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Entrevista a Alberto Pena

Alberto Pena, historiador, periodista y profesor de Historia de la Propaganda en la Universidad de Vigo.

«En términos relativos, no hubo ningún país que hiciera tanto esfuerzo a favor de Franco como Portugal»

De la ayuda que los dos bandos contendientes en la guerra civil española recibieron suele no recordarse y abordarse más que la alemana, la italiana y la soviética; y, si acaso, la ayuda indirecta prestada al bando rebelde por el infausto Comité de No Intervención, auspiciado por Gran Bretaña y Francia. Apenas si se menciona la que Franco recibió de Portugal, país vecino y hermano cuyo Estado Novo, un régimen fascistizante muy similar al que el caudillo gallego impondría en España tras su victoria, entendió desde el primer minuto del golpe de Estado de julio de 1936 que la causa de los sublevados era la suya, y prestó un apoyo vasto y desinteresado que se sustanció de muy diversas maneras. Lo mismo la diplomacia, que la prensa, que la radio, que el cine, que la intelectualidad oficialista, que miles de combatientes y el propio territorio portugués se pusieron al servicio del esfuerzo militar franquista; y «en términos relativos, ningún otro país extranjero vivió con tanta intensidad la evolución del conflicto ni hizo un esfuerzo tan grande para favorecer la victoria del fascismo español». Lo dice Alberto Pena Rodríguez, doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y en historia por la UNED que ejerce como profesor de Historia de la Propaganda en la Universidad de Vigo y es el autor de un libro publicado el año pasado por Trea: Salazar y Franco. La alianza del fascismo ibérico contra la España republicana: diplomacia, prensa y propaganda. En esta entrevista celebrada en Oviedo con motivo de una conferencia de Pena sobre el mismo tema, el profesor desgrana los pormenores de la obra.


Pregunta.- Vayamos de lo general a lo particular. ¿Qué era el Estado Novo salazarista?

R.- Era un régimen autoritario y de perfil fascista, aunque con sus propias particularidades que hacen que no se lo pueda equiparar exactamente ni al régimen de Mussolini —aunque Salazar se inspiró en él para crearlo, y particularmente en su estructura corporativa— ni al nazismo. Entre comillas, el salazarismo era un fascismo más civilizado, aunque perseguía a la oposición política y tuvo un brazo paramilitar: la Legião Portuguesa, creada a raíz de la guerra civil española para perseguir a los llamados reviralhistas, que eran los opositores al régimen, fundamentalmente comunistas, socialistas, anarquistas y también republicanos. Por otro lado, como decía, tenía distintas peculiaridades, y una de ellas es que el Estado Novo nació como dictadura militar el 28 de mayo de 1926, cuando los militares toman el poder, pero fue formulado y dirigido por un académico. Los militares no tenían un proyecto político propio e incorporaron a tecnócratas para que organizaran y dirigieran el Gobierno, y uno de esos tecnócratas era un catedrático de la Universidad de Coímbra: António de Oliveira Salazar, que poco a poco, mediante cuitas palaciegas, fue conquistando el poder y vendiendo a los militares la idea de que había que crear un nuevo régimen inspirado en el italiano, tras lo cual desarrolló con sus colaboradores, en 1933, que es cuando nace propiamente el Estado Novo, lo que llamó Constitução Política. Y sobre esa base desarrolló un modelo que en muchos aspectos era totalitario: control de la información, del pensamiento, de la producción cultural, etcétera, e incluso un Ministerio de la Propaganda, el Secretariado de Propaganda Nacional. También hubo un control de las clases operarias a través de la Fundação Nacional para a Alegria no Trabalho, que buscaba que los obreros se sintieran identificados con los valores del régimen, resumidos en la tríada Deus-Pátria-Família.

P.- En España existe cierto debate intelectual sobre si el franquismo debe ser caracterizado como fascismo o no, con académicos que defienden que sí fijándose en sus similitudes con los fascismos propiamente dichos, otros que defienden que no señalando diferencias como el papel de la Iglesia católica y prefiriendo identificar el franquismo como bonapartismo y otros que han venido acuñando etiquetas como fascismo frailuno o cuasifascismo. En Portugal, ¿existe un debate similar?

R.- Sí, sí, existe desde hace ya veinte años, y todavía hay algún historiador que no considera fascismo al salazarismo, pero los historiadores a mi juicio más cualificados, como Luís Reis Torgal o Fernando Mendes Rosas, sí lo catalogan como un régimen fascista, aunque señalando esas peculiaridades que yo comentaba antes.

P.- El culto a la personalidad de Salazar era un culto curioso, porque su mística no era la de la virilidad del superhombre o la brutalidad militar de otros lugares, sino que se presentaba a Salazar como un hombre sobrio, discreto, muy religioso y de hábitos monacales que vivía solo porque estaba casado con Portugal.

