De rerum natura

¿A quién pertenecen los hijos sino a los dioses?

Pedro Luis Menéndez escribe sobre la candente polémica del pin parental.

De rerum natura

¿A quién pertenecen los hijos sino a los dioses?

/por Pedro Luis Menéndez/

En plena polémica un tanto estéril sobre el denominado pin parental en colegios e institutos, las opiniones —cuando lo son— y los insultos directos —cuando también lo son— que leo por todas partes quedan (como resulta frecuente) en la superficie del asunto, sea éste el enfrentamiento político o el discutir por discutir, y no llegan a la raíz, que me parece no ser otra más que la propia concepción del sistema escolar, muy enfrentada desde hace siglos en prácticamente todo Occidente entre quienes defienden la escuela como pura instrucción frente a quienes defienden otra escuela diferente, transmisora de determinados valores sociales, políticos, morales y culturales.

El pin parental se ejerce a diario en todos los hogares del mundo sin que importe gran cosa, según las creencias, ideas, aficiones, gustos o caprichos de los progenitores correspondientes. Estos deciden a menudo qué series de televisión pueden ver o no ver sus hijos, adónde pueden ir o no ir y hasta, según los casos, qué ropa pueden o no ponerse (sobre lecturas deciden menos porque pocos progenitores leen). Quienes respondan a lo que acabo de afirmar que ellos no hacen tal cosa sino que son los propios hijos quienes eligen, que se paren a pensar si esa no es también una decisión (o una inhibición, según se mire).

El pin parental también lo ejercen las naciones o los Estados en forma de censura, por ejemplo, a propósito de qué pueden leer sus ciudadanos o súbditos. Sin ninguna pretensión de confeccionar una lista exhaustiva, los cuentos de los hermanos Grimm fueron prohibidos en la Alemania de la posguerra debido a la exaltación que de ellos había hecho la propaganda nazi. Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, está censurada en la actualidad en instituciones educativas de los Estados Unidos por su violencia y por la utilización de la palabra nigger, que se entiende como un término racista (ni siquiera escriben la palabra y se refieren a ella como la palabra N). A propósito del racismo, Tintín en el Congo ha sido censurado desde hace unos años en Bélgica, Suecia, Reino Unido o Estados Unidos. Alicia en el país de las maravillas está prohibida en China por dotar de inteligencia humana a los animales. La Regenta fue censurada durante el franquismo por su «lascivia sacrílega». Y si me pongo estupendo, Platón opinaba que se debía censurar La Odisea para lectores adolescentes, por no hablar de Sade (el marqués), D. H. Lawrence o Salman Rushdie.

De modo que esto de la censura y de lo que debe o no debe leer una persona campa a sus anchas tanto en el espacio como en el tiempo. Así que lo que se oculta detrás de toda esta polémica a la que la clase política está sacando su rendimiento es la función de la escuela: ¿debe servir sólo para instruir (es decir, proporcionar herramientas como la lectura, el cálculo, o lo que a usted le parezca)? Si le parece un debate rancio este de la instrucción (que lo es) y que parecía superado desde hace más de un siglo por la mayor parte de los sistemas educativos, hoy mismo, cuando escribo estas líneas, el portavoz de la extrema derecha en el parlamento asturiano ha declarado en rueda de prensa que «los valores se transmiten en casa, no en el colegio».

Pero si usted es de los que piensa que la escuela debe transmitir valores además de conocimientos, ¿qué valores? La respuesta hasta fechas recientes —puede que hoy se encuentre en crisis como el propio sistema escolar (y cuando digo crisis digo transformación)— ha sido educar en los valores de los dioses (con mayúsculas o con minúsculas). ¿Qué dioses? Los suyos, los que usted tenga. Si es usted Abraham, será capaz de sacrificar a su hijo por el Dios de Israel. Si es usted Aurora Rodríguez Carballeira, le pegará cuatro tiros a su hija Hildegart cuando esta quiera romper el cordón umbilical (obviamente, en sentido figurado) que las mantenía unidas. Si su dios es el dinero, aplaudirá usted todas las trampas fiscales que sus criaturas puedan aprender en una Escuela de Negocios. Si su Dios prohíbe las transfusiones de sangre, será usted capaz de sacrificar a sus hijos privándoles de semejante perversión médica. Si su dios es el veganismo, o el movimiento antivacunas, o lo que quiera usted poner en su lugar, obrará en consecuencia (o eso se espera).

Y así, también en consecuencia, ¿por qué no intentamos ponernos de acuerdo sobre qué escuela queremos para el siglo XXI empezando por los cimientos y preocupándonos menos por cambiar los tejados cada vez que a alguien se le antoje hacerlo? Esta, por supuesto, es una pregunta retórica que nadie se toma en serio. La realidad, tozuda o no, es la que es: en mi vida como docente he visto pasar ante mí no menos de siete leyes educativas. Y las que vendrán.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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