Historia

Estados Unidos y la coartada expansionista de la seguridad nacional

"Poder y caos. La política del miedo" (Verbum, 2018) de Miguel Catalán.

[Este ensayo forma parte del volumen Poder y Caos. La política del miedo,  publicado recientemente por la editorial Verbum]

/ por Miguel Catalán /

La expansión, hemos concluido, es el camino a la seguridad
John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos

No podemos permitir que nuestros enemigos ataquen primero
Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos (septiembre de 2002)

Como ocurría en su tiempo con otros imperios, el actual imperio estadounidense es el que ha hecho en nuestro tiempo mayor uso de la coartada de la seguridad defensiva para atacar  o dominar a otros Estados. Aunque sí la más corriente, no es la única; en combinación con ella utiliza también el argumento misionero de la expansión de la libertad y la democracia. La declaración expansionista fundacional de John Adams recibió confirmaciones posteriores bien concretas, y así la conquista de algunos enclaves del norte de  México bajo Theodore Roosevelt ya fue descrita con un “Nos expandimos hacia México para garantizar la democracia” dentro de los mitos del Destino Manifiesto de Estados Unidos y de la Carga del hombre blanco en presunto beneficio de los nativos americanos[i]. El intento de apropiarse de otros países o controlar su economía había merecido ya la excusa de que estaban liberándolos del dominio inmoral de terceros indeseables, así la liberación de Cuba y Filipinas respecto a la tiránica España. En general, a lo largo de todo el siglo XIX, la expansión territorial de Estados Unidos a lo largo del continente americano se justificó con el vago concepto defensivo de la seguridad nacional[ii].

Aparte de la mentalidad de frontera y los efectos del esclavismo masivo, causas principales de su rango como uno de los países más violentos del mundo, que Estados Unidos venga acrecentando desde la Segunda Guerra Mundial un ejército permanente de carácter imperial-mundial es el origen de todas las falacias sobre el caos inminente que amenaza a los ciudadanos de su país si no se unen bajo el paraguas del gobierno, o al resto del mundo si no actúa dentro de lo esperado. A partir de la realidad del llamado Pentagon System, el imperio se ve obligado a utilizar grandes palabras, como puedan ser los propósitos recurrentemente declarados de defenderse a sí misma, garantizar los derechos humanos, prevenir el narcotráfico o desplegar en todo el mundo la bandera de libertad. En este mar de retórica altruista el navegante que cuente la verdad desde su pequeña isla suscitará críticas encendidas. Así, cuando Michael Ledeen, ideólogo estadounidense del American Enterprise Institute, justificó más adelante la segunda guerra de Iraq que causó más de un millón de muertos iraquíes y miles de estadounidenses con un “somos un pueblo guerrero y nos gusta la guerra”[iii], produjo tal indignación que las críticas lo redujeron al silencio. Dejando a un lado estas verdades extravagantes, es preciso disfrazar el negocio de la guerra y el gasto en armamento de expedientes justos, necesarios o pacificadores al modo cesáreo, y revestir la propia naturaleza lobuna con la piel del cordero que un día despierta a la realidad de la vida: la proverbial “inocencia” de Estados Unidos respecto a la corrupta Europa. Según el mito de la inocencia americana, el país habría despertado a la realidad política tras una prolongada age of innocence caracterizada por el puritanismo y la rectitud moral. Muchas son las fechas atribuidas al presunto despertar a la realidad de los buenos y simples americanos, y el tan perspicaz como cínico Henry Kissinger no duda en retrasarla nada menos que a la crisis del Canal de Suez en los años 50 del siglo XX, cuando esa parte de América que se apropia del nombre de todo el continente se percata de la necesidad de elegir entre dos males: el representado por Inglaterra y Francia, que pretenden conservar sus decadentes imperios inmorales, y el representado por la URSS, que proyecta contaminar Oriente Próximo de comunismo.

