Creación

El amor en los tiempos de la hiperconectividad

Un relato de Sergio Gaspar.

El amor en los tiempos de la hiperconectividad

/un relato de Sergio Gaspar/

Empuñé el móvil, arma todopoderosa. Eran las siete y veintitrés minutos de una tarde de domingo y diluviaba contra la ciudad, como en un drama romántico de relámpagos y truenos.

Escribí: «Crear cuenta FacilAnonymusMail». Busqué y hallé.

La famosa página web hispano-germano-usa Fácil und Anonymus, defensora incansable de la intimidad personal en Internet, sin cookies, sin galletas, sin espías, sin trampas, sin anuncios, con miles de millones de seguidores y followers en el planeta, apareció ante mí, prometedora.

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 Escribí: «soygrouchomarx».

La página web Crea tu cuenta de Fácil und Anonymus me respondió.

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Lo sentimos. Este usuario ya existe. Inténtalo de nuevo.

No había sido un alarde de originalidad, la verdad. Escribí: «soygrouchomarx978754».

La página me respondió.

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Lo sentimos. Este usuario ya existe. Inténtalo de nuevo.

Quizá no sería tan fácil como me había imaginado crear una cuenta anónima en Fácil und Anonymus.

Escribí, aunque sin demasiada confianza: «nadieesminombrenadiemellamanmispadresytodosmiscompañeros». Y, para asegurarme, añadí: «363901».

La página respondió.

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Lo sentimos. Este usuario ya existe. Inténtalo de nuevo.

Te sugerimos que no busques nombres de usuario clásicos o posmodernos.

No te desanimes. Inténtalo de nuevo.

La página y yo empezábamos a entablar una relación de peligrosa confianza. Me desasosegó la idea de que aquello fuese el inicio de una hermosa y larga amistad. Demasiado larga seguramente.

Al menos, me quedaba la modernidad. Pensé de inmediato, como un autómata, en Rimbaud, en las sobadas sentencias «Yo es otro» o «Hay que ser absolutamente moderno». Las rechacé, desde luego.

El diluvio arreciaba. Estalló un trueno tan mitológico, tan estremecedor, que derribó de las estanterías del despacho varios libros. El primero que me apresuré a recoger contenía los poemas y cartas de amor entre Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí con estudio preliminar de Ricardo Gullón. Me lo habían regalado Teresa Arce y Julio Neira, sus editores.

El libro estaba abierto por las páginas que mostraban el poema Nº 1 de Zenobia Camprubí.

Voy despacio por el mundo
Llena de risa y amor
A todo el que me lo pide
Risas y besos doy.

Pero si alguien me pidiere
Mi alegre corazón
Ríe que ríe, riendo
Vuelvo la espalda y me voy.

Y es que el corazón alegre
En triste corazón troqué
Cuando con labios y ojos
A sonreir comencé.

Fue toda una iluminación. Aunque a lo mejor el poema no resultase un dechado de modernidad stricto sensu, tal vez tampoco lato sensu, espoleó mi conciencia. ¿A qué usuario de Fácil und Anonymus se le ocurriría una cosa así? Mi querida Zenobia había escrito pocos poemas, siempre a la sombra heteropatriarcal del ególatra y posesivo Juan Ramón. Siempre oculta. Invisible siempre.

No le di más vueltas y tecleé: «voydespacioporelmundollenaderisayamoratodoelquemelopiderisasybesosdoy».

Retumbó un trueno.

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Permítenos sugerirte que no busques nombres de usuaria/o relacionados con el feminismo y en general con el universo de la mujer. Tras el triunfo cinematográfico y político de #MeToo, nuestro algoritmo no da abasto para controlar nombres de usuaria/o basados en la lucha contra la violencia machista o la reivindicación de la igualdad de género. Nuestro algoritmo echa humo. 

No te desanimes. ¡Inténtalo de nuevo, anda!

Definitivamente, entre la página Crea tu cuenta de Fácil und Anonymus y yo se había establecido una relación de intimidad.

Aquella noche no cené. Nada más tumbarme en un costado del lecho nupcial de dos metros de ancho, me vinieron a la mente dos preguntas: ¿Tumbarse vendrá de tumba? ¿En qué restaurante de Cadaqués estarían cenando ahora mi esposa y sus amigas…? Cada vez con más frecuencia, Maria pasaba largos fines de semana con un grupo de amigas cada vez más enigmático para mí en destinos como las Azores, las repúblicas bálticas o Cadaqués. No regresaba hasta el martes o el miércoles, a veces hasta el jueves, y en ocasiones el viernes por la tarde se largaba de nuevo. ¿Sería su forma de decirme que sabía lo mío, que se había dado cuenta de lo que me estaba pasando…? Me costó horas dormirme.

