Giulino di Mezzegra

Rinden culto a un líder carismático

«Huimos del caudillismo, pero él es más rápido; y cuando creyéramos haberlo conjurado, él insurge de nuevo con la violencia de lo embalsado durante demasiado tiempo o de un cáncer reproducido», escribe Pablo Batalla Cueto.

Giulino di Mezzegra

Rinden culto a un líder carismático

/por Pablo Batalla Cueto/

Don Francisco de Caso era un profesor de historia duro, exigente. A muchos en el Instituto Jovellanos de Gijón, del Bachillerato se les atragantaba justamente esa asignatura, suspendida una y otra vez, incapaces de superar aquellos exámenes en los que don Francisco pedía una relación detallada de los más menudos pormenores de las unificaciones de Italia y Alemania, de qué eran el materialismo histórico y el dialéctico o un comentario de texto sesudo de un mapa de la guerra de Indochina. Don Francisco no hacía prisioneros: los ceros y los unos estaban a la orden del día; un cinco era una tierra de promisión conquistada con sangre, sudor y lágrimas. Y recuerdo bien qué examen concreto supuso la mayor escabechina: uno en que el profesor De Caso nos solicitó que enumeráramos las características del fascismo. Suspendimos todos menos uno en una clase de treinta alumnos; y casi en todos los casos, con notas muy bajas: treses, doses, unos, y algún cero con cinco o con seis o con siete (don Francisco era así de preciso), pero, contra lo que solía suceder, ningún cero patatero. La razón era que todos —todos sin excepción—, lo mismo los aprobados, que los del cuatro, que los del dos y que aun los del cero y medio, habíamos signado correctamente una de las características; y todos lo habíamos hecho con las mismas exactas palabras, tal cual venían en el libro de texto: «Rinden culto a un líder carismático». Había alumnos que habían entregado al maestro un folio casi intacto, manchado tan sólo con su nombre, la fecha y esa frase. Algo había en ella, algo en ella latía, que se nos había grabado a todos; algo que —creo— no era simplemente su sonoridad, sino una suerte de aquiescencia espontánea, inconsciente; un hallarle a aquellas palabras el tañido de nuestra esencia de humanos, que no prorrumpía en cambio en los sindicatos verticales, la militarización de la vida cotidiana o el antisemitismo.

Admitámoslo: nos gustan los caudillos. Gustan, claro, en la derecha, pero también en la izquierda. Cada familia maneja su propia onomástica y estética del caudillaje: ellos entronizan y ensalzan al Duce, al Führer, al Caudillo, al Jefe, pero también a le Général que era para sus acólitos alguien de tan indudable pedigrí antifascista por lo demás como Charles de Gaulle. Y en nuestro lado, los comunistas hemos rendido culto —culto era— a líderes carismáticos a los que llamábamos Vozhd, Conducator, Mariscal, Gran Timonel, Comandante; y a cuya muerte los embalsamábamos y les escribíamos cosas como esta Oda a Stalin de Pablo Neruda:

Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.
Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo! […]
En sus últimos años la paloma,
la Paz, la errante rosa perseguida,
se detuvo en sus hombros y Stalin, el gigante,
la levantó a la altura de su frente […]

Pero también existe una fe del carbonero socialdemócrata que peca de este pecado y que, aunque no acuñe estos nombres grandilocuentes y estas odas tórridas para sus líderes, se revela en otras cuestiones. De la idea heraclitiana de identidad de los contrarios no hay que abusar, pero cuando una masa socialista grita «¡Presidente, presidente!» a su candidato en el mitin de una campaña de primarias para secretario general, cuando dice de tal o cual líder histórico que «no ha habido otro como él», cuando el naming de que echa mano para referirse a las corrientes internas del partido es de tipo fulanista (felipistas, guerristas, caballeristas, prietistas, mitterrandistas, etcétera), también se conjuga el esperanto universal del caudillismo.

Huimos del caudillismo, pero él es más rápido; y cuando creyéramos haberlo conjurado, él insurge de nuevo con la violencia de lo embalsado durante demasiado tiempo o de un cáncer reproducido: suele ocurrir que los partidos de origen asamblearista acaben desarrollando hiperliderazgos más incontestados que los de los partidos delegadores a los cuales ese asamblearismo prometía superar. Máximo Gorki consideraba el caudillismo una enfermedad psíquica; un «sarcoma» que envenena y deprava la conciencia. «En el enfermo de caudillismo, lo personal se hipertrofia y lo colectivo se atrofia», escribía; y escribía también que «el enfermo de caudillismo tiene manías de grandeza a las que sigue, como una sombra negra, la de persecución». Pero esa locura, si lo es, no es locura excepcional, sino locura de casi todos; un síndrome pandémico y hereditario, incrustado en nuestro genoma con testarudas raíces.

Se puede luchar, y luchar con mucho éxito, por mantener a raya la genética propia. Pero el más breve relajo puede bastar para desatar de nuevo sus mareas; y en este tiempo neoliberal, varios fenómenos concatenados concurren a malbaratar esos parapetos. En primer lugar, ésta es una era de yoes desenfrenados; de desbocadas egolatrías alimentadas por un discurso que —con evidente ánimo de lucro de los mercaderes que lo promueven— nos insta a ser nosotros mismos, a dejarnos llevar, a ser viscerales, a entregarnos sin miedo a la orgía de las emociones. En consecuencia, al caudillo en potencia, nada le penaliza querer serlo; y al caudillista, tampoco.

