Poéticas

‘Realidad’, de José Manuel Benítez Ariza

Carlos Alcorta reseña un poemario hecho «con el lenguaje sencillo de la conversación, del monólogo en muchos casos, consigue siempre seducirnos con su sobriedad y desnudez, porque resulta fácil identificarse con las tribulaciones cotidianas de alguien como nosotros, nuestro hermano, nuestro semejante».

Realidad, de José Manuel Benítez Ariza

/una reseña de Carlos Alcorta; acuarela de portada de Benítez Ariza/

José Manuel Benítez Ariza

La contundencia con la que José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) —autor de una copiosa obra poética, pero también en el ámbito de la novela y de la crítica—, titula su último libro, Realidad, nos obliga a plantearnos una pregunta: ¿puede el lenguaje nombrar lo real, abarcar la realidad en su totalidad? No encontraremos en los poemas que conforman este libro una respuesta contundente —acaso porque no puede haberla—, sino solo aproximaciones dialécticas sustentadas en la relación con los objetos y con el otro, aunque Benítez Ariza sí parece tener claro que el poeta actual debe mantener un diálogo con esa realidad concreta que le rodea, «con ese taburete —en palabras de Zbigniew Herbert—, con un prójimo, con esa parte del día [y] cultivar esa habilidad que está despareciendo de la contemplación». La atracción del mundo circundante exige agudizar la percepción y salir de uno mismo para observar y trasladar a observación a la escritura, por más que esta sea la causa de una imposible satisfacción. «Si la miras con ojos entornados,/ si sostienes esa mirada anómala,/pierde la realidad su consistencia sólida, sus perfiles precisos,/ y todo tiende a disolverse/ o a volatilizarse,/ como en la carretera ciertos tramos de asfalto/ semejan charcas a la luz del sol», escribe Benítez Ariza en el poema «Realidad» —con ciertas reverberaciones de Caballero Bonald— que da titulo al libro y a la primera sección. Como se ve, no se entiende la realidad como una pérdida, sino como un acopio de sensaciones y de experiencias, quizá porque, para Benítez Ariza, la primera forma de acceder a lo real, a la realidad, sea de carácter intuitivo. Aunque su propia práctica poética lo evidencia, después esa intuición se racionaliza gracias a un lenguaje eminentemente narrativo que se recrea en los detalles con objeto de apresar la fugacidad del instante desde todas las perspectivas posibles. Véase, por ejemplo, el poema «Lector en la playa», en el que la concupiscencia provocada por unos jóvenes provoca una no disimulada sensación de nostalgia, incluso, nos aventuramos, cierta hostilidad ante una atrayente realidad que, sin embargo, tiene vedado el acceso.

«Diez acuarelas», la segunda sección, guarda una relación directa con otra de las facetas artísticas de Benítez Ariza, la de acuarelista. Los poemas que integran esta sección complementa esa actividad, lo que se percibe nítidamente en el cromatismo: «techos de color de óxido», «Y aquí y allá un toque de blanco», «Palomas grises en el adoquinado gris», «La pasarela es verde entre reflejos verdes», estos versos sueltos, pertenecientes a distintos nos sirven de muestra. La experiencia pictórica se transfiere como si fuera un facsímil a la experiencia poética: no hay más que ver la disposición de los elementos en una de sus acuarelas y confortarlas con las del poema.

En «Diagnósticos razonados» lo anecdótico («Desmantelando una habitación infantil» o «Recogida de residuos» quizá sean los ejemplos más claros) desemboca en un proceso reflexivo de tintes metafísicos («La muerte está en el centro, ni antes ni después») y ontológicos («Debo dejar de ser para fluir» o el más dramático «Quizá ya no sepas quién soy»). Hay una evidente conciencia del paso del tiempo, de la temporalidad y de los límites físicos y sentimentales que va imponiendo al ser humano. La oposición no parece ser la consabida entre realidad y deseo, sino entre la experiencia del mundo y la forma de vivirla.

