Forest path surrounded by tall trees and glowing fireflies in misty light
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En la espesura de lo invisible: memoria, lenguaje y trascendencia

José Luis Zerón Huguet reseña un libro que no solo piensa la vida, sino que la siente en toda su complejidad: el tiempo que transforma, el amor que funda, el lenguaje que busca, el dolor que interpela, la infancia que perdura y la muerte que acecha.

/ por José Luis Zerón Huguet /

Javier Puig (Barcelona, 1958), residente desde 1988 en Orihuela, ha cimentado a lo largo de las últimas décadas una trayectoria literaria marcada por la reflexión constante, la fidelidad a una voz propia y una intensa dedicación al pensamiento estético. Autor de más de quinientos artículos centrados en literatura y cine, publicados inicialmente en revistas como La Lucerna y, desde 2012, en medios digitales como Mundiario, ha reunido parte de ese trabajo en los volúmenes Los libros que me habitan (2019), Miradas de cine (2020) y La vida es lo difícil (2021). Su narrativa breve también ha quedado recogida en La cercanía de lo extraño (2025).

En el ámbito de la creación poética, ha publicado Estancias en la finitud (2020) y En la mirada (2023); a ellos se suma ahora En la espesura de lo invisible, obra que prolonga y ahonda su indagación en la experiencia interior, el tiempo y la conciencia y que, a mi juicio, consolida definitivamente su voz poética. La altura creativa del autor resulta incuestionable. Acercarse a su obra literaria —y, de manera especial, a su poesía— constituye, sin duda, un desafío crítico, pero también una experiencia gratificante.

Además, quiero añadir que la edición de su nuevo poemario transmite una elegancia sobria y cuidada, donde cada detalle parece pensado para invitar a la contemplación. La tipografía, limpia y delicada, se integra con armonía en la composición, aportando una atmósfera de calma y profundidad. La imagen de portada, con esa pequeña planta (un diente de león) iluminada en medio de la penumbra, sugiere una belleza discreta que emerge desde lo oculto. El contraste entre la luz cálida y el entorno oscuro refuerza la idea de lo invisible que se revela. En conjunto, la obra visual y material dialoga con sensibilidad, anticipando un contenido íntimo y evocador. La presencia en la portada de esta flor no es casual: el diente de león suele asociarse con la fragilidad, lo efímero y, al mismo tiempo, con una resistencia silenciosa. Crece en lugares inesperados, incluso en condiciones difíciles, lo que encaja con la idea de «lo invisible» que se abre paso. Esa pequeña flor iluminada sugiere que hay belleza y sentido incluso en lo que normalmente pasa desapercibido.

Aunque Javier Puig ocupa como poeta un lugar discreto —en cierto modo marginal— dentro del heterogéneo panorama de la poesía española contemporánea, no deja por ello de ser significativo. Antes al contrario, su aportación cobra una relevancia particular cuando se atiende a la coherencia y profundidad de su obra. Quien, como yo, haya seguido de cerca la evolución de sus temas principales advertirá que estos expresan de manera sostenida las preocupaciones ontológicas, psicológicas y espirituales del autor. Dichas preocupaciones giran en torno a una obsesión central presente en toda su poesía: el problema (o, si se prefiere, el «misterio») de la identidad y de su ser en el mundo. A ello se suma la reflexión sobre el proceso de devenir continuo, entendido como una sucesión de renacimientos psíquicos y de transformaciones parciales y acumulativas de la conciencia; el amor hacia sus familiares, tanto los vivos como aquellos que han dejado de existir; la preocupación por el prójimo desde un hondo sentido ético; y la búsqueda de diversas verdades, sobre sus orígenes, su destino, su relación con los demás y lo efímero de la existencia. En este libro, además, se incorpora una indagación sobre lo Absoluto, abordada sin dogmatismos, desde una actitud reflexiva caracterizada por la porosidad y la flexibilidad.

La escritura de nuestro poeta revela una vocación reflexiva que encuentra en lo poético no tanto un medio de expresión como un espacio de conocimiento. Sus motivos, símbolos e imágenes aparecen de forma recurrente, lo que permite hablar de un corpus literario homogéneo que abarca no solo su poesía y su obra narrativa, sino también sus artículos y ensayos. Existe, en este sentido, un modelo estructural basado en una dinámica de alternancia: una fuerza subyacente que determina la organización externa de su sistema expresivo, regula los ritmos, crea profundas interrelaciones y establece un modo dialéctico de presentación que prevalece en toda su producción literaria.

