Teatro

Blackbird

"Blackbird" de David Harrower en versión de Carlota Ferrer, una de las directoras de teatro más interesantes del momento.

Princicpio(s) roto(s)

/ por José María Castrillón /

Fuera de escena

Blackbird es una obra que avanza en la medida en que retrocede, pues su desarrollo implica la aclaración de un drama anterior, de una herida sin restañar. No es un proceso desconocido para cualquier aficionado al teatro. Desde el punto de vista dramatúrgico, cabría hablar de dos formas de presentar ese pasado (de hacerlo presente): que los protagonistas del recuerdo (de esa culpa) hayan estado sin reconocerse durante mucho tiempo; o que alguno de los protagonistas, como es el caso, arribe al presente para ajustar cuentas. Ambos elementos pueden entremezclarse en una especie de thriller en el que alguien ha estado siempre ahí, sin embargo no es quien dice (pero fue, sufrió por ello y ahora reclama justicia). En cualquier caso, aquí no partiremos del principio sino del final.

Final de la obra. No se trata de una representación escénica: se ha bajado una pantalla al término de la representación (no de la función) y el espectador presencia una escena cinematográfica pregrabada:

Ray acaba de salir del trabajo. Posiblemente es un ejecutivo o un supervisor de turnos en una empresa a las afueras de una gran ciudad. Acaba de subir al coche. A su lado, la esposa a quien besa, detrás, otro personaje cuya identidad no se va a desvelar en estos comentarios. El hombre (a)parece agotado. La mujer pregunta: Entonces, ¿la mujer con la que estabas? ¿Una compañera del trabajo? Él contesta evasivamente: Claro, una compañera. El coche se pone en marcha.

El engranaje del motor coge potencia, arranca, es mucha la fuerza necesaria para hacer que el automóvil se mueva. Mucha fuerza para alejarse del pasado. Pero hay que irse del trabajo, es necesario salir de allí, y esa noche más que nunca. Unos metros. El automóvil se ha cargado de inercia, solo hay que dejar que todo fluya, como cualquier otro día. Sí, al fin, ha pasado el día.

Frenazo. Un cuerpo negro sobre el parabrisas. Plumaje negro y sangre sobre el cristal, frente a los ocupantes, frente al espectador. (Escena congelada).

Título en letras grandes. Blackbird. Añadamos: Mirlo.

(Reinicio de la secuencia) ¿Qué ha sido eso? Pregunta la mujer. El limpiaparabrisas acaba por expulsar el cuerpo. Nada, contesta Ray, un pájaro. Final de la función.

Anotemos una observación inicial: un pájaro de atrezzo excesivamente grande para ser un mirlo, excesivamente grande.

En escena

Pero retrocedamos al inicio de la función. El espectador contempla dos espacios que serán, en realidad, no solo dos zonas referidas a tiempos distintos sino de naturaleza diferente. Al fondo, demasiado al fondo para un teatro tan amplio como el Niemeyer (resulta imprescindible contemplar los rostros de los actores también desde las últimas filas), se encuentra una especie de caja escénica. Parece el comedor de una empresa, impersonal pero aun así bastante sucio. Avanzando hacia el proscenio, y ocupando bastantes metros del escenario, una suerte de maqueta baja de ciudad, de árboles y de edificios, separados entre ellos y de apenas unos de centímetros de altura. Entre las figuras recortadas, los personajes (los actores) habrán de moverse cuando recuerden una tarde en que ambos se fugaron a otra ciudad. Ya no es el plano del presente en crudo, sino el del recuerdo (y como todo recuerdo, deformado por la imaginación). Dos planos extensos, pues, sobre la escena y algún elemento escénico en el lateral izquierdo. Hay un tercer plano. Sí, uno más: es la parte inferior de la caja escénica: una especie de pasadizo transparente. Volveremos sobre ello.

En fin, una escenografía poderosa, contundente, expansiva, grande como el pájaro que muere al final violentamente estampado contra el parabrisas, y como el mismo pájaro de atrezzo ¿tal vez demasiado grande?

El montaje de Carlota Ferrer ofrece valores de audacia. Los movimientos acompasados que Ray y Una ejecutan en el plano del pasado (por entre las maquetas de la ciudad) es un emocionante ejercicio de delicadeza e imaginación. Sí, en la relación, en esa relación, hubo esa hipnótica armonía, hubo plenitud. No menos evocadoras e inquietantes resultan las proyecciones cinematográficas con que se abre y cierra la función o que acompañan (con la imagen del mar) al recuerdo de los protagonistas. El empleo de un micrófono para breves partes del diálogo no supone un mero refuerzo vocal o un subrayado. El registro amplificado de la voz concede formalidad al pasaje, al modo de una declaración pública. Si se analizan los pasajes resaltados de este modo coinciden con frases declarativas de un motivo y descriptivas de una situación (¿declaración pública ante un tribunal?)