«Waterford (Segunda suite irlandesa)», la siguiente sección, tres de cuyos poemas se publicaron previamente en una hermosa edición de «Las hojas de baobab», narra algunos pormenores de un viaje de estudios a dicha ciudad irlandesa. Como siempre, lo biográfico sustenta el armazón de poema y el hecho anecdótico propicia una profunda reflexión existencial, como en el poema «A la madona de Waterford», ante la que rezan los marineros antes de embarcar. El eco de Manrique aparece en estos versos: «Siempre por medio el mar, que es la muerte aplazada,/ que es la promesa cierta de morir,/ más pronto o más tarde». El libro finaliza con la sección «Fugaces», en la que se manifiesta el contrate entre la permanencia, más o menos estable, de las cosas y la caducidad del ser que las contempla. La naturaleza, siempre presente en los poemas de Benítez Ariza, actúa como reservorio de lo intemporal, de lo inmanente (los poemas «Piedras en el llano» y «La higuera» son los que mejor lo explicitan). El poema con el que finaliza el libro, «La diferencia», resume esa dicotomía entre lo fugaz y lo permanente o, al menos, entre las cosas, que carecen de conciencia, y el ser humano, como vemos en estos versos de inspiración juanramoniana: «Faltará esa conciencia, pero allí seguirán,/ dando razón de ser a la mañana,/ las flores y los pájaros.// Y nadie notará la diferencia». La poesía de Benítez Ariza, hecha con el lenguaje sencillo de la conversación, del monólogo en muchos casos, consigue siempre seducirnos con su sobriedad y desnudez, porque resulta fácil identificarse con las tribulaciones cotidianas de alguien como nosotros, nuestro hermano, nuestro semejante. Este libro, Realidad, no es sino un paso más en una obra rigurosa y exigente que no decae nunca y se afianza en cada nueva entrega.


Selección de poemas

John’s river

A un río le llamaban Carlos…
           Dámaso Alonso

Al río lo llamaban John. Corría
como una calle estrecha entre filas de casas
y a veces ofrecía al paseante
pequeños, melancólicos puentes donde pararse
a contemplar las aguas casi siempre tranquilas,
opacas, densas, del color del plomo,
tan sólo removidas por el lento
reflujo mareal que hinchaba el cauce
y cubría las negras rebabas verdinosas
al pie de los muretes entre los que fluía.

También fluía lentamente el tiempo
en esos días míos de rezagado en Waterford.

Y yo pasaba el tiempo recorriendo su curso
desde las calles céntricas a las inmediaciones
de People’s Park, donde me distraían
los gritos de los escolares
que jugaban al rugby en los alrededores del templete;
y luego hasta la desembocadura,
donde los cormoranes, a resguardo
del tráfago de la ciudad, extienden
sus alas a secar en el silencio
pautado de crujidos de los embarcaderos,
frente al perfil borroso de los bosques
en la orilla contraria.

Era como acudir a una cita fijada:
siempre allí mi reflejo, tembloroso.

Los cuatro elementos

A ti reintegraré mi cuerpo, tierra.
Agua, a tu ciclo volverá la parte
de mí que es agua. A ti devolveré,
aire, cuanto de mí al aire pertenece.

Como un niño que acaba de construir
un castillo en la arena y lo abandona
(aire, agua, tierra) al viento y la marea.

Y si vida y espíritu no son
sino particulares formas
de la conflagración de cuanto existe,
a ella devolveré la llama que arde en mí,
y así la deuda quedará saldada.

Acuarelas

(7, Salinas de interior)

Brota del suelo el manantial salobre
y traza en el declive un rastro blanco con ribetes rojizos,
posos de hierro bajo la sal precipitada, antes de encauzarse
por sus conductos regulares
y decantarse en balsas que parcelan
un cielo incandescente atrapado en espejos.

Océanos de los que sólo quedan estos depósitos de sal:
tomo una pizca entre mis dedos
y la llevo a mi boca
y me parece estar lamiendo
la herida más antigua de un cuerpo inmemorial.


Realidad
José Manuel Benítez Ariza
Isla de Siltolá, 2020
90 páginas
10€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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