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Y la información será libre, o no será

Una larga y razonada defensa de la Cultura Libre a cargo de Pablo González, preocupado por el endurecimiento creciente de las normativas sobre derechos de autor.

Y la información será libre, o no será

/por Pablo González/

El pasado 12 de septiembre fue lo que muchos temíamos. El Parlamento Europeo dio luz verde a otra absurda y disparatada directiva sobre derechos de autor. Tales adjetivos los dispongo siendo un humilde ciudadanito europeo, consciente, o al menos intentando serlo, de lo que significa la citada regulación para Internet y sus pilares fundamentales. Si, por el contrario, opinase un comerciante a sueldo de algún lobby de las grandes corporaciones de la información (¿o desinformación?), ésas que manejan a muchos de nuestros supuestos representantes a su capricho e interés, sus adjetivos serían muy diferentes. La política neutra no existe, y decisiones como ésta favorecen a unos pocos perjudicando a unos muchos. El primer golpe impuesto por la triste directiva es la imposición de un canon a los enlaces. Cabe preguntarse, una vez más, si los legisladores saben lo que es Internet, si entienden cómo funciona y si saben lo que es un enlace… Mas el disparate no queda ahí. El Artículo 13 obliga a incluir algoritmos que analicen el contenido subido por los usuarios a cualquier plataforma. En principio estos algoritmos estarán diseñados para buscar y censurar infracciones de copyright. En final, vaya usted a saber. ¿O los algoritmos serán públicos? No obstante, al casi ahogado todavía le queda alguna posibilidad. La norma se someterá a una segunda y final votación a inicios de 2019, tras pasar por la Comisión y el Consejo. Varias instituciones entre las que se encuentran la Electronic Frontier Foundation, la Fundación Wikimedia, el Centro para la Democracia y la Tecnología o la Comunidad de Creative Commons están coordinando la campaña Save your Internet, en la que todos aquellos que creemos en un Internet libre debemos involucrarnos para hacer frente a lo que se nos viene encima. Para los interesados en las particularidades de nuestra política patria, y por si todavía hubiere despistados con duda alguna, los eurodiputados aprobantes de la susodicha directiva fueron los representantes del PP, del PSOE y de Ciudadanos. Los demás, supongo que seremos tachados de populistas y radicales ultramontanos. Y como la radicalidad es, al fin y al cabo, atacar la raíz del problema, vayamos a ello. ¿Por qué surge esta directiva? ¿A quién beneficia? Es más, ¿por qué existe el derecho de autor? ¿Es la información una mercancía? ¿Es justo que se trate como tal? ¿Hay alternativas?

Los economistas llaman a la información un bien no rival. Esto es, básicamente, un bien cuyo consumo por parte de una persona no lo hace menos valioso para otra. Una manzana es un bien rival. Si yo me como una manzana, otro no puede comérsela. Si quiere hacerlo, tendrá que hacer la inversión en los recursos necesarios para producir esa manzana (semilla, terreno, poda, recolección…) o, como mercancía que es, pagar su precio de mercado. Sin embargo, si yo escucho Stairway to heaven, leo Cien años de soledad o aprendo a aplicar el teorema de Pitágoras, no impido que cualquier otra persona pueda utilizar igualmente esas piezas de información y conocimiento. Su valor no disminuye tras mi consumo. En puridad, el único coste mercantil implicado sería el del soporte donde se almacenase la información: papel, disco de vinilo, CD-ROM, memoria flash… Pero el coste marginal de la información es casi cero, y dada la tecnología actual, el de reproductibilidad también sería prácticamente nulo. George Bernard Shaw, como buen premio Nobel, lo explicaría con más elegancia que yo: «Si tú tienes una manzana, yo tengo una manzana e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea, yo tengo una idea e intercambiamos las ideas, entonces ambos tendremos dos ideas».