R.- Eso hay que entenderlo en base a quién era Salazar y cómo llegó al poder: él no lo conquistó a través de una victoria militar, de imponerse en el campo de batalla, sino de la batalla palaciega; de la negociación y la diplomacia. Él, como ya decía, era un profesor universitario; y en general tenía una pose intelectual y profesoral y una cierta aversión a las masas. Por ejemplo, a Salazar nunca consideró una prioridad alfabetizar un país en el que cerca de la mitad de la población era analfabeta: consideraba que la sociedad portuguesa no necesitaba formarse ni pensar, porque para eso ya estaban los cuadros tecnocráticos que se formaban en las universidades. Él creía en las élites. Y por otro lado venía del movimiento católico portugués y era cierto que llevaba una vida austera; austeridad que trasladó después a la Administración. Tras el golpe militar, y antes de que él se hiciera con el poder, fue ministro de Finanzas, y se lo denominaba ditador das Finanças porque implantó unas medidas restrictivas que corrigieron el déficit del país y restauraron la economía nacional en dos años. Aquél fue su gran éxito y lo que lo catapultó justamente al poder.

P.- Había otra tríada popular además de ésa oficial de Deus-Pátria-Família: la de las llamadas tres efes, fado, fátima y fútbol.

R.- También, también es otra manera de aproximarse de una manera sintética a lo que era el régimen salazarista, que decía aspirar a restaurar lo que denominó el espírito nacional e instauró toda una política do espírito consistente en crear un nuevo orgullo del pasado y de la identidad portugueses y nuclearse en torno a la ideología católica, a la familia concebida como elemento fundamental para cohesionar la sociedad y a una idea de patria indisociable de la figura de Salazar, que era presentado como padre y prácticamente como un ser infalible.

P.- Pasemos ya a la relación del salazarismo con España. Con la Segunda República fue tensa desde el principio.

R.- Claro, porque había una incompatibilidad manifiesta entre los dos regímenes. Con la dictadura de Primo de Rivera sí hubo una convivencia normal, aunque con muchos matices, pero la República Española era un modelo político basado en principios demoliberales, con una Constitución abierta y pluralismo político, mientras que el portugués era autoritario y, aunque tenía una Constitución en la que algunos artículos daban idea de que existía libertad de expresión y reunión, en la práctica no la había en absoluto, porque se desarrollaron leyes que la restringían. En Portugal no había oposición política, y si la había estaba en la clandestinidad o en un exilio que en muchos casos tuvo como destino España. Algunos de los exiliados republicanos portugueses llegaron a colaborar con el Gobierno español en proyectos varios para intentar desestabilizar la dictadura portuguesa, lo cual desató una campaña de propaganda del salazarismo contra esa República de la que decía que fomentaba que hubiera medios de comunicación que criticaran el salazarismo. Lógicamente, la incompatibilidad fue mayor con Azaña, entre 1931 y 1933, que después con Lerroux, que trató de reencaminar esa relación incompatible entre un régimen democrático y una dictadura; y a partir de la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 Salazar pasó a entender que con el gobierno español no tenía nada que tratar y después tuvo claro desde el primer momento que debía apoyar el golpe de Estado del 18 de julio de 1936; que no ya mantener unas relaciones con España, sino la mera supervivencia de Portugal pasaba por la victoria de los rebeldes.

António de Oliveira Salazar (1889 – 1970)

P.- Para Salazar, la guerra española era también una guerra portuguesa.

R.- Sí. Él entendía y decía que la España republicana había sido invadida por la Internacional comunista y que el siguiente paso sería invadir Portugal; y veía en Franco a un libertador no de España, sino de la península ibérica.

P.- En el republicanismo español hubo siempre una matriz iberista que después también se manifestó en el movimiento comunista, o al menos en una parte de él que fabulaba una posible Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas. Es decir, motivos para temer el perigo espanhol, en cierta medida Salazar los tenía, ¿no?

R.- Cierto, cierto. Sí, ya desde el siglo XIX existía ese iberismo que era visto por algunos gobiernos e intelectuales portugueses como una manifestación por nuevas vías de la apetencia del Imperio castellano por apropiarse de Portugal; lo que la mitología portuguesa llamó efectivamente perigo espanhol, un miedo atávico e histórico que Salazar renovó después caracterizando a parte del republicanismo español como un perigo vermelho que quería invadir Portugal tal como antiguamente lo quería Castilla: es la misma cosa, pero ahora son vermelhos.

P.- Y, ¿no veía ese mismo peligro en Franco y en el fascismo español, en el que no dejaba de operar una mística imperialista que encumbraba como mitos a los Reyes Católicos y a Felipe II?

