Crítica

Ich romantisiere

Hay libros que se leen con curiosidad, libros que se leen con interés, libros que se leen con placer y libros olímpicos y totales en los cuales uno se sumerge con una inefable delectación sinestésica; paladeando lo grande y al tiempo lo pequeño; la frase, el párrafo y el capítulo del viaje que el autor propone a sus lectores.

 Tusquets publica Romanticismo, una espléndida biografía coral del espíritu romántico alemán desde Herder hasta mayo del sesenta y ocho


Hay libros que se leen con curiosidad, libros que se leen con interés, libros que se leen con placer y libros olímpicos y totales en los cuales uno se sumerge con una inefable delectación sinestésica; paladeando lo grande y al tiempo lo pequeño; la frase, el párrafo y el capítulo del viaje que el autor propone a sus lectores. Se trata de libros facturados con singular maestría, de tal manera que lo sugerente del tema corre acompasado a la calidad de la escritura y de la trabazón argumental; y son muchos los llamados, pero pocos, muy pocos, los elegidos, porque en casi todos los libros falla siempre algo por más que lo demás sea excelso. El diez total, la perfección, maravilla por lo inusual; y las pocas obras que lo alcanzan suelen ser novelas o antologías poéticas. Se hace aun más difícil encontrar ensayos que subyuguen de esa manera, pues al arrobo del lector que se deja atrapar por una historia sugerente suele costarle germinar en la frialdad y el rigor intelectuales que todo ensayo aspira a transmitir. Esta humilde crítica literaria se escribe bajo los efectos de uno de esos rarísimos tropiezos en la excelencia ensayística: un libro recién reeditado por el sello Tusquets, cuyo título es Romanticismo: una odisea del espíritu alemán y que viene a engrosar la ya extensa bibliografía de Rüdiger Safranski, filósofo alemán especializado en ensayos de divulgación sobre las grandes figuras de la cultura alemana. Ha biografiado a Schiller y a Nietzsche; a Schopenhauer y a Heidegger (su Un maestro de Alemania, publicado también en Tusquets años ha, sigue siendo la mejor manera de dar los primeros chapoteos en el complejo pensamiento heideggeriano); y en esta obra que en Austria se publicó en 2007 y Tusquets editó por primera vez en 2009 se embarca en un viaje de exactamente doscientos años cuyo hilo, meándrico y complejo pero nunca perdido, es el espíritu romántico.

Embarcarse es exactamente el verbo, porque el relato de Safranski comienza precisamente con el embarque literal que dio carta de naturaleza al Romanticismo estricto; al movimiento de origen alemán que la historia de la literatura conoce así y que vendría a abarcar las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX. Ese embarque concreto es el de Johann Gottfried Herder, el Rousseau alemán, en 1769 en una nave que había de llevarlo desde Riga, de cuya vida opresiva se había hartado, a un destino incierto que podía ser Copenhague —donde el barco, que llevaba centeno y lino a Nantes, iba a hacer una parada—, la luminosa París o destinos más lejanos e inciertos. Herder se había despedido de sus allegados afirmando que su única intención era conocer desde más perspectivas el mundo de su Dios, y eso era lo único que preocupaba al instigador del movimiento Sturm und Drang y principal maestro de Goethe, que mecido por los vientos del mar del Norte escribiría esto en cuya profusión de signos de exclamación bien podría verse una generosa siembra de semillas:

¡En cuántas esferas hace pensar una nave que fluctúa entre el cielo y el mar! ¡Aquí todo da al pensamiento alas, movimiento y dimensiones atmosféricas! ¡El aleteo de la vela, la nave siempre vacilante, las nubes en lo alto, la inmensidad de la atmósfera infinita! En la tierra estamos atados a un punto muerto y encerrados en el círculo estrecho de una situación… ¡Alma mía!, ¿cómo te encontrarás cuando salgas de este mundo?

Herder es el primero de una serie de personajes que sirven de pilares de un relato que comienza por hacer desfilar a Novalis y a Goethe, a Schlegel y a Schleiermacher, a Tieck y a Wackenroder, y no concluye cuando lo hace el Romanticismo maduro de Joseph von Eichendorff y E. T. A. Hoffman, sino que se estira, saltando de Schopenhauer a Hegel y de Rilke a Thomas Mann, hasta el punto de tocar las barricadas de mayo del sesenta y ocho, que Safranski, que dice que «el Romanticismo es una época, [pero] lo romántico es una actitud del espíritu que no se circunscribe a una época», considera la última efusión de un Geist al que también le encuentra una sustanciación perversa en Hitler y el Tercer Reich. Antes lo ha detectado en dos parejas de amigos que fueron románticos negándose y negando serlo: Heinrich Heine y Karl Marx y Richard Wagner y Friedrich Nietzsche; y en general ha renunciado a hacer una definición propia porque sigue considerando como la mejor la que hiciera Novalis: «En cuanto doy alto sentido a lo ordinario, a lo conocido dignidad de desconocido y apariencia infinita a lo finito, con todo ello romantizo (ich romantisiere)», dejó dicho el malogrado poeta, a quien devorara la tuberculosis en 1801 antes de cumplir los treinta años y de terminar su Heinrich von Ofterdingen, pero habiendo tenido el tiempo suficiente para cumplir uno de los grandes cánones románticos bordeando el suicidio debido a la pena por el fallecimiento, también prematuro, de su amada, Sophie von Kühn, de la que se había quedado prendado cuando ella tenía doce años y él veintidós.