Otra característica fundamental de la información que tampoco se encuentra en mercancías de naturaleza física es ser a la vez entrada y salida en su propio proceso de producción. Si yo escribo un artículo académico hoy, necesito acceso a artículos escritos en el pasado para darle forma. Si yo escribo una novela, una canción o un guión de cine, necesito revisar, reutilizar y reinterpretar formas culturales existentes, buscando inspiración e influencia. Así funciona el proceso creativo humano. Es lo que Yochai Benkler llama «sobre los hombros de gigantes», haciendo referencia a una afirmación de Isaac Newton: «Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes». Esto significa que Newton, en el proceso de producción de sus teorías, utilizó como base teorías previas de Copérnico, Kepler, Galileo y tantos otros que formaban parte sustancial del acervo cultural del físico inglés. ¿Qué hubiera pasado si Copérnico, Kepler o Galileo hubieran levantado muros legales excesivos en torno a su conocimiento? Cada nueva información producida por el hombre se sustenta en información existente, por tanto, si elevamos las barreras de entrada a ésta, podemos esperar menos accesos a la información hoy y, por consiguiente, menos producción de la misma mañana. La afirmación de Newton contradice el concepto, típicamente capitalista, de autor-genio que sustenta la apropiación total de las obras creativas. Esta relación de propiedad definitiva entre autor y obra es asumida como dogma en nuestro sistema actual (si yo creo algo —canción, libro, programa informático, etcétera—, me pertenece absolutamente) y es la base de toda la ficción jurídica construida. Sin embargo, nadie crea de la nada, ni siquiera Newton lo hizo y, por tanto, sería necesario reformular el conocimiento, la información y la cultura como valores comunes, compartidos, con el propósito de construir una nueva relación entre autor y obra. Desde luego que no niego el inmenso valor del proceso creativo, y evidentemente los creadores, como innovadores del conocimiento, merecen reconocimiento y recompensa por sus obras. A partir de ahí, debemos construir una alternativa más equilibrada que nos ayude a superar los enormes grados de exclusión actuales.

La información, como hemos visto, no es mercancía, pero se persigue tratarla como tal, aplicando conceptos propios de los objetos físicos a objetos que no comparten su misma naturaleza.  Es ahí donde se impone un régimen jurídico para sustentar la metamorfosis. Nuestras leyes de copyright actuales tienen su origen en el estatuto de Anne, aprobado en Inglaterra en 1709, y vienen a refrendar esta interpretación netamente capitalista de la creación humana, al asumir que el conocimiento y la información son productos cuyo beneficio económico debe ser maximizado. Además, justifican la propia creación únicamente desde un punto de vista utilitario: si no es posible extraer réditos económicos a las creaciones, nadie creará, nadie escribirá una canción, un cuento, un guión de cine o un programa informático. Por tanto, sin barreras de acceso cada vez mayores, la producción de información y conocimiento decaerá. Sin copyright, no habrá creadores. Esto es teóricamente discutible y empíricamente falso. Apenas hay evidencias que sustenten el afán visto en los últimos cuarenta años por reforzar las leyes de propiedad intelectual (derechos de autor y patentes). Prácticamente no hay estudios serios, al menos el que esto escribe no los ha visto, que muestren un beneficio claro en la creación e innovación derivado de un endurecimiento de las barreras de acceso a las ideas e información. En uno de los trabajos más completos realizados hasta la fecha, el economista Josh Lerner analizó los cambios en las leyes de propiedad intelectual (centrándose especialmente en derecho de patentes) de sesenta países en un periodo de 150 años. El estudio revisó alrededor de trescientos cambios de políticas y llegó a la conclusión de que, tanto en países en vías de desarrollo como en países avanzados, las inversiones en investigación y desarrollo de las compañías locales disminuían cuando las leyes de propiedad intelectual eran reforzadas. La pregunta parece obvia: ¿por qué una compañía innova menos cuando sus creaciones están más protegidas? Parece absurdo, ¿verdad? La respuesta, también obvia si se explicasen las cosas como son: entendamos los conceptos de no rivalidad y a hombros de gigantes y todo cobrará sentido. El resultado del estudio se alineará consistentemente con la teoría. Además, y dejando a un lado los sesudos trabajos en la materia, quizás cupiera esperar de los legisladores un poquito más de fe en la humanidad. Yo la tengo, llámenme iluso. No creo que detrás de nuestro espíritu creativo haya primariamente una motivación económica. Éste es intrínseco a nuestra especie, no busquemos razones monetarias para entender nuestras permanentes búsquedas, nuestra sed de conocer, de aprender, de descubrir. Nuestra propia historia se circunscribe en una máxima: querer saber lo que no sabemos. El camino creador no necesitó justificación economicista en Grecia y en China para el desarrollo de la filosofía, ni la necesitó el anónimo autor del Lazarillo, ni tampoco la América negra que produjo el jazz. Sin embargo, la necesita la lógica capitalista y su empeño por impregnar todas y cada una de las facetas humanas. Todo se compra y se vende. Todo es mercancía.