R.- Con Franco ya digo que hubo buena relación desde el principio. Salazar puso todo su cuerpo diplomático a su servicio, Franco agradecía públicamente a Salazar ante periodistas portugueses siempre que tenía ocasión e incluso hubo actos específicos, después de la guerra civil, para agradecer esa ayuda, como un documental que filmó el gobierno de Burgos titulado Homenaje a Portugal y en el que aparecían las figuras portuguesas que habían tenido mayor protagonismo durante la guerra, como Júlio Botelho Moniz o el Rádio Clube Português. Pero no es menos cierto que dentro del franquismo había un sector, vinculado sobre todo a Falange, que sostenía la idea de que en el futuro podría incorporarse a Portugal al gran proyecto imperial español. Franco quería ser lo que Salazar en Portugal: el restaurador del pasado imperial de España; y algunos entendían que la incorporación de Portugal era necesaria e incluso hicieron circular propaganda en la que aparecía la península ibérica sin la frontera portuguesa. Eso llegó a manos del Gobierno portugués y despertó quejas. Yo he visto oficios de queja del Gobierno al embajador de Franco en Portugal, Nicolás Franco. Salazar incluso temió que el movimiento falangista español pudiera extenderse a Portugal: había una asociación de amigos de Falange Española que la policía política portuguesa vigiló muy de cerca y a la que le marcó reglas muy claras de expansión, no permitiéndole, por ejemplo, organizar algunos actos multitudinarios que extendieran la influencia de ese fascismo imperialista español sobre Portugal. Y otra cosa que hizo saltar todas las alarmas y extremar las precauciones con Franco fue que se supo a través de uno de los colaboradores de la diplomacia portuguesa en España que Franco se había licenciado en la Academia de Cadetes de Toledo con una tesis sobre cómo invadir Portugal en veintiocho días. Ahí fue donde Salazar dijo: «Uf…».

P.- A qué monstruo estoy alimentando, ¿no?

R.- Claro: este tío al que yo he ayudado y que me viene muy bien en su día tuvo la idea o la ambición, aunque fuera una ambición académica, de invadir mi país. Ahí Salazar empezó a establecer distancias, pero seguía existiendo una evidente necesidad de entenderse. En 1939 se firmó un primer pacto de no agresión; en el año cuarenta, comenzada ya la segunda guerra mundial, se firmó un protocolo adicional para mantener la neutralidad de la península y en 1942 eso fue certificado con el Pacto Ibérico, que dejaba clara la aceptación por ambas partes de las fronteras existentes, acordaba la negación de apoyo a una tercera potencia en caso de agresión a uno de los firmantes y garantizaba la neutralidad en la segunda guerra mundial. De algún modo, los dos, Franco y Salazar, Salazar y Franco, se dieron cuenta de que se necesitaban el uno al otro para sobrevivir dentro de ese contexto complejo que fue la segunda guerra mundial. Después, acabada la guerra, también intentaron transmitirle juntos a Estados Unidos la idea de que eran dos países que no le iban a dar problemas y que incluso podían ser aliados en la contención del comunismo en el sur de Europa.

P.- Por otro lado, también había una especie de iberismo incipiente, pero con origen portugués, consistente en una unificación que no supusiera la absorción de Portugal por España, sino un pacto entre iguales; y hubo una cierta mitología del fascismo ibérico bicéfalo que veía la península como un continuum político cuyas cabezas en pie de igualdad eran Salazar y Franco.

R.- Sí, bueno, había algunos sectores del salazarismo que no veían con malos ojos que hubiera un mayor acercamiento a la España franquista. Los propios medios de comunicación portugueses presentaban a Franco como gran líder; como el primer vencedor del comunismo en el campo de batalla; como el héroe que se enfrenta al marxismo y consigue contenerlo y formar una barrera que impide que se extienda a Portugal. Y estos sectores entendían que una asociación más estrecha con Franco podía darle todavía más grandeza a Portugal. Hay que entender que cuando hablamos del salazarismo no hablamos de un bloque monolítico y sin ningún matiz ideológico, sino que dentro del salazarismo había gente que no estaba de acuerdo con algunas políticas de Salazar. Pero esos sectores proespañoles eran sectores minoritarios. El sector dominante en Portugal no quería aproximarse al franquismo más de lo necesario y reivindicaba en cambio su posición imperial y geoestratégica en África y Asia, cosa que España, que había perdido casi todas sus colonias, no tenía.

P.- La participación de Portugal en la guerra civil española fue esencialmente de orden propagandístico, no militar, ¿no es así?