No cabe duda de que se trata de una pro-a-puesta. Y así debe ser. Se necesita, sin embargo, pulir algunos elementos que no terminan por encajar o no parecen armonizar. No se trata únicamente de que resulten más o menos realistas. Que un personaje (no se dirá cuál por razones de trama) se deslice por el pasadizo inferior antes de salir a escena no chirría por matices de naturalismo teatral, sino por excesivo; que haya dos micrófonos de pie tanto en la zona de realidad-presente (recordemos que se trata del comedor de una fábrica) como en la parte delantera (recuerdo-pasado) resulta innecesario: bastaría con uno en el límite entre ambas; para qué obligar al actor protagonista a salir de foco para coger (y recoger, luego) un micrófono y una guitarra creando un intervalo neutro y sin tensión teatral (interpreta Angel de Robbie Williams, aunque se podría pensar en Blackbird de los Beatles). La reticencia está en la necesidad de una escenografía tan densa en planos y elementos. A veces, tantas veces, menos es más.

Interpretativamente, la pieza está bien resuelta. Irene Escolar y José Luis Torrijo conforman una pareja en sintonía, fluida en sus réplicas, convincente, aunque con matices igualmente excesivos en algún momento: el temblor de voz en la actriz y cierta exageración gestual en los momentos iniciales del sorprendido Ray.

Los protagonistas

Volvamos a ese comedor o sala de descanso. Una factoría a las afueras de una gran ciudad, pero en escena los personajes se encuentran en el decorado del fondo, en el plano del presente, de la realidad del presente. Ray es un hombre ya maduro, aún poderoso físicamente aunque marcado por la edad. Con quien se entrevista es una joven y desenvuelta mujer que no ha dudado en plantarse allí y preguntar por él. Se conocieron hace ya años, la mujer, Una, tenía entonces 12 años.

A partir de este momento, David Harrower, realiza un meticuloso proceso argumentativo que supone fundamentalmente dosificar la información que el espectador recibe para que solo cuando el autor lo crea oportuno se desvelen los mecanismos que, por un lado, desvelan la situación y, por otro, impulsan la trama. Tal vez el hecho inquietante que motiva el encuentro se revele demasiado pronto, pero en cualquier caso el autor sabe mantener un mínimo de tensión en su discurso a través de dos momentos esenciales: la brutal declaración de unos hechos acaecidos y una situación familiar del protagonista que arroja si cabe mayor dramatismo a la situación. Entre medias, una historia «de amor».

La historia

Y es en esa expresión (de amor) y su acompañamiento de comillas donde Blackbird atesora su originalidad y su potencia. Intentemos no desvelar demasiados detalles de esta historia. Recordemos: los protagonistas se conocen siendo Ray un hombre ya plenamente adulto, a mitad de su vida, y ella la niña aún de 12 años que ahora, más de una década después, busca a aquel hombre. Las relaciones prohibidas han tenido su lugar, y nada secundario, por cierto, en la historia teatral. Edipo, Rey o Romeo y Julieta abordan de manera bien distinta un mismo enfrentamiento entre sentimiento y convención social, entre apetencia y represión. La singularidad de Harrower consiste en afrontar con valentía un asunto tan espinoso como la paidofilia. Entiéndase bien: paidofilia y no exactamente pederastia. El horror no viene de la mano de la violación. Pero tampoco se trata, por acudir a mitos literarios, de la tentación que imaginó Nabokov (Una no es Lolita). Es en esa inquietante ambigüedad donde la obra cobra todo su sentido y su valor. A estas alturas ya finales de la reseña, el lector habrá intuido cuál fue la historia compartida por los protagonistas pero quizá no del todo por qué Una aborda a Ray. ¿El ajuste de cuentas? ¿El natural deseo de martirizar al monstruo? ¿O la punzante necesidad de verle de nuevo los ojos, de respirar junto a su piel? Tal vez, si se piensa en

Una canción…

Blackbird singing in the dead of night
Take these broken wings and learn to fly
All your life
You were only waiting for this moment to arise

 Blackbird singing in the dead of night
Take these sunken eyes and learn to see
All your life
You were only waiting for this moment to be free[…]

Blackbird, The Beatles


Blackbird 

David Harrower

Dirección:

Carlota Ferrer

Intérpretes:
Irene Escolar, José Luis Torrijo y Alba de la Fuente

Traducción:
José Manuel Mora
Iluminación:
David Picazo
Audiovisuales:
Jaime Dezcallar

Producción:
Pavón Teatro Kamikaze,
XXXIV Festival de Otoño a Primavera
de la Comunidad de Madrid
y Calle Cruzada

 

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