Narrativa

Jorge Ordaz y los mapas de Prokosch

Jorge Ordaz vuelve de nuevo a la mesa de novedades con "La mariposa en el mapa" (Luna de Abajo, 2018).

/ por Jorge Ordaz /

No recuerdo con exactitud cuándo oí hablar por primera vez de Frederic Prokosch. Sí recuerdo, en cambio, cuál fue el primer libro suyo que leí: Tormenta y eco. Lo leí a principios de los años sesenta, siendo un adolescente, la edad en la se descubren aquellos libros que nunca habremos de olvidar. A lo largo del tiempo el libro ha permanecido en mi memoria; sin embargo, de su primera lectura apenas recordaba nada. Hasta hace poco, que he vuelto a leerlo y era como si lo leyese por primera vez.

Frederic Prokosch (Wisconsin, EEUU, 1906 – Francia, 1989)

Para mí siempre ha sido un misterio este primer contacto con la obra de Prokosch. A diferencia de otros casos, en los que descubres a un escritor al leer algo acerca de él que te interesa o alguien en quien confías te lo recomienda, en este caso no puedo aportar con certeza ningún motivo especial. ¿Qué fue lo que me impulsó a comprar el libro de un autor para mi totalmente desconocido? No lo sé y dudo que llegue a saberlo. En algún lugar oculto de mi mente debe guardarse la respuesta, pero hoy por hoy soy incapaz de encontrarla. Hay extrañas conexiones en el cerebro humano que conducen a decisiones súbitas e impredecibles. Sucede en cualquier ámbito de la vida y, por supuesto, también a la hora de elegir nuestras lecturas. Esta sería una de ellas.

El texto que viene a continuación es la historia del reencuentro con un autor que me ha acompañado con intermitencias durante cincuenta años, y cuya vida, personalidad y obra literaria me resultan especialmente fascinantes. Pero no es solo eso. En cierta forma Prokosch también es pretexto para hablar de escritura y de libros. Del oficio de escritor. Del éxito y del fracaso. De críticas y rechazos. De realidad y ficción. Del azar. De máscaras. Esto es, de vida y literatura.




Primer capítulo de La mariposa en el mapa:

El Comienzo

Todavía conservo el libro. Es un Libro Plaza, de Ediciones G. P. (la editorial creada por Germán Plaza), publicado en 1956. Costaba 12 pesetas. En la portada figura una estatuilla africana y un texto sugerente: «El lenguaje violento, crudo y apasionado de la Naturaleza salvaje». El ejemplar está algo manoseado y posee un olor característico, entre rancio y húmedo. Sus hojas, de un papel barato y rugoso, como suele ser el de las ediciones populares de la época, se han vuelto amarillentas y muestran algunas manchas de óxido. El tipo de letra es pequeño; y el interlineado, apretado. Los márgenes, cortísimos. De verdad, no resulta fácil ni cómodo de leer.1

Me imagino que cuando leí este ejemplar de Tormenta y eco por vez primera estas dificultades me tenían sin cuidado. Yo contaba en aquel tiempo dieciséis o diecisiete años y los libros, más que leerlos, los devoraba. Era la época de los asombros y las revelaciones, de los luminosos descubrimientos de la literatura, y ciertamente no me importaban ni el tamaño de la letra ni el tipo de papel ni la edición en general, por criminal que fuese.

Fue un domingo por la mañana, en un puesto de libros de segunda mano del Mercat de Sant Antoni de Barcelona, lugar que solía frecuentar solo o en compañía de Pedro Ugalde,2 donde adquirí el libro en cuestión. Como he dicho, desconozco el motivo que me indujo a comprarlo; pero apunto uno posible.

No hacía mucho había leído, y me habían gustado, dos novelas: una era El tótem y el tabú3 del sudafricano Stuart Cloete, una condensación de Selecciones del Readers’s Digest (sí, todos tenemos un pasado) en la que un par de cazadores blancos persiguen a un viejo elefante llamado «El Cojo»; y la otra Algo de valor,4 del norteamericano Robert Ruark, que sucedía en la Kenia colonial y tenía como telón de fondo la insurrección del Mau Mau de los años cincuenta del pasado siglo. Además, por aquel entonces yo era muy aficionado a las películas de aventuras, en especial las de ambiente africano. De este género, o más bien subgénero, no solía perderme ninguna. Recuerdo alguno de los títulos: Las minas del rey Salomón, Más allá de Mombasa, Sangre sobre la tierra,5 Simba, Mogambo, Las nieves del Kilimanjaro, Tanganika… Seguramente al ver la colorida cubierta de Tormenta y eco y leer de qué iba el libro me animara a comprarlo. Es una posibilidad.