R.- Ésa es la gran participación portuguesa, sí, pero no fue la única, ni hay que considerarla una participación menor. En su contexto y en términos relativos, ningún país prestó a Franco tanta ayuda como Portugal. Es cierto que tanto Italia como Alemania prestaron a Franco una ingente ayuda de carácter tecnológico-militar que fue muy relevante, pero yo creo que tan relevante o más fue la ayuda propagandística prestada por Salazar a través de su prensa, que no sólo se editaba y se difundía en Portugal y en algunos casos en América, sino también en España, aprovechando que los castellanoparlantes entienden bien el portugués leído. Durante los primeros meses de la guerra, Franco no tenía periódicos propios, y lo que hizo fue utilizar la gran prensa portuguesa: diarios como el Diário de Notícias, O Século o el Correio da Manhã, que incrementaron muchísimo sus tiradas para distribuirse sobre todo por los territorios fronterizos: Extremadura, Galicia, lo que hoy es Castilla y León… En muchos de esos periódicos, durante esos primeros meses, se publicaban anuncios de comercios españoles, y ésa es la prueba de que se leían en España. Pero no fue sólo la prensa: el papel de la radio también fue determinante, y especialmente lo fue el Rádio Clube Português, que era la emisora más potente de la península ibérica en aquel momento; llegaba a todos sus rincones.

P.- Y ponía en antena a locutores españoles.

R.- Sí, locutores españoles que emitían en español hacia España para convencer a la población española de apoyar al franquismo, de que se alistaran en el ejército de Franco, de que abrieran los brazos cuando Franco llegara a sus pueblos, de que se rebelaran contra los representantes de la República en sus ciudades, etcétera, etcétera. Además, el Rádio Clube Português también prestó apoyo logístico a Franco enviando a sus técnicos a reparar emisoras locales o con un radio de acción pequeño pero importantes para que el franquismo fuera construyendo su propio aparato de propaganda radiofónica. También hizo campañas muy relevantes de captación de fondos en forma de dinero, de joyas, de víveres, etcétera, que se enviaban a España en convoyes. El más importante de ellos se envió a España en diciembre de 1936 y, según el propio RCP, estaba integrado por quinientos y pico camiones cuyo valor total fue de seis millones de pesetas: una auténtica millonada. Es posible que la magnitud real no sea ésa, pero sí que estoy seguro de que el impacto del RCP en la población portuguesa fue enorme a juzgar por el análisis de otras fuentes documentales y hemerográficas que he leído. Y es que después hubo otros cinco convoyes de ayuda al franquismo. Ésa no es una ayuda menor, y tampoco lo es el hecho de que se utilizara la diplomacia portuguesa en todos los países en los que Portugal tenía representación. El aparato diplomático portugués se convirtió en la estructura diplomática del franquismo. Yo he visto oficios dirigidos a sus diplomáticos por parte del gobierno de Salazar diciéndoles que se pusieran al servicio de los agentes franquistas en Inglaterra, en Francia, en varios países de América, etcétera. También en Estados Unidos, donde el embajador portugués de entonces, João de Bianchi, hizo numerosas campañas para convencer a figuras y organizaciones de todo tipo de que se posicionaran al lado de Franco.

P.- Además, el bando franquista utilizó Portugal como retaguardia.

R.- Sí, sí. Portugal devolvió fugados españoles a Portugal (fue el caso, por ejemplo, de Miguel Hernández después de la guerra) y sirvió de base para que siguiera entrando armamento alemán e italiano a España durante toda la guerra. Además, en Portugal se alistaron entre diez mil, que es la cifra que da César de Oliveira, y veinte mil, que es la cifra que da Hugh Thomas, soldados voluntarios para participar en el esfuerzo de guerra franquista.

P.- Los llamados viriatos.

R.- Los viriatos, sí, que no formaron batallón propio, sino que fueron distribuidos según las necesidades de cada momento. Por otro lado, muchos heridos de la guerra se fueron a restablecer a Portugal, y en Portugal también se rodaron muchas películas. Lisboa Film, que era la principal productora portuguesa, se convirtió en el laboratorio de montaje de las películas del franquismo. Si el franquismo tuvo una producción cinematográfica fue gracias a que tuvieron Lisboa Film a su entera disposición. También la italiana Luce y también los laboratorios de Berlín prestaron algún tipo de ayuda, pero quien más ayudó fue Lisboa Film. Allí se revelaron casi todas las películas, cortos y documentales que hizo el franquismo. Por otro lado, los intelectuales portugueses hicieron campaña internacional a favor del franquismo. Por ejemplo, dirigieron un manifiesto a la Sociedad de Naciones en la que le pedían su intervención porque, según afirmaban, la República había atentado contra la libertad intelectual y había reprimido a muchísimas figuras de la cultura, e incluso había matado a Lorca y a Jacinto Benavente, lo cual era evidentemente mentira: Benavente no murió y Lorca sí, pero ejecutado por los falangistas.

P.- Si la República hubiera recibido toda esta ayuda de la también vecina Francia, quizás otro gallo hubiera cantado.

R.- Claro, claro. Portugal percibió que en el destino de España estaba el suyo propio. Salazar tenía claro que si la guerra se decantaba del lado de la República, los días del Estado Novo podían estar contados, y de ahí ese esfuerzo.

P.- Además, la ayuda portuguesa fue una ayuda no exactamente desinteresada, pero sí una por la que no se le exigió a Franco pago alguno, como sí se lo exigió Hitler o Stalin se lo exigió a la República con el famoso oro de Moscú.