En su visión mítica de las relaciones exteriores tan beneficiosa para la imagen del propio país, Estados Unidos habría basculado a lo largo de su historia entre dos actitudes opuestas que responden a su vez a dos mitos autoindulgentes. La primera estaría caracterizada por la honesta conciencia de que Estados Unidos “no podía guardar sus valores sólo para sí” y la quijotesca o mesiánica tentación complementaria de intervenir en asuntos foráneos para ampliar al mundo entero los ideales de la democracia y la libertad. Esta actitud misionera exigía una cruzada mundial que derramara por doquier las virtudes carismáticas del nuevo pueblo elegido. La segunda actitud, por el contrario, estaría caracterizada por la estricta regla puritana de mantener la inocencia hasta el final a fin de evitar infectarse con los perversos enredos europeos. Tal actitud, que llevaba al aislacionismo, implicaba la posición de simple “faro del mundo” para aquellas naciones perdidas en el piélago de la oscura mar que quisieran acercarse por su propia cuenta al paraíso de la libertad[iv].  Ambas actitudes no eran incompatibles en un mismo momento histórico, como mostró el presidente John Quincy Adams al dar razones para hacer una excepción con el aislacionismo: “en casos flagrantes de maldad o incompetencia [Estados Unidos podría] ejercer, aun con renuencia, un poder policíaco internacional”[v]. Traducido a un lenguaje práctico, no hay que desperdiciar las ocasiones cuando se presentan.

Claro que la inocencia americana es una falacia de proporciones continentales forjada por una superpotencia cuyo auge se basó en la explotación inicial  (original) de indígenas cobrizos y negros importados para después ampliarse en frecuentes guerras y apoyos encubiertos a golpes de Estado en territorio extranjero. Dentro del campo de fuerza establecido por esos grandes vocablos de libertad, democracia o seguridad mundial (Estados Unidos en tanto policía del mundo) como parte de la actitud misionera se ubica la lucha antiterrorista desde el 11-S, sostenida por grandilocuentes dicotomías moralistas y concentrada en el eslogan de que Estados Unidos combate el Terror con una guerra infinita. Ahora bien, el terror es una táctica, no un país o un movimiento. Y un país no  puede hacer guerra a una táctica. Esa guerra imposible, tan útil sin embargo para ampliar el dominio imperial en base a un ejército devorador de fondos federales, precisaba de una doctrina presentable que justificara sus proyectos estratégicos, y el equipo de Bush hijo pergeñó a tal efecto la doctrina de la “autodefensa anticipatoria” articulada en la Estrategia Nacional de Seguridad de 2002. Según la secretaria de Estado Condoleeza Rice, la doctrina Bush de autodefensa anticipatoria se resumía en el “derecho de Estados Unidos a atacar un país que él crea que puede atacarle primero”[vi] (la cursiva es mía). Destaca en esta doctrina la autoexclusión respecto a la Carta de las Naciones Unidas y los convenios internacionales, justificada tradicionalmente por un tercer mito, el del excepcionalismo americano. Según el mito de la excepcionalidad de Estados Unidos, la excelencia moral y las superiores cualidades de un país bendecido por el favor divino lo libraría del yugo común que exige respetar los pactos y tratados internacionales. Noam Chomsky comenta respecto a la doctrina del derecho a atacar a la nación que Estados Unidos juzgue que puede atacarle primero: “La formulación no es sorprendente, dada su conclusión previa de que la jurisdicción de los tribunales internacionales se ha ‘demostrado inapropiada para Estados Unidos’ y de que Estados Unidos no está sometido a ‘las leyes y normas internacionales’ en general”[vii]. Si bien exacerbada en algunas legislaturas del Partido Republicano, esta doctrina de la excepcionalidad estadounidense cargada de idealismo chauvinista no es exclusiva de Bush, sino una tendencia histórica en la diplomacia de aquel país que también aparece en la doctrina Clinton del derecho a recurrir al “uso unilateral del poder militar” para garantizar “el acceso sin impedimentos a mercados, suministros energéticos y recursos estratégicos clave”[viii]. Tal doctrina, más discreta que la de Bush, fue admitida por la propia secretaria de Estado demócrata, Madeleine Albright, cuando señaló que todo presidente norteamericano tiene en la recámara una opinión muy parecida a la doctrina Bush, “pero es pura insensatez restregársela a la gente por la cara y aplicarla de un modo que enfurezca incluso a los aliados. Un poco de tacto resulta de utilidad”[ix]. En la cruda exposición de Benjamin Barber, el excepcionalismo moral de Estados Unidos implicaría, en caso de ser plasmado en una ley, la siguiente norma: “Las naciones sólo podrán recurrir a la guerra en casos de autodefensa, excepto Estados Unidos, que por ser especial podrá recurrir a la guerra cuando quiera”[x].

