Entrevistas

Entrevista a Susana Carro

«La sociedad se está curando de esa enfermedad que se llama ‘patriarcado’: hasta ahora se había mantenido como una enfermedad crónica que se trataba con ciertas medidas legales, pero ahora muchos hombres y mujeres luchan por su erradicación definitiva», dice Susana Carro en esta entrevista motivada por la publicación de su ensayo 'Cuando éramos diosas'.

Susana Carro: «La sociedad se está curando de esa enfermedad que se llama ‘patriarcado’: hasta ahora se había mantenido como una enfermedad crónica que se trataba con ciertas medidas legales, pero ahora muchos hombres y mujeres luchan por su erradicación definitiva»

/una entrevista de Pablo Batalla Cueto/

/fotografías de Elena de la Puente/

«Las mujeres necesitamos una ideología propia, nuevos valores y nuevos símbolos que nos ayuden a desplegar también nuevos hábitos de vida. Esta revolución humana no puede ser pospuesta a ningún triunfo político. De hecho, ha comenzado ya». Así se presenta Cuando éramos diosas, de Susana Carro, título inaugural de una nueva colección de Ediciones Trea, concebida para ofrecer al lector ensayos críticos de extensión breve y afán divulgativo pero sin rebajar la altura intelectual de los temas tratados. Para la filósofa asturiana, especialista en arte feminista y femenino —tema sobre el que versó su tesis doctoral—, y que actualmente participa en tareas de investigación relacionadas con la construcción simbólica y jurídica de la maternidad, se trata ya del cuarto título de una bibliografía que comenzó con Educación para la igualdad de oportunidades (FMB, 2001) y continuó con Tras las huellas de El segundo sexo en el pensamiento feminista contemporáneo (KRK Ediciones, 2002), Mujeres de ojos rojos (Editorial Trea, 2010) y Más de un metro cuadrado de cielo propio: mujeres en la escena musical asturiana (Trabe, 2015); obras a las que se unen Salud sexual y reproductiva y opciones de maternidad (Trabe, 2014), volumen colectivo del que fue coordinadora. En esta entrevista, desgrana las claves de este nuevo libro.

Resúmanos brevemente Cuando éramos diosas.

Cuando éramos diosas tiene como punto de partida la siguiente reflexión: si las mujeres hemos conquistado la igualdad de derechos, ¿por qué no hemos conseguido la igualdad en los hechos; por qué en nuestra vida cotidiana seguimos experimentando el desgarro de vivir en un mundo concebido por y para hombres? Aún desconocemos la experiencia plena de la igualdad. ¿Por qué la igualdad es sólo una aspiración? A partir de ahí, comienzo a pensar en que el cambio que aún nos queda pendiente y al que debemos enfrentarnos es el cambio ideológico; reformular, entre otros muchos, los conceptos de amor y cuerpo, sobre los que se han ido construyendo el universo simbólico del patriarcado y la justificación de los roles por razón de género. Con este propósito en mente abordo la primera parte del libro como un estudio sobre la anatomía política del cuerpo de la mujer. El cuerpo como categoría discursiva, como construcción cultural que hay que pensar y resignificar, pues, si bien con frecuencia pensamos en nuestro cuerpo, pocas veces pensamos el cuerpo. La segunda parte de Cuando éramos diosas es una especie de arqueología conceptual a la búsqueda de la conceptualización del amor: desde el eros hasta el ágape cristiano pasando por el amor cortés y el mor romántico para, finalmente, desembocar en la modernidad y en la insensata confusión emocional en la que vive la sociedad contemporánea. Hay que revolver en esas capas de sedimentación cultural que nos encorvan emocionalmente y que son mucho más activas cuanto más inconsciente o ignoradas.

Alexandra Kolontái decía —y usted la cita al inicio de Cuando éramos diosas— que «la transformación de la mentalidad de la mujer, de su estructura interior emocional y sentimental» era necesaria para la revolución que las mujeres necesitan. Esa transformación, ¿está acometiéndose? ¿En qué punto del proceso nos hallamos?

La transformación de la mentalidad de la mujer lleva ya siglos acometiéndose, pues surgió de la mano de las vindicaciones en pos de los derechos humanos. Lo que sucede es que esa defensa no siempre fue aplicada en términos universales (es decir, a la totalidad de los seres humanos) y las mujeres solían ser uno de los grupos excluidos. Además, en su lucha a favor de los derechos, las mujeres no siempre se organizaron como colectivo y, por supuesto, sus reivindicaciones no tuvieron cabida ni en los ámbitos institucionales ni dentro de las corrientes de pensamiento alternativas a los regímenes convencionales. Tomemos como ejemplo a Olimpia de Gouges. Su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana corrige a la Declaración de los Derechos del Hombre proclamada en 1789, pero ningún Jacques-Louis David dejó constancia de sus vindicaciones como hito histórico.