La compleja textualidad ideada por Javier Puig —a la vez simbólica y enunciativa— se caracteriza por la interacción entre la voz interior y la atención a lo externo, o, si se quiere, a lo real. Se trata de un diálogo constante entre aspectos aparentemente contradictorios, pero en realidad complementarios, que se refleja en los distintos planos de su escritura y, con especial intensidad, en su poética.

Javier Puig evoca paralelismos entre la experiencia universal y la personal y, mediante el proceso poético, reconstruye, contrapone y, finalmente, reconcilia los conflictos psíquicos que han marcado su propia existencia. En este libro que hoy presentamos se mantienen, por tanto, la unidad y la cohesión estructurales, así como el notable lirismo que expande continuamente sus capas concéntricas de significado simbólico, al tiempo que incorpora, de manera complementaria, elementos de contención, silencio y depuración expresiva.

En estos poemas no abundan lo anecdótico ni los accidentes biográficos. Con la excepción de algunos acontecimientos relevantes de la primera infancia y adolescencia, así como de algún episodio puntual del presente, los datos biográficos funcionan como un marco que sitúa la escritura en el tiempo y el espacio. El deseo de acortar la distancia entre la palabra y el acto constituye, en última instancia, uno de los núcleos esenciales de la preocupación poética del autor y, quizá también, una de las claves más fértiles para adentrarse en la lectura de su obra.

En la espesura de lo invisible se presenta, desde su propio título, como una inmersión: no tanto un recorrido lineal como una entrada en una zona de densidad perceptiva donde lo visible se vuelve insuficiente y la palabra intenta rozar aquello que se escapa. En este sentido, la cita de Carlos Pujol que abre el libro —«El poeta está para ver lo que no se ve…»— no es meramente decorativa, sino programática: define una poética que no busca describir el mundo, sino desvelarlo.

El libro se organiza en seis secciones: Esta disposición no es arbitraria: responde a un movimiento existencial que podría leerse como una biografía interior.

Desde el inicio, el primer apartado «Perspectiva del tiempo» se articula como una indagación en la identidad a través de la memoria. La cita de Lope de Vega —«…Y que pasando lo tiempos/yo me sucedo a mí mismo»— adquiere aquí una resonancia contemporánea: el yo no es una entidad fija, sino un proceso, una sedimentación de instantes.

En el poema inaugural que da título al libro, leemos:

«Mi vista se detenía/en el inmenso maremágnum/ de lo aún no nacido,/ en ese vago lugar/ donde a veces surge la llama,/ el fuego de unas ideas prendidas/con la chispa de lo inaudito,/ como una titilante luz fijada/ en el sustrato de un fondo difuso».

Lo decisivo aquí no es solo la imagen, sino la actitud: detenerse ante lo que todavía no ha tomado forma. El poema no nace de una certeza, sino de una espera. Esta disposición remite a una concepción de la poesía como apertura, como escucha de lo que emerge.

Esa misma tensión entre lo que se fue y lo que se es atraviesa el poema «Ya no soy el que fui»:

«Yo era otro y el mismo,/ aquel que perseguía/ una luz apenas adivinada./ Mi asombro de vivir,/ mi irrupción intempestiva,/ eran el vértigo que ahora recuerdo/ desde esta vulnerable templanza;».

La identidad aparece como una superposición de capas. No hay ruptura total, pero tampoco continuidad intacta. Lo que queda es un «rescoldo», una huella de intensidad que se recuerda desde el sosiego actual. Este contraste —entre el vértigo de la juventud y la «vulnerable templanza» de la madurez— define gran parte del tono del libro.

En poemas como «En mis recuerdos» o «Con los años», la memoria no es simple evocación, sino reconstrucción activa:

Leemos en el primero: «Y ahora reordeno/ las pequeñas y antiguas/ partículas de mi ser,/ aquel temblor de un universo/ bullente y confuso…».

El yo se recompone, se piensa a sí mismo. Y, en ese proceso, emerge una ética: aceptar la pérdida sin renunciar al sentido. «Con los años» lo expresa con una claridad que no excluye la emoción:

«Ahora te atienes a un precepto/ de levedades profundas,/ de palabras serenas./ Sigue en esa soledad/ que te acerca a las almas».

La serenidad que recorre esta sección no es complaciente, sino fruto de un trabajo interior que evoca a Montaigne, cuya influencia aparece explícitamente más adelante: la escritura como ejercicio de autoconocimiento. También evocamos al filósofo Bergson, para quien la memoria no es un archivo estático, sino una duración viva que se actualiza en cada presente. El poeta parece compartir esa intuición: el pasado no está detrás, sino dentro, operando en la conciencia.