Yendo al origen de frontera del propio país, el mito del nacimiento de la virtuosa y excepcional nación americana presenta a los nativos americanos como salvajes agresivos incapaces de pactar la paz. Los blancos no habían llegado hasta allí para hacerles la guerra, sino para forzar la paz. Los españoles de Hernán Cortés que iban en busca de oro y vasallos ya aducían que su presencia en tierras tan remotas no tenía otros fines que la pacificación: “También se les dio a entender el gran poder del emperador nuestro señor, e que veníamos a deshacer agravios e robos, e que para ello nos envió a estas partes”[xi]. Los indígenas plantean un peligro tan cierto como inminente a los colonos blancos cuya única solución será el genocidio. Pasando del “problema indio” jaleado en las tabernas al obstáculo para la avidez que consta en los archivos, el historiador William Earl Weeks describe la Primera Guerra Seminola de 1818 provocada por Andrew Jackson como parte del “proyecto de apartar o eliminar a los  nativos americanos del sureste” ya antes de 1814. Florida no había sido incorporado al imperio americano, tal como lo nombraban aún sin reparo los Padres Fundadores, y constituía “un refugio de indios y esclavos fugitivos”. Andrew Jackson y John Quincy Adams aprovecharon un ataque indio como pretexto para emprender una campaña inmisericorde de terror y devastación que destruyó los poblados indios y “fuentes de alimentos en un esfuerzo calculado para infligir el hambre en las tribus” hasta el punto de se vieron obligados a abandonar sus tierras. Un solo ataque indio de menor importancia fue el detonante no sólo de la Primera Guerra Seminola, sino de la Segunda, que devino ya una guerra de exterminio. El historiador atribuye a Jackson una agresión para establecer en Florida “el dominio de esta República sobre la odiosa base de la violencia y el derramamiento de sangre”. Hoy, concluye Weeks, los seminolas perduran en la conciencia nacional como la mascota de la Florida State University[xii].

En 1845, el presidente James Know Polk justificó la anexión de Texas a Estados Unidos por la necesidad de impedir que un Estado independiente se transformara en “un aliado o una dependencia de alguna nación extranjera más poderosa que él” y por tanto una amenaza para la seguridad estadounidense[xiii]. Kissinger comenta: “En otros términos, la doctrina Monroe [doctrina que prohíbe a los países europeos intervenir militarmente en territorio americano] justificaba la intervención norteamericana no sólo contra una amenaza ya existente, sino contra toda posibilidad de un desafío abierto”[xiv]. La extraña doctrina de Henry Adams se puso de nuevo en práctica: la forma más eficaz de preservar la seguridad nacional consiste en invadir a los países vecinos, y no necesariamente porque sean peligrosos, sino porque algún día pueden ser invadidos por un país peligroso.

De modo parecido, el gobierno estadounidense definiría como países que amenazaban con una inmediata invasión de Estados Unidos a naciones tan pequeñas y débiles como Nicaragua u Honduras. Tales pobres espantajos de los años ochenta son claros antecedentes del “peligro inminente de Iraq para Estados Unidos” en la segunda guerra del Golfo. Luego los Bush ejecutarán el mismo juego de manos ideado por sus asesores con los eslóganes justificativos: “guerra defensiva contra el terrorismo internacional”, “misiles defensivos de anticipación”, “Justicia infinita”, etc.

Estados Unidos provocó con idéntica coartada la guerra contra España por Cuba al atribuir en 1898 a los mandos militares españoles un atentado inexistente. El hundimiento por una explosión accidental en el puerto de La Habana del acorazado estadounidense Maine durante la revuelta cubana contra los colonizadores españoles fue titulado por la prensa estadounidense a las órdenes de William Randolph  Hearst: “El barco de guerra Maine partido por la mitad por una artefacto infernal secreto del enemigo”. Fue una de las causas de que el Congreso autorizara la guerra contra España, a la que terminó por desposeer de sus últimas colonias en América.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos volvió a convertir un ataque en una mera defensa con el incidente de Tonkin, que permitió declarar la guerra a Vietnam del norte. La capciosa teoría del dominó según la cual había que impedir con las armas el triunfo comunista en Vietnam porque en caso contrario la plaga roja se extendería por todo el sureste asiático y luego por el resto del mundo anticipaba ya la “guerra preventiva” de Bush hijo. La versión oficial norteamericana siempre expuso que la guerra fue impuesta a Vietnam del Sur, defendida por Estados Unidos, a causa de la agresión comunista de Vietnam del norte. El Informe McNamara, estudio secreto del propio Pentágono también conocido como “Los papeles del Pentágono” admite que esa versión “no es del todo convincente”[xv]. El Informe explica:

