> Opinión

Santos, procesiones, hábitos y monjes

Hasta qué punto las banderas y otros pertrechos simbólicos siguen siendo vistos por muchos sedicentes ateos no como herramientas al servicio de causas, abandonables por tanto o aparcables cuando se vuelven contraproducentes para las mismas, sino como ídolos a los que sólo puede renunciarse incurriendo en alguna forma de traición sacrílega.

Alguna cosa se ha venido escribiendo, a lo largo del último par de siglos, sobre los resabios religiosos que siguen impregnando muchas veces el desempeño de cierta izquierda aun diciéndose, y siéndolo, laica o atea. Vendría a consistir esta suerte de religiosidad irreligiosa en una reapropiación o readaptación de determinados elementos característicos de las viejas religiones arrumbadas. René Guénon hablaba de religiones de Estado; Leopold von Wiese, de cuasirreligiones; Eric Vögelin, de religiones políticas; Raymond Aron hablará de religiones seculares y otros autores, como Sturzo, Tillich, Leibholz, Gurian o Benjamin harán también contribuciones similares a la delimitación del fenómeno (religión subrogada, pseudorreligión…), pero todos haciendo referencia a una y la misma cosa: el hueco enorme que el declive de las religiones tradicionales deja en el alma de los hombres, y cómo éstos colmatan con frecuencia ese socavón buscando en los nuevos usos, discursos y banderías políticos las viejas texturas de la fe. Figuras como el mártir, el papa, el sacerdote, el mesías, el profeta, las Sagradas Escrituras, el catecismo, el santo y la procesión, el pecado y la penitencia, la salvación y la redención, el hereje, el heresiarca, el cisma, la Inquisición, el santuario y otras tantas viven una especie de reciclaje o más bien de transmigración; de traslado a odres nuevos de esos vinos de siempre. Todo cambia, todo sigue igual y se es comunista o se es nacionalista o se es demócrata o constitucionalista o hasta seguidor de un club de fútbol con el mismo encefalograma que traza la psiquis de un creyente fervoroso, porque más allá de tornadizos ropajes y coberturas, probablemente nunca deje de cumplirse aquello que alguien dijo alguna vez: que el hombre está troquelado por la esperanza; que, como sostenía Mircea Eliade, lo sagrado es un componente esencial de la estructura de la conciencia humana. Tal como, en la versión cinematográfica de 2002 de La máquina del tiempo, el profesor Alexander Hartdegen nunca conseguía salvar a su novia muerta, porque siempre que viajaba al pasado para evitar su deceso la pobre mujer acababa falleciendo el mismo día de otra forma igual de trágica, la religión, no importa como trate de esquivársela, es una presencia insoslayable en esta malhadada faena que es ser humanos. Como el dinosaurio de Monterroso, cuando nos despertemos, todavía seguirá allí lo que quizás no podamos llamar propiamente religión, pero sí, como Salvador Giner, «una esfera mítica trascendente, así como un conjunto correspondiente de liturgias y piedades», o al menos, como George Steiner, una nostalgia del absoluto.

Sería injusto cargarle al comunismo todo el muerto de este fenómeno transversal como pocos, pero el comunista que esto escribe debe reconocer que pocas familias políticas ha habido, en los tres siglos transcurridos desde que Voltaire llamara la Infame a la Iglesia católica, que ofrezcan ejemplos más acabados de esta peculiar longevidad de lo religioso. Hay anécdotas muy reveladoras al respecto, y ésta es una tan buena como cualquier otra: se sabe que lo que hizo a Ignacio Gallego, líder de una escisión ortodoxa del Partido Comunista de España en los años ochenta, regresar al PCE poco tiempo más tarde junto con la mayor parte del nuevo partido que había fundado (lo que se negó a volver es hoy el Partido Comunista de los Pueblos de España) fue el reemplazo en 1986 de Boris Ponomáriov por Vadim Zagladin como responsable de las relaciones exteriores del Partido Comunista de la Unión Soviética con otras organizaciones bolcheviques mundiales. Zagladin era uno de los padres intelectuales de la perestroika y asumió el cargo decretando un giro de ciento ochenta grados con respecto a la gestión de su predecesor, que había fomentado escisiones ortodoxas como la española en aquellos partidos comunistas que se habían moderado y alejado de la órbita soviética. La nueva consigna de la curia moscovita era la unidad, y eso y nada más bastó a Gallego para desandar el camino del fraccionalismo. En el PCE seguían haciéndose y diciéndose las mismas cosas que habían motivado la marcha de los prosoviéticos, pero ser prosoviético, tras el advenimiento de Gorbachov, había pasado a consistir en hacerlas y decirlas; y Gallego se puso a ello ni de buena, ni de mala gana, sino tal y como un buen cura acepta sin rechistar que de pronto dejen de existir el limbo o el purgatorio merced a una encíclica papal, porque allí donde hay patrón no manda marinero, y donde hay un sumo pontífice no mandan los diáconos.