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Tormenta y eco es, como más tarde pude comprobar, una novela muy característica del quehacer literario de Prokosch. El argumento es simple: en Louladongo, en el corazón del continente africano, un grupo de cuatro hombres, de diferentes nacionalidades e intereses, emprende un fatigoso viaje hacia el mítico monte Nagala, reverenciado y temido por los nativos. Marius es un mineralogista francés al que solo le interesa la búsqueda de metales con los que hacerse rico; Alessandro es un antropólogo y etnógrafo italiano interesado en antiguos dioses y mitos; y Joshua es un entomólogo americano recolector de insectos raros. Samuel, el narrador, tiene un único objetivo: seguir el rastro de un amigo suyo, Leonard Speght, un hombre legendario, mitad santo mitad diablo, desaparecido en misteriosas circunstancias en las estribaciones de la mencionada montaña.

Además del viaje propiamente dicho por selvas y poblados, la novela es también un viaje al interior de cada personaje. No es la típica novela de aventuras, con la sucesión de giros y peripecias, a cual más increíble, al estilo de Rider Haggard; sino una narración densa, a ratos discursiva, y en la que a menudo los personajes hablan de temas profundos a raíz de los rescoldos de la II Guerra Mundial. La novela está dividida en breves capítulos, cada uno titulado según un animal, propio de la fauna africana, cuya presencia se verifica de una manera real o simbólica.

En un ambiente cercano a lo que más tarde se llamaría realismo mágico, Prokosch va desgranando una sucesión de escenas y pasajes sombríos, casi de pesadilla, en medio de una atmósfera insidiosa, crecientemente opresiva. Hay ecos reconocibles de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y de los mitos y símbolos de La rama dorada de Frazer. Para Prokosch África es fascinación y perdición, atracción y abismo, muerte y regeneración. El viaje de los personajes por tierras del continente negro es un viaje a los orígenes; o, como sugiere Francesco Adinolfi,6 un regressus ad uterum de la Gran Madre.

El despliegue lingüístico de Tormenta y eco es extraordinario, rico en sorprendentes metáforas y atrevidas imágenes, a menudo rodeadas de un vaporoso aliento poético.

La exuberante prosa prokoschiana —que la esforzada labor del traductor Fernando Calleja trata de reflejar en toda su barroca plenitud— brilla de un modo especial en las descripciones de la Naturaleza, la otra gran protagonista, si no la principal, de la novela.

He aquí algunos ejemplos:

Aquella noche cayó sobre la tierra una paz oceánica. La luz de las estrellas pendía de lo alto, reflejada por millares de charcos, entre los helechos, entre las raíces, junto a las piedras, bajo las hojas de los lirios silvestres. Toda la horrenda escualidez miserable del Congo había desaparecido, como una piel de serpiente. Tenía el aire una pureza cristalina, y un frescor de musgo llenaba el valle. Todo se hinchaba en secreto, todo escarbaba calladamente en medio de la oscuridad.

Y entonces atacó, veloz como una cobra. Una gran vena blanca penetró en el cielo. Todo tembló internamente, y hasta la médula ósea de los objetos fue taladrada. La tensión se desmoronó, el cielo quedó disuelto, el aire chorreó y quedó plateado por la lluvia. La tormenta se acercó galopando pesadamente, rebombante y retronadora, ola tras ola tempestuosa.

Atravesábamos la maleza. El aire estaba paralítico de quietud. No era aquella la quietud de la paz, sino una inmovilidad densa y combustible. La Naturaleza toda yacía apresada por un ataque cataléptico. Los grillos chillaban con pánico incesante. Y todo estaba impregnado de aquel olor intolerable, ligeramente sulfuroso y mortal, como bocanadas salidas de un horno crematorio.

Es una narración de una gran fisicidad, con una presencia constante de la laceración corporal y de la enfermedad y sus efectos degradantes entre los nativos. Así, en la tierra de los pigmeos tick-ticks, los expedicionarios se bañan en una charca y al punto sienten una picazón irresistible:

Tornóse nuestra piel roja como la carne del salmón y comenzó a cubrírsenos de pequeñas ampollas, muy especialmente en la zona del escroto, que pronto empezó a brillar como una níspola madura.