La segunda sección, titulada «Fundación del amor», está constituida por tres poemas dedicados a su esposa Sole. No se trata de un tema añadido, sino de una dimensión estructural de la existencia. Las dedicatorias y las citas de Cernuda sitúan el amor como epifanía.

En el poema «Aquellos días», el recuerdo de los inicios amorosos se expresa con una mezcla de emoción y claridad:

«Nos unían las palabras diáfanas,/ la respiración de un aire fraternal./ Nos buscábamos en el hambre/ de nuestros corazones./ En cada uno de aquellos bares/ fuiste la visión que deseaba,/ la luminosa presencia,/ el cálido augurio de mi bien».

El amor aparece aquí como encuentro, pero también como reconocimiento mutuo. No hay idealización excesiva, sino cercanía, cotidianidad, verdad.

En «Más allá de las brumas», el vínculo se profundiza:

«Me esperabas,/ más allá de mis brumas,/ enteramente volcada/ en la pureza de tu voz».

La amada no es solo compañía, sino guía, horizonte, posibilidad de transformación.

«Nuestro destino» cierra la sección con una afirmación que trasciende lo anecdótico:

«La vida que hemos tenido/ y estamos teniendo,/ el sí muy fuerte que entonces/ no pronunciamos en vano,/ el impulso amoroso aún tan intacto,/ la firme confianza que nos une/ y nos protege frente a la oscuridad».

Son los versos finales del poema y me llaman especialmente la atención porque reformulan, en clave íntima y contemporánea, la célebre afirmación bíblica del Cantar de los Cantares: «el amor es fuerte como la muerte».

Mientras que en el texto bíblico el amor aparece como una fuerza absoluta, elemental e invencible, comparable a la muerte por su poder irresistible, en «Nuestro destino» esa potencia resulta menos solemne, pero más existencial: el amor como vínculo que preserva, sostiene y protege frente a “la oscuridad”. La oscuridad funciona aquí como símbolo de la amenaza, el miedo, el desgaste del tiempo, el vacío vital e incluso la muerte.

Además, hay un matiz importante: el aserto bíblico subraya la intensidad del amor, mientras que estos versos de Javier destacan su permanencia (“aún tan intacto”) y su dimensión ética (“la firme confianza”). El amor no solo arde: también resiste y ampara. Así, la comparación manifiesta un desplazamiento desde la concepción del amor como fuerza pasional y fatal hacia una visión más humana y madura, donde el amor vence no por imponerse, sino por mantener viva la confianza compartida frente a la fragilidad de la existencia.

La tercera sección, «En el mundo», amplía el campo hacia la realidad y el lenguaje. Aquí la reflexión se vuelve más explícita, pero sin perder la intensidad poética.

En «Yo sé que aún estoy ciego», el autor reconoce el límite del conocimiento:

«Fuera de la red que he tejido/ está casi todo./ Lo ajeno, ese territorio/ nunca del todo explorado,/ es el reflejo de una sombra minuciosa…».

Esta conciencia de la ignorancia no es paralizante, sino liberadora. Permite una apertura a lo desconocido.

Especialmente significativa es la reflexión sobre el lenguaje en el poema titulado «Las palabras»:

«Busco las palabras honestas,/ aquellas que habrán de ser/ un resquicio de luz,/ el alivio de tanta incerteza».

Si bien, en otro poema de esta sección, «El lado oscuro de las palabras», esta conciencia se vuelve más crítica:

«Hay palabras que nos anteceden,/ que se pronuncian a sí mismas,/ como fieras saltando desde lo oscuro,/ rugiendo la sed de nuestras entrañas,/ el horror latente que nos habita».

En este punto, recordamos a Heidegger. Para el filósofo alemán, el lenguaje es «la casa del ser», pero también puede convertirse en un lugar de ocultamiento si se vacía de sentido. Javier es consciente de esta ambivalencia: busca una palabra que no oculte, que no falsee. Se sitúa en aquella tradición que reivindica la autenticidad de la poesía y rechaza su identificación con la mentira, la ficción o el mero fingimiento, estableciendo así un diálogo con autores como Antonio Machado y José Ángel Valente , entre otros, cuyas poéticas, aunque muy distintas en sus presupuestos y en su concepción del lenguaje, confluyen en la defensa de una palabra entendida como forma de verdad interior, en la línea de Mallarmé, para quien la tarea del poeta es «dar un sentido más puro a las palabras de la tribu».

La cuarta sección, «El dolor de los otros», introduce una dimensión ética explícita, no reducida a un moralismo fácil, que resulta plenamente compatible con el impulso subjetivo y la tensión órfica. La cita de Olga Orozco —«Lloré en las lágrimas de todos,/ en los ojos ajenos puse el alma»— marca el tono: una apertura al sufrimiento ajeno. La voz se dirige al otro, lo interpela, lo acompaña.