En otros momentos de la historia, esto de las religiones seculares ha arrojado otras imágenes poderosísimas que lo resumían muy cabalmente. Así, por ejemplo, en la España de finales del siglo XIX y principios del XX, aquélla en la que el socialismo y el anarquismo comenzaban a prender con fuerza entre las masas de desheredados, fue frecuente que las nuevas ideologías y la religión católica se contraprogramasen mutuamente, dándose el caso de manifestaciones que se convocaban al mismo tiempo que las procesiones de Semana Santa y de mítines que se celebraban a la vez que las grandes misas del calendario litúrgico. Los unos desfilaban con sus santos y vírgenes a hombros; los otros, con grandes retratos de Karl Marx y Pablo Iglesias, y en ese procesionar simultáneamente medían sus fuerzas, tal como en Irlanda del Norte lo hacen católicos y orangistas. A veces se llegaba al enfrentamiento abierto y a veces lo que se trababa era un combate pacífico que se servía más bien de las herramientas de un marketing avant la lettre, y daba lugar a fascinantes simbiosis. La Iglesia, por ejemplo, intentó en algún momento sacralizar la fiesta obrerista del Primero de Mayo como día de San José Artesano, siguiendo con ello un principio de evangelización tan viejo como la propia Iglesia, que en otros momentos de la historia había convertido a la Pachamama andina en Virgen María o a los dioses tutelares paganos en santos patrones y ángeles de la guarda. En dirección contraria, las nuevas ideologías usurpaban la palabrería y la imaginería de la religión para hacer más comprensible su mensaje a su público potencial, en gran parte analfabeto; y en particular readaptaban el Más Allá del cristianismo para convertirlo en un Más Acá socialista pintado con idénticas pinceladas: un mundo arcádico libre de pobreza, hambre, enfermedad, dolor o esclavitud gracias a la ciencia, puestas ahora sus posibilidades infinitas al servicio de la felicidad de todos los hombres. En algunos pueblos de Bolivia se venera hoy al Che Guevara como san Ernesto de la Higuera: un santo que, como Cristo, dio la vida por sus semejantes.

Muy parecidas cosas pueden decirse del nacionalismo, que en algunos casos ofrece ejemplos de desleimiento de lo religioso con lo político mucho más inextricables que los de las distintas confesiones del obrerismo. Es probable que no exista construcción nacional cuyos demiurgos no identifiquen o hayan identificado alguna vez a la nación como pueblo elegido de Dios (del dios que sea), lo cual proporciona ventajas evidentes: lo nacional queda ungido de sacralidad y los ataques antinacionales, que una democracia madura sólo puede considerar un ejercicio de libertad de expresión, pueden ser castigados como blasfemia, herejía o sacrilegio. Todas las naciones, como todas las religiones, tienen también su anticristo; su hereje de herejes en quien condensan todas las maldades y que ofrece al grupo un espejo negativo en oposición al cual modelarse. Lo que Carles Puigdemont es hoy para el españolismo redivivo no parece muy diferente de lo que para los estalinistas era Trotski o para los católicos fue durante mucho tiempo Martín Lutero. Del padre del protestantismo, todavía hoy una página web ultracatólica dice lo siguiente: «No hay que ser […] un genio de perspicacia ni un retrógrado recalcitrante para afirmar con perfecta serenidad y sin hipérboles que la revolución protestante ha sido probablemente una de las mayores jugadas de Satanás en la historia, y el pobre monje alemán su miserable ejecutor», exabruptos que no cuesta asimilar a los que, por ejemplo, se vomitan en un libro de reciente publicación titulado Grandes traidores a España, publicado por un periodista de extrema derecha, cuya primera edición se agotó en dos semanas y cuyo último capítulo está dedicado justamente a Puigdemont. Antes de llegar a ese telos cataláunico, el escritor ha calificado ya a Bartolomé de las Casas de «charlatán paranoico» y a Simón Bolívar de «acomplejado social al servicio de Inglaterra» y ha acusado a Jordi Pujol de «envenenar el alma y el corazón del charnego»; y semejante volquete de maniqueísmos savonarólicos demuestra definitivamente ser más hijo del dogma religioso que de la ciencia histórica cuando la sinopsis del libro dice de él, desprendiendo casi el olor a carne quemada de los autos de fe, que «desenmascara a los Judas que cambiaron para siempre nuestra historia».

