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Decadencia del Café

Pero lo verdaderamente lamentable es que la decadencia de los Cafés ha supuesto la desaparición de los hombres y mujeres que los poblaban, individuos ajenos a los zigzags nerviosos de la era digital y la vida online, capaces de ser dueños de sí mismos y dirigir su atención sobre una actividad concreta durante más de cinco segundos sin ser interrumpidos.

 / por Michel Suárez /

En uno de mis frecuentes vagabundeos por la cada vez más intercambiable y menos noble, leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo, me deparo con el aviso de la próxima apertura de una conocida cadena de tiendas-café estadounidense. Situada en los bajos de un imponente edificio de principios del siglo XX que bordea la Plaza de la Escandalera, sin duda, el establecimiento se tornará una imán para las reatas de turistas que desembarcan en la capital del Principado y colmará los deseos de muchos autóctonos de aparecer, por fin, en el mapa mundial de los locales de lujo. Y es que, en efecto, por  exagerado que pueda parecer, de eso se trata, del comercio de lujo.

En Lujo, mentiras y marketing. ¿Cómo funcionan las marcas de lujo?, Marie-Claude Sicard, observa que la desviación al alza del precio indica siempre una compra de lujo: “pequeña desviación, pequeño lujo”, que en el caso de estas nuevas cafeterías se plasma en la diferencia entre tomar un café de pie, a toda pastilla, en la barra de un bar por poco más de un euro, y un café sofisticado en un local donde los clientes pueden relajarse “en un ambiente sencillo, pero moderno, limpio y agradable, sobre un fondo de música soul”. Al parecer, según sostiene la autora, desembuchar cinco euros por un café contenido en un recipiente de plástico es “representativo de la dilatación del lujo en la parte inferior” de la pirámide social. Tal vez, pero habría que añadir que se trata del apabullante lujo de la pacotilla y del sucedáneo.

Al leer que es posible “relajarse en un ambiente sencillo, pero moderno”, con “un fondo de música soul”, ya deberíamos ponernos en guardia. Lo cierto es que resulta muy difícil relajarse viendo a muchachos tocados con una ridícula visera, embutidos en un delantal verde atendiendo detrás de un mostrador infame, desviviéndose por mostrar una permanente sonrisa impostada y ansiosos por ver su fotografía enmarcada en la esquina reservada al “empleado del mes”, mientras trabajan en condiciones leoninas; y qué decir de esos irritantes carteles con los que la corporación nos recuerda su compromiso con “la importancia de las personas”, “el valor del cliente” y todas esas idioteces del “crecimiento sostenido”. Del deprimente espectáculo de los hatajos de consumidores de viajes estabulados en torno a un enchufe y los zombis alelados frente a su chatarra electrónica no hay nada que comentar. Lo de un “ambiente sencillo” debemos traducirlo por espacios fabriles, fríos, crudos y uniformes, mientras que el hilo musical de soul es sólo una burla más en lugares totalmente carentes de alma. Por último, el epíteto de “moderno” posee, como siempre que sale a colación, un significado invariablemente positivo. Cualquier fruslería, cualquier nocividad, cualquier estupidez se convierte automáticamente en admirable si es el último grito, la última “revolución” sin la que no sabemos cómo habíamos podido sobrevivir, gracias a esa sed de novedades que el capitalismo ha alimentado de forma feroz a través de la publicidad y la moda. Ahora bien, Moderno, ¿en relación a qué? En relación a cualquier cosa que haya existido en un pasado. ¿Pero qué pasado, qué tradición, si todo lo que fabricamos y pensamos se ha vuelto tan fungible que se esfuma en un instante sin dejar el menor rastro?

Nuestro patológico optimismo histórico en relación al progreso nos ha hecho ciegos frente al hecho de que no existe el menor indicio que nos autorice a pensar que lo moderno es superior per se. Y cuando observamos con atención el risible lujo “en la parte inferior” de la sociedad: un café servido en un vaso de plástico pagado al precio del rescate de un rey, con frecuencia después de haber soportado una amedrentadora fila, en espacios poco propicios para la conversación donde te atienden jóvenes laboralmente precarizados, no puedo dejar de pensar en una Europa en la que el Café era una institución venerable y no una cadena de montaje.

