Poéticas

Un lugar sin origen

José Antonio Llera reseña el poemario 'Tierra impar', de Francisco Layna, del que dice que «escalda el lenguaje normalizado, le saca tiras al mundo, y en ese devenir crea un lugar al mismo tiempo que lo nombra».

Un lugar sin origen

/una reseña de José Antonio Llera/

Para los pitagóricos, los números son las causas y principios de todas las cosas. De las tres citas con que se abre Tierra impar, el tercer libro de Francisco Layna, una de ellas es de Macrobio: «Antes que el Alma del mundo, existieron los números de los que está tejida». Tradicionalmente, el número impar denota el elemento solar y activo, pero también emblematiza lo temible: tres Gorgonas, tres Cíclopes. Por lo pronto, nada más comenzar, tenemos una voz colectiva y un enunciatario que no se aparta de ella: «Fabio: salimos, hace nada, a buscar sonidos,/ el síntoma de un animal jamás nombrado anterior a Dios». Y ese eje es el que vertebra todo el discurso: se trata de un viaje a lo desconocido que se proclama anterior al Génesis, es decir, anterior al acto mismo de nombrar (y de crear), un viaje cuyo trayecto va trazando el mismo el libro, en abyme: su mirada escrutadora se opone la idea de un punto de llegada, pues este se desplaza a cada paso, se nos escamotea y se renueva a cada tranco de escritura: el mundo es una abreviatura que se puede transliterar de formas diversas y en distintas direcciones. Pienso también en las primeras palabras de Bernal Díaz del Castillo, las que anteceden a su crónica del Nuevo Mundo: «Y después de todo esto concertado y oído misa, encomendándonos a Dios Nuestro Señor y a la Virgen Santa María Nuestra Señora, su bendita Madre, comenzamos nuestro viaje de la manera que diré». Y poco después advertimos cómo el sentido adviene por puro azar: «Entonces estaba diciendo en su lengua: “Cones cotoche, cones cotoche”, que quiere decir: “Andad acá, a mis casas”. Y por esta causa pusimos por nombre aquella tierra Punta de Cotoche». Se trata entonces de hacer familiar lo desconocido.

Los poemas torrenciales de Layna imaginan —luego conocen— un orden inédito, la plenitud de un lugar que ya no se ordena según las fronteras del cielo y el mar, sino que las confunde o las trastorna. No es una Edad de Oro, porque existe la muerte, pero sí es posible interrogarla con otros rituales. El lenguaje, su potencia y su límite (Platón, san Juan de la Cruz, Wittgenstein, Mallarmé), sale a nuestro encuentro muy pronto porque él es en realidad el suceso. El hablante lírico hace de su voz perplejidad y conflicto: «Nunca sabré la razón de la escritura. Todo sucede al mismo tiempo, en eso consiste». Así es. Porque si tenemos grandes poetas de la crispación verbal como Vallejo o Celan, la poesía de Layna sucede por deslizamiento y rotaciones. Estancia, soledad, tránsito continuo, sentencias que recorren el texto y lo traman de una sensación de coherencia discontinua dentro de unos módulos narrativos que son muy líquidos, que no se someten a la referencialidad y a las leyes de la representación. Layna desconfía de los discursos necrosados: los nudos se deshilvanan y se vuelven a formar, agua y hielo, hielo y agua; en aquel panal, una nota mnemotécnica para el lector, una letanía difusa. Recuerdo las palabras de Mario Montalbetti en Cajas: si el efecto de zurcido supone detener una cadena significante, ligar un significante a un significado, al contrario «una obra de arte solo tiene sentido, sentido infalible».