Por otro lado, como escribe Francisco González Ayerdi, «el caudillismo es un ejercicio personal del poder que no puede ser delegado o transmitido y por eso se contrapone al poder de las instituciones. A caudillos fuertes, instituciones débiles». Y el neoliberalismo es enemigo de toda institución que no sea la institución del libremercado. Es antipolítico en el sentido etimológico de contrario a la polis, entendida como un ágora en la que la comunidad en pleno se consagra a perseguir la verdad, el bien común y la belleza; valores radicalmente opuestos a los que inflan la apoteosis neoliberal, que galopa con el galope de la mentira, el bien egoísta y la convicción de que todo puede y debe poder prostituirse y venderse. La ley, la ética, la deliberación colectiva, la obediencia a lo decidido a través de ella: en todo ello encuentra escollos este gremio planetario de trileros y mercachifles que pugna por candar con siete llaves el sepulcro de Pericles, y quisiera convertir el mundo, no ya en un gigantesco casino, sino en una gran timba ilegal de póquer. Pero al dinamitar todos esos contrapoderes a fin de conseguirlo, puede provocar una onda expansiva que, acabando con el poder de todos, acabe también consigo mismo y termine facilitando no el poder de nadie, sino el de uno; no la anarquía, sino la monarquía.

El neoliberalismo también es veloz, vertiginoso; una aceleración creciente de todos los órdenes de la vida perpetrada por un capitalismo ontológicamente obsesionado con su propio crecimiento constante y por apresurar sus ritmos de producción y de beneficio. Su lema es el que el barón de Coubertin acuñara para los Juegos Olímpicos: citius, altius, fortius. Más rápido, más alto, más fuerte. La eficacia se convierte en un tótem; el fordismo metastatiza; el mundo entero se convierte en una gigantesca cadena de montaje en serie en la que cada individuo cumple y es experto en una tarea simplificada y sin valor por sí misma; sabemos mucho de lo nada y nada de lo mucho; y ese sueño de la razón también produce Führers. Entregados a esa voracidad simplificadora, ultraespecializamos también la tarea de gobernar, confiada cada vez más a supuestos expertos y al embauco de una tecnocracia que se pretende capaz de hacer de la gobernanza una ciencia o más bien una técnica; casi el desempeño maquinal de un robot. Con ello se abre una trocha que, asfaltada por la tendencia a lo Uno y la obsesión eficiente, acabe derivando en el alumbramiento de un único Experto Universal; de un Gran Timonel del milenarismo tecnócrata.

Todo lo está anegando este maremoto de la eficiencia. El presente encumbra a gurúes como Marie Kondo, una consultora de organización japonesa que ha escrito cuatro libros sobre el arte de organizar con títulos como La magia del orden y La felicidad después del orden, cuyo mensaje para el mundo, amalgamando filosofía oriental, feng shui y coaching inspiracional, es que debemos reorganizar nuestros hogares en base a un utilitarismo extremo, que nos haga desprendernos inmisericordemente de todo aquello que no nos sea estrictamente necesario. Kondo, por ejemplo, insta a no poseer más de treinta libros. Y ella cuenta las ventas de los suyos por millones. Semejante éxito es sencillamente aterrador, porque es al mismo tiempo el del neoliberalismo y el de la cosmovisión fascista: divinización del orden, de la renuncia, de los recortes austeritarios y de una individualidad ilusoria, entregada en realidad a guías que la dirijan.

Tal es el espíritu del siglo, y está abduciendo también —lo que es más preocupante— a las organizaciones de izquierda que debieran confrontarlo y combatirlo. En los últimos tiempos, a este lado de la trinchera del devenir se viene adoptando una serie de nuevos usos que en su apariencia de conducentes a una democracia mayor, más extensa o más profunda la erosionan en realidad. Se cantan por ejemplo sin réplica las bondades de la democracia directa, pretendida panacea que, desplegada en instrumentos como el referéndum o las primarias, vendría a resolver de una vez por todas las carencias y vicios de la representativa, otorgando verdaderos poder y soberanía al pueblo en general y a la militancia de los partidos en particular. ¿Cuál termina siendo, sin embargo, el desarrollo práctico de este bálsamo quincemayista de Fierabrás? Que de tanto viajar al este se acaba en el oeste y lo más acaba siendo lo menos: el referéndum reduce la paleta de infinitas posibilidades con que cualquier asunto o pendencia se puede afrontar a sólo dos opciones mutuamente excluyentes, sin matices ni medianías ni un esfuerzo integrador posterior a la victoria de la una sobre la otra. The winner takes all y el derrotado, aunque lo sea por un voto, es arrojado al basurero de la historia. En cuanto a las primarias, presidencializan —caudillizan— la vida de los partidos, agostando el debate de ideas en beneficio de un duelo entre carismas personales también dilemático; también atravesado por el ethos de la exclusión en lugar de por el de la integración.

El sueño de la democracia directa, por otro lado, es el de la democracia sin intermediarios, pero a la postre y en realidad, la democracia sin contrapoderes; una democracia impaciente y ávida de atajos que puede terminar atajándose a sí misma y hacerle el caldo gordo al neoliberalismo entregándose desarmada a un Gran Atajador que, como Alejandro Magno, vea en ella y sus necesarios meandros un nudo gordiano que cortar en vez de desamarrarlo.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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