Café Procope, París

En efecto, muchos escritores dejaron constancia del enorme papel desempeñado por el Café en el periodo de entreguerras. A pesar de que el siglo XX introdujo el veneno de la prisa y el dinamismo como ejes de la existencia, no consiguió, sin embargo, colonizar algunos reductos que permanecieron a salvo de las estridencias de un mundo entregado al vértigo. Uno de esos espacios fue precisamente el Café, que en ciudades como Viena, Budapest, Berlín o París constituyeron epicentros indispensables de la vida pública. La proliferación de Cafés durante las primeras décadas fue trepidante. Establecimientos como el legendario Procope, abierto en 1686 por Francesco Procopio del Coltelli en París, el Café Museum de Viena, llamado Café Niilismus debido a la decoración, es un decir, de Adolf Loos, o el Café Griensteidl, abierto en 1847, el principal Café literario de Viena en los años noventa del siglo XIX, se convirtieron, con sus periódicos y vasos de agua gratuitos, en segundas residencias, apartados de correos y centros de reunión diaria de gentes de letras.

Fachada del Café Museum, Viena

Walter Benjamin recordaba que en aquella época los Cafés resultaban insustituibles, y sugería que en una aproximación psicología de los mismos habría que distinguir entre lugares de trabajo y lugares de ocio. Sin embargo, ambas funciones acababan por confundirse; espacio del agora, al mismo tiempo privado y público, en él desmoronaban las oposiciones clásicas entre ocio y negocio, trabajo y tiempo libre. “Cuando caía la noche, nos instalábamos en la terraza de un café de Grands Boulevards; contemplar el espectáculo grandioso de las calles parisinas era para mí la mejor de las distracciones”, recordaba Sándor Márai en sus memorias. Pero los Cafés también eran oficinas en plena calle, “laboratorios de ensimismamiento”, “acuarios literarios” obligatorios para todo artista que se preciase. “Obedeciendo una de las convecciones tácitas de mi cofradía” continuaba Márai, “escogí un Café: según una teoría pasablemente romántica, que databa de inicios del siglo anterior, todo escritor húngaro digno de ese nombre pasa su vida en el Café”. Zweig confirmó esa teoría, y tras un viaje a la capital húngara, le confesaba entusiasmado a su amigo Joseph Roth que Budapest era una ciudad increíblemente encantadora, barata y, sobre todo, llena de Cafés.

Interior del Café Tournon, París.

Si van al parisino Café Tournon podrán sentarse en el mismo sofá donde Roth se mató a plazos bebiéndose compulsivamente la ayuda económica que Zweig le enviaba y donde afirmó que el Romanisches Café se había convertido en la “nueva patria de elección de los bohemios de Berlín”, al igual que los Cafés de la rive gauche parisina eran una especie de academia donde se fraguaron los movimientos de vanguardia. Huysmans fue todavía más lejos y afirmó que los Cafés constituían un espejo del estado de ánimo de toda una generación de literatos, la de Kraus, Hofmannsthal, Mahler y Hermann Bahr, crítico, director teatral, colaborador de Reinhardt y uno de los blancos favoritos de Kraus, un asiduo del Café Scheidl. También era la generación de Zweig: “Es necesario saber que el Café en Viena es una institución especial, que no se puede comparar con ninguna otra en el mundo”; club democrático, “accesible a cada uno por el módico importe de una taza de café”, donde todo cliente, por esa cantidad, podía pasarse horas “sentado, discutir, jugar a las cartas, recibir su correspondencia y, sobre todo, leer un número ilimitado de periódicos y revistas”.

Para el escritor vienés Alfred Polgar era posible elaborar una teoría general del Café a partir de uno en concreto, el Central, del que era asiduo; y es que el Central no era un Café “como los otros”, sino una “forma de contemplar el mundo, una cosmovisión”. El estabelecimiento vienense estaba situado “bajo el grado de latitud vienense, en el meridiano de la soledad”; sus habitantes eran personas cuya misantropía era “tan intensa como su deseo por relacionarse con los demás; personas que quieren estar solas pero que para eso necesitan compañía.”. El Café Central era “el dulce hogar de quienes odian el dulce hogar, el refugio de personas casadas y parejas de novios que huyen de la angustia de la convivencia plácida, una casa de socorro para desgarrados que pasan allí toda la vida buscándose a sí mismos y huyendo de sí mismos”.