Del romanticismo con erre minúscula (o sea, del movimiento, no de la época), Safranski explora entre otras cosas su ambigua relación con la religión, que llegará a darse incluso en una parte de los estudiantes del sesenta y ocho, atraídos por la espiritualidad orientalista, y que en origen bebía de la igualmente ambigua relación de los románticos con la Ilustración y la revolución. Enemigos del asfixiante absolutismo de los principados alemanes, comienzan por admirar y envidiar el tsunami revolucionario francés y hasta por rendir encendidas alabanzas a Napoleón, pero se vuelven contra él —admirados ahora de la resistencia guerrillera española— cuando sus tropas victoriosas traspasan el Rin. Y algo parecido sucede con la religión. Posmodernos antes de la modernidad, como llega a insinuar Safranski, son antiabsolutistas totales en cuyo pozo de rechazos cae la monarquía autoritaria, pero también el absoluto democrático de las guillotinas de la plaza de la Concordia; y la Iglesia establecida, pero también el ateísmo radical. De resultas de ello, la religión estaba, explica Safranski, «a la orden del día» entre los románticos, pero no necesariamente se trataba de la cristiana, ni de ninguna otra religión establecida, sino más bien de un «caos de pensamientos divinos» capaz de hacerlo a uno, decía Schleiermacher, «infinito en medio de la finitud y […] eterno en un instante»; de una adoración más estética que moral e individual y antiinstitucional, y rendida no a un Dios externo y revelado, sino a un «Dios en nosotros» consistente en una inefable fuerza creadora interior. Decía también Schleiermacher:

No tiene ninguna religión el que no ve prodigios desde el punto de vista bajo el cual observa el mundo, aquel en cuyo interior no ascienden revelaciones propias, cuando su alma anhela aspirar la belleza del mundo […], el que de vez en cuando no siente la persuasión viva de que lo impulsa un espíritu divino y de que él habla y actúa por inspiración sagrada, el que por lo menos […] no tiene conciencia de que sus sentimientos son efectos inmediatos del universo.

Y Franz Sternbald, el protagonista de una novela de Ludwig Tieck, lanzaba a su vez este discurso que sería citado por entusiasmo por todos los románticos de los dos siglos siguientes, y que viene a redondear la idea de una religión del arte más que de la moral que sirva de muro de contención frente al disolvente racionalismo ilustrado prendido de la guerrera de Bonaparte:

¿Y qué entiendes tú con la palabra utilidad? ¿Ha de orientarse todo a la comida, la bebida y el vestido? […] Lo digo una vez más: lo verdaderamente elevado no puede ser útil; esta utilidad es totalmente extraña a la naturaleza divina de lo excelso, y exigirla significa envilecer lo sublime y rebajarlo al nivel de las necesidades ordinarias de la humanidad. Es verdad que el hombre tiene necesidad de muchas cosas, pero no ha de rebajar su espíritu a la condición de siervo del cuerpo. Debe tomar precauciones como un buen señor de casa, pero el curso de su vida no ha de cifrarse en este cuidado por la mera supervivencia. Y así considero el arte como una garantía de nuestra inmortalidad…

También aborda Safranski en el libro la problemática relación entre romanticismo y política, que acabaría explotando en la barbarie nazi; y es especialmente interesante la reflexión que se hace sobre las consecuencias prácticas que a veces tienen las fabulaciones teóricas incluso aunque sus formuladores no las deseen en realidad. Ya Heine alertaba, en el marco de toda una pugna intelectual entre lo apolíneo y lo dionisíaco a la que también se lanzará Nietzsche, contra quienes predican el vino aunque beban agua; y el Romanticismo resultará sin quererlo una «prehistoria del infortunio» cuando el nazismo lleve a la práctica los afanes románticos de una manera que hubiera horrorizado a los románticos stricto sensu, pero que no podía sorprender en realidad a quienes habían escrito sobre la comunidad del pueblo, la necesidad de una nueva religiosidad que rindiera culto a la fuerza en lugar de a la debilidad, la de una Gesamtkunstwerk u «obra de arte total» que absorbiera a todas las artes, la de desgarrar los corsés de la razón y sumergirse en la infinitud de la voluntad o la de una «exuberancia del corazón» —decía Hölderlin— ajena a toda contención; a quienes habían manifestado, dice Safranski, «un desconocimiento de los límites de la esfera política, donde todo habría de girar en torno a la razón pragmática, la seguridad, la concordia, la fundación de paz y la justicia, y no en torno al afán de aventuras, a la búsqueda de extremos, a la avidez de intensidad, al amor y a la complacencia en la muerte»; a quienes, llevados por su incomodidad con respecto al mundo moderno a la nostalgia de un pasado idealizado, habían buscado, decía Paul Tillich, «engendrar a la madre a partir del hijo y hacer venir al padre desde la nada»; a quienes, en fin, habían abjurado del universalismo judío, rechazo este último que Wagner llevó al punto de escribir en favor de una solución final que impidiera que la «lejía» hebrea arruinase «la rubia sangre alemana».