Aquella noche tuve un sueño. Soñé que me había perdido en un bosque y que aparecía un genio maravilloso. Supe que era un genio por sus babuchas, sus pantalones bombachos, su amplia faja en la cintura, su extraordinario bigote, su turbante y, para que no me quedasen dudas, porque me anunció: «Soy un genio. Te concedo tres deseos». Medité un momento. Pedí: «Deseo no desear». «Concedido», dijo el genio. Y añadió, cínico: «Te quedan dos deseos. ¿Cuál es el segundo?». La razón vino en mi auxilio y musité, esquizoide : «Deseo desear». «Pues tenemos un problemón, ¿no te parece…? Porque, como ya te he concedido el deseo de no desear, ¿cómo voy ahora a concederte un nuevo deseo? No sería profesional por mi parte». «Pero usted me ha dicho que aún me quedaban dos deseos». «Bueno, es la manera   estándar de presentarnos en público y de expresarnos que tenemos los genios. Tres deseos. Pero compréndelo, piénsalo: ¿Cómo voy a darte un nuevo deseo si ya no deseas nada? Porque tú ya no deseas nada, ¿verdad? Te advierto que yo no fallo nunca. Te advierto que yo no fallo nunca. Te advierto…».

Me desperté con la cara, las palmas de las manos y la camiseta sudadas.

No me duché. Tampoco desayuné. Tenía un plan. Probablemente fracasaría, de acuerdo, pero tenía un plan. O al menos una excusa para retrasar el momento de enfrentarme cara a cara con la verdad.

En la mesa del despacho me esperaba el portátil, con su amplio y cómodo teclado. Deposité, a la izquierda en un atril, la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española de la RAE. Me arremangué la camisa del pijama. Inspiré y espiré hondo. Empecé.

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Tecleé con calma, porque la cosa iba para largo: «a.f.1.primeraletradelabecedarioespanolquerepresentaelfonemavocalicoabiertocentral…».

Necesité casi tres meses de metódicas y agotadoras jornadas laborales de diez horas, sin respetar fines de semana ni festivos, ni siquiera dándome un respiro por mi cumpleaños, para transcribir las 2287 páginas del Diccionario de la lengua española destinadas a convertirse en mi nombre de usuario en la era de la hiperconectividad.

Durante aquella época de galeras digitales, mi esposa se largó no menos de siete dilatados fines de semana con su grupo de amigas, cada vez más enigmático para mí. Apenas nos vimos. Apenas hablamos. Sólo recuerdo con claridad un par de frases que me lanzó de pasada. A la altura de la página 737 me espetó: «¿No deberías cambiarte de pijama?».  Cuando concluía la página 2041, me insinuó: «Tal vez deberías ducharte, querido. Hueles».

Un miércoles en que resplandecía el sol en Barcelona tecleé por fin: «zuzon.desuzon.m.hierbacana».

La página respondió.

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Lo sentimos. El nombre de usuario no es válido por reproducir una obra intelectual protegida en la actualidad por copyright. Nuestro algoritmo nos aconseja no correr el riesgo de enfrentarnos a molestas demandas judiciales.

Inténtalo de nuevo.

María tenía razón. Olía mal. No sólo yo. Olía mal el mundo.

Me levanté. Por primera vez en casi tres meses, me quité el pijama, la camiseta, los calcetines y me metí en la ducha.

Encerrado en el despacho para ocultarme de Maria que acababa de volver de Copenhague cargada de maletas y silencios, busqué el móvil prehistórico que guardaba bajo llave en un cajón y que usaba sólo para llamar a mi amante.

—My crush, empezaba a pensar que te habías muerto. Llevo meses esperando tu email.

Siempre me había gustado su estilo directo, enérgico, proactivo.

—He intentado mandártelo, te lo juro.

—¿Has intentado mandármelo y sigo sin recibirlo? Pues intenta explicármelo, si puedes.

Conocí a Marc en el gimnasio. Apareció una tarde con su pantaloncito ajustado, con su camiseta al borde de reventar por los poderosos pectorales, con sus veinticinco años. Pedro, mi compañero de bicicleta estática, sentenció: «Otro marica. Dentro de poco los machos seremos minoría en el gimnasio».

Yo iba a contribuir al cumplimiento de esta profecía.

Una tarde de jueves al anochecer, con el gimnasio casi desierto por el megapuente que se avecinaba, entré en los vapores del hammam. Allí estaba él. No vi la tableta de sus abdominales ni su vientre plano ofrecidos sin toalla. No vi sus muslos ni su pene. Vi sus veinticinco años, su cautivadora juventud y me sentí desconcertado, como el Gustav von Aschenbach de La muerte en Venecia.

Cerré la puerta, mientras escuchaba una voz: «Te estaba esperando. Me gustan los viejos que parecen jóvenes. Me gustan los viejos que se cuidan». Se levantó, sin esperar respuesta porque ninguno la necesitábamos. Me despojó de la toalla. Empezó a acariciarme los testículos con las yemas de los dedos, se apoderó de mi pene, me retiró el prepucio con fuerza. «¿Te gusta?».

Me gustaba gustarle a una persona cuarenta años más joven.

—¿Y por qué no creas una cuenta en Gmail, que es más fácil que mear, y terminamos con este lío? ¿Qué te pasa? No capto rien de nothing.

