Mirar al retrovisor

Mi tía, los nazis y el racismo latente

Joan Santacana expone los orígenes de la teoría racial, que desembocaría en el paroxismo del exterminio nazi.

Mirar al retrovisor

Mi tía, los nazis y el racismo latente

/por Joan Santacana Mestre/

Yo tenía una tía, muy buena persona y piadosa, que cuando era niño siempre me contaba historias bíblicas. En cierta ocasión, recuerdo que me explicó el origen de los africanos, con su color de piel oscura —negra decía ella— y su pelo ensortijado. Me comentaba la buena mujer que ellos, los africanos, eran descendientes de Caín, el primer fratricida, porque cuando Dios lo maldijo, le puso su mano divina sobre la cabeza, y al instante su piel quedó tostada y su pelo chamuscado. Por esta razón, los negros tienen el cabello ensortijado —me decía cándidamente mientas me preparaba el desayuno—. Los africanos le parecían dignos de lástima y por ello estaba suscrita a obras piadosas de misioneros católicos que se dedicaban a evangelizar en el continente negro. Yo, a mis ocho o nueve años, daba gracias a Dios de haberle librado de semejante vergüenza y —por supuesto— no me daba cuenta del racismo latente en estas historias.

Posteriormente, como estudiante de arqueología, dediqué parte de mi tiempo a investigar las raíces de las tesis racistas europeas y empecé a dilucidar de donde salían. Recientemente, la preparación de un pequeño ensayo para la editorial Trea, de próxima edición, cuyo título es La arqueología del diablo, en el cual planteo los orígenes de la arqueología racista alemana de la época nazi, me ayudó a descubrir las raíces de la inocente versión de mi tía.

Ella, como todos nosotros, desde siempre sabemos que nos diferenciamos unos de otros mediante rasgos que afectan a las partes blandas y superficiales del cuerpo: los labios, nariz, pelos, ojos, color de la piel o estatura nos hacen diferentes unos de otros. Todas estas características se heredan, pero lo que muchos ignoran es que estos millones de genes se pueden combinar independientemente unos de otros. Los mecanismos genéticos de la herencia funcionan como un gran bombo de lotería, de tal forma que en la mezcla aleatoria de genes del padre y de la madre, los descendientes pueden tener pelo rizado y nariz ancha mientras que la pigmentación de la piel puede ser de un tono rosáceo y al contrario. Y es que los genes que constituyen los rasgos que suelen emplearse para etiquetar a un individuo de una raza o de otra no se agrupan necesariamente en paquetes. No hay un paquete de genes africanos o europeos, Por este motivo, existen en el mundo infinitas combinaciones de fenotipos que hacen imposible establecer criterios raciales fiables.

Es bien sabido que esta cuestión de las diferencias entre los humanos ha sido causa de prejuicios, debates y guerras a lo largo de la historia. Pero no fue hasta 1855 que Joseph Arthur de Gobineau escribió un libro titulado Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas y que se convirtió en uno de los pilares teóricos de lo que se suele denominar racismo. Su autor llegó a la conclusión de que el factor racial era fundamental para explicar la muerte de muchas civilizaciones; quiso establecer las causas de las desigualdades y estableció el concepto de razas superiores a otras a las que consideró inferiores. La raza aria fue considerada la superior porque poseía según el filósofo francés el monopolio de la belleza, de la inteligencia y de la fuerza. Gobineau concluyó que, cuando una civilización triunfa, es porque está dirigida por miembros de una raza superior, y que, por ello, si se quiere prevenir la caída de nuestra civilización, hay que impedir que los individuos de la raza aria, superior, se mezclen con los de las razas inferiores o degeneradas. Así, al final de su obra, en el apartado de conclusiones, escribió:

En una época muy primaria de la vida de la especie entera, época que precede a los relatos de los anales más remotos [es decir, se refiere a lo que hoy llamamos prehistoria], descubrimos al colocarnos con la imaginación en las mesetas del Altai, tres conjuntos de pueblos inmensos, inestables, compuestos cada uno de ellos de diferentes matices, formados en las regiones que se extienden al Oeste alrededor de las montañas, por la raza blanca; en el nordeste, por las hordas amarillas que llegan de las tierras americanas; y al sur por las tribus negras cuyo foco principal radica en las lejanas regiones de África. La variedad blanca, quizás menos numerosa que sus dos hermanas, pero dotada de una actividad combatiente […] brilla por sus innumerables superioridades […] La raza germánica estaba provista de toda la energía de la variedad aria. Ello era necesario para que pudiera cumplir el papel para el que estaba predestinado.