No es ése el único ejemplo que puede ponerse de los pasadizos secretos que conectan lo religioso y lo nacional y el pasado remoto con el más rabioso presente: en la parroquia de Sobrefoz, en el concejo asturiano de Ponga, hubo hasta hace poco (digámoslo claramente: hasta que la robaron), encastrada en una vieja casona, una estela del siglo XVIII en la que un vecino había inscrito lo siguiente: «Si el pecáu pasa por aquí, palos se i den o [al] pasar palos dai». El pecáu era Satanás, a quien no se podía llamar por su nombre; y no abulta mucha distancia intelectual, aunque sí la haya cronológica, la que media entre esa estela y el estólido cartel que hizo lamentablemente famoso hace unos meses al bar Tu Café de Gijón: «Se admiten mascotas… independentistas no».

De todas estas pertinacias religiosas, tal vez no haya ninguna tan fuerte como los iconos, transmutados ahora en todo un arsenal simbólico entre el cual destacan las banderas nacionales y políticas, nimbadas por idénticas auras de sacralidad e incluso objeto de figuras penales no muy distintas del antiguo sacrilegio. En 2007, dos erasmus españoles estuvieron varias semanas presos en Letonia, en una cárcel de dos metros por cinco en la que convivían con las ratas, por descolgar unas banderas decorativas de una calle de Riga para llevárselas de recuerdo. La policía letona los prendió en un puente y entonces, asustados, arrojaron las banderas al río Daugava, lo cual agravó dramáticamente su situación, porque al delito de robo añadieron el de ultraje. La Fiscalía llegó a solicitar para ellos una pena de tres años de cárcel, el pago de cincuenta veces el salario mínimo letón o la realización de trabajos sociales; y todo ello generó, además de un incidente diplomático entre los dos países, una vasta indignación en España, pero, ¿es decabellado imaginarse a la nutrida porción de españoles que hoy cuelgan enseñas rojigualdas de sus balcones aprobando con entusiasmo que se introduzca en el Código penal español un delito similar castigado del mismo modo? ¿Lo es barruntarles una cartografía neuronal no muy distinta de la de los fieles musulmanes que el año anterior se habían manifestado indignados en todo el mundo islámico, provocando incluso muertos, en protesta contra una revista satírica danesa, el Jyllands Posten, que había publicado unas caricaturas de Mahoma?

En torno a las banderas se establecen a veces los mismos debates que en la Alta Edad Media suscitaban las imágenes religiosas. Se discutía en aquel entonces si los iconos, pensados como herramienta didáctica para la evangelización de masas iletradas para las que los dogmas teológicos resultaban abstrusos, no acababan siendo contraproducentes en tanto los nuevos fieles pasaban a adorarlos per se, como a tótemes, en lugar de entenderlos como meras representaciones de aquello que había que adorar, es decir, como simples apoyos en el camino hacia el cielo y no como pedacitos de cielo ellos mismos. Teólogos como Eusebio de Cesarea, Asterio de Amasia, Epifanio de Salamis o Ariano Filostorgio clamaban contra lo que consideraban «costumbres paganas» y echaban mano de cierto pasaje del Deuteronomio: «No tendrás dioses extraños delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás, ni las servirás». En oposición a ellos, personajes como el papa Gregorio Magno defendían pese a todo la validez de los iconos. Esto escribía el pontífice, por ejemplo, al obispo Sereno de Marsella, iconoclasta también:

No sin razón ha permitido la antigüedad que las historias de los santos fueran pintadas en los lugares santos. Y nosotros ciertamente te elogiamos por no permitir que ellas sean adoradas, pero te culpamos por romperlas. Porque una cosa es adorar una imagen, y otra muy distinta aprender de la apariencia de una pintura lo que debemos adorar. Lo que los libros son para aquéllos que pueden leer, lo es una pintura para el ignorante que la mira; en una pintura aun el ignorante puede ver qué ejemplo debería seguir; en una pintura aquéllos que no conocen una letra pueden sin embargo leer. Por tanto, especialmente para los bárbaros, una pintura toma el lugar de un libro.

Han pasado siglos desde entonces, y justo es reconocer ya que los iconoclastas (que configuraron un sustrato cultural del que después bebería el islam) tenían razón, pues aún hoy es fácil rastrear ejemplos variopintos de idolatrías del carbonero; de adoraciones espurias rendidas a la imagen y no a lo que representa, como esas Semanas Santas meridionales (las españolas, pero también las italianas) en las que una multitud enloquecida eleva enseres y hasta bebés hacia el santo, la santa o la virgen venerada a fin de bendecirlos con el mero roce con la imagen; o las colas de varias horas que se forman en el Santo Sepulcro de Jerusalén para restregar rosarios y fotografías en la piedra en la que se asegura (y es evidentemente mentira) que limpiaron al Nazareno después del Descendimiento. Pero no es sólo en los dominios de lo estrictamente religioso que se manifiestan estas formas premodernas de veneración: también se dan en los mundos de lo político y aun en sectores ideológicos que se precian de ser hijos del racionalismo ilustrado.

Hasta qué punto las banderas y otros pertrechos simbólicos siguen siendo vistos por muchos sedicentes ateos no como herramientas al servicio de causas, abandonables por tanto o aparcables cuando se vuelven contraproducentes para las mismas, sino como ídolos a los que sólo puede renunciarse incurriendo en alguna forma de traición sacrílega, lo ilustra en este caso un debate que es frecuente que se establezca en torno a convocatorias a las que diversas fuerzas políticas y organizaciones normalmente enemigas o adversarias concurren juntas porque las congrega una reivindicación común a todas. Quien esto escribe lo ha vivido en la preparación de manifestaciones en defensa de la Tercera República y de la oficialidad de la lengua asturiana. Suele ser el caso que, en el proceso de preparación de las marchas, se alcen algunas voces para proponer que a la manifestación se acuda sin banderas o sólo con aquéllas que identifiquen a la causa en su conjunto; ocultación que tiene por objetivo no espantar a aliados moderados potenciales que, de otro modo, puedan resolver sus dudas sobre si participar o no optando por no hacerlo a fin de no marchar al lado de banderas que detestan: las comunistas o de partidos de izquierda y sindicatos en una manifestación republicana; las propias comunistas y partidarias o las independentistas asturianas en una por la cooficialidad de la llingua. También no servir el titular capcioso en bandeja a medios de comunicación enemigos que estén al quite para sobredimensionar cualquier elemento que les permita arrinconar la causa en cuestión a sus vertientes más radicales, por minoritarias que sean. Pero siempre es el caso que esa voz de la sensatez no sea escuchada: la idolatría vexilológica siempre es más fuerte que el sentido común táctico más elemental, y las rabietas con que los vexilievers (concepto que tomo de mi amigo Fer Menéndez) defienden con uñas y dientes que sí se lleven banderas tampoco son muy distintas de las de un capillita cuando su santo no sale en procesión debido a la lluvia.