Silencio. Podía haberle confesado que ya disponía de una cuenta de Gmail. Silencio.

—Tengo miedo, Marc. Mucho miedo.

—¿Qué te da miedo, my old boy?

—En Internet no hay secretos. Todo se descubre. Me da miedo exponerme.

—O. K. Además de inmigrante digital, eres un paranoico. Despierta. La intimidad ha muerto, como Dios. Dios ha muerto, dijo Nietzsche. La intimidad ha muerto, dicen la Red y el Big Data.

No supe por qué, pero me vinieron a la cabeza aquellos Diálogos para besugos que leía en los TBO de mi infancia.

—No quiero que se enteren de lo nuestro, Marc.

—¿Temes darle un disgusto a tu madre, que por cierto está muerta…? Yolo, recuérdalo y practícalo. Sal ya del armario, Sergito. No te quitarán la pensión por maricón.

Lo peor de liarse con alguien que tiene veinticinco años y tú sesenta y cinco no es la diferencia de edad. Ni que él sea un hombre y tú también y arrastres varias décadas de matrimonio heterosexual. Lo peor es que tu amante resulte ser nativo digital, y encima orgulloso de serlo y militante convencido.

Intuí la catástrofe cuando, tras la segunda paja en el hammam, me propuso con una sonrisa: «¿Wasapeamos este finde?». «No tengo WhatsApp», le respondí. Marc me miró como si de repente la física nos hubiese jugado una mala pasada y habitásemos en universos paralelos. «Supongo que tendrás smartphone, al menos». «No», le mentí, «pero me lo compraré».

Ya en la calle, ambos veníamos de universos distintos: yo de uno en el que se hacía gimnasia; él de otro en el que se hacía fitness.

Y, tal como yo había intuido, la catástrofe llegó tras intercambiarnos una veintena de mamadas como mínimo en su coqueto apartamento de Sant Gervasi-Galvany y tras recibir mi primera follada anal, a la que no supe encontrarle la gracia ni el gusto por más que me esforcé.

Nos tomábamos un café en el Starbucks de Francesc Macià, cuando Marc se puso inusualmente serio. Casi me dio miedo. «Tú sabes que soy nativo digital», dijo. «Lo sé», dije. «Tú me aseguras que soy tu bae». «Sí, lo eres». «O. K. Pero hasta ahora me lo has dicho sólo en el mundo offline, un mundo del que los nativos digitales tenemos serias dudas de su realidad, viejo y aburrido, un mundo ghost site», remató. Dio un sorbo al café que bebía en el mundo offline y siguió. «Lo siento, pero debo decirte que eres la hostia. No tienes WhatsApp, ni Twitter, ni Instagram, ni siquiera Facebook. Ya no te pido que te hagas un perfil en Snapchat, pero al menos, al menos mandémonos emails». «Ayer me compré un smartphone», balbucí. «O. K. Pues úsalo. Tienes que asegurarme que soy tu bae en el mundo online, que es mi mundo, el único en el que te creeré. Considéralo una prueba de amor. O eso o bye». Y  se acabó el café. «Marc, mañana te mando un email sin falta». «Lo estaré esperando».

Ochenta y siete días más tarde de esta promesa en el Starbucks de Francesc Macià, encerrado en mi despacho tras un combate titánico y extenuante con la conocida página web Fácil und Anonymus, tuve que oír la verdad de mi vida de los labios de mi amante secreto, mientras Maria estaría programando ya su próximo viaje de fin de semana.

—¿Temes darle un disgusto a tu madre, que por cierto está muerta…? Yolo, recuérdalo y practícalo. Sal ya del armario, Sergito. No te quitarán la pensión por maricón.

Levanté la tapa del Mac, decidido a concluir aquella historia. La pantalla brillaba, terrible y sonriente. Busqué la cuenta de Gmail que le había mantenido a Marc oculta.

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Sergio Gaspar          Se ha cerrado la sesión

sergiogaspar6785490723814722719248@gmail.com

Introduje la contraseña. Escribí el nombre de usuario de mi amante. Tecleé: «Mi querido Marc, me has repetido mil veces que soy gay. Quizá tengas razón. No lo sé. Pero sé algo más importante. Sé que te quiero».

Era un hermoso mensaje. Lástima que nunca lo enviase. Ahí sigue, en la bandeja de borradores.


Sergio Gaspar nació en 1954 en Checa, provincia de Guadalajara. Se licenció en filosofía y letras en la Universidad de Barcelona. Ha publicado los libros de poesía Revisión de mi naturaleza (1988), Aben Razin (1991), El caballo en su muro (2004) y Estancia (2009), reeditado en formato digital por Uno y Cero Ediciones (2013). Es asimismo autor de la novela Viento de tramontana (2014). Fundó en 1996, junto a Maria Fortuny, la editorial DVD Ediciones, aventura que dirigió hasta su cierre en otoño de 2011, tras haber publicado más de doscientos títulos de poesía, narrativa y ensayo. En la actualidad, es un jubilado y pasea.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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