Mirar al retrovisor

Breve historia de la intolerancia

«Es imposible cuantificar los millones de litros de sangre que han costado los intolerantes en nuestra historia», escribe Joan Santacana en este breve repaso a algunos de los momentos más luctuosos de una historia de la intolerancia de la que Occidente es heredero.

Mirar al retrovisor

Breve historia de la intolerancia

/por Joan Santacana Mestre/

Carlos Barral, editor, poeta y amigo, escribió refiriéndose a la guerra de España unos versos que rezaban así:

No, no era lo mismo,
yo hubiese querido ver el primer muerto,
aquel sobre la acera, donde luego
estuvo la mancha.

Barral quería haber visto el primer muerto de aquel supremo acto de intolerancia que es siempre una guerra, y más si es civil. Quería ver quién fue el primer intolerante que desencadenó el conflicto. Hoy vivimos una época de intolerancia. Vamos a hablar de ello, del ejercicio de la intolerancia desde el poder. Es una larga historia, jalonada por hechos horribles.

Sí, la expulsión de los judíos de España fue un brutal acto de intolerancia. Se le llama Edicto de Granada, promulgado por los Reyes Católicos en la Alhambra de Granada en 1492. Entre otras cosas, decretaba esto:

Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes.

Expulsión por motivo de religión y raza, bajo pena de la vida.

También hay que considerar como un supremo acto de intolerancia el bando de expulsión de los moriscos decretado por el duque de Lerma el 22 de setiembre de 1609, en cuyo texto se decía:

Primeramente, que todos los moriscos de este reino, así́ hombres como mujeres, con sus hijos, dentro de tres días de como fuere publicado este bando en los lugares donde cada uno vive y tiene su casa, salgan de el y vayan a embarcarse a la arte donde el comisario les ordenare, llevando consigo de sus haciendas los muebles, los que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos que están aprestados para pasarlos en Berbería, adonde los desembarcaran […] Que cualquiera de los dichos moriscos que, publicado este bando, y cumplidos los tres días, fuese hallado fuera de su propio lugar, pueda cualquier persona, sin incurrir en pena alguna, prenderle y desvalijarle, entregándole al Justicia del lugar mas cercano, y si se defendiere lo pueda matar.

Aquí, el monarca da permiso para matar a cualquier morisco. Fue una continuación del edicto anterior, todo ello para conservar la pureza de la fe.

Lo mismo puede decirse de la masacre del Templo Mayor de México protagonizada por los conquistadores: aquello fue un acto de intolerancia que protagonizó Alvarado, uno de los mas sanguinarios esbirros de la conquista. Aquí no hubo edicto ni ley, sino sólo la más desnuda brutalidad desatada en medio de las ceremonias religiosas mexicas. Los testigos a que acudió fray Bernardino de Sahagún lo contaron así:

Al momento todos los españoles acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren. A algunos les acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra dispersas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza: les rebanaron la cabeza, enteramente hecha trizas quedó su cabeza […] Pero a otros les dieron tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos. Anhelosos de ponerse en salvo, no hallaban a donde dirigirse.

Los mexicanos tenían dioses diferentes; en esta ocasión no había ni la excusa de los sacrificios humanos. Fue simplemente eliminar y dar un escarmiento para imponer la nueva fe.

Y así podríamos seguir con la llamada noche de San Bartolomé del 23 de agosto de 1572 en París, cuando miles de protestantes fueron sacados de sus lechos y masacrados hasta la muerte; o el exterminio de indios americanos por Buffalo Bill y los suyos; las matanzas y purgas ocurridas en la revolución cultural china en la época de Mao; la de los armenios de Turquía o los kurdos en el Próximo Oriente, exterminados por ser distintos; o las matanzas de Ruanda.

La historia humana está jalonada pues de actos de intolerancia. Los motivos son diversos: a veces son religiosos, ya que no pertenecer a la ortodoxia se suele pagar caro; a veces son ideológicos, otras son étnicos, pero siempre hay detrás la idea de superioridad. El intolerante es el depositario de la verdad, de la única verdad; posee además la razón absoluta sin discusión y todos los demás son dementes, herejes o terroristas. Por ello, desde esta verdad absoluta, el intolerante exige el castigo de quienes no piensen como él.

Hubo un primer acto de intolerancia en nuestro mundo; aquel acto que causó el «primer muerto» que mencionaba Carlos Barral. Uno de los primeros que se conocen es el llamado Edicto de Tesalónica, que fue promulgado el 3 de febrero del 380 de nuestra era por el emperador Teodosio, llamado el Grande. Siempre me ha parecido este edicto un ejemplo del pensamiento único, de la brutalidad ideológica, y me resulta sorprendente que en la historiografía occidental se denomine con el epíteto de el Grande a quien lo promulgó. Mediante este edicto imperial, una sola religión se autorizaba en el Imperio. Todo lo demás quedaba fuera de la ley y se acusaba a quienes allá se situaran de dementes, locos y herejes.

Edicto de los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio Augusto, al pueblo de la ciudad de Constantinopla.

Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro […] Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial.

Dado el tercer día de las Kalendas de marzo en Tesalónica, en el quinto consulado de Graciano Augusto y primero de Teodosio Augusto.

Es imposible cuantificar los millones de litros de sangre que han costado los intolerantes en nuestra historia. Y nosotros, en Occidente, somos los herederos de aquel Teodosio el Grande, al cual deberíamos llamar el Intolerante y también de todos los que le siguieron… hasta hoy.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

1 comment on “Breve historia de la intolerancia

  1. Gracias por recordarnos todo esto. Buen motivo para reflexionar y tratar de apartarnos de nuestra vidas.

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