Ese sentido común táctico lo han tenido siempre los chiíes y otros sectores minoritarios del islam, que desarrollaron principios llamados taqiyya y kitman consistentes en la permisión de camuflar la fe si ello obedecía a tres supuestos: peligro de muerte propio o de familiares o que ello sea bueno para la preservación o la difusión de la propia fe. Lo tenía también Enrique de Borbón, que fue el príncipe navarro que se convirtió del protestantismo hugonote al catolicismo acuñando una frase que hizo fortuna, «París bien vale una misa»: la valía hacerse pasar por católico para poder acceder al trono de Francia. Y lo tenía claro también Lenin, que en un libro que debería ser de cabecera para cualquier militante de izquierda, leninista o no, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, cargaba contra compañeros bolcheviques que rechazaban, por ejemplo, hacer el servicio militar zarista porque entendían que suponía legitimar las instituciones del enemigo: Lenin trataba de hacerles entender que era estúpido renunciar a un adiestramiento militar gratuito que después podría emplearse contra los propios zares. Hoy sigue habiendo izquierdistas que se convierten en aliados objetivos del enemigo porfiando en maximalismos y rigideces estériles que perjudican muy claramente a la causa que dicen defender sin, sin embargo, proporcionar ninguna ventaja a cambio. Se dan pasos atrás sin dar ninguno adelante, como no sea calmar los nervios de los banderizos; y éstos suelen defenderse con un argumento que de nuevo evidencia la testarudez de la psique religiosa: «siempre se han llevado esas banderas a las manifestaciones», dicen característicamente, y ese perennialismo (que debería verse anulado simplemente con señalar que algo se habrá hecho mal y algo habrá que cambiar si se lleva cuatro decenios celebrando una misma manifestación) los equipara a los guardianes de las peores tradiciones, que también juegan la carta del siempre se ha hecho así para justificar que en la fiesta del pueblo se arroje una cabra desde el campanario o se alancee a un toro.

De la tradición decía Popper que no se puede prescindir, pero tampoco uno fiar; y Jean Jaurès, que no debía consistir en preservar las cenizas, sino en mantener encendida la llama. Las banderas tienen indudablemente alguna utilidad: generan sentimiento de pertenencia y cohesión de grupo, dan color a las manifestaciones y las hacen parecer más  numerosas y amenazantes. Pero también generan perjuicios como los ya mencionados, y uno diría que lo más inteligente es hacer un balance sopesado de pros y contras de usarlas o no, y cuáles, antes de celebrar la manifestación, sobre todo una vinculada a una de esas causas que sólo se llevarán a término si se las desembaraza del abrazo de oso de la izquierda. Las mismas banderas que en un lugar son pertinentes y positivas y un factor de unificación, en otro pueden ser contraproducentes y divisivas. Parece lógico que a una manifestación republicana se lleven sólo banderas republicanas, pero también lo parece que las plazas transversales del 15-M rechazaran con cajas destempladas a quienes trataban de acercarse a las asambleas portando esas mismas banderas tricolores. Si las cabezas fueran otras y no las que son, incluso podría discutirse si una manifestación republicana no ganaría aún más apoyos si no sólo se rechazasen las banderas comunistas, de partido o de sindicato, sino que también se animara a mezclar las tricolores con rojigualdas purgadas de elementos monárquicos, de tal manera que a los republicanos de derechas (que alguno hay) que sienten rechazo hacia la tricolor pudiera animarles a participar esa bandera que es también la de las Cortes de Cádiz, el Sexenio Revolucionario y la Primera República. O que, directamente, se fuera tan benditamente irreverente —tan iconoclasta— como para abandonar tanto la tricolor como la rojigualda en favor de una nueva bandera libre de las cargas insidiosas del pasado. La Tercera República bien vale una bandera azul o verde o rosa que no impida que algunos sigamos colgando en nuestra casa la tricolor con la franja morada comunera; pero en España tan sólo Julio Anguita, tantas veces una especie de Casandra masculina, condenado a enunciar lo obvio sin que nadie le haga nunca maldito el caso, es lo suficientemente clarividente para darse cuenta (lo decía hace años, antes de la coronación de Felipe VI, pero sigue valiendo para hoy) de que «hay un riesgo, y es que en cualquier momento los poderes realmente mandan en España crean que Juan Carlos y la Monarquía ya no les sirven y traerán una República pequeña, de juguete y así los que sólo han ido sacando la bandera tricolor creerán que han conseguido traer la República»; que «la República tiene que tener contenido, ideas y proyecto para afrontar los problemas de hoy»; que lo importante de una República no es el significante sino el significado y no de qué colores pinte sus estandartes, sino si es un orden ético y una moral ciudadana y no sólo una jefatura de Estado electiva.

