Arte

María Jesús Rodríguez: orfebre del cartón

Susana Carro traza una semblanza de María Jesús Rodríguez, recientemente galardonada en la ceremonia Medayes D’Asturies, que ha sido referente para los artistas asturianos de varias generaciones y también modelo por su compromiso social y de género.

María Jesús Rodríguez: orfebre del cartón

/por Susana Carro/

María Jesús Rodríguez, recientemente galardonada en la ceremonia Medayes D’Asturies, ha sido referente para los artistas asturianos de varias generaciones y también modelo por su compromiso social y de género. En la pasada edición del Festival Arcu Atlánticu titulada Muyeres (in)visibles, la pieza de María Jesús Rodríguez 1996-X ocupó un espacio privilegiado en el Museo Casa Natal de Jovellanos con objeto de recuperar y homenajear su trayectoria artística; una trayectoria que, a mi modo de ver, está marcada por una tópica que la recorre y sostiene: la dicotomía naturaleza-cultura. En la naturaleza está la verdad encubierta, en la cultura los lenguajes para descubrirla o conocerla y en la obra de María Jesús Rodríguez el anhelo por revelar lo que la naturaleza encubre.

La pieza exhibida en el Museo Casa Natal de Jovellanos, 1996-X, es un buen ejemplo de tal voluntad. Situemos sus dimensiones, 267x19x16 cm, y sus materiales, cartón sobre bastidor de madera, y puntualicemos que el cartón de la pieza parece más un producto natural que intervenido. Un cartón que no tiene vocación de artefacto cultural sino de asimilarse a lo natural, algo que la artista confirma cuando en una entrevista concedida a La Nueva España en 2011 puntualiza: «Mi escultura en cartón son los acantilados de Occidente».

Cuenta María Jesús que, cuando tenía unos ocho años y durante un paseo con su padre, vislumbró la playa de Penarronda desde el acantilado de la capilla de San Lorenzo. «Fue un momento muy intenso», añade. «Me conmovió y años más tarde, me di cuenta de que ese día descubrí la belleza».

La madre de María Jesús era oriunda de Castropol, razón por la cual la artista y sus siete hermanos pasaban allí los veranos. A María Jesús le gusta contar que el primer oficio que ella tuvo fue de vigilante de olas: vigilaba en el acantilado mientras su padre bajaba a buscar percebes e iba describiendo los ciclos de olas grandes y pequeñas, los golpes de mar, las direcciones de las corrientes… Horas y horas mirando el mar y los acantilados. Años mas tarde descubriría que aquel paisaje en el que ella vivía feliz era fruto de miles, millones de años de la vida de la tierra, de materiales que se habían ido acumulando, prensando, formando capas en las que quedaron atrapados retazos de vida pretéritos. Ya de adulta María Jesús decide que quiere trabajar este motivo desde el arte pero, como tantas veces sucede, lo único que tiene claro es lo que no quiere: «No quería pintar, no quería utilizar materiales convencionales como la madera o el hierro»… Y así, dice, «apareció el cartón».

La primera pieza de la serie de trabajos en cartón fue ejecutada en el año 1983 (su título 1983-I) y la última data del año 2003. Durante veintitrés años consecutivos trabaja a un ritmo de entre treinta y cuarenta piezas anuales y persevera aun sin tener, en muchas ocasiones, expectativa inmediata de una exposición. «De donde yo vengo», dice María Jesús, «hacíamos esto porque queríamos y el arte era una cosa y el mercado otra».

Tantos años de trabajo con este material la llevan a un descubrimiento íntimo del mismo y de sus posibilidades. Al principio la artista utilizaba el cartón rasgado con las manos obteniendo un positivo y un negativo, distintas alturas, volúmenes e incluso texturas, pero a medida que evolucionaba, incorporó el cúter para hacer cortes más limpios. Construía las piezas sobre un bastidor pintado de negro en el que pegaba perpendicularmente las tiras de cartón y las cubría con pintura negra pulverizada. El trabajo era preciso, laborioso, lento y el resultado final las obras de los años ochenta en las que las piezas de María Jesús evocan la pizarra. Puede ser, como en el cosa de las Tsousas, la pizarra tal y como es utilizada por el ser humano (en este casa como instrumento para proteger las tejas o para delimitar los lindes de terrenos en el occidente de Asturias).

 

Pero también pueden ser piezas que evoque la pizarra tal y como aparece en su estado natural. Tal es el caso de la pieza 1991-XXII.

Poco a poco María Jesús va dejando atrás las referencias paisajísticas y evoluciona hacia piezas recortadas con formas poligonales. Se impone una tendencia a la geometría y comienza a introducir nuevos materiales y herramientas: PVC negro, plásticos semitransparentes y la radial para dibujar sobre el cartón (pieza 1991-XXIX).

La evolución de las piezas continúa cuando estas recuperan el color original del cartón, se incorpora en ocasiones el blanco y, de modo excepcional, introduce otros colores. 1996-X pertenece precisamente a esa época y, como la propia María Jesús reconoce, es también transición hacia un nuevo periodo en el que comienza a producir obras exentas. A partir de 1993 las piezas alcanzan autonomía y se separan de la pared surgiendo lo que la artista denomina columnas y tallos; una especie de híbridos entre naturaleza y cultura pues hay algo de árbol en la columna de cartón y madera XXIII-1991 y algo de columna en los tallos de 1998.