R.- Exacto. Salazar, algo más de un mes después del final de la guerra, el 22 de mayo de 1939, dio un discurso en su Assembleia Nacional —un parlamento decorativo— en el que dijo: «Despendemos esforços, perdemos vidas, corremos riscos, compartilhámos sofrimentos; e nada temos a pedir nem contas a apresentar. Vencemos: eis tudo». O sea: «Vencimos, eso es todo». Hombre, sí que le presentaba una cuenta, porque a través de un discurso público no dejaba de recordarle a Franco todo lo que Portugal había hecho por él y los seis mil muertos portugueses de la guerra civil española. Y el Estado Novo se cuidó de que todos los españoles que estuvieron en Portugal colaborando con la llamada embajada negra (colaboradores del gobierno de Burgos, miembros del Ejército, la aristocracia española allí exiliada, etcétera) reivindicaran de algún modo, a través de acciones de carácter diplomático, ese papel que Portugal había tenido.

P.- Pero era una cuenta moral, no una cuenta económica.

R.- Sí, sí, exacto. Era una deuda moral, y Salazar no exigió otra.

P.- La comparación posible de este tipo de ayuda sin ánimo de lucro en el caso republicano sería la de México, pero México estaba al otro del Atlántico, no ahí al lado para servir de santuario y de todas esas cosas que usted ha comentado.

R.- Sí. Lo que hizo el México de Lázaro Cárdenas fundamentalmente fue abrir sus puertas para recibir desinteresadamente a miles de refugiados que huían de España. De todas maneras, ya digo que tampoco es que la ayuda de Salazar se pueda considerar exactamente desinteresada. Salazar sacó varias tajadas de la guerra española, la primera de ellas propagandística: hubo una exaltación de la imagen de Salazar como el gran líder que está apoyando al general que lucha contra el comunismo en el campo de batalla. Además, también aprovechó para reprimir al reviralho, a la oposición política, apoyándose en el argumento del peligro de que se infiltraran en Portugal comunistas españoles que pudieran desestabilizar el régimen. La PIDE, la policía política salazarista (que primero fue PVDE, Polícia de Vigilância e Defesa do Estado, y luego pasó a ser Polícia Internacional e de Defesa do Estado) incrementó considerablemente su persecución de la oposición y aprovechó muy bien dos momentos que fueron providenciales para que se extremara esa persecución. El primero fue el estallido de artefactos terroristas puestos por un grupo de anarquistas en la sede de la Emissora Nacional en 1937 en protesta por la ayuda a la España de Franco. Se produjeron daños relativamente menores y se volvieron a restaurar las emisiones al cabo de poco tiempo, pero aquello permitió al régimen demostrar que sus admoniciones sobre las maniobras del comunismo español no eran exageradas y que había que aumentar los efectivos policiales y conseguir más alistamientos en la Legião Portuguesa, que como decía antes era un órgano paramilitar que se fue infiltrando en toda la sociedad para controlar a los posibles opositores.

P.- ¿Cuál fue el otro momento providencial aprovechado por Salazar para incrementar la represión?

R.- Un atentado que él mismo sufrió el 4 de julio de 1937, muy parecido al que sufriría Carrero Blanco en la Transición: una gran bomba en el suelo puesta por un grupo terrorista ligado a los anarquistas y los comunistas portugueses. La bomba explotó antes de tiempo y Salazar salió sano y salvo; y aquello le sirvió para difundir, con la ayuda de la Iglesia, que era un tipo que estaba protegido por Dios. También en este caso se echó la culpa a los españoles.

P.- La radio era un poco el Internet antes de Internet: un medio de comunicación enormemente versátil que atraviesa fronteras y al que no le afecta la escasez de papel.

R.- Sí, sí. Claro, nosotros, a ochenta años vista, vemos la radio como un medio anticuado o anacrónico, pero entonces era un medio tremendamente vanguardista: permitía lanzar mensajes a cientos y miles de kilómetros y no necesitaba más soporte que el aire; que las ondas hertzianas. Además, permitía hacerlo de manera constante en la medida de las posibilidades de cada emisora: tres horas, cuatro horas, ocho horas, catorce o veintitantas horas en el caso del Rádio Clube Português durante la guerra. Aquello era fantástico. Además, el poder de persuasión que tenía la radio era enorme y mucho mayor que el de la prensa: la mitad analfabeta de la población no podía leer los periódicos, pero todo el mundo entendía la radio, que sirviéndose de distintos recursos retóricos, del tono, de la emocionalidad de los discursos, etcétera, persuadía mucho más que lo que podía hacerlo un diario.

P.- ¿Se conoce la audiencia que llegó a concitar el Rádio Clube Português?