En el poema «Apenas sabes vivir» se plantea una crítica a la existencia inconsciente:

«Reincides en el estruendoso silencio/ que no te denuncia,/ imploras presencias,/ pensamientos dormidos/ que nunca te quieran apremiar».

Pero la crítica no es condena, sino llamada. En «No tan lejos», esa llamada se convierte en gesto afectivo:

«Arrímate a mí,/ sé también un poco/ eso que yo te deseo./ Confía en este pulcro saber,/ aunque después mis frases/ se diluyan en el silencio».

En «La desazón de lo improbable», el dolor ajeno se interioriza:

«Me duelen/ los seres desahuciados./ No puedo vencer/ la desazón de lo improbable».

La empatía se convierte, pues, en una forma de conocimiento, en un acto de resistencia frente a la indiferencia. El dolor del prójimo no se explica, se comparte. Esta actitud recuerda, en cierto modo, a Simone Weil, para quien la atención al otro es la forma más pura de generosidad. También entronca con una larga tradición filosófica en la que el ser no se concibe como algo aislado, sino relacional. Podríamos recordar aquí a Martin Buber y su distinción entre el “Yo-Tú” y el “Yo-Ello”: en la relación auténtica con el otro, el yo se constituye de manera plena. Javier Puig, sin formularlo teóricamente, lo expresa poéticamente. En esta misma línea, Emmanuel Lévinas radicaliza la idea al situar la ética como filosofía primera: el rostro del Otro no es un objeto de conocimiento ni una presencia neutra, sino una interpelación que desborda cualquier intento de apropiación conceptual. En el encuentro con el otro, el sujeto queda descentrado, obligado a responder antes incluso de poder definirse a sí mismo. Así, la subjetividad no nace de la autonomía, sino de la responsabilidad, de una exposición originaria al sufrimiento ajeno que funda toda relación ética.

En conjunto, estas perspectivas configuran una comprensión del ser humano como esencialmente abierto: no una identidad cerrada sobre sí misma, sino una existencia que se constituye en el vínculo, en la escucha y en la respuesta al otro.

En la quinta sección, «La vida en ciernes», Javier introduce una mirada hacia la infancia, no como nostalgia, sino como un tanteo del origen.

En el poema «Infancia» se percibe un contraste entre la mirada adulta y la vitalidad infantil:

«Hay un saber originario,/ una música de palabras,/ canto dulce/ que contagia inocencia,/ levedad que me tranquiliza/ como un futuro amable».

En este caso, el «saber» no es conceptual, sino vitalista. Es una forma de estar en el mundo sin el arbitraje de la reflexión. El conocimiento originario respira antes de ser pensado, sucede antes de nombrarse. No hay cálculo ni distancia, solo una entrega inmediata a lo que aparece.

Se vive en un umbral sin vigilancia, donde la experiencia no pasa por el juicio sino por la pura presencia. De modo que la razón no actúa como filtro, sino que se suspende, y en esa suspensión el mundo se ofrece entero, sin correcciones.

En el poema «La burbuja del tiempo», la relación con la nieta introduce una dimensión afectiva profunda que no interrumpe el “saber originario”, sino que lo encarna de otro modo. En ese vínculo se recupera una forma de percepción inmediata del mundo, donde lo vivido se impone con la claridad de lo esencial. Se trata de una atención limpia, anterior a la interpretación. Lo afectivo, pues, no se añade al concepto de lo originario, sino que lo prolonga y lo hace visible en la intimidad del vínculo.

«Me abrazo a su imagen vivísima/ y nuestra íntima respiración/ parece acordarse en vibraciones/ que nos integran».

En este breve bloque formado por tres poemas, el tiempo parece suspenderse y todo adquiere la ligereza de lo que simplemente es. También se percibe como transmisión de vida, de afecto, y como una mirada extrañada hacia el pasado. No es solo un fluir, sino una herencia íntima que se desplaza de unos cuerpos a otros, de unas edades a otras, dejando huellas apenas legibles. Así ocurre en el poema «Rastros», donde el poeta apenas logra reconocer la niñez de la hija en una fotografía: esa imagen fija, detenida, se le vuelve ajena, casi irreal. Sin embargo, en ese desconcierto se activa un intento de recuperación, una búsqueda de la huella remota de la infancia en la figura ya adulta, como si el tiempo no hubiera borrado del todo aquello que una vez fue.

La última sección, «Cerca del otro lado», aborda la muerte desde una perspectiva serena, sin dramatismo excesivo, que no excluye la emoción. La cita de Shakespeare («Morir, dormir, tal vez soñar…») sitúa el tema en la tradición universal.