Las Administraciones que se sucedieron en Washington desde el presidente John F. Kennedy al presidente Richard M. Nixon han esgrimido esta interpretación de los orígenes de la guerra para justificar la intervención norteamericana en Vietnam. Pero las estimaciones de los Servicios de Información norteamericanos durante la década de 1950-1960 demuestran que la guerra comenzó principalmente como una rebelión en el Sur contra el régimen cada vez más opresivo y corrompido de Ngo Dinh Diem[xvi].

Diem era el católico presidente dictatorial de la república de Vietnam del sur, cuyo aparato político definían los autores del Informe como una “oligarquía familiar rígidamente organizada y supercentralizada”. Apoyado por Estados Unidos, el despótico Diem “abolió los tradicionales concejos de los pueblos, elegidos por los aldeanos, por miedo a que los comunistas los empleasen como arma de poder. Acto seguido reemplazó estas asambleas populares por forasteros nombrados por él, refugiados del Norte y católicos leales a su persona. […]. En 1960, un 15 por ciento de la población seguía poseyendo un 75 por ciento de las tierras”[xvii]. Gracias al apoyo de Estados Unidos, Diem conservó el poder frente al empuje del Vietminh (“Liga para la independencia de Vietnam”), la guerrilla nacionalista que ya se había enfrentado a la colonización japonesa y luego francesa. Tal como expone el Informe, Kennedy ordenó en 1961 el inicio de una guerra no declarada contra Vietnam del norte,: “El 11 de mayo de 1961, el día en que el presidente Kennedy decidió enviar las fuerzas especiales, ordenó también que se iniciase la campaña de guerra clandestina contra Vietnam del norte, que sería librada por agentes sudvietnamitas dirigidos e instruidos por la CIA y algunas Fuerzas Especiales norteamericanas”[xviii].

El argumento esgrimido para la definitiva implicación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam  el 7 de agosto de 1964 fue la represalia por un supuesto ataque de patrulleras norvietnamitas (comunistas) a dos destructores estadounidenses en la bahía del Tonkin tres días antes, el 4 de agosto. Más adelante se sabría que el ataque nunca había existido. Su invención fue el último paso de la guerra encubierta de Estados Unidos. El Informe McNamara consigna que, seis meses antes del incidente de Tonkin, en febrero de ese 1964, “los Estados Unidos habían estado montando ataques militares clandestinos contra Vietnam del Norte, mientras trataban de obtener una declaración del Congreso que la Administración consideraba como equivalente a una declaración de guerra”. Y su relator prosigue: “Cuando ocurrió el incidente, la Administración Johnson no reveló estos ataques clandestinos e hizo aprobar a ambas Cámaras, el 7 de agosto, la resolución previamente preparada”[xix].

Tal Resolución del Senado y Cámara de Representantes que apoyó la decisión del presidente de utilizar la fuerza contra Vietnam del Norte por una mayoría abrumadora (88 votos contra 2 en el Senado y 416 contra 0 en la Cámara de Representantes) no sólo ocultaba los ataques secretos previamente realizados por las fuerzas estadounidenses, sino que estaba basada en un cúmulo de datos falsos sobre el presunto ataque vietnamita del 4 de agosto producidos y editados por los servicios de espionaje de Estados Unidos: como prueban los sucesivos documentos desclasificados en los últimos años por la propia Agencia de Seguridad Nacional (NSA), el decisivo incidente de Tonkin nunca tuvo lugar. No  obstante la falsificación de hechos para entrar definitivamente en guerra, la resolución argumentaba que “los Estados Unidos consideran vital para sus intereses nacionales y para la paz mundial el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales en el Sudeste asiático”[xx]. La palabra “paz” se utiliza en dos ocasiones y “seguridad” en una a fin de emprender una guerra que conllevaría en torno a dos millones de muertos.

