Creación Cuentinos tristes

Chuminada

Un nuevo 'cuentín triste' de Juana Mari San Millán.

Cuentinos tristes

Chuminada

/por Juana Mari San Millán/

Algunas palabras la traían a mal traer, la volvían tarumba. Primero le rondaban la cabeza como moscas zumbonas. Un rato después de aguantar zumbidos y más zumbidos, se ponía a darle vueltas y más vueltas al Diccionario de la lengua española hasta matar al moscardón con el hallazgo de aquella acepción que se adecuara a su contexto vigente. Suponía que una escritora era eso: un buzo perdido como un pulpo en el fondo del océano lexicográfico. Se equivocaba la escritora. Se equivocaba. Se equivocaba. El fantasioso tesoro no se escondía en fondos revueltos de mares azules y olas bravías ni andaba enredado en las tripas digitales de la RAE. Lo tenía a la vista, en la superficie mismamente, en la epidermis de la realidad, sin falta de meterse en desacostumbradas profundidades.

No se enteraba de la fiesta por la sencilla razón de que no era escritora, aunque se empecinara. No conocía los nombres de los pájaros. No distinguía las diferentes clases de plantas. Nada sabía de las innumerables combinaciones del arcoíris. A nada le sonaban las infinitas cantatas que bullían en el aire. Nunca averiguó los tres tipos de estambre: las hebras largas del vellón, el órgano masculino de la flor y el estambre de la vida o curso del vivir. Ni retales guardaba en el desolado desván de su memoria. Vacío. No tenía ni zorra idea de lo que significaba ser escritora por mucha compostura que adoptara o inventara. Esa era la cuestión. Es más, por no tener, no tenía qué comunicar, qué contar. Siquiera una hablilla vulgar, un cuento de horno.

Alguien (casi seguro que fue un editor zalamero) la engañó una vez susurrándole al oído que observaba en sus obras voluntad de estilo. No supo qué quería decir, pero intuyó que se trataba más de un piropo seductor que de un halago profesional. Otros allegados también la jalearon, erre que erre, con parecida cantinela, le bailaron el agua de su excelsa escritura asegurándole que un público objetivo esperaba impaciente, expectante sus creaciones. Y se lo creyó a pies juntillas.

Un buen día (ya tarde, las cosas como son, al borde de la edad reglamentaria de jubilación), la presunta escritora descubrió que una chuminada no era la viñeta que emanaba de la imaginación fértil, chispeante de Chumy Chúmez, ni algo que le sale a una del chumino o se le pone en él por antojo. Ese mismo día comprobó que escribir era una tontería, una estupidez. Ese día entregó los trastos. Descosió los lomos de los cuadernos de bitácora. Quemó las naves. Renegó de las escrituras de ficción y de no ficción. Abandonó la pocilga literaria.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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