Creación

El viejo

«Toño Estrada, más anciano que las tortugas, coleccionaba años; tantos que en el pueblo apenas quedaban testigos de su niñez». Un relato de Pablo González.

/ un relato de Pablo González /

Toño Estrada, más anciano que las tortugas, coleccionaba años; tantos que en el pueblo apenas quedaban testigos de su niñez, y vecinos y conocidos solían acordar que, por muy atrás que se intentase echar la vista, el tipo no terminaba de rejuvenecer. Toño, con los achaques propios de la edad y el vino, medio sordo, algo tuerto y cansado de todo, solía repetir que, a tales alturas, el espectáculo le importaba tres pimientos, y que la güestia o quien fuese tenía las puertas abiertas para cuando gustase. No obstante, el eterno cascarrabias proseguía sus rutinas religiosamente, como si viniese programado para ellas, y a diario atendía sus animales, adecentaba la quintana, segaba un cuadro de pasto y trasteaba en los demás menesteres de la modesta casería. El resto del tiempo lo echaba en el catre, dormitando, cavilando, y maldiciendo de paso su resistente salud y extrema longevidad. ¿Qué sentido tenía aquello? Durante sus sueños y vigilias acostumbraba a bucear en las oscuras aguas de la memoria para terminar, casi siempre, encontrando alguna perla en las profundidades de su infancia, tiempos mejores, tiempos felices. El recuerdo más recurrente lo visitaba desde La Folechega, un empinado pastizal en el que había pasado largos y dichosos días junto a su hermano, pastoreando la humilde ganadería del padre entre los juegos y alegrías de una infancia que, sin más remedio, tan pronto terminó.

Era él, su hermano pequeño, el único que resistía nítido aquella larga mirada al tiempo surcado. El resto de gentes, incluso sus padres, se confundían en un carrusel de rostros y gestos ya idos para siempre, muertos y enterrados también en su memoria; pero su hermano, a pesar de que había sido el primero que nunca más volviera, permanecía cristalino, impertérrito, como protegido por aquel prado, principio de todo. El benjamín de la familia, listo como el hambre, había emigrado a principios de los treinta, casi niño, primero al Río de la Plata, luego a Cuba. La aventura, según parece, no debió de salir demasiado bien, y las escasas cartas del hijo pródigo pronto dejaron de llegar; en su lugar fueron sucediéndose rumores que nada bueno presagiaban: que si unas fiebres, que si un accidente, que si una reyerta… y acaso alguno resultó cierto, porque nunca más se supo del emigrado. Al poco, como las desgracias nunca vienen solas, empezó la guerra en España y Toño, llamado a filas, terminó gravemente herido allá por el Ebro, río rojo de la muerte. Sobrevivió a la barbarie, pero sin su hermano y sin tantos otros, la larga noche de piedra se volvió casi insoportable.

Concluida la incivil guerra, y con más estrecheces de las ya acostumbradas, Toño comenzó a trabajar como ordenanza en una fábrica de cañones y explosivos. No abandonó la aldea, por cierto, a pesar de los repetidos cantos de sirena entonados por patronos y lisonjeros de la época: que el campo representaba el atraso, que la urbe era un mar de posibilidades… pero bien sabía él que la renuncia al terruño era innegociable; el capital podría ir y venir a su antojo, pero Toño Estrada era de los que sabían semar patacas, asunto importante en las duras y en las maduras. Se convirtió, a la sazón, en un hombre que a la mañana trabajaba en la fábrica, a la tarde en la pequeña hacienda y el domingo, si podía, santificaba la fiesta; aunque sus vacas no entendían de eso. Entre todo, la vida siguió su curso y Toño se dejó arrastrar lo mejor que supo, mas en su última hora parecía incapaz de hacer otra cosa que ensimismarse en azares pasados, como buscando un justiciero divino que saldase tantas cuentas pendientes.

Y entonces llegó aquella mañana de abril, de neblina, rocío y ramas floridas. Toño se encontraba en su cuadra, al trajín acostumbrado cuando, sin previo aviso, percibió la presencia de alguien en la puerta; tan solo necesitó una mirada fugaz para reconocer al tipo que lo miraba desde el quicio, enfundado en un largo gabán que lo protegía del húmedo frescor al que se había desacostumbrado: su hermano americano. Toño, medio desmayado y casi muerto del susto, tan solo acertaba a pellizcarse incrédulo, no fuese a estar realmente finado y ser aquello un paraíso para las almas perdidas; pero no, seguía vivo y coleando, y abrazado a su hermano como en la lejana última vez.

Tras el soñado reencuentro, los hermanos rememoraban sin descanso, tal vez ansiando recuperar el tiempo arrebatado. Juntos recorrieron vidas y obras y, sorteando años, visitaron La Folechega y tantos otros rincones de su niñez, de su espíritu. Al principio, Toño caminaba a duras penas, agotado a cada paso, frustrado por la ayuda requerida; después, poco a poco, fue afianzando la marcha, agitando la quebrada voz e irguiendo el quejumbroso cuerpo. Al cabo de un par de días, reconciliado con los recodos de la vida, era el más dicharachero, el más entusiasta, el más joven del pueblo; de repente, la memoria iba clareando, y cada sitio alumbraba una historia digna de ser contada. Así transcurrieron las semanas en las que Toño Estrada tuvo hermano de nuevo, y en la despedida, cuando el emigrante hubo de regresar, no hubo llantos ni tormentos; tan solo alguna lágrima feliz y la certeza de que, más pronto que tarde, volverían a encontrarse al otro lado del tiempo, ya para siempre.

A los pocos días, los vecinos notaron que Toño faltaba a su cita matinal; lo hallaron tumbado en la cama, con una breve sonrisa dibujada entre los surcos de su curtida cara, quizá satisfecho al fin.

Y en el velorio, aquella misma tarde, todo el mundo se asombraba ante la tozudez del hombre que había esperado toda la vida para poder morirse tranquilo.

[EN PORTADA: Retrato de un hombre viejo, de Gustav Klimt]


Pablo González (Grau [Asturias], 1985) escribe sobre tecnología, sociedad y política y ha colaborado en diversos medios digitales. Entusiasta defensor del software libre, ha asesorado al Ayuntamiento de Grau en materia de nuevas tecnologías. Fue cocreador de Moshtown, una app buscadora de conciertos para dispositivos móviles. Ingeniero técnico de telecomunicaciones por la Universidad de Oviedo y máster en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, actualmente trabaja como consultor de sistemas y seguridad en el sector tecnológico. Además, es aprendiz de músico y gaitero y toca el bajo en la mundialmente desconocida banda de punk The New Ones.

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