Los ideólogos republicanos neoconservadores de Bush hijo, pues, no inventaron gran cosa con los “ataques preventivos” realizados en 2003 contra Iraq y previstos para otros países como Siria, Irán o Corea del Norte. La llamada “doctrina Bush” que desembocó en la invasión de Iraq ya fue puesta en marcha en 1992 por Paul Wolfowitz y Dick Cheney, pero las excusas fueron cambiando con el tiempo: primero la supuesta (y falsa) relación de Hussein con Al Queda, después el supuesto (y falso) programa nuclear de Sadam, y por último las inexistentes “armas de destrucción masiva”, cada una de ellas con supuestas pruebas que luego resultaron falsificaciones más o menos burdas. El ataque y la invasión fueron a su vez sustituidos por la defensa preventiva y la “democratización de la zona”[xxi].

Los imperios se basan en la supremacía militar y esta precisa de estratagemas y artimañas bélicas, pero también de mentiras justificativas. Siguiendo a la Atenas imperialista de Pericles, al imperio decimonónico de Britania y al Reich alemán de Hitler, Estados Unidos ha reiterado con frecuencia esta estratagema de conversión del agredido en agresor. De tal forma, el argumento genérico para atacar la isla caribe de Granada en 1983 fue que era preciso “acabar con el caos” y “restaurar la democracia” (Ronald Reagan), y el concreto, que su gobierno estaba construyendo en el nuevo aeropuerto de la isla una base militar soviética que amenazaba las vidas de los estadounidenses. En realidad, el equipo de Reagan había fabricado las excusas para impedir las reformas socialistas del primer ministro granadino Maurice Bishop, aliado de Cuba. Bishop resultaría asesinado y sus restos todavía no han sido encontrados. Estados Unidos no encontró pruebas de la función militar del aeropuerto, ni tampoco armamento pesado, pero dejó tras su rastro de sangre un gobierno más dócil después de causar 80 muertos y más de 500 heridos[xxii]. La coartada para invadir Panamá en 1989 fue detener al presidente panameño Manuel Antonio Noriega por tráfico de drogas. Después se supo que  Noriega reclamaba la soberanía del canal de Panamá una vez llegara a término la concesión a Estados Unidos. El objetivo real de la invasión fue mantener el control sobre esta vía de comunicación estratégica. Los bombardeos estadounidenses acabaron con la vida de entre 2.000 y 4.000 civiles, ignorados por los medios de comunicación. Si se llamó Causa Justa a la teatral invasión de Panamá para detener al comandante Noriega fue con el fin de justificar una matanza ya prevista cuya principal finalidad era convencer al Congreso de que mantuviera un nivel de gastos militares entonces en proceso de reducción. Así el coronel retirado David Ackworth, laureado excomandante de combate, opinó que para el éxito del operativo militar de Panamá habría bastado con “100 muchachos de las Fuerzas Especiales” en vez de los flamantes y carísimos cazas silenciosos F117A (50 millones de dólares por unidad), pues el objetivo carecía siquiera de una radar que pudiera detectar la aproximación de cualquier aeronave. “Lo habrían podido bombardear con cualquier otro avión”[xxiii]. El propio secretario de Defensa Dick Cheney explicaría después la causa de aquel desmedido despliegue tecnológico en la revista aeroespacial Aviation Week and Space Technology. Tras afirmar en ella que estas unidades fueron utilizadas debido a su gran precisión, añade: “Con la demostración de la capacidad para operar en conflicto de baja intensidad […], la operación puede ser utilizada por la Fuerza Aérea para justificar la enorme inversión hecha en tecnología silenciosa” ante “un cada vez más escéptico Congreso”[xxiv].

Las guerras imperiales estadounidenses de fines del siglo XX y principios del XXI exigieron que las estructuras políticas y administrativas al servicio de la Presidencia trabajaran duro para convencer al mundo de que sus móviles eran idealistas y pacificadores. La Primera Guerra del Golfo llegaba en 1991, apenas dos decenios después de una desastrosa guerra de Vietnam que los norteamericanos no habían olvidado. Los servicios de desinformación estadounidenses insistieron en que el ejército iraquí era “el cuarto más potente del mundo”, un cálculo ridículamente hinchado  que les permitía dar razón del enorme despliegue militar de la coalición en la zona del Golfo, y, más tarde, los bombardeos masivos sobre Iraq[xxv]. La prensa occidental repitió casi a diario la sospecha de que Sadam disponía de armas nucleares, que había comprado misiles con cabeza nuclear a China y que disponía de armas químicas y bacteriológicas. Se informaba con frecuencia sobre una frontera plagada de búnkers de varios pisos, con pasillos y aire acondicionado, sede de la Guardia Republicana, así como decenas de miles de minas que causarían miles de bajas a cualquier atacante. Ninguna de estas amenazas fue confirmada en el terreno iraquí una vez la coalición occidental ganó la guerra[xxvi]. Esta autovictimización del verdugo se implantó también en el lenguaje. Así, para describir las fuerzas militares de los países occidentales se utilizaron términos como “Ejército de Tierra”, “Armada”, “aviación” o “fuerza aérea”, en tanto para el bando adversario se utilizaba la torva expresión sinóptica “maquinaria de guerra iraquí”. A este lado combatían los “chicos”, “muchachos” o “soldados”, en tanto para aquel se utilizaban “tropas” u “hordas”. A este lado las tropas multinacionales sólo “atacaban”, pero al otro “realizaban ataques furtivos con misiles”. A este lado se “eliminaban” o “neutralizaban” unidades enemigas, pero los iraquíes en cambio “mataban” o “asesinaban”[xxvii].