En este punto me gusta decir que María Jesús se convierte en una antropóloga de la naturaleza, pues es capaz de superar mundos territorialmente distintos para sintetizarlos en un híbrido donde no hay corte entre naturaleza y cultura, sino síntesis y simbiosis. Na Memoria (2000, Plaza de Europa, Gijón), esa columna que es fósil vegetal, es también tótem de hierro surcado por mil hendiduras; surge de la fertilidad de la tierra-agua aunque lo hace para conmemorar la cultura.

Pero cuando María Jesús Rodríguez habla de memoria no lo hace remitiendo a acontecimientos históricos ni a recuerdos personales, sino refiriéndose a la memoria en tanto proceso cognitivo, es decir, como función simbólica o representacional clave en la construcción del lenguaje y de la cultura. Precisamente por esto Na Memoria nos permite volver a la pieza 1996-X. Originariamente fue exhibida en la galería LA de Gijón acompañada de un curiosa cartela en la que se recogían las declaraciones de científicos de la Universidad de Stanford dedicados al estudio del desarrollo del lenguaje en los chimpancés. María Jesús estaba particularmente interesada en las investigaciones realizadas con el chimpancé Koko, ya que había llegado a reproducir y utilizar mas de 1000 gestos propios del lenguaje de signos. En la mencionada cartela que acompañaba a la pieza se hablaba sobre el momento en que Koko comenzó a preguntar sobre personas que no estaban presentes pero sí lo estaban en su memoria, hecho que, sin duda alguna, sugiere la presencia de una posible mente representacional.

Con su híbrido 1996-X María Jesús Rodríguez nos invita a reflexionar sobre el pensamiento simbólico como capacidad no exclusiva del ser humano; sugiere que tal vez los límites entre cultura y naturaleza no sean tan claros como se pretende o, incluso, que carezcan de sentido. El debate physis/nomos fue inaugurado por los sofistas en la Antigüedad clásica y fue en esa Antigua Grecia cuando el árbol se convirtió en columna y en reflejo del ser humano: base, fuste y capitel no son mas que la representación del pie, el tronco y la cabeza. Las columnas crearon espacios y las piezas de María Jesús también, aunque, a tenor de sus declaraciones, yo prefiero decir que María Jesús teje espacios: «En los cartones, la técnica de construir los volúmenes es prácticamente igual al de tejer con lana, vas avanzando línea a línea y te permite hacer una gran variedad de texturas y volúmenes».

Tejedora de espacios y organizadora de espacios, pues, ya desde pequeña pone en orden las cajas de su padre y distribuye muebles y literas en una casa abarrotada de enseres y personas. Le toca ayudar mucho a su madre en un hogar en el que hay siete varones; en el que los niños salen a jugar en bicicleta y la niña acompaña a su madre a lavar la ropa; un hogar en el que a los doce años María Jesús tiene ya una edad peligrosa para jugar en el barrio y se la recluye en casa. A los dieciséis amenaza con irse y, como no puede, busca una salida laboral rápida: la escuela de Artes aplicadas. No piensa en el arte, algo aún ajeno a su vida de barrio: piensa en la decoración.

Mirada de mujer ya configurada pero ajena al porvenir que configurará su mirada de artista: los encierros en la escuela, las huelgas, los compañeros (Astur Paredes, Hugo O’Donnell, Ánxel Nava), los profesores (Sanjurjo, Alba), miradas masculinas y los libros sobre Matisse que no puede comprar y copia el texto, a mano, antes de devolverlos. El Grupo Abbra, cuadros de dos metros por dos metros sin taller donde ejecutar, sin lugar donde exponer. Vende en el Fontán juguetinos de madera y mal vive de camarera en el Paraguas, cocinera en guarderías… Luego las primeras colectivas con el grupo Abra (1982-83), exposiciones individuales en la galería madrileña Edurne (1987), ARCO en el 88, 89, 90, becas en Zurich, exposiciones en Lyon, retrospectivas… Trabajo infatigable e incansable producción que le han permitido llegar a vivir del arte.

Mirada de mujer que se configura como mirada de artista. Y aquí, negro sobre blanco, una mirada de mujer, la mía, mirando a otra mujer, María Jesús Rodríguez: conocí a María Jesús allá por el año ochenta y nueve, cuando yo tenía algo menos de veinte años, y desde el recuerdo la veo trabajar en su casa-taller de la calle Magdalena: en la mano un cúter y sobre su rostro una mascarilla para evitar los vapores de la cola y la pintura. Humilde orfebre del cartón entre los egos del arte asturiano, humilde hasta la extenuación y tan grande como su humildad su propia obra: María Jesús Rodríguez.


Susana Carro Fernández (Mieres, 1971) es licenciada en filosofía y ciencias de la educación por la Universidad de Oviedo y especialista en ciencia, tecnología y sociedad por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED. Discípula de Sergio Givone, catedrático de estética de la Universidad de Florencia, ha trabajado como profesora agregada en la Escuela Universitaria de Educación Social de Oviedo y en la actualidad imparte clases de filosofía en el instituto Rosario Acuña de Gijón. Docente, desde 1998, de los cursos de Extensión Universitaria sobre educación para la igualdad, ha participado en el programa de formación del profesorado de la Universidad de Valparaíso, Chile. Es además miembro fundador de Paraíso, espacio de arte alternativo que, en la década de los noventa, aglutinó buena parte de la creación asturiana, y fue coautora de la videoinstalación No sólo hemos aprendido, expuesta en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón durante el año 2002. Ha publicado varios libros, y entre ellos Tras las huellas de «El segundo sexo» en el pensamiento feminista contemporáneo (2002), Mujeres de ojos rojos: del arte feminista al arte femenino (2013) y Cuando éramos diosas: estética de la resistencia de género (2018).

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