Del mismo modo, uno pensaría que la necesaria cooficialidad del asturiano bien vale llenar las manifestaciones de banderas asturianas oficiales pero también de rojigualdas constitucionales que, aunque a algunos que llegamos a quemar esa bandera alguna vez nos hagan sangrar los ojos, transmitan algo que por otra parte es cierto: que la cooficialidad no es más que la aplicación de la Constitución de 1978 («Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos») y puede llevarse a cabo dentro del más estricto orden establecido; e impidan también que la prensa contraria, ovetense o madrileña, presente la cosa como una quintacolumna del herribatasunismo, como de hecho no han tenido inconveniente deontológico en hacer periódicos como El Mundo que prefirieron destacar la presencia de un puñado de asturines independentistas antes que la de un militante de Vox favorable a la cooficialidad armado con una enorme bandera rojigualda, la de varios leoneses con banderas de León, la de una novedosa delegación del sindicato UGT o la de muchísimas más asturianas estándar que nacionaliegues. Debería serse, decimos, así de leninista para bien (también hay leninismo para mal, qué duda cabe), pero esa creatividad irreverente, esa capacidad para la Blitzkrieg simbólica, sigue siendo quimérica en la mayor parte de la soldadesca de todas las izquierdas hispánicas, nutrida todavía de feligreses en busca de una iglesia que los admita como socios mucho más que de partisanos. Podemos entendió bien (otras cosas las entendió mal, pero ésta está en su haber y no en su debe) que la izquierda debía dejar de recocerse en su propia salsa de estrellas rojas, y Pablo Iglesias llamaba cenizos y pesimistas existenciales a quienes se obstinaban y se siguen obstinando en envolverse en los trapos y cánticos mil veces derrotados de siempre, y tenía razón.

James George Frazer, uno de los padres de la antropología moderna, argumentaba a finales del siglo XIX en su espléndido La rama dorada que uno de los principios elementales de la religión es la repetición: las tribus poco desarrolladas desarrollan ritos y liturgias consistentes en una representación teatral de aquello que alguna vez rindió los beneficios que ahora vuelven a buscarse, en la confianza de que si la representación es lo suficientemente fidedigna, se forzará a la naturaleza a proporcionar de nuevo al grupo aquello que el grupo ansía. Las danzas de la lluvia de algunos pueblos son el ejemplo más conocido de cuantos responden a ese razonamiento, que también explica los sacrificios practicados en otros lugares: si se da el caso de que la tribu vea coincidir un día en el tiempo, fortuitamente, una lluvia propicia con una muerte violenta, es probable que pase a entender que existe alguna conexión entre ambos acontecimientos y que la lluvia puede serle arrancada al dios provocando conscientemente una nueva muerte violenta, que puede ser la de un ser humano o la de un animal. La educación de los perros también funciona así: se les premian determinadas conductas y posiciones a fin de que asocien lo uno con lo otro. A los perros antidroga se los entrena escondiendo una porción de la sustancia en cuestión y haciéndoles caer del techo un premio si la encuentran. Es la misma lógica la que explica al futbolista que salta al campo con el pie izquierdo, santiguándose o con determinado amuleto porque lo había hecho o lo llevaba un día que marcó gol; y también está tras un fascinante conjunto de rituales conocidos como cargo cults o cultos del carguero y que se dan en algunos lugares en los que civilizaciones industriales muy desarrolladas entraron en contacto con pueblos muy primitivos: por ejemplo, algunas islas de la Polinesia que ningún visitante exterior había frecuentado hasta que la segunda guerra mundial las convirtió en bases del esfuerzo militar de Estados Unidos contra el Japón imperial. Aquellas gentes prehistóricas veían de pronto descender de los cielos o emerger de las aguas a misteriosos seres alados (los aviones) o grandes cetáceos (los barcos) que arribaban a sus islotes vomitando fornidos hombres de colores extraños (blancos, pero también negros) y, sobre todo, toda clase de viandas suculentas y utensilios fascinantes. Tal como sucedió a los indígenas caribeños que vieron aparecer las carabelas de Colón y, de su interior, a una cohorte de centauros barbudos y refulgentes (los conquistadores, sus armaduras metálicas y sus caballos, animales que los caribes no habían visto nunca), aquellos asombrados nativos polinesios interpretaron los contingentes norteamericanos como advenimientos divinos y, cuando se fueron, pasaron a tratar de atraerlos de nuevo con sus propias danzas propiciatorias: construían aviones de madera y pistas de aterrizaje de cáñamo, se pintaban las letras «USA» en los pechos desnudos y bailaban hasta la extenuación, cantando remedos de las canciones pop que los americanos escuchaban en sus radios, a la espera de que el esfuerzo trajera milagrosamente de vuelta a los marines con sus cajas de latas de conserva.