En «El sueño de la eternidad», dedicado a los padres, y uno de los poemas más emotivos del libro, la memoria se convierte en presencia:

«Ahí estáis, desafiando/ la fuerte corriente del tiempo,/ agarrados a vuestro acompasado latido./ Os amo por eso/ y por tantas otras cosas./ A vosotros,/ seres fraternos,/ células de mi vida,/ calor de tantos recuerdos».

El amor filial se expresa aquí como resistencia frente a la desaparición.

«Cuando ya no seas tú» es uno de los poemas más estremecedores del libro al abordar el Alzheimer:

«Tus futuras ausencias/ ya se interponen en nuestra mirada./ No, no es temor lo que sentimos,/ sino tristeza de todo lo que tiene que ser…».

La pérdida de identidad se describe con una lucidez que conmueve sin caer en el sentimentalismo.

Finalmente, en «En cada instante», se formula una especie de ética final:

«Quieres salvarte/ de una rendición innoble,/ acometer cada día una victoria/ hecha de susurrante entrega. (…)// Ya lo sabes:/ en cada instante,/ la belleza te reclama».

La vida, incluso en su límite, sigue siendo exigencia de sentido.

Uno de los rasgos más destacables de este volumen de poemas es el predominio de la poiesis sobre la téchne. La escritura de Javier Puig no busca el ornato, la floritura ni el artificio, ni la exhibición formal, sino la emergencia de un sentido. La técnica está al servicio de la revelación, no al revés. No descuida la forma: su estilo es pulcro, pero no le rinde culto. El exceso de técnica implica dominio, control, fabricación; la creación poética supone apertura, disponibilidad, capacidad de dejar surgir lo que ha de llegar. En este libro, la escritura parece nacer de una escucha interior, de una atención a lo que se da.

No hay, pues, exhibición técnica, aunque la técnica esté presente. Hay, más bien, una depuración que recuerda a lo que María Zambrano llamaba «razón poética»: un modo de conocimiento que no separa pensamiento y emoción.

La intensidad del libro procede de la fidelidad a una experiencia. Nuestro poeta se sitúa en una tradición de poesía meditativa donde la palabra busca ser verdad, no ornamento. Estamos ante un libro que crece hacia dentro. Su fuerza no está en la espectacularidad, sino en la persistencia de una mirada que quiere comprender.

Conviene destacar una vez más lo acertado del título: Es ahí, en esa espesura, donde comienza verdaderamente la experiencia; una dimensión que conecta con la mística de san Juan de la Cruz,  para quien lo divino se describe como una «noche oscura», un ámbito donde la luz no ilumina de manera directa, sino que ciega, desorienta, despoja. En el Cántico espiritual, el alma se adentra en un espacio de búsqueda donde lo amado no se presenta de forma inmediata, sino que se intuye, se persigue en ausencia.

Es por todo ello que este libro no se apura en una lectura rápida. Exige tiempo, atención y una cierta disposición interior. Pero a cambio ofrece una experiencia poco frecuente: la de una poesía que no busca impresionar, sino comprender; que no se impone, sino que acompaña. No pretende dominar lo invisible, sino acercarse a él, rozarlo, dejar que algo de su vibración se transfiera al poema,  que no ilumina de manera frontal, sino que trabaja con la penumbra, con ese claroscuro donde lo real se insinúa sin agotarse.

En la espesura de lo invisible es, en definitiva, un libro que no solo piensa la vida, sino que la siente en toda su complejidad: el tiempo que transforma, el amor que funda, el lenguaje que busca, el dolor que interpela, la infancia que perdura y la muerte que acecha.

En esa espesura, que es también la del propio vivir, Javier Puig logra algo esencial: no despejar del todo el misterio, sino acompañarlo con palabras que lo hacen más cercano, más habitable y más verdadero.


En la espesura de lo invisible
Javier Puig
Ars Poetica, 2026
114 páginas
16 €

José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965) es cofundador y codirector de Empireuma, revista de creación literaria. Desarrolla una amplia y diversa actividad cultural. Su obra poética publicada incluye dos plaquettes y diez poemarios, el más reciente Hable la luz (2024). En prosa ha editado los dos volúmenes de diarios A salto de mata: fragmentos de un diario, 2008-2016 (2023), Encrucijadas: a salto de mata 2 (2025), ambos finalistas de los Premios de la Crítica Valenciana. Y también el volumen de artículos, ensayos y entrevistas El umbral y las resonancias (2026). Ha sido incluido en diversas antologías y ha colaborado con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales.


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