porros y otros no y yo escribo a mano, pero también a ordenador. En la escritura a ordenador también meto y quito palabras. Pero necesito primeramente la escritura a mano, porque yo suelo escribir mis textos de tres maneras, cada una de ellas entre distintos corchetes, y luego escojo. Eso me resultaría más incómodo de hacer a ordenador. Y la escritura a mano también me resulta más íntima. Con el ordenador se ha perdido intimidad. Yo, de hecho, no concibo que un poeta escriba directamente al ordenador.


Cubierta Oasis.indd

Oasis
Agustín Villader
Trea Ediciones, 2017
144 páginas; 12,00 €

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