¿Fue, entonces, en vano que Olimpia de Gouges promulgó aquella Declaración?

No: a pesar de que la lucha las mujeres en pos de los derechos igualitarios no fue ni visibilizada ni propiciada, dejó huella, regresó cíclicamente, creció como impulso colectivo y conquistó derechos como la educación o el trabajo, que suponen un punto de no retorno en la vida de las mujeres y en la configuración de su modo de enfrentarse al mundo. Pero tras esta revolucionaria conquista formal de derechos en la que centraron sus esfuerzos la primera y segunda ola de feminismos, queda la modificación de los valores, actitudes y emociones que constituyen la estructura psíquica milenaria sobre la que se  asienta la sociedad patriarcal. Y creo que es en este punto en el que se encuentra el feminismo contemporáneo. Mencionabas a Kolontái. Ella ya afirmaba a principios del siglo XX que «la mujer nueva está aquí, existe» y es «la obrera, la científica, la modesta oficinista y la artista brillante». Ya la conocéis, añadirá Kolontái; estáis acostumbrados a encontrarla a todos los niveles de la escala social. Hoy no sólo las conocemos, sino que muchas de nosotras somos esas mujeres.

¿Podrá ser acometida esa transformación completamente o una guerra contra varios milenios de subjetivación patriarcal sólo puede perderse?

Me sorprende la pregunta: no entiendo por qué hay que dudar que ese cambio no llegue a darse cuando la historia certifica que gran parte de la civilización occidental ha conquistado la liberación respecto a otros sistemas de poder ideológico tan pregnantes en la configuración de nuestra identidad como la religión o la supremacía racial. Por otro lado, durante esos «milenios de subjetivación patriarcal» muchas mujeres no se reivindicaron como sujetos porque no tenían los medios concretos para hacerlo. A día de hoy, gran parte de la población femenina occidental tiene acceso a la educación y cierta independencia económica y, aunque algunas mujeres siguen complaciéndose en su papel de lo Otro del varón, hay muchas mas que no lo hacen y que están dispuestas a iniciar nuevos modos de vida.

En Cuando éramos diosas se ocupa de varias artistas; pero de artistas cuyas obras no dejan de ser de circulación minoritaria. Una verdadera transformación profunda de la subjetivación femenina, ¿no requiere otro tipo de iniciativas? Woody Allen decía que «la vida no imita al arte, sino a la mala televisión». A la transformación de la mujer que se persigue, ¿no le influyen o le pueden influir más profundamente determinadas series de televisión —no malas, desde luego—, como El cuento de la criada u Orange is the new black?

No sé si tiene cabida hablar de Judy Chicago como «artista minoritaria» cuando incluso la Alhóndiga de Bilbao le dedicó una retrospectiva en el año 2015; tampoco sé si tiene sentido de hablar de Eulalia Valldosera como artista minoritaria cuando es entrevistada en el Babelia del 19 de febrero o participa en la exposición Patriarcado organizada por el Museo Thyssen. Podría seguir…, pero valgan estos dos ejemplos para cuestionar la etiqueta artista minoritaria en una era en la que la difusión de la cultura es tan sencilla como el gesto de encender un ordenador. Tal vez en la década de los noventa era difícil conocer a las artistas mencionadas en Cuando éramos diosas: el acceso a su obra era tremendamente complejo y la información sobre su trayectoria académica inaccesible en España, incluso aunque fueran artistas aquí afincadas. Ahora basta sentir curiosidad por el tema; a poco que busques las encuentras. En segundo lugar, también pienso que a cualquier cambio social que prediquemos en pos de la igualdad se le ha de presuponer cierto pensamiento crítico y ciertas herramientas intelectuales que lo propicien. Armados con esos instrumentos, la mala televisión que decía Woody Allen, y que tal vez hoy se pueda completar con el mainstream musical, se convierte en mero objeto sobre el que aplicar nuestro análisis. No significa esto que no nos influyan o colonicen nuestro universo simbólico, pero en una mente bien amueblada, el individuo se convierte en conocedor de las causas de sus acciones y, por tanto, está en la vía de poder modificarlas. Por otra parte, el feminismo está presente incluso en documentales de Netflix, los personajes femeninos que vencen estereotipos llegan hasta las películas de Walt Disney y series como Vis a vis no se nutren precisamente de rolles de género tradicionales. El guiño feminista aparece incluso en la publicidad. El comercio de los medios y la publicidad todo lo fagocitan y, para bien o mal, la mala televisión contemporánea (ya no podemos hablar desde los tiempos de Woody Allen) se hace eco de una nueva forma de acercarse al mundo. Es más, en los tiempos que corren yo situaría el objeto de reflexión en el extremo opuesto al que me planteas: en el riesgo de que el feminismo se haga mediático hasta convertirse en otro producto más de usar y tirar. Pero la política sexual del patriarcado está tan intensamente presente en la vida cotidiana de las mujeres (también de los hombres) que no creo que corramos el riesgo de olvidarla. Una vez conquistada la conciencia de género, nadie podrá convencernos de que haya sido una efímera moda. Hay un punto de no retorno y creo que, sí, ahora estamos en él.