La mente de nuestros vexilievers opera de modo similar, partiendo del principio de que la bandera que alguna vez funcionó, si se ondea con suficientes brío e insistencia, traerá de nuevo mágicamente aquello que representa; y que quién sabe qué dios de las causas justas se enfurecerá y negará definitivamente el triunfo si las banderas se abandonan. Los ingleses lo llaman wishful thinking y los ejemplos son diversísimos: en Argentina todos los mapas de la República incluyen a las Malvinas, y eso que ni es, ni ha sido en siglos, ni seguramente será (como el Gibraltar español o la Euskal Herria cis y transpirenaica), se sigue mapeando ofuscadamente cual si los mapas fueran una suerte de pizarra mágica de dibujos animados que hiciera cobrar vida a lo que en ella se pintase.

Otro argumento que suele formar parte del vademécum defensivo de los banderófilos es de orden sentimentaloide y viene a decir que no se puede pedir aparcar sus estandartes a quienes siempre estuvieron ahí, tanto menos si el fin es atraer a quienes no estuvieron nunca, pero con ello se muestra de nuevo una concepción hondamente errada de las manifestaciones como fin o como deporte; como una gradación de pedigríes y aristocracias que aspire, como toda aristocracia, a perpetuarse en lugar de a morir lo antes posible y aun si ello pasa por mostrar (y en este caso la religión sí ofrece una máxima positiva a rescatar) la generosidad y la abnegación de encumbrar a los últimos en perjuicio de los primeros.

Se arguye también que la auténtica transversalidad no es la ausencia de banderas, sino la pluralidad promiscua de ellas, pero cualquiera a quien orle un mínimo currículum movilizador debería saber ya que ésa es una utopía hermosa pero imposible, porque unas banderas anulan o ahuyentan a las otras, las sumas a veces restan y a veces hasta dividen y —por continuar con las analogías eclesiales— una catedral no es una simple yuxtaposición o acúmulo de capillas, aunque capillas albergue, sino un salto intelectual antes que arquitectónico, que requiere saberes y prácticas distintos y más complejos que los de la albañilería de andar por casa. Una golondrina no hace verano, pero muchas tampoco.

Urge en general una izquierda capaz de hacerse preguntas incómodas sobre sus propios fracasos, que entienda, parafraseando a Vujadin Boškov, que ganar es mejor que empatar y empatar mejor que perder y ganar nueve partidos por uno a cero mejor que ganar uno por nueve a cero. Que deje de enredarse en bizantinos discursos autocomplacientes sobre victorias morales y purezas de corazón. Que mienta cuando haya que mentir o al menos omita cuando haya que omitir y someta el manejo de verdades y mentiras a criterios de pragmatismo, tal como lo hacen, y jamás han dudado de hacerlo, sus enemigos. Que se manche las manos con banderas odiadas si flamearlas la acerca al mundo de las amadas, y arroje éstas sin piedad a la escombrera de la historia si dejan de serle útiles, siempre que no tire al niño con la ropa sucia y renuncie también al mundo nuevo que debe seguirle latiendo siempre en los corazones. Que deje de pensar que el hábito hace al monje.

Nietzsche decía que tendemos a pensar que lo importante del árbol es el fruto, pero lo es la semilla.

Historiador de formación y periodista de profesión. Colabora con 'La Voz de Asturias', 'Atlántica XXII' y 'La Soga' y acaba de publicar su primer libro, 'Si cantara el gallo rojo', una biografía social del dirigente comunista Jesús Montes Estrada, 'Churruca'.

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