Se hizo, además de todo ello, un uso generoso de la propaganda de atrocidades. Los medios de comunicación occidentales insistían en un deliberado atentado ecológico por parte del ejército iraquí al destruir los pozos petrolíferos de Kuwait. Hubo serios daños ecológicos, sin duda, pero no en los términos fingidos por Estados Unidos. Los medios occidentales aseguraron que la nube producida por el incendio de los pozos petrolíferos de Kuwait empañaría la luz solar, de modo que las temperaturas en el Golfo iban a descender unos 20 grados[xxviii]. Según la propaganda saudí alentada por fuertes gubernamentales estadounidenses, el ejército iraquí cortaba las orejas de los civiles saudíes y, en especial, había cometido una iniquidad indescriptible al arrancar los cables que alimentaban las incubadoras de un hospital materno-infantil de Kuwait; los soldados habían dejado morir de frío a las criaturas en el suelo y se habían llevado las incubadoras a su país. Después se supo que la historia había sido creada por una agencia publicitaria norteamericana de gran volumen de negocio, Hill & Knowlton, en una campaña que costó cientos de millones de dólares pagados por el emirato de Kuwait. En las audiencias del Congreso, una chica kuwaití de quince años aparentemente desvalida que se hizo llamar Nayirah testificó que los soldados habían dejado morir en el suelo a los neonatos. El Congreso estadounidense aprobó el uso de las armas tras estas emotivas audiencias por un pequeño margen de votos. Ahora bien, Nayirah se llamaba en realidad Niyirah Al-Sabah, y no era una muchacha desvalida, sino hija del embajador kuwaití en Estados UnidosBen Laden; su testimonio de la atrocidad iraquí, cuidadosamente preparado y ensayado por Hill & Knowlton, era asimismo enteramente inventado[xxix].

Es de justicia señalar que también el gobierno de Sadam fingió su particular “caso de las incubadoras” cuando la Agencia iraquí de Noticias informó el 21 de enero de 1991 de que las fuerzas de la coalición habían destruido una planta para procesamiento de la leche infantil al bombardear una fábrica de alimentos infantiles cercana a Bagdad. Luego se supo que no era cierto. El gobierno iraquí no dejó de desinformar en otros temas, como los presuntos enfrentamientos entre tropas occidentales y musulmanas de la coalición internacional. Hasta el final mismo de la guerra los medios controlados por Sadam mantuvieron que los aliados habían fracasado en sus objetivos y, tras sufrir numerosas bajas, solicitado el alto el fuego. Con la derrota ya consumada, Radio Bagdad celebró una falsa victoria sobre la fuerza multinacional[xxx].

El motivo aducido por Estados Unidos para la guerra de Afganistán (2001), por su parte, fue capturar a Ben Laden, que estuvo allí escondido durante un tiempo, y desactivar el movimiento talibán. El objetivo real de la llamada “Guerra justa” por su presunta causa y luego “guerra interminable” por su duración verdadera era mantener bajo control estratégico el centro de Asia, apoderarse de la gran riqueza mineral del país (petróleo, oro, cobre, litio…) y construir un oleoducto transafgano que permitiera gestionar el suministro de petróleo al sur de Asia.