Pero volvamos al Estatuto de Anne y su contexto histórico. A principios del XVIII las rigideces del Antiguo Régimen comenzaban a ceder y la Ilustración, al fin, se abría camino. La imprenta facilitaba a la incipiente burguesía una producción de libros sin precedentes y a costes menguantes. La Iglesia y la Corona perdían el monopolio de la generación de conocimiento y se desarrollaba una normativa que, aun teniendo un sustrato ideológico y cultural detrás dándole forma, era nueva y pretendía gestionar la nueva situación centrándose en los tres actores clave imbricados en la propia creación. Por una parte estaban los propios autores, que buscaban algún tipo de beneficio que facilitase la continuidad en sus creaciones. Por otra, los comercializadores, que servirían de intermediarios para facilitar la distribución de las creaciones y proveer el sustento necesario para que los autores continuasen creando cómodamente. Finalmente, la propia sociedad, beneficiaria última del proceso de creación y simultáneamente punto de entrada y salida de éste. En el equilibrio de estos tres actores se explicaba la razón de ser de la propia legislación: los autores tendrían un sustento económico que facilitase la generación de conocimiento, los comercializadores tendrían suficiente rentabilidad en su aventura empresarial e incentivos para mejorar la distribución y acceso a las obras y la sociedad podría producir y recibir un mayor número de obras de conocimiento de calidad.  El desequilibrio que sufrimos en la actualidad pervierte totalmente esta ratio legis inicial. El sistema se ha deslizado hacia el polo comercializador de tal manera que ha dejado a los autores y a la propia sociedad en una situación de indefensión que es preciso corregir; un polo comercializador que, dada la tecnología actual, es paradójicamente el más prescindible de los actores en muchísimas ocasiones. La idea original del derecho de autor como impulsor de la creación de conocimiento de calidad para el todo social es ahora papel mojado en un sistema que impulsa creaciones supeditadas a lo comercial, desde best sellers a radiofórmulas, que produzcan una maximización del beneficio recibido por enormes intermediarios comerciales. Y esta inversión ideológica beneficia a los de casi siempre… Manuel Castells observa en su libro Comunicación y poder la existencia de siete grandes multinacionales de la comunicación y cuatro grandes empresas diversificadas de Internet que dominan el mercado cultural global. Son estas grandes corporaciones las que empujan para que el poder político apruebe recurrentemente endurecimientos en las leyes de propiedad intelectual que mantengan este oligopolio. Nuestros políticos sucumben al poder del lobby y dan la espalda a todos aquellos que queremos trabajar por un sistema equilibrado que nos haga más libres. Un sistema que empuje a la sociedad a recuperar el poder arrebatado por estos grandes intermediarios, cada vez menos necesarios.

En el absurdo mundo que nos han construido, hasta el silencio se vende al peso. John Cage fue un relevante compositor norteamericano del siglo pasado que creó una pieza llamada 4’33’’. Ésta consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. La canción, si podemos llamarla así, fue registrada en su momento. Pues bien, la familia del ya difunto compositor demandó por plagio al compositor británico Mike Batt por haber editado un disco con una canción en blanco. El silencio tenía dueño. Otro que anda ansiando libertad es Mickey Mouse. El buen ratón, bajo el yugo asfixiante de su amo durante demasiado tiempo, ya casi se sentía libre allá por 1998, pero Disney, con ayuda de la corporación Clinton, puso entonces otro candado en su calabozo. La Copyright Term Extension Act, conocida coloquialmente como la Mickey Mouse Protection Act, se aprobaba poco antes de que Mickey pasara a dominio público y extendía veinte años más la protección del copyright en Estados Unidos y el cautiverio de nuestro amigo. ¿Se acerca, por fin, el momento en el que todos podamos repensar y reimaginar a Mickey? No estemos tan seguros. El cuadro lo completa la donación de 6,3 millones de dólares que The Walt Disney Company hizo entonces a la campaña de Clinton. Se estima que la marca está valorada en tres mil millones de dólares, así que el cúmulo de casualidades les salió finalmente bastante barato. Ésa es la nobilísima democracia estadounidense, modelo para el mundo, pagando sus deudas a los mercaderes que la manejan. La Walt Disney competiría muy dignamente en uno de los torneos con mayor número de aspirantes al triunfo en este sufrido mundo nuestro: el Campeonato Internacional de la Hipocresía. La Cenicienta o La bella durmiente son obras de los hermanos Grimm, La sirenita es un cuento de Andersen, Pinocho lo es de Carlo Collodi y El libro de la selva está basada en los relatos de Rudyard Kipling. Son solo unos pocos ejemplos de una larga lista. La apropiación y reinterpretación cultural de creaciones de dominio público es una constante en Disney, pero niegan para los demás lo que se otorgan a si mismos. En un mundo al revés, el cinismo es alabado, recompensando, da lecciones y fija las normas.

