Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (7)

Nuevas reflexiones de Tomás Sánchez Santiago sobre el mundo y su murmullo. Sobre las palabras a contrapié, el compás del desaliento, un camión de mudanzas, un barrendero, un mercadillo dominical.

Los cuadernos pálidos (7)

/por Tomás Sánchez Santiago; fotografías de Encarna Mozas/

El joven barrendero avanza despacio empujando su carro de mano. A la vez, va mirando con atención a uno y otro lado de la calle, por si en el suelo hubiera algo más que recoger. Y eso haría, de ser necesario: hacerse cargo de lo desechado, nombrarlo con el pensamiento, pasar sobre ello la lengua de la escoba. Hacer desaparecer del mundo de lo útil lo que ofrece ya solo un centelleo residual. Es lo mismo que hace el poeta cuando saca a empujones las palabras del uso y las conduce hasta la entraña del poema. Allí las mete para que vivan de otra manera, luciendo una electricidad verbal extraña, insospechada.

Entro en la cuchillería. Atestada de herramientas, llena de ese olor material de las ferreterías. En el frontal, una panoplia cegadora y por estrenar: el muestrario de machetes y cuchillos y hachas arrojando un resplandor insoportable por donde luego correrá la sangre de los mataderos y las carnicerías. Por lo demás, está en esa calle embudada y sombría que alguien denominara premonitoriamente así: Quebrantahuesos.

 

Un ovillo de lana y sus agujas, un vaso de agua, una revista abierta por cualquier parte, un tablero con el juego de la oca. No necesita ya nada más en la espuma de sus noventa y nueve años: tejer, hidratarse, leer algo, jugar. Lo justo para seguir viviendo —como hizo siempre— sin querer saber qué había más allá de su corazón.

Todavía se encogerán aún más los días del mes. En su nobleza corta, la luz se aprieta contra sí misma, se escatima y termina entrando algo parecido al sueño. En todas las vidas suena la melodía de un abandono, agria y desolada como aquella balada de trompeta en Río Bravo. ¿Y cómo lo haré desde ahora? Eso nos preguntamos todos ante la primera cara estragada del invierno.

 

Alcanzo a ver en la farmacia los frascos de champú. Están a buen recaudo, en un sagrario encristalado junto a otros potingues valiosos. Destacan los champús elaborados con placenta. Concretamente hay uno de origen cubano —«champú piloactivo»— que dice contener celulotrofinas placentarias humanas purificadas. No pone el frasco mucho más y eso lo hace todo más inquietante. La farmacéutica me ha estado observando y acaba por preguntarme si me interesa ese champú. Le digo que solo como curiosidad. «Es muy eficaz; está testado». Eso me dice. Y antes de que me siga seduciendo con palabras chorreantes de propiedades científicas doy un paso atrás y desvío la mirada hacia la batería de cosmética facial. Leo nombres y ahí sí que ni me atrevo a acercarme.

 

Con los años, las fechas de caducidad de los productos nos promueven otras sensaciones. En la juventud, una fecha lejana en un tarro de miel («Consumir preferentemente…») era toda una garantía de que aquel sabor nos estaría esperando sin dudarlo. Pero ahora veo este frasco de mermelada que caduca dentro de unos años y el plazo se hace más incierto. No pienso ya tanto en la calidad del producto cuando pase ese tiempo sino en mí.

 

«A veces releo libros que no reconozco haber leído antes, libros de hace treinta o cuarenta años, que ya tienen las páginas de ese papel agarbanzado…». Lo dice el poeta Ángel Fernández Benéitez. Papel agarbanzado. Pero ¿puede decirse con más precisión expresiva?

Las palabras a contrapié, ¿de dónde vienen? Sangraría el corazón como una fruta abierta, si de él salieran. Como un rebaño asustado, van solas hacia la boca por itinerarios silvestres. Saben a serrín desabrido. Cuando el lenguaje va contra sí mismo, ¿cómo pararlo?

 

Ella canta y sale humo de su voz. Un humo sin cuerpo y sin sombra que asciende por la sala donde todo está sucediendo y deja empañadas las palabras del canto. Bajan pájaros largos a sus manos cuando las mueve; y se estiran un poco más las flores en sus escondites de interior. Todo se pone a escuchar. Hay un temblor textil en el aire de la anochecida de diciembre. Levedad. Cova Villegas.

 

El camión de mudanzas estuvo ahí toda la mañana. Pasé varias veces frente a él, mirando de soslayo el orden estupefacto de cuanto se iba colocando en aquella oscuridad doméstica. Toda una vida ahí adentro. Somieres en pie, lámparas, baúles, cabeceros de muebles, electrodomésticos parados… ¡Tanta intimidad a la vista! Hay un momento en la vida en que parece que ya hemos caído para siempre en una dispersión incontrolable, pero ya vemos que al final todo cabe en un camión donde hombres silenciosos van estibando las pertenencias para que parezca que no era para tanto, que hay orden y alineamiento final donde la vida había puesto barullo y travesura. Es la hora de las reapariciones de aquello que nunca éramos capaces de encontrar en su sitio.

 

Dos gatos mirones, un ukelele, la poesía de Virgilio, dos chiquillas que ahora solo existen en sus nombres. Es el compás de un desaliento. Cuando me lo cuenta mi gran amigo, va alzándose entre chasquidos la silueta de la intemperie, como una sopa fría. Pero volverá el ánimo a esa voz. Lo sé.

 

Estación de autobuses. En el recinto de las taquillas, los pequeños comercios están cerrados. Pero en el antepecho de uno de ellos hay una hilera de libros ordenados en pie. Nos acercamos con curiosidad. Alguien los ha dejado ahí con deliberación, en ese lugar impropio, para que los tome quien quiera. Junto a otros previsibles, hay uno de Aníbal Núñez (Naturaleza no recuperable), otro de José Luis Hidalgo (Los muertos, Ediciones Cantalapiedra) y un encarte de Justo Alejo («Separata de lo mismo») de 1974. Precisamente esos autores y precisamente esos títulos. ¿Quién podía haberlos puesto ahí, tan a la mano? ¿Quién si no Tomás Salvador, por quien habíamos ido a esa ciudad? No puede ser de otra manera. Él siempre lo agradecía todo con creces.

 

Al atravesar el mercadillo de los domingos, entre la rapsodia de voces que anuncian marcas y reclamos de todo tipo, oigo de repente: «¡La noche estrellada, de Van Gogh!» «¡El beso, de Klimt!». Desde su puesto, una gitana impávida se desgañitaba anunciando paraguas.

 

Los animales minuciosos del frío lo van coronando todo en su parada sólida. Se desmiga un corazón de confites blancos sobre los días desbaratados de diciembre. A veces, en la pobreza del invierno se alza esta luz de antorchas vivas que pertenece al mundo por un tiempo. Y el desánimo vegetal se convierte de pronto en una bocanada que invita a seguir creyendo en la alegría de la materia sola. No todo está perdido.

Más de cuatrocientos días deben esperar los ancianos a ser atendidos cuando solicitan ayuda por parte de la Administración. Esa es la media nacional. En esa aritmética siniestra da tiempo a morir a un porcentaje de ellos y así le salen las cuentas a quienes planifican estos procedimientos sigilosos de aniquilación.

 

NOVENTA Y NUEVE INVIERNOS

Lo que teje de día
lo deshace de noche.
Perpetuo quehacer.
Nada quiere alcanzar.
Hizo de eso
su vida.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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