La segunda parte se inicia, igualmente, con una salida que es también un desprendimiento, el encuentro con la intemperie: «Abandonamos la casa un día de tormenta». Permanecen fuera de foco el presente y el pasado. La identidad se hace también mutable y la camaleónica: «Se detiene la voz, pero se difumina el rostro. Ningún olor, entonces, tiene origen. […]/ El mundo y sus habitantes son imprecisos. Y los sonidos, y los olores, la dirección y también el tiempo./ […] No hay dueños en este nuevo mundo, neblinoso, casi textil. Un tul blanco y suave delante de nuestros ojos». El tiempo se ha descompuesto como la maquinaria de un reloj y también los significados. El poema lenguajea: légamo y legaña, camisa que se escapa de su cuerpo y le da por echar el vuelo. Layna es un buen conocedor del Barroco y pienso que ese pliegue deja aquí su impronta inconfundible. Deleuze estableció que la marca distintiva barroca radica justamente en que no deja de hacer unos pliegues que lleva hasta el infinito, alumbrando curvas, formas porosas, «una forma turbulenta que siempre se nutre de nuevas turbulencias y sólo acaba como la crin de un caballo o la espuma de una ola». El poema fabrica el mapa de su propia lectura y nos avisa con un lema: «Éste es el conflicto universal: dejarlo todo en manos de la lengua». La copia barroca se alimenta de nombres de la tradición grecolatina (Píramo y Tisbe, Deucalión y Pirra), pero también abre su estómago a poetas elegíacos japoneses, a Juan de Mena o a Dante. ¿Filiaciones? Diría que está presente la poesía norteamericana, pero con un matiz: Tierra impar fluye a partir de la imagen y no tanto de la incursión especulativa o de la ironía. Algunas veces se complace incluso en un onirismo de corte más expresionista que surrealista: «Tiene el silencio llena la boca de caracoles muertos».

A diferencia de Ulises, héroe que regresa, aquí el camino se disuelve en el puro extrañamiento y la soledad. Pero en estos prevalece una especie de saber, de ahí que impere el deseo de significantes (deseo de ser piel roja) en lugar de la angustia o la condenación: «Ahí empezamos a caminar/ seguros de que las distancias/ a nuestro paso se diluían en la calima.// Ni el atisbo de un alma en el reguero/ que a ti, Fabio, y a mí/ por el momento nos distingue». El último poema rompe con toda tentación de cartesianismo. El reto consiste en urdir despojos y arqueologías de la experiencia, en reconocer imágenes rotas allí donde todavía no ha golpeado el sol del origen o el código pautado de los efectos:

No sé lo que es el regreso. Tampoco sé si soy cierto, si soy verdadero.
Siempre que abro una maleta me llega una voz que reconozco.
Eso es ahora la vida: reconocer.
Tantear en las respiraciones, buscar en ellas, rastrear el pacto.
Algún indicio de que aún existe lo que dejó de existir.

Fabio: sólo la red que se rompe puede volver a poblarse de pájaros. Fabio: la cabeza de Dios está envuelta en mandiles, espolones y formol. De Tierra impar celebro, sobre todo, que se desvíe de la poesía sometida a los escrutinios temáticos, al dogma de la comunicación de contenidos mensurables (Eduardo Milán no ha dejado de insistir en los peligros de esto último). Layna escalda el lenguaje normalizado, le saca tiras al mundo, y en ese devenir crea un lugar al mismo tiempo que lo nombra. Por eso abre el apetito.


Tierra impar
Francisco Layna Ranz
RIL, 2018
98 páginas
12€


José Antonio Llera es profesor de literatura española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros de poesía Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009) y Transporte de animales vivos (2013). Ha estudiado el humorismo hispano y la poesía española contemporánea, asuntos a los que se ha acercado con enfoques interdisciplinares y comparatistas en libros como El humor verbal y visual de La Codorniz (2003), El humor en la obra de Julio Camba: lengua, estilo e intertextualidad (2004), Los poemas de cementerio de Luis Cernuda (2006), Rostros de la locura: Cervantes, Goya, Wiseman (2012) y Lorca en Nueva York: una poética del grito (2013). Editó el epistolario inédito de Miguel Mihura y una antología de artículos de Wenceslao Fernández Flórez. Colabora habitualmente en Cuadernos Hispanoamericanos.

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