En otro miserable poblado les sale una muchedumbre de enfermos:

Niños cubiertos de llagas purulentas, niñas con agujeros oscuros en vez de ojos, la enfermedad del sueño en todos sus grados, sífilis, ataxia locomotriz. Viejos arrugados y deformes, cubiertos de pústulas, y mujeres retorcidas bajo capas de arcilla. Tales eran los seres que, tumbados en nuestro camino, nos pedían limosna […]. Aquello era un fantástico calidoscopio de miserias humanas. Las caras vueltas hacia nosotros, los gemidos interminables, el hedor indescriptible… El pueblo era una úlcera vasta e increíble.

En otro pueblo los hombres sufren de elefantiasis testicular:

La luz de la lámpara iluminaba sus cuerpos monstruosos. Entre las piernas tenían enormes sacos color ciruela.

Por contraste, la plasticidad de los cuerpos bellos:

Las mujeres de Xassandoa eran de insólita belleza, elásticas, cimbreñas y de donoso talante, con una piel que emulaba una rica seda azabachada, su único adorno era una pequeña hoja de plátano alegre de color. No usaban zarcillos o brazaletes y ni siquiera una pluma. Al contrario que la mayor parte de las mujeres del Congo, tenían esbeltas las nalgas, sin que las afeara la más leve arruga de grasa superflua. Y sus piernas eran largas y rectas de manera muy hermosa, con los pies graciosamente articulados en los tobillos […]. Tenían los senos lindos y brillantes, con pezones que apuntaban hacia arriba…

A lo que se ve, hay en Prokosch una cierta fijación por las partes pudendas, sobre todo masculinas, y esto enlaza con una sexualidad que impregna varias escenas y que se hace muy explícita en un par de ellas.

En la primera, Samuel se acuesta con una indígena:

Encontré a Maburu dormida debajo de un tamarisco. El chal blanco se había desprendido de su cuerpo, como caen los pétalos del estambre. Tenía los labios entreabiertos y las manos rizadas como patas de felino sobre los senos. El aislamiento oscuro del sueño colgaba sobre la muchacha. Una hoja mojada se había quedado pegada sobre el abdomen y subía y bajaba con la respiración. Me incliné sobre ella y contemplé los caracoles de sus orejas, las palmas arrugadas de las manos, los pezones pequeños y morenos, la gruesa vena que palpitaba en su garganta, todo ello oscuro y profundo con el sueño como hojas entrevistas en el fondo de una laguna…

En la segunda es Shela el objeto de su deseo:

Tenía los brazos echados hacia atrás y los sobacos le fulgían como llamas. La piel, cálida y morena, estaba espolvoreada por copos de sol. Su cara, y todo su cuerpo, habían cambiado de manera inexplicable. La boca entreabierta, las piernas algo separadas. Los ojos entornados, las manos medio cerradas, todos ellos latían y parecían despedir una irradiación sexual extraordinaria. La flecha oscura del pubis parecía amenazar como lengua de sierpe…

«Penes», «senos», «nalgas», «pezones», «pubis»… Palabras que en aquellos años (la primera edición española de Tormenta y eco, con la misma traducción, es de 1949, en Ediciones La Nave de Saturnino Calleja) no era nada frecuente ver impresas en un libro de ficción. Lo «normal» en estos casos hubiese sido suavizar o simplemente suprimir tales vocablos. Sin embargo, parece que la censura, que tantos destrozos y amputaciones solía hacer, en esta ocasión pasó por alto expresiones y escenas poco sujetas a la moral y a las buenas costumbres del nacionalcatolicismo. ¿Hubo despiste por parte del censor de turno? Lo dudo, pues solían ser funcionarios extremadamente puntillosos en su cometido. Más bien creo que si la censura dio el visto bueno a ciertos términos y descripciones de marcado carácter sexual, fue porque al fin y al cabo estas cosas se referían a indígenas de raza negra. Cosa diferente hubiese sido si en vez de transcurrir la acción en el corazón de África hubiese transcurrido en una ciudad de provincias española. ¿Absurdo? Toda censura es absurda, y la española de aquellos tiempos, aún más.7

En la contracubierta del libro venían algunos datos sobre el autor de la novela:

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Frederic Prokosch, americano, oriundo de Wisconsin, es doctor en Filosofía y campeón en diversos deportes, dos facetas poco compatibles. Ha viajado como becario por Asia y África, continentes que ha recorrido a pie en buena parte. Su pasión es la lingüística. Ha sido miembro del departamento de Información de Guerra, y de la Legación Americana en Estocolmo. Tiene en la actualidad cuarenta y ocho años. Sus novelas han creado un estilo nuevo, por la sencilla razón de que no se parecen a las de nadie.

