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Tuteo por decreto

Francisco Abad escribe contra la cada vez más extendida costumbre del tuteo generalizado.

Tuteo por decreto

/por Francisco Abad Alegría/

El profesor Jean-Louis Flandrin, descubridor de que la comida no era solo nutrición, signo de de estatus social y aglutinante social, sino que implicaba otro aspecto, el gusto, determinado por variables culturales del momento, que se acercan a la moda, aunque no se identifican únicamente con tal concepto —y no hace mucho de eso— tenía la costumbre de celebrar veladas gastronómicas con sus alumnos universitarios y se ponía el mandil (de cocinero, no de eso), cortaba, freía y colaboraba en el servicio de la mesa, como uno más, dando lecciones prácticas de la evolución culinaria y gastronómica de la Europa histórica. Pero a pesar de que el ayuntamiento docente—discentes era cordial, afectuoso y constructivo, de auténticos compañeros (compañero, ya saben, es el que comparte el pan con su prójimo) afirmaba en alguna entrevista periodística, que jamás permitió el tuteo, salvo en el caso de amigos y determinados colegas profesores (no todos). Y lo justificaba. El tutoyer (tuteo) se contrapone al vouvoyer (usteo) porque implica la abolición no solo de normas de trato social, antes denominadas urbanidad (les aseguro que eso ha existido e incluso se enseñaba en la escuela y, naturalmente en el trato social cotidiano), so pretexto de modernidad (por ejemplo, cuando Marinetti hablaba de modernidad, realmente preconizaba un rasgo del prefascismo) sino porque levantaba una auténtica barrera, exactamente a la inversa de lo que ahora nos meten por ojos y oídos, en las relaciones sociales, de modo que el allanamiento universal en el trato deja en manos de los controladores de la sociedad no solo la jerarquía funcional, sino, sobre todo, el control de las estructuras básicas que articulan una sociedad evolucionada, lo contrario del totalitarismo hacia el que activamente nos empujan un puñado de dictadores del devenir colectivo y la acción, a través del más importante instrumento de manipulación del pensamiento: la palabra.

No se alarmen. No habla un carca nostálgico de una nobleza que jamás ostentó, ni un señorito de personas y dominios que nunca poseyó, ni un exquisito del tratamiento arcaico o de un pasado en buena parte arrumbado en anaqueles de libros que acabarán en la hoguera o tras óbito (¡qué hermosa palabra, empleada por cuatro juntaletras en la sección de «Ecos de sociedad», que ahora queda diluida, sin columna propia!). Por si alguien se indigna, sepa que en el pueblo en que vivo desde hace casi treinta año todos nos tuteamos, salvo en el trato a venerables ancianos, sin consideración alguna de poder económico o papel social, que mis vecinos infantiles me llaman por mi diminutivo familiar (Patxi) y, por contraste, jamás he tolerado el tuteo recíproco a ningún alumno o paciente, ni a ningún jerarca civil o eclesiástico (salvo mi párroco). Y es que la forma, invariablemente, es el fondo. Y cuando uno es bajito y sin mando en plaza, acaba tornándose en sumisión, mucho más que igualdad, odiosa palabra. Odio la palabra igualdad, porque rememora a las descripciones de Jean-Henri Fabre sobre el mundo de las hormigas, todas en fila, sometidas, más colectivizadas que socializadas, al tiempo que me llena de esperanza, invariablemente frustrada, la expresión igualdad de oportunidades. Hace poco disfruté de un juicioso trabajo del maestro Santacana convergente, sensu lato, con este criterio.

Muchos ignorantes (o no ignorantes sino malintencionados) dicen que el you anglosajón equivale al español, pero yerran o mienten, ya que el español en el mundo anglosajón es el tratamiento por el nombre propio («llámame Richard»). Pues bien, el tuteo se ha impuesto de un modo aplastante en la sociedad, como un modo de igualitarismo, de familiaridad impuesta. Es empalagante escuchar las cuñas introductorias, por ejemplo, de Radio Nacional Clásica, que suelo sintonizar mientras trabajo, cuando te llaman amigos del programa, hoy os presentamos a Prokófiev, os invitamos a participar, etcétera, y ya cuando la despedida, se supone que pretendidamente cordial, se transforma en una orden tajante, ¡sed felices!, el peristaltismo intestinal se altera. Lo mismo ocurre con la publicidad escrita, radiada o televisada: compra… y acertarás, no te dejes engañar por cantos de sirena, modernízate y cambia a… El tuteo muta el reclamo publicitario en amistosa recomendación, ridícula, porque yo no conozco de nada a la jamona que me ofrece un perfume mostrándome al tiempo generosas pechugas o el oligofrénico de gimnasio que me recomienda, de tú a tú (ya sabes, ¡buen rollito!) un amasijo de pulpa de pavo con transglutaminasa que me asegura una tableta abdominal envidia de casquivana discotequera. Con bastante frecuencia, el tuteo es tan estúpido y forzado (eso se observa especialmente en entrevistas radiofónicas a artistas) que si el entrevistado responde con soltura y propiedad, quien formula las preguntas olvida las consignas (¿he dicho consignas?) y suelta un usted que canta como la Callas en plena bronquitis.