R.- No se puede calcular exactamente, porque en la época no había sondeos ni instrumentos de medición como los que hay hoy, pero yo estoy seguro de que tuvo audiencias elevadísimas. Su papel fue clave, ya digo. Ponía en contacto a las tropas de Franco o de Cabanellas o de Varela o de Yagüe o de Queipo en el norte y en el sur, difundía mensajes cifrados para transmitir información a las tropas sublevadas y hasta produjo interferencias en las emisoras republicanas mediante determinadas técnicas de carácter radioeléctrico para que Radio Madrid, Radio Barcelona, etcétera, no pudieran llegar a determinadas franjas territoriales.

P.- Una figura clave en toda esta historia, a la que usted alude en su libro, es la de Marisabel de la Torre Colomina. ¿Quién era?

R.- Era una señora que, como otros, formaba parte de la colonia española en Lisboa. Algunos de esos miembros de la comunidad española en Lisboa eran emigrados que habían decidido trasladarse a Portugal para ganarse la vida y otros muchos, la mayoría, eran exiliados de la República; gente de la alta burguesía y aristócratas. Yo no tengo mucha información biográfica sobre Marisabel de la Torre, pero creo que formaba parte de este segundo grupo; que era miembro de la alta burguesía española. Ni siquiera estoy seguro de dónde era, aunque creo que andaluza. Lo que sé es que la contrató el Rádio Clube Português para convertirse en una locutora al servicio de la propaganda franquista y que tuvo un enorme éxito que se constata en la cantidad de referencias que uno encuentra a ella no sólo en la prensa portuguesa, sino incluso en la republicana española, como una franquista combativa que durante muchas horas y muchos días, especialmente en el segundo semestre del treinta y seis, estuvo lanzando soflamas de apoyo a Franco a la opinión pública española. Cuando acabó la guerra fue reconocida por muchísimos ayuntamientos españoles que le hicieron regalos de todo tipo: joyas, actos públicos de reconocimiento, etcétera.

P.- Otra figura a la que usted alude en su libro es el periodista que contó al mundo la verdad sobre la matanza de Badajoz. Era portugués.

R.- Mário Neves, sí. Le dedico un espacio particular en el libro dentro del que le dedico a los muchos periodistas portugueses que hubo en España porque, efectivamente, lo que escribió sobre Badajoz tuvo un impacto enorme. Neves, entonces, era un joven periodista de veinticuatro años que fue enviado por el director del Diário de Lisboa, Joaquim Manso, a cubrir el avance de las tropas de los generales Varela y Yagüe desde Andalucía hacia el norte. Concretamente, le encomendó que se desplazara rápidamente hasta la frontera del río Caya a la altura de Badajoz para cubrir la llegada de esas tropas y asistir a los combates que se produjeran en la ciudad. Neves llegó allí rápido y, cuando no se sabía todavía si Badajoz había sido ya conquistada, decidió cruzar la frontera con otros dos periodistas: Jacques Berthet, de Le Temps; Marcel Dany, de la agencia Havas, y John T. Whittaker, del New York Herald Tribune. Los periodistas tenían prohibido entrar en Badajoz, pero ellos lo hicieron montándose en una furgoneta de falangistas que había cruzado la frontera portuguesa para recoger a algunos huidos republicanos que la habían atravesado a su vez. Allí vieron e informaron de lo que ocurría. ¿Y qué ocurría? Pues que en la plaza de toros de Badajoz habían fusilado a centenares de republicanos sin juicio previo y de manera muy arbitraria, basándose simplemente en que tuvieran cierta marca en el hombro de la que se entendiera que era fruto de haber estado disparando; y habían hecho piras con sus cadáveres y el olor a carne quemada impregnaba todo Badajoz. Neves lo contó y sobre todo lo contó sin el lenguaje ensalzatorio hacia el franquismo con que solían trabajar los periodistas portugueses; empleando un lenguaje pulcro y meramente informativo. El caso es que la censura portuguesa no se lo impidió, porque entendía que aquello era lo lógico; lo que merecían las alimañas marxistas. Pero claro, al mismo tiempo que Neves publicaba aquellas crónicas, los otros periodistas también publicaron las suyas en sus países, y allí la cosa sí que provocó un revuelo enorme, porque confirmaba las acusaciones que ya habían circulado en algunos medios franceses de que los sublevados cometían genocidio en su avance desde el sur hacia el norte. Y que hubiera un periodista portugués que contara lo mismo las confirmaba más todavía.

P.- Si hasta la prensa portuguesa, censurada y controlada por un régimen afín a Franco, había contado aquello, es que sólo podía ser cierto.