Café Central, Viena

Tal era la importancia que revestía para los autores el Café, que muchos eran literalmente incapaces de escribir una línea en otro lugar; sólo allí, “entre las mesas ociosas, encuentran dispuesto su escritorio de trabajo”, sólo allí, “en esa atmósfera indolente”, podía “fructificar su desidia”. Así era la vida de los “literatos de Café”, aquellos que, según Anton Kuh disponían de “tiempo para imaginar dentro de un Café todo lo que las personas no hacen fuera”.

Los Cafés también fueron uno de los refugios favoritos de los trabajadores; a diferencia de los bares, ofrecían un espacio de debate y discusión que en buena medida guardaba relación con el tipo de bebidas que se consumían. El estímulo de la cafeína era mejor aliado para azuzar la conversación que el demonio encerrado en los destilados. En la Barcelona prerrevolucionaria, los anarcosindicalistas se reunían en uno de los Cafés más agitados políticamente de la II República, que llevaba por nombre La Tranquilidad. Fue también en un Café, el de la Régence de París, uno de los centros neurálgicos de la Revolución de 1789, donde Engels le reveló a Paul Lafargue en 1848 los secretos del determinismo económico de la concepción materialista de la historia.

A pesar de todo, el papel del Café como institución social fue declinando inexorablemente. “Actualmente desapareció el Café Victoria, donde recalaba, a las tres de la mañana, la primera ronda colectiva. En su lugar colocaran uno de esos estruendosos Cafés de lujo del Berlín nuevo”; el Café Victoria era “la última estación”: “Para nosotros era como un pequeño círculo nuestro”, se lamentaba Benjamin. Obligados a compartir espacio con cafeterías y bares, los Cafés adoptaron un aire taxidérmico y museístico que haría imposible el surgimiento de figuras inclasificables como Kraus o el “librero Mendel”, el personaje de Zweig, un miraculum mundi, “registro mágico de todos los libros”, que atendía a sus ávidos clientes en una esquina del Café Gluck.

Aún se pueden seguir las huellas de esa geografía secreta de los Cafés europeos que no fueron “modernizados”, es decir, devorados por la especulación, demolidos o reconvertidos en bares, cafeterías, supermercados o franquicias de las corporaciones que copan los centros históricos y comerciales de las grandes ciudades de todo el globo. Los que no han echado el cierre sobreviven como parques temáticos atestados de turistas. Apenas restó un poso de su función de espacio común tan necesaria para la salud democrática que Ray Oldenburg  defendió en su espléndido The Great Good Places. La desaparición de los Cafés significó la corrupción del oficio de camarero, ese tipo que conocía los gustos de los clientes, al no se le ocurría mostrar los tirantes por encima de la camisa, que sacaba la cuenta de memoria y daba el cambio en santiamén, substituido por cajetines de neón donde se indican los precios y cajas registradoras táctiles a las que el cliente debe peregrinar antes de tomarse su café. También el arte de conversar se ha rendido sin condiciones ante la barahúnda de las pantallas mágicas y los altavoces. En marzo de 1911, Léon Bloy anotó en su diario: “Obligados a refugiarnos en un Café, somos víctimas de un fonógrafo que se opone a toda tentativa de conversación. Peste moderna que se volvió universal”. No resulta difícil imaginar lo que pensaría el furibundo ultra católico francés del estrépito característico de los bares contemporáneos, con sus televisiones, sus irritantes hilos musicales, los malditos teléfonos móviles y las redes de wi-fi que, connecting people, nos mantienen convenientemente adocenados en el limbo electrónico.

Pero lo verdaderamente lamentable es que la decadencia de los Cafés ha supuesto la desaparición de los hombres y mujeres que los poblaban, individuos ajenos a los zigzags nerviosos de la era digital y la vida online, capaces de ser dueños de sí mismos y dirigir su atención sobre una actividad concreta durante más de cinco segundos sin ser interrumpidos.

Los asiduos de los Cafés de antaño participaban de una atmósfera exclusiva y las horas poseían otro espesor; no era una simple forma de consumir el tiempo o de dejarlo pasar sin más: “En el Café, el tiempo no huye de sí mismo”, escribe Antoni Martí Monterde en su notable “Poética del Café. Un espacio de la Modernidad literaria europea”. Nostalgia de pasadistas, pensarán muchos; desde luego, pero al contemplar la delectación con la que abrazamos hoy la enloquecedora sensualidad de la velocidad, la insólita pasividad con la que convivimos con robots, drones y pantallas, cómo no sentir nostalgia de aquellos viejos Cafés, donde, por el precio de una consumición, se disponía del lujo supremo: un tiempo propio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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