Un ejemplo de tuteo innecesario.
Otro ejemplo de tuteo innecesario

Mas tengamos en cuenta que las cosas no ocurren porque sí, sino que son inducidas, siempre inducidas y consecuentemente con algún objetivo. La señal de peligro ya no dice Tengan precaución con el suelo resbaladizo, sino Cuidado con el piso resbaladizo. No dice Peatón, circule por la derecha, sino Peatón, circula por tu derecha. El poder me ha hecho obligatoriamente familiar a quien me trasmite las instrucciones para la circulación, para sacar un billete o para cualquier menester. Y ya se sabe que a la familia no se le puede negar nada. Quienes manipulan tan groseramente el trato familiar lo hacen con clara conciencia de poder sobre la iniciativa ajena; no se trata de sencillez o informalidad, sino de imposición de un rol social.

Pero a veces olvidan que el modo de tratamiento no es más que un código de señales, un semáforo que nos advierte del lugar que ocupamos en las relaciones sociales. Pongamos un ejemplo real. En la Universidad de Zaragoza, hace bastantes años, un rector (se admiten apuestas sobre el nombre) aparentemente llano y poco amigo de distinciones en el trato, invitó en la Junta de Gobierno a que los estudiantes electos para ella le tratasen igualitariamente, tuteándole, como un compañero más. Los estudiantes estaban encantados con un trato tan familiar con un catedrático y además rector. Pero en una ocasión se suscitó un problema de compleja tramitación, que interesaba mucho al rector y su equipo de gobierno, pero que los estudiantes juzgaban con criterio diferente al equipo rectoral. Se produjo una ardua discusión, al cabo de la cual, el rector se dirigió a los estudiantes hablándoles ya de usted y reprochándoles a pleno pulmón que se opusiesen con sus votos a una decisión ya tomada de antemano, afeándoles que se considerasen con el mismo derecho que los profesores para votar en un asunto de profesorado. Los estudiantes quedaron estupefactos, porque habían asumido que el trato igualitario significaba poder igualitario; se habían creído lo del significante y el significado. Y de eso, nada.

Incluso en la vieja Unión Soviética (es de saber común que la ciudad que más millonarios alberga por metro cuadrado es Nueva York, seguida inmediatamente por Moscú, paraíso de la camaradería y del igualitarismo, como se comprueba en nuestra Costa Dorada) el trato de camarada se seguía de la mención de nivel profesional o jerárquico, lo cual es otro modo de diferenciación, pero con apariencia de igualitarismo, que solo engaña a los imbéciles: Camarada ministro, camarada director, camarada general… Y es que el código de señales es muy conveniente para organizar la convivencia social e imprescindible para el de dominio. Y ahí me quedo.

Permitan que les aporte dos experiencias personales, una antigua y otra recientísima, por ver si logro transmitir la reflexión que no me parece banal, ni lo que llamamos en Aragón una ideica, un pronto. Hace unos treinta años, en el hospital en que trabajaba, una auxiliar, descollante en el mundo sindical pero subordinada en la actividad clínica, me exhortó enfáticamente a que suprimiésemos el tratamiento. Le pregunté: «Pero ¿es tan importante el tú o el usted?», a lo que respondió: «¡Pues claro que no!». Repliqué: «En tal caso, ¿por qué insiste en ello?». Era evidente por qué tenía tal empeño. Hace unas semanas cambiamos en casa de Compañía telefónica, con la que ya habíamos tenido problemas estrictamente técnicos un par de años antes. Llamé a la empresa telefónica, en la que no sé si estaba abonado o militaba, por lo dominante; además de soltarme el consabido «¿en qué te puedo ayudar?» (no llamaba pidiendo ayuda, sino servicio, pagado naturalmente) me tutearon todo el tiempo. Pregunté por qué me trataban de ese modo y me respondieron que eran órdenes de la compañía. Cuando ya hemos decidido hace poco cambiar de Compañía, se ha repetido la escena. Al reclamar la baja;volvieron al tuteo continuo y pregunté, asumo que un tanto airadamente, qué derecho tenían a tratarme así, obteniendo la misma respuesta: «Son órdenes de la empresa». Y el pobre trabajador que me hablaba, esta vez añadió algo que me conmovió y me ha empujado a compartir mi reflexión con ustedes: «Si lo hago de otro modo, me juego el trabajo». Es decir, que la cosa no es tan intrascendente como algunos la pintan. De otro modo, ¿por qué dictar normas tan rígidas al respecto?

Da que pensar, sobre todo si en pocas décadas se inducen cambios en el tratamiento interpersonal y en todos los ámbitos. ¿Es eso paranoidismo? Porque, perdónenme que repita, nada ocurre porque sí y si se acumula en el tiempo y afecta a tantas personas (perdón: individuos) es difícil sostener que estamos hablando de una evolución espontánea; ni la deflagración espontánea de la pólvora negra es espontánea, sino que se produce en determinadas circunstancias ambientales. En la sociedad, nada es espontáneo, ni siquiera los movimientos espontáneos, que en el mejor de los casos se catalizan por un líder y en el peor por un dictador que inicia su propio camino.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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