R.- Justo. Y así, Neves quedó para la historia como una figura honesta del periodismo portugués: la mayoría de sus colegas informaron sobre la guerra civil española con un sesgo a favor de los sublevados que a veces traspasaba la frontera del ridículo, poniéndose en una posición de propagandistas puros y duros y no de corresponsales. Ése fue el caso de Leopoldo Nunes, de O Século; de Félix Correia, del Diário de Lisboa, o de Eduardo Santos, de O Comércio do Porto. De todas maneras, sí que hubo otros periodistas que escribieron con una cierta neutralidad, sin ensalzar el franquismo, y también hablo de ellos en el libro. Destacaría sobre todo a dos, ambos del Diário de Lisboa: Artur Portela y Norberto Lopes, que escribieron crónicas muy buenas que nadie suele destacar cuando se habla del periodismo extranjero durante la guerra civil española, que siempre destaca al americano, con Hemingway y Dos Passos.

P.- Una cosa curiosa a la que usted alude también en el libro es el turismo de guerra organizado desde Portugal.

R.- Ése es un aspecto un poco delirante del tema que yo estudio, sí. Efectivamente, el franquismo, como manera de promocionarse ante la sociedad portuguesa y de recaudar dinero para su ejército, impulsó a mediados del año treinta y ocho una serie de rutas de guerra para mostrar el frente, cómo eran las trincheras, etcétera, a los visitantes que quisieran. Eso se hizo, en principio, en coordinación con el Gobierno portugués. Había una ruta del sur y otra del norte y comenzó por llevarse a un montón de periodistas portugueses a los que se fue enseñando diferentes lugares de la guerra, cómo habían ocurrido en ellos las cosas, cuánta gente había muerto, etcétera. Se trataba de que los periodistas portugueses contaran esas rutas en sus medios de comunicación y luego fueran a España portugueses de pie a visitarlas. La verdad es que yo no seguí mucho esa línea de investigación y no sé cuánto dinero llegó a ganar —si es que llegó a ganarlo— el ejército franquista con esa iniciativa, pero sí sé que se puso en marcha y supongo que algunos cientos o miles de portugueses participarían en ella, porque el interés por lo español era máximo en aquel momento.

P.- En el libro también explora un aspecto interesante de toda esta historia: el humor gráfico. Destaca sobre todo a un viñetista en particular.

R.- A Jorge Colaço, sí. El humor gráfico suele ser la hermana pobre de los análisis de la representación propagandística en los medios de comunicación impresos, pero a mí me parece muy relevante, porque el humor es un medio magnífico para transmitir ideas que calen a través de determinados estereotipos, de determinados símbolos, de todo un imaginario y toda una iconografía.

P.- La chistera y el puro del capitalista, la nariz larga y el aire taimado del judío…

R.- Eso es. Pues bien, durante la guerra hubo toda una iconografía, creo que muy potente, de representación de la guerra española apoyando al bando franquista que estoy seguro de que tuvo un impacto enorme en la opinión pública portuguesa, aunque no lo puedo cuantificar. Y sí, me pareció especialmente interesante el caso de Jorge Colaço, que era un magnífico dibujante y pintor portugués con una larga trayectoria a sus espaldas y que además formaba parte de la Academia de Ciencias de Lisboa. Tenía muchos contactos y era amigo personal del general Sanjurjo, que como sabes murió el 21 de julio de 1936 en un accidente en un campo de aviación privado de Cascais cuando se disponía a volar a Burgos para incorporarse al golpe de Estado. La avioneta capotó y Sanjurjo se mató; y Jorge Colaço le hizo un homenaje pictórico en un gran azulejo que fue exhibido en Estoril (la pintura al azulejo es muy típica de Portugal). Pero a lo que íbamos: Colaço, entre 1936 y finales de 1938, publicó una serie de dibujos magníficos en los que se representaban diferentes escenas de la guerra. Su estructura era casi siempre la misma: una escena acontecida en el bando sublevado y otra del bando republicano, y todo muy maniqueo pero muy efectivo desde el punto de vista propagandístico: la escena del bando sublevado colocaba siempre a los rebeldes como héroes bondadosos, humildes y comprometidos; mientras que en la otra escena los republicanos siempre eran vagos, sucios, criminales…

P.- En general, en la guerra civil española se experimentaron recursos propagandísticos, igual que recursos militares, que después se extenderían a todo el mundo.