Como hemos visto antes en detalle, el motivo aducido para la segunda guerra de Iraq fue la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Sadam Hussein. La “Estrategia Nacional de Seguridad”, anunciada por Condoleeza Rice en septiembre de 2002 y adelantada por el presidente Bush en varios discursos de ese mismo año, había puesto el marco necesario a los ataques contra Iraq y después contra Siria, Afganistán, Somalia o Paquistán: “Debemos atacar al enemigo”, explicó el presidente a los recién graduados de West Point, “truncar sus planes y hacer frente a las peores amenazas antes de que surjan” (la cursiva es mía)[xxxi]. El documento de la National Security Strategy iba precedido de una carta de Bush confirmando la nueva política de arbitrariedad bélica: “Para adelantarnos o impedir tales actos hostiles de nuestros adversarios, Estados Unidos actuará, si es necesario, de manera preventiva”[xxxii]. Una fuente del Washington Post reveló que entre los países puestos en el punto de mira preventivo se encontraban Irán, Siria, Corea del Norte o Libia, en la presunción de que pudieran disponerse a atacar alguna vez a Estados Unidos; Benjamin Barber comenta respecto a esta nueva estrategia que pasa por encima de las normas del derecho internacional: “Los partidarios del imperio del miedo están convencidos de que la capacidad de asustar y sobrecoger somete mucho más a los hombres que la tan cacareada majestuosidad del derecho”[xxxiii].


[i] Ronald Steel, “The American Imperium”, p. 38, en David McCann y Barry C. Strauss (eds.), War and Democracy, Londres y Nueva York: Routledge, 2015, pp. 34-48.

[ii] Idem.

[iii] Paul Krugman, “El gran engaño”, p. 8, en Claves de la razón práctica, CXL (marzo de 2004), pp. 4-12.

[iv] Henry Kissinger, op. cit., pp. 54-55, 765-806 y passim.

[v] Cit. en Henry Kissinger, op. cit., p. 42.

[vi] Noam Chomsky, Estados fallidos, ed. cit., p. 110.

[vii] Idem.

[viii] Ibidem, p. 115.

[ix] Idem.

[x] Benjamin R. Barber, op. cit., pp. 94-95.

[xi] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, vol. I, Madrid: Sarpe, 1985, p. 335.

[xii] Noam Chomsky, Estados fallidos, pp. 120-121.

[xiii] Henry Kissinger, op. cit., p. 38.

[xiv] Idem.

[xv] VV. AA., Los documentos del Pentágono (El informe McNamara),  Barcelona: Plaza & Janés, 1971, p. 97.

[xvi] Idem.

[xvii] Ibidem, pp. 100-101.

[xviii] Ibidem, p. 108.

[xix] Ibidem, p. 267.

[xx] Ibidem, p. 295.

[xxi] Paul Krugman, “El gran engaño”, ed. cit., p. 10.

[xxii] Hago uso en los próximos casos, de Panamá a Afganistán, del sintético trazado de Michel Collon “Petit inventaire de la désinformation : 10 guerres, 10 médiamensonges”, en Altermonde sans frontières, http://r14893.ovh.net/spip.php?article6862.

[xxiii] Noam Chomsky, “Los vencedores”, pp. 15-18, en Noam Chomsky y Heinz Dieterich, Los Vencedores, ed. cit., pp. 1-54.

[xxiv] Aviation Week and Space Technology, 1 de enero de 1990, cit. ibidem, p. 18.

[xxv] Alejandro Pizarroso, La guerra de las mentiras, ed. cit., p. 143.

[xxvi] Ibidem, pp. 144-145.

[xxvii] Ibidem, p. 164.

[xxviii] Ibidem, p. 146.

[xxix] Alejandro Pizarroso, Nuevas guerras, vieja propaganda, ed. cit., p. 127.

[xxx] Ibidem, pp. 140-142.

[xxxi] Benjamin R. Barber, op. cit., p. 75.

[xxxii] Cit. ibidem, p. 76.

[xxxiii] Ibidem, p. 78.


Poder y caos. La política del miedo
Miguel Catalán

Verbum, 2018
322 páginas; 21.99 €


Miguel Catalán (Valencia, 1958) es filósofo, escritor y profesor de Ética de la Comunicación en la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia. Su tesis de doctorado versó sobre el pragmatismo clásico, tema que se ha plasmado en varios de sus estudios posteriores. Autor de más de veinte títulos y traducido a varios idiomas, desde el año 1998 viene elaborando un tratado sistemático en torno al engaño y la mentira titulado Seudología, del que ha publicado ya varias entregas y por el que ha sido galardonado con diversos premios.

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