Se lee este libro, ya se ha dicho, con auténtica fruición: la que siempre se experimenta ante las obras de divulgación de calidad; aquéllas que en lugar de rebajar complejidad para descender al nivel intelectual del lector le tienden la mano desde arriba para ayudarle a ascender poco a poco por las escalas del intelecto; y que además no ofrecen un mero escapismo sino que contienen y transmiten enseñanzas utilísimas para las luchas presentes. En este caso concreto, los últimos cuatro párrafos tienen aires de alegato y merecen ser citados al completo y concluir esta reseña, porque deben ser difundidos y leídos lo más posible.

Ha pasado ya el Romanticismo como época, pero nos ha quedado lo romántico como actitud del espíritu. Cuando hay desazón por lo real y acostumbrado y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Lo romántico es fantástico, inventivo, metafísico, imaginario, tentador, exaltado, abismal. No está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad, y ni siquiera ser útil a la vida. Puede estar enamorado de la muerte. Lo romántico busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia. Con todos esos rasgos lo romántico no es particularmente apropiado para la política. Cuando desemboca en ella, habría de tener un suplemento de realismo. La política, en efecto, debería fundarse en el principio de evitar los dolores, el sufrimiento y la crueldad. Lo romántico ama los extremos; en cambio, una política racional ama más bien el compromiso. Nosotros necesitamos ambas cosas: la aventura del Romanticismo y la sobriedad de una política adelgazada. Si no entendemos la razón de la política y las pasiones del Romanticismo como dos esferas, y no sabemos separarlas en cuanto tales, si en lugar de ello deseamos la unidad sin quiebra y no tenemos la habilidad de vivir por lo menos en dos mundos, entonces surge el peligro de que en lo político busquemos una aventura, que sería mejor hallar en la cultura, o bien de que exijamos a la cultura la misma utilidad social que a la política. Pero no es deseable ni una política aventurera, ni una cultura políticamente correcta. Fue Friedrich Schlegel quien resaltó la necesidad de la separación de las esferas. Afirmó que es necesario empezar «con la autonomía de lo bello» y mantenerlo separado de lo «verdadero y lo moral». Así se llegó entonces, en la época del Romanticismo, al grandioso desencadenamiento de lo romántico.

La tensión entre lo romántico y lo político se halla inmersa en la tensión más amplia entre lo que puede representarse y lo que puede vivirse. El intento de conducir esta tensión a una unidad sin contradicciones puede llevar al empobrecimiento o a la desertización de la vida. Ésta se empobrece cuando no somos capaces de representarnos nada más allá de lo que creemos que es posible traducir a una realidad vivida. Y la vida se desertiza cuando queremos vivir algo a cualquier precio, incluso al precio de la destrucción y de la propia destrucción, simplemente por el hecho de habérnoslo representado. En un caso la vida se empobrece porque se renuncia a lo representable en aras de la amada paz; y en el otro caso se rompe bajo la violencia con que se quiere realizar lo representable sin ningún tipo de reducción. En ninguno de los dos casos somos capaces de soportar la contradicción entre lo que se puede representar y lo que se puede vivir, y, por tanto, en ambos se aspira a una vida de una sola pieza. Pero una vida así es solamente un sueño romántico.

Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa. Para el Romanticismo, que es una continuación de la religión con medios estéticos, rige lo mismo que para la religión: ha de resistir a la tentación de recurrir al poder político. «La imaginación al poder» no era precisamente una buena idea.

Por otra parte, no podemos perder el Romanticismo, pues la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir. El Romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación. El Romanticismo despierta nuestra curiosidad para lo completamente diferente. Su imaginación desencadenada nos otorga los espacios de juego que necesitamos, siempre y cuando compartamos la observación de Rilke: «no estamos muy seguros, no nos sentimos en casa/ en el mundo interpretado».


 

Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán
Rüdiger Safranski
Traducción de Raúl Gabás
Tsuquets, 2018 (2009)
384 páginas
22.00 €

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