R.- Sí, en efecto. Si en la guerra civil hubo algo realmente novedoso y que pudiéramos destacar por encima de otros muchos aspectos fue la propaganda; el uso de la propaganda como instrumento de guerra. La propaganda se había utilizado en la primera guerra mundial y en otras muchas guerras anteriores y hasta en el Antiguo Egipto, pero la guerra española fue la primera que la utilizó con medios de comunicación modernos de gran impacto en la población. A la prensa escrita, que había tenido un gran impacto en la primera guerra mundial, se incorporó el cine y la radio; y yo creo que la importancia de esos tres medios en tanto armas dirigidas con un sentido persuasivo a cambiar el comportamiento de la población es comparable a la de los tanques o los cañones. Se dio un salto cualitativo que después se confirmó en la segunda guerra mundial, que convirtió a la propaganda en una de las grandes armas de la era moderna, al lado —y esto es evidentemente una exageración a la que habría que introducir todos los matices que se quiera— de la bomba atómica. ¿Qué fue la guerra fría? Pues una gran guerra de propaganda entre dos bloques que se dieron cuenta de que podían derrotar el enemigo sin necesidad de atacarlo armamentísticamente. Y hoy se sigue utilizando la propaganda; la siguen utilizando muchos gobiernos que, por cierto, nunca utilizan la palabra propaganda. A sus órganos de información los llaman gabinete de prensa, gabinete de información y otras muchas denominaciones que en realidad esconden la propaganda, que es el fenómeno real que hay detrás y en el que los gobiernos invierten cantidades ingentes de dinero desde todos sus ministerios y agencias. Lo que ocurre es que la palabra como tal quedó demonizada desde el momento en que los países derrotados en la segunda guerra mundial tenían Ministerios de Propaganda. La propaganda pasó a ser una categoría discursiva ligada al fascismo y a la derrota: el que hace propaganda está haciendo manipulación. En cambio, información es un término positivo.

P.- Salazar solía decir una cosa que de alguna manera resume lo que es la propaganda: o que parece, é. Lo que parece, es.

R.- Sí, es una frase que a mí me pareció muy reveladora de su mentalidad. Salazar creía que todo lo que la gente percibe a través de múltiples mensajes y se representa en su cabeza constituye una realidad; que si lo que uno dice, aunque no sea la verdad per se, se parece a la verdad y es creído por la gente, es como si fuera la verdad.

P.- La posverdad, ahora tan cacareada.

R.- Sí, eso es.

P.- Goebbels decía que la verdad es una mentira mil veces repetida.

R.- Es la misma idea, sí.

P.- En el libro usted también alude a la propaganda por el terror que se practicaba entonces y la identifica con lo que hoy hace el terrorismo yihadista.

R.- Es que el terrorismo yihadista hace propaganda. Los yihadistas no matan soldados, ni policías, sino a gente civil completamente inocente de manera indiscriminada, sin una estrategia de objetivos concretos. ¿Por qué? Pues porque no se trata de ganarle la batalla a un ejército, sino de conseguir un impacto mediático que a su vez influya en un determinado gobierno. Buscan que la responsabilidad indirecta que sobre un atentado tiene siempre un gobierno por no haber sido capaz de impedirlo provoque la indignación popular y la rebelión. Es una estrategia puramente propagandística y es muy criminal y muy ignominiosa, pero por desgracia se viene haciendo desde hace mucho tiempo. Fíjate, en el siglo XX hubo un acontecimiento de este tipo que marcó época en el uso del terrorismo como acción propagandística para derribar o influir en el rumbo político de un determinado gobierno, y se perpetró contra las dictaduras ibéricas. Me refiero al asalto al buque Santa María en 1961. ¿Conoces el episodio?

P.- No. Cuénteme.

R.- En el año sesenta y uno, un buque turístico de pasajeros propiedad de una compañía estatal portuguesa, llamado Santa María, que hacía una ruta entre el Atlántico y el Caribe saliendo de Lisboa y era la referencia del turismo de cruceros portugués, fue asaltado por el DRIL, que eran las siglas de Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Estaba integrado por españoles —gallegos, concretamente— y portugueses y su jefe era Henrique Galvão, un antiguo colaborador de Salazar que había llegado a ser director de la Emissora Nacional y de la agencia colonial en África, pero que a partir de los años cincuenta se había pasado a la oposición. El DRIL asaltó el barco en Venezuela infiltrándose entre el pasaje. Querían hacer un asalto incruento, pero al final mataron, si mal no recuerdo, a dos miembros de la tripulación y se hicieron con el control del buque, que rebautizaron como Santa Liberdade. Después, el comité revolucionario exigió una serie de condiciones para liberar el barco y particularmente que Franco y Salazar abandonaran el poder y hubiera un proceso de transición democrática en los dos países. ¿Qué se pretendía? Pues lograr un efecto mediático internacional; llamar la atención de la opinión pública de todo el mundo. Consiguieron llamarla, porque la cosa fue portada de prácticamente todos los medios de comunicación internacionales tanto de América como de Europa; y fue un aldabonazo muy duro para las dictaduras ibéricas. Al final, el tema se solucionó con un pacto en el que intervino Estados Unidos, que negoció directamente con ellos y les hizo abandonar el buque, que entregaron en Brasil, tras lo cual se los dejó en libertad. Aquel fue el primer gran momento en el que se articuló un atentado terrorista para conseguir impacto propagandístico internacional, y se hizo precisamente contra las dictaduras ibéricas.


 

Historiador de formación y periodista de profesión. Colabora con 'La Voz de Asturias', 'Atlántica XXII' y 'La Soga' y acaba de publicar su primer libro, 'Si cantara el gallo rojo', una biografía social del dirigente comunista Jesús Montes Estrada, 'Churruca'.

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