Escribe también en el libro que «la anatomía política de la que hablaba Foucault nos descubre que el cuerpo de la mujer se ha visto imbuido en relaciones de poder y de dominación a lo largo de la historia: ha sido supliciado, torturado y desmembrado en los mitos y tragedias; ha sido leído como castigo y nuevamente castigado por la tradición judeocristiana, dominado y sometido a su destino biológico por los autoproclamados ilustrados y, en fin, subordinado a minuciosos dispositivos y disciplinas que lo cercan, lo marcan, le imponen signos y costumbres que perduran en pleno siglo XXI». ¿En qué se sustancia hoy esa apropiación por parte del poder del cuerpo de la mujer? ¿Cuáles son los mitos modernos que sancionan la dominación de la mujer?

No hay nuevos mitos: sólo viejas ideas en odres nuevos. Por ejemplo, el asco que desde se antiguo se predica de la sangre menstrual sigue presente en los anuncios de compresas en los que dicho flujo es sustituido por un líquido azul prácticamente invisible. El tabú de la sangre menstrual sería una prueba mas de cómo la microfísica del poder subordina los cuerpos de las mujeres a minuciosos dispositivos y disciplinas que los sitian y condicionan y les imponen unos significados ideológicos. Lo mismo podríamos decir del culto al cuerpo canon y de los rituales de belleza por asimilarse a él; rituales que dejan cicatrices que van desde las enfermedades alimentarias y los riesgos de la cirugía estética hasta los trastornos asociados a la falta de autoestima, la heterodesignación y la depresión. Decía antes que no son mitos nuevos, sino la antigua idea de la esencia de la femineidad. Se predique asco o se convierta en objeto de culto, el cuerpo femenino está asociado a la esencia de feminidad y, en tanto esencia, no admite individualización ni grados. Cada mujer particular ha de asimilarse a ella, adaptarse a ella, en lugar de buscar su propia vocación como individuo. En esa heteronomía es en lo que se sustancia la apropiación por parte del poder del cuerpo de la mujer.

«El patriarcado, dice Celia Amorós, es un sistema de ejercicio de poder metaestable, es decir, se ha ido adaptando a los distintos tipos históricos de organización económica y social. En este sentido, barre fronteras y disuelve fracturas consiguiendo que discursos tan dispares como la teología medieval y el pensamiento ilustrado converjan en lo que a destino de la mujer se refiere: el hogar y la crianza», escribe. ¿Estamos asistiendo hoy, o corremos el riesgo de asistir, a una recomposición del patriarcado consistente en asumir a nivel superficial las reivindicaciones y el vocabulario del feminismo pero mantenerse en lo fundamental?

Durante muchos siglos, las mujeres sólo ganaron las luchas que el patriarcado quiso concederles y, obviamente, lo mismo que el patriarcado otorgaba ante momentos de presión, también arrebataba cuando se sentía estable. Ciclos de avance y retroceso. En el momento actual las mujeres estamos más formadas que nunca para conquistar en avances e impedir los retrocesos y, por esta razón, el patriarcado se siente herido y se revuelve. Contraataca aliándose al neoconservadurismo detractor de la igualdad, llámese éste Vox, PP o cualquier otra sigla cuya agenda política incluya prejuicios por razón de género. Pero ese temor no es más que un síntoma de que la sociedad se está curando de esa enfermedad que se llama patriarcado: hasta ahora se había mantenido como una enfermedad crónica a la que se trataba con ciertas medidas legales (políticas paritarias, leyes de protección frente al maltrato, proyectos para la conciliación de la vida doméstica y laboral…); ahora muchos hombres y mujeres luchan por la erradicación definitiva de la enfermedad.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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