Poéticas

Este otro orden

Carlos Alcorta da cuenta de la poesía completa de Tomás Sánchez Santiago, una obra mayor de uno de los autores más exigentes con la escritura, que permite otear toda su geografía poética, tanto la amplitud del paisaje como los mínimos accidentes orográficos.

/ una reseña de Carlos Alcorta /

El mero de hecho de plantearse reunir la obra escrita a lo largo de los años supone para el autor enfrentarse a dos emociones contrapuestas. Por una parte, comporta un reto ilusionante: ¿quién no ha deseado alguna vez agrupar la labor de una vida dedicada a la poesía, colocar las balizas que encauzan, como es el caso, una trayectoria caracterizada por la solidez del planteamiento estético y por el estricto respeto al lenguaje? Por otra, releer poemas antiguos no deja de provocar cierto vértigo, porque el autor puede, al asomarse a los abismos del pasado, marearse, tener la sensación de que pierde pie. Yo no sé cuál de estas sensaciones ha tenido Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957), ni siquiera si alguna de ellas ha merodeado por su mente. Lo que sí debo decir es que, como lector, me parece una decisión acertadísima y no exenta de eso que se da en llamar justicia poética. Y digo esto porque, gracias a esta compilación, nuevos lectores podrán acercarse a una poesía de tan alto voltaje emocional como la de Sánchez Santiago desde su primer libro, hasta ahora dispersa en ediciones de no excesiva difusión, casi imposibles de localizar en la actualidad.

Tomás Sánchez Santiago

Un volumen que recoge toda la obra publicada —más algunos poemas de carácter circunstancial no recogidos en libro— permite contemplar, como a vista de pájaro, la amplitud del paisaje escrito, pero también su orografía, los accidentes geográficos que imprimen un carácter particular, los límites naturales, la arquitectura, que le confieren una nueva fisonomía. Evidentemente, la obra es la misma —o casi, porque el poeta siempre hace algún cambio cuando se relee—, pero no se percibe la musculatura del proyecto con la misma intensidad al verlo compactado que leyendo libro a libro de forma exenta. Además, en este caso, la poesía reunida cuenta con estupendo prólogo que detalla el itinerario poético (como sabemos, Tomás Sánchez Santiago es también un excelente prosista, tanto en el género novelístico como en el diarísitico) del autor, a cargo de Álvaro Acebes Arias, que lo ha titulado con perspicacia «Riesgo y conciencia». Son dos palabras que, a mi modo de ver, definen perfectamente el alcance de esta obra, para nuestra fortuna, aún en marcha. Riesgo, sí, porque, si analizamos la fecha de publicación de los respectivos libros de Sánchez Santiago, comprobaremos que salió a la palestra en 1979, cuando comenzaba a tomar cuerpo la dicotomía entre poesía de la experiencia y poesía del silencio (utilizo esta terminología, en exceso insuficiente para caracterizar una época, pero procedimentalmente útil); y el segundo, La secreta labor de cinco inviernos, es de 1985, en plena consolidación de la polémica entre ambas tendencias estéticas, una polémica muy encendida entonces y que hoy, felizmente apaciguada, solo es motivo de tesis universitarias y de manuales divulgativos. En cualquier caso, lo que quiero