Creación El Cuento Semanal

El café portugués

El Cuento Semanal es esta semana obra de Antonio Reseco.

El café portugués

/por Antonio Reseco/

(Sinopsis para una película)

A este lado de la Raya, 1959

(Presentación)

El café no era portugués. Tampoco estaba en Portugal. Ni siquiera el dueño era portugués. Era un café de la frontera donde se leían revistas por­tuguesas y, al olor de la molienda y entre los soni­dos de una cafetera antigua, se congregaban lla­mativos personajes de éste y aquel lado de la Raya. Tan absurdos como enternecedores, entraban y salían del local cargados de historias personales y anécdotas perdidas de un mundo herrumbroso y caduco. Él los seguía, levantando la vista del pa­pel y confundiendo aquellas palabras de termina­ciones dulces y silbantes con las frases castellanas de otros contertulios. Nadie podía sentirse extra­ño. Todos parecían haber sido creados en aquel lugar por el mágico afán de una pluma decimonó­nica. El espacio se había convertido en una cálida chimenea imaginaria. Por la tela de araña del es­cenario, tejían y destejían sus hilos el dueño, la mujer del dueño, la camarera, la mano negra, el portugués enamorado y, por supuesto, él.

(Trama)

Berta servía copas y aguantaba los comentarios de los clientes con tanta paciencia como si en ello le fuera —que le iba— el salario modesto de final de mes. Correteaba por la barra con la agilidad de la juventud y sabía que aquellos pocos metros eran su único presente. Amable y trabajadora, jamás se desanimaba. Era morena, con el rostro enigmático de las mujeres de Arabia, y sonreía.

Él la observaba.

Iba de aquí para allá, buscando la cajita de las in­fusiones, la cubitera casi vacía o las bebidas guarda­das dentro de las cámaras frigoríficas del mostrador que emitían un ruido monótono y prolongado. De pronto, desaparecía. Entraba en la cocina donde habitualmente nada se cocinaba pero que, al me­nos, permitía el descanso momentáneo. Cerrada ya la puerta a sus espaldas, decrecía el murmullo de los parroquianos, las carcajadas y los vocativos maliciosos que insinuaban el vértigo que producían sus curvas o la redondez de sus senos. Era en esos momentos que se ausentaba cuando a él el tiempo parecía eternizársele. Contaba sin respirar como hacía de niño e imaginaba que se desvanecía. Lue­go ella resurgía de aquel cuchitril y él recobraba la vida como un lázaro joven y mudo.

Las revistas portuguesas las traía Leonel Beirão. Intentaba exportar la cultura de su país diez kiló­metros adentro de las líneas enemigas. Joaquín, el dueño de El Café Portugués, y al que Leonel lla­maba cariñosamente Quim, se lo agradecía con palmadas en la espalda y un tubo de ron negro con mucho hielo y zumo de coco. Trabajaban con más deseo que certeza sobre un viejo proyecto de semanario extremeño­ alentejano que no termina­ba de cuajar, a pesar de las horas invertidas en su diseño y el amor mostrado por la causa. Faltaban compromisos lusos y los españoles no eran de fiar. Además, Charles W. Shadow, pseudónimo del anarquista que monopolizaba las iniciativas cul­turales del café, arruinaba todos los intentos de intercambio que no llevaran su impronta y su con­trol. Él decidía quién podía o no recitar y quién, conforme a sus ideas, era apto o no para entrar en el círculo cerrado de colaboradores. En definitiva, quién podía participar de la gloria del micrófono. Todos los jueves, a las siete de la tarde, comenza­ban los recitales. Se declamaba en un castellano sin eses y, en ausencia de autoridad, también en portugués. Existía un programa cerrado y, poste­riormente, el anhelado turno de improvisación. Quizá la falta de prudencia y la necesidad de ha­cerse valer convertían este momento en el mágico hechizo de la osadía.

Joaquín aguantaba.

Era campechano y flemático. Había ejercido la medicina por media Sudamérica, aunque fue en Brasil donde más tiempo pasó y de donde se trajo a su mujer que, por cierto, no era brasileña y no entendía ni jota de portugués. Pero poseía una cla­ra intuición para los negocios, y aquello marchaba.

Joaquín había escrito varios tratados sobre la sí­filis y tres o cuatro opúsculos exegéticos sobre la medicina preventiva en el Antiguo Testamento. Sin embargo, por alguna razón desconocida para todo el mundo, también quizá para su esposa, un buen día recaló a este lado de la Raya donde abandonó el ejercicio de sanador y montó un café sin nombre.