Una foto del autor, en escorzo, tamaño carnet, completaba la información. Y esto era todo.

Por supuesto que con el tiempo conocería muchas más cosas de Prokosch, pero aquellos fueron los únicos datos, seguramente suministrados por la editorial americana de origen, que en aquel momento me ayudaron a situar al autor.

Visto con perspectiva, en la breve nota biográfica hay algunas cosas que me llaman la atención. Dejando a un lado la «poca compatibilidad» que se atribuye entre la Filosofía y los deportes, hay omisiones significativas (no se menciona ninguna de sus novelas anteriores) y afirmaciones que, como veremos más adelante, no se corresponden con la realidad. Tampoco su edad era la que entonces tenía.

Pero todo esto forma parte de lo que podríamos llamar el «enigma Prokosch». El de un escritor que durante toda su vida se movió entre la apariencia y la ambigüedad; que él mismo se encargó de cultivar.

Recientemente, navegando por internet, di con «El diccionario de Ferrer Lerín», de Enrique Acosta y Antonio Viñales, incluido en la revista literaria digital Caminos de Pakistán. En él hay la siguiente referencia:

Osseladossa: A mediados de los cincuenta adquiero la novela Tormenta y eco del norteamericano Frederic Prokosch. Es un texto lujuriante y lujurioso que me animó a leer más narrativa. Se dice a menudo que lo importante es que los jóvenes lean, que se aficionen a la lectura y que no importa que se inicien a través del cómic o de la prensa deportiva; añadiría que por qué no a través de la novela erótica o pornográfica. Creo recordar que uno de los protagonistas, un etíope taciturno, se llamaba Osseladossa.


Notas

(1) Hubo, por parte de la misma editorial, dos reediciones, en 1958 y 1964, ambas de similar y fatigosa lectura.

(2) Pedro Luis Ugalde (1946-2013), abogado y poeta. Amigo desde los tiempos del Colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas de Barcelona.

(3) Título original: The Curve and the Tusk (Houghton Miffin, 1952).

(4) Robert Ruark, Algo de valor (Luis de Caralt, 1956).

(5) Título español de la adaptación al cine de la novela Algo de valor, realizada por Richard Brooks en 1957.

(6) En Mondo Exotica (Duke University Press, 2000).

(7) Años más tarde descubriría en un listado sobre la calificación moral de novelas de los años cincuenta, que Tormenta y eco estaba incluida dentro del apartado de «inmorales o dañosas, que no deben leerse». Por su parte, el P. Garmendia de Otaola, S. J., en Lecturas buenas y malas, a la luz del dogma y de la moral (2.ª ed., 1953) despacha Tormenta y eco en menos de dos líneas: «Novela fantástica que describe el continente negro. Rechazable».


La mariposa en el mapa
Jorge Ordaz
Luna de Abajo, 2018
204 páginas


 

Jorge Ordaz (Barcelona, 1946) ha sido profesor en el Departamento de Geología de la Universidad de Oviedo e investigador del Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII. Ha publicado varios libros de ficción: Gabinete de ciencias asturales (en colaboración con Juan Luis Martínez Álvarez); Prima donna, finalista del  premio Herralde (1985); Las confesiones de un bibliófagoLa Perla del Oriente (1993), finalista del premio Nadal (1993); Perdido edénEl cazador de dinosauriosEl fuego y las cenizas, premio de la Crítica de Asturias de Narrativa (2012); y Diabolicón. Ha publicado asimismo folletos de «no ficción» (Cuaderno de Manila, Melitensia, Conradiana, RLS), traducciones de poetas ingleses y norteamericanos (Casas abiertas, Kenneth Fearing: 23 poemas), y colaborado en libros colectivos, periódicos y revistas culturales. Mantiene el blog literario Obiter dicta

 

 

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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