La obra de Gobineau tuvo una amplia aceptación en su época y circuló por todos los ambientes cultos y eruditos de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Personajes como Wagner —que había escrito un violento texto contra la «música judía»— quedaron fascinados por él y quizás un reflejo de esta fascinación se aprecie en Parsifal. Sin embargo, lo que nos interesa saber es en dónde se apoyaban las ideas del conde de Gobineau, que tanto éxito tuvieron en la Europa de su tiempo y han pervivido hasta hoy.

Conde de Gobineau

En realidad, las teorías en las que se basaba el padre del racismo se apoyaban en autores mucho más antiguos: en concreto de James Parsons, que a mitad del siglo XVIII escribió un texto titulado Los restos de Jafet, o Investigaciones históricas sobre la afinidad y los orígenes de las lenguas europeas, en donde, a través de la lingüística comparada, defendió la idea de la existencia de una lengua originaria de Irán y la India, de la cual derivaban todas las lenguas europeas. La existencia de esta lengua —a la que llamó indoeuropeo— la dedujo Parsons mediante la comparación de los términos utilizados para los numerales básicos, afirmando que era la lengua de Jafet, uno de los hijos de Noe que después del Diluvio Universal emigró a Armenia. Con él se inició una contraposición entre las lenguas semitas y las indoeuropeas; pero su libro, de una extensión desmesurada, lleno de citas bíblicas, si bien introdujo la idea y el método de la lingüística comparada, no tuvo una aceptación unánime en su época ni mucho menos. La base de su argumentación era el libro del Génesis, cuando dice: «Esta es la descendencia de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet, a quienes nacieron hijos después del Diluvio». De la descendencia de Sem se creía que eran los pueblos semitas, como los árabes y los judíos; de Cam habrían surgido los egipcios, los etíopes y los pueblos negros de África, mientras que Jafet era el que había fundado todos los demás linajes, como los persas y los hindúes, pero, sobre todo, los europeos. Fue por esta razón que a James Parsons se le ocurrió comparar las lenguas de todos los descendientes de Jafet, ¡y halló similitudes! Pero Parsons no era lingüista y cometió muchos errores graves en su análisis.

En la segunda mitad del siglo XIX empezaron los estudios de lingüística comparada, que marginaron las historias bíblicas y aportaron cuantiosos datos sobre el tema de la existencia de una lengua común, llamada indoeuropeo por los anglosajones e indogermánico por los filólogos alemanes. En todo caso, los lingüistas europeos descubrieron a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX la riqueza de la literatura hindú e irania y situaron a sus creadores y hablantes nativos de estas lenguas al norte de la India, en el Himalaya y en Irán. Y a estas lenguas las consideraron superiores según esquemas evolutivos que establecían que las lenguas pasan por un estadio primitivo, en el que solo hay palabras simples, como veían en el chino, a otro más evolucionado en el que los sufijos se aglutinaban para culminar en un tipo flexible como el de las lenguas europeas. Fue Max Müller (1823-1900) quien sugirió para estos pueblos el término ario, que tan problemático resultaría posteriormente. De esta forma, el termino ario se utilizó como sinónimo de indogermánico.

Hoy, aun cuando el nazismo ha sido borrado —de momento— de la política europea, las bases racistas de nuestra sociedad perviven y gozan de buena salud. Mucha gente sigue creyendo que la mezcla de genes, en la medida que introduce una más intensa coloración de la piel, constituye una degeneración racial; en muchas escuelas todavía se ofrecen explicaciones y argumentos basados en términos de raza y, aun cuando entre los científicos hay un consenso sobre que este término no explica nada, muchos lo siguen utilizando. No hemos aprendido la lección y mi tía podría seguir creyendo en el argumento del origen vergonzoso de la negritud.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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