La alternativa a la asfixiante situación actual pasa por reducir las barreras de acceso a las creaciones y reequilibrar de nuevo los polos implicados en la producción cultural, reforzando el papel de la inmensa mayoría de creadores, incrementando los derechos y libertades de la sociedad en el acceso a la información y conocimiento y, donde sea necesario, otorgar un papel objetivo y proporcionado a los intermediarios comerciales. Pasa por hacer justamente lo contrario de lo que pretende la Unión Europea. Pasa por entender que un mejor acceso al conocimiento nos beneficia a todos, o a casi todos, especialmente a los países subdesarrollados y a las capas sociales subdesarrolladas de los países ricos. Pasa por promover leyes que recuperen el terreno perdido ante la hegemonía propietaria y que sitúe a la Cultura Libre en el centro de un modelo que, evidentemente, vaya mucho más allá de descargarse canciones y películas. La Cultura Libre debe ser el paradigma central que nos ayude a entender la producción de información y conocimiento en el futuro. Sobre ella deberían pivotar, ordenada y paulatinamente, nuevas legislaciones que nos lleven a una transformación positiva en los mercados de conocimiento y cultura, haciéndolos más libres y justos. Y repito, reducir la cultura libre a una suerte de barra libre de descarga de música y cine sería caer en un gigantesco error, tan grande del que sería muy difícil salir. El que entienda eso, no entiende nada. La Cultura Libre es, por encima de todo, una ecología de creación, un sistema que ha posibilitado que miles de voluntarios a lo largo y ancho del globo hayan colaborado para crear Wikipedia, la mayor enciclopedia en línea del mundo y una más que seria alternativa a la Enciclopedia Británica. La Cultura Libre es GNU/Linux, la General Public License, y el ecosistema creado en torno al software libre es la Open Source Ecology, fundada por el ingeniero serbio Marcin Jakubowski, un notabilísimo proyecto de creación y producción social de maquinaria agrícola para la autosuficiencia rural. La Cultura Libre es el OpenCourseWare del Instituto Técnico de Massachussetts, donde, quizás la primera universidad del mundo, pone a disposición pública todo su material didáctico, el usado por todos sus profesores en todos sus cursos y asignaturas: un acto tan elemental y obvio como extraño en este mundo al revés. La Universidad, templo del saber que diría Unamuno, es la cuna del conocimiento por antonomasia. Cuando decide crear muros en torno a sus producciones incurre en el más absoluto de los contrasentidos, pervirtiendo sus valores fundacionales para asumir los que consideran el saber como una mercancía economicista y productivista. La iniciativa ya ha inspirado a alrededor de doscientas cincuenta instituciones a hacer sus cursos y materiales públicos a través del Open Education Consortium. ¿Para cuándo las demás? Las posibilidades que la Cultura Libre abre en numerosísimos campos son enormes y sobrepasan la capacidad de este humilde escribidor. El abogado Fernando Martínez, autor de Copyright y copyleft: modelos para la ecología de los saberes, profundiza en las distintas alternativas que nos daría una creación cultural más libre en disciplinas como el cine, la literatura o la música, asumiendo el reto y la dificultad en alguna de ellas. Todo ello considerando que, en el improbable caso de que una mayor apertura en la legislación supusiera dificultades insalvables en el proceso creativo de alguna materia específica, tanto para creadores como para la sociedad en su conjunto, se debiera tener una altura de miras suficiente como para rectificar los cambios, incluso dotando a tal o cual producción de una mayor protección en su normativa. El objetivo último es el equilibrio entre creadores, distribuidores cuando sean requeridos y la sociedad en su conjunto, no lo olvidemos. La Cultura Libre no es un dogma de fe.