El local era acogedor. La música, suave e híbrida, apenas si crecía por encima de las conversaciones. Mientras, él escribía un poema en una servilleta sobre el mármol de la mesa del fondo. Pasaba las horas muertas. Agarrado a una jarra de cerveza, de tanto en tanto, o simplemente embelesado y lejano, como si lo hubiera depositado en aquel espacio el viento del otoño o alguien le hubiera pedido que esperara allí sentado, sin abrir la boca y guardando la mayor discreción. Trabajaba en textos que, por lo general, terminaban troceados sobre el suelo, en perfecta convivencia con otras servilletas sucias o huesos de aceitunas y cáscaras de altramuces. Con­taba las sílabas tamborileando con los dedos sobre la mesa. De vez en cuando hacía alguna mueca de desagrado y tachaba versos sin escrúpulos.

Es cierto, no se atrevía.

Escuchaba con envidia a los espontáneos que recitaban composiciones propias y que convertían el local en un rincón de oradores. Eran rapsodas de barrio. Algunos, seguidores aún de la creencia en el poeta como el autor de los despertares. In­tentaban espolear las dormidas conciencias de la sociedad del lugar con soflamas incendiarias tan extemporáneas como inocuas.

—Los poetas ponemos el dedo en la llaga —de­cían.

—¡Eso, en la llaga!

—Yo dirigiré esta revolución —apostilló Char­les W. Shadow.

Ebrios, olvidaban que nadie tiene en cuenta ya a los poetas.

Berta paseaba dentro de la barra, subiendo y bajando el volumen de la música para evitar que las palabras y los recitativos quedaran eclipsados por la canción de turno. Era aquél de los primeros gramófonos para vinilo. Conseguido del estraper­lo por un contacto americano de Joaquín que vivía en Lisboa. Berta lo manejaba con soltura y, con el tiempo y la práctica, había conseguido conocer la música adecuada para cada momento. Envidiaba a quienes eran capaces de hablar en público sin ruborizarse y a quienes escribían sin faltas de or­tografía, que tampoco eran todos los clientes. Pero jamás leía las revistas portuguesas. Los portugue­ses no le gustaban. Él le oyó contar alguna vez a Leonel Beirão que el hombre que dejó embaraza­da a su madre y del que no volvió a saber era un portugués del Algarve. Lo cierto era que su madre tampoco tenía muy claro quién fue el varón. Por aquella época anduvo con más de uno y, aunque las mujeres siempre poseen un sexto sentido para conocer estas cosas, albergaba dudas de la verda­dera autoría. Por eso, decidió afianzar la historia del portugués. Puestos a elegir, prefería cargar el muerto sobre los hombros de un extranjero que en las espaldas de un español.

Leonel Beirão intentaba convencerla de lo dis­criminatorio de su posición, pero ella se mantenía inexpugnable.

—Que no, Leonel, que todos los portugueses sois iguales, unos metisaca.

Era entonces cuando al portugués le entraba un temblor por todo el cuerpo y sentía unas ganas profundas de comérsela, de decirle que él repararía la imagen pésima de sus compatriotas, de com­prarle media docena de sericaias dulces, como la propia Berta. Y callaba. Quedaba petrificado. De sus labios sólo salían, con un hilo de voz agónico, los versos susurrados de Antero de Quental, teus olhos fitos, que não são deste Mundo e onde leio uns mistérios tão tristes e infinitos.

—No te preocupes, Bertita, que yo te traeré las revistas en castellano.

Desde otra esquina, una pareja evitaba el his­trionismo del rapsoda y se concentraba en su con­versación de amor y desamor. Ella le acariciaba con ternura y con la mirada tan aborregada y dulce que incomodaría al más romántico de los preten­dientes. Quizá fuese el inicio de una relación. Él, que escribía versos añejos y mortecinos, sentía la envidia de suplantar a aquel muchacho, de cam­biar por unos minutos la reclusión permanente que le hacía pasar desapercibido entre los sonidos habituales y el olor, siempre presente, a café recién hecho. Imaginaba el mundo a través de la memo­ria de sus actores, del paladar de ese café en otra boca, de los aromas captados por el sentido agu­do de los parroquianos; o sus versos, nunca oídos, recitados con la voz de Joaquín, aquella voz que logró atrapar a la mujer con la que llevaba casado media vida y con la que había compartido tantos proyectos rocambolescos e inútiles.

Nada de aquello pasaba en realidad.