La información, la cultura y el conocimiento son claves para comprender la libertad, la justicia, la igualdad y el desarrollo humanos. La forma en la que se producen y transmiten marcan inevitablemente el funcionamiento del mundo. ¿Quién lo decide? Es evidente que como sociedad tenemos una clara responsabilidad al respecto, aunque temo que no estemos ejerciéndola como debiéramos visto lo que apoyan nuestros elegidos. El conocimiento y la información se han convertido en factores claves de producción y riqueza, «dejando atrás al capital y al trabajo» en palabras de Peter Drucker, padre del management moderno. Cuando nuestros políticos hablan magnánimamente de ayuda al desarrollo, me pregunto si han leído a Drucker, o si mienten descaradamente. Pregunta vacía. Si quisiesen realmente ayudar al desarrollo, entendiendo la preeminencia del conocimiento a la hora de crear riqueza, quizás digitalizasen toda la información y el conocimiento contenido en las bibliotecas de Alemania, Francia, España, Reino Unido o Estados Unidos y los transfiriesen a las bibliotecas de Burundi, Gambia, Mozambique o Liberia. Sería un primer paso técnicamente factible, incluso sencillo, y realizable sin duda en términos humanos. Sin embargo no lo hacen. Prefieren reforzar las barreras de acceso a ese conocimiento y extender la legislación occidental de propiedad intelectual a las relaciones y tratados dentro de la Organización Mundial del Comercio. Prefieren reforzar la existencia de élites informacionales en los países ricos y marginar una vez más a los de siempre, porque para que haya élites tiene que haber marginados. Cuando dicen ayudar al desarrollo, continúan indefectiblemente ayudando al subdesarrollo.

Peter F. Drucker (1909-2005)

Hace un tiempo leí una reflexión, creo que la hacía Richard Stallman, en la que se imaginaba un invento maravilloso: una máquina de duplicar pan. La máquina, asombrosa, apenas consumía energía y apenas requería materias primas, era tremendamente barata y podíamos disponer de millones de unidades. Su funcionamiento era perfecto y los panes copiados eran de la misma calidad que los originales. Las mentes de progreso vislumbraban con esperanza el fin del hambre en el mundo y se empezaban a desarrollar duplicadores de todo tipo de alimentos. No obstante, el envés reaccionario no se hizo esperar. Surgieron numerosas campañas contrarias al uso de los duplicadores, encabezadas por las empresas productoras de pan y financiadas por todas las empresas del sector de la alimentación. Los voceros oficiales, amparados por los grandes medios, no dejaban de repetir al unísono soflamas del tipo «si se permiten los duplicadores de pan, ¿de qué vivirán los panaderos?» o «¿quién querrá a partir de ahora producir nuevos tipos de pan?». Finalmente, gracias a su gran poder de influencia, el sector alimentario consiguió que se promoviesen leyes que perseguían y encarcelaban a los duplicadores de pan mientras éstos, a pesar de todo, continuaban con sus prácticas de forma marginal, siempre soñando con un mundo sin barreras en el acceso a los alimentos.

La fábula tiene más parecido con la realidad de lo que pudiera parecer. Sustituyamos el pan y los alimentos por información, cultura y conocimiento. Podemos duplicarlos, podemos distribuirlos, podemos terminar con las barreras que los constriñen, y todo ello a coste prácticamente cero. Si como sociedad decidimos no utilizar esta ventaja, debe ser por razones poderosísimas. ¿Las tenemos?

Fuentes consultadas

Benkler, Yochai: The wealth of networks, Yale University Press, 2007.

Martínez Cabezudo, Fernando: Copyright y copyleft: modelos para la ecología de los saberes, Aconcagua Libros, 2014.

Lessig, Lawrence: Free Culture: the nature and future of creativity, Penguin Group, 2005.

Smiers, Joost: Imagine no copyright, Gedisa, 2009

Stallman, Richard: Free software, free society: selected essays, Free Software Foundation, 2015

AA.: Sobre software libre, Servicio de publicaciones de la URJC, 2004.


Pablo González (Grau [Asturias], 1985) escribe sobre tecnología, sociedad y política y ha colaborado en diversos medios digitales. Entusiasta defensor del software libre, ha asesorado al Ayuntamiento de Grau en materia de nuevas tecnologías. Fue cocreador de Moshtown, una app buscadora de conciertos para dispositivos móviles. Ingeniero técnico de telecomunicaciones por la Universidad de Oviedo y máster en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, actualmente trabaja como consultor de sistemas y seguridad en el sector tecnológico. Además, es aprendiz de músico y gaitero y toca el bajo en la mundialmente desconocida banda de punk The New Ones.

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