Apostado tras la puerta de cristales empañados, Charles W. Shadow, que en la vida real adscrita al carnet de identidad era simplemente José Do­mínguez Rosa, no comulgaba con extraños, ni con argumentos nuevos, ni, sobre todo, con motivos diferentes. Hace años, Joaquín le había permiti­do organizar el primer recital en el café. Entonces, aún parecía un joven inquieto y cargado de ideas brillantes y sugeridoras, más incluso en un lugar donde la vida transcurría en el tono monocromo de la ignorancia. A partir de ahí, todos los jueves comenzaron a celebrarse las veladas literarias y un sinfín de nuevos clientes frecuentaban el café. Pero las ansias de notoriedad de Shadow y las prerroga­tivas que se arrogaba molestaban a Joaquín, que no tenía otra pretensión que vivir una vida tranquila y amable. La relación entre ellos se fue deteriorando y, con el tiempo, casi todos sabían que aquello ter­minaría más temprano que tarde.

Existía un batiburrillo de teorías inconexas en torno a la persona de Shadow. Quienes opinaban que venía del exilio carecían de fundamentos. Su pasado, admitámoslo, era oscuro, tan oscuro como el grisú de una mina de carbón, aunque nada re­lacionado con antiguas heridas de guerra. Las hi­pótesis más inverosímiles pululaban a espaldas del aludido por los corrillos del café. Quizá, de todas, la más extravagante situaba ese pasado en las en­trañas del espionaje patrio. Decían, se había reco­rrido medio mundo y sus aventuras eran ubicadas en países tan distantes como Zimbabue o Nueva Zelanda. Su conversión a la literatura, y a hacer de sus aficionados una secta parecida a la que Gilbert K. Chesterton nos contaba en su obra El hombre que fue jueves, le llegó un buen día de diciembre, muchos años atrás, cuando en una tienda de li­bros de segunda mano cerca de Covent Garden, se topó por casualidad con un ejemplar de La muerte en Venecia de Thomas Mann. Aquella lectura, que a cualquier otro hubiese dejado seco —como toda la literatura alemana—, a él le sumió en una de­presión existencial. Reflexionando sobre la vida y la muerte, el viaje y el destino, apuraba soledad y bourbon. A partir de ahí, todo es conocido, inclu­so más de la cuenta.

Él también escuchaba las historias contadas acerca del pasado legendario de Charles W. Sha­dow. Consideraba que no era más que un farsante. Nunca se supo qué pensaba Shadow de él, mirán­dolo de soslayo, catalogando sus movimientos.

Los poetas continuaban su recitación ayudados por algún que otro carajillo y esa desvergüenza im­pregnada de alcohol. Se contaban por centenas las apariciones improvisadas que convertían la nostal­gia de las tertulias de antaño en una componenda de versos y oradores. No podía distinguirse dónde moría el hombre y dónde nacía el artista, o viceversa. Fumaban en pipa hierbas que exhalaban confusas esencias, tal vez las del alma. Y recordaban desco­razonadores detalles de las vidas de los románticos, de la bohemia de Lisboa, de olvidados poetas regio­nales. En fin, exigían ese momento de gloria prota­gonizado por la estrofa de rima fácil compuesta allí mismo, y con la que el encuentro semanal llegaba a su culmen antes del olvido inevitable.

(Desenlace)

Un día de otoño en que el cielo parecía haber­se conjurado, un cartel escrito a mano rezaba col­gado de la puerta del café: «CERRADO DEFINI­TIVAMENTE». Descartando todo aviso, Joaquín apuntilló la aventura y desapareció de la ciudad sin dejar pista alguna de su paradero. Su mujer lo acompañó. Como no era de extrañar, las expli­caciones buscadas a aquella fuga resultaron tan pintorescas como desencaminadas, y los poetas se dispersaron.

Él entabló una duradera amistad con Berta, a la que seguían sin gustar los portugueses. Pero el tiempo fue ablandando su corazón hasta hacerlo más permeable.

Leonel Beirão montó un recoleto café sin nom­bre en un pueblo del interior del Alentejo. Poco tiempo después, los portugueses comenzaron a llamarlo «O café espanhol», quizá porque podían leerse revistas españolas que alguien hacía llegar al mismo de forma anónima.

El mismo día en que Joaquín borró sus huellas de la historia de la Raya, las últimas ropas con que se vio vestido a José Domínguez Rosa, más cono­cido por Charles W. Shadow, aparecieron flotan­do sobre las aguas del Guadiana.


Antonio Reseco (Villanueva de la Serena [Badajoz], 1973) ha publicado los poemarios Un lugar conocido (2002), Anotaciones del viaje (2005), El otoño cotidiano (2005), Geografías (2006), Huidas (2009), London Bureau (2012), Casi no existir (2015) y Posdatas (2017), entre otros. Dedica también otra parte de su labor creativa a la traducción, al ensayo y a la crítica literaria. En 2012 fue publicada su primera obra de teatro, Dickens no tiene corazón, y el libro de relatos El conejo, la chistera y el mago sin memoria y, recientemente, El café portugués, al que pertenece el relato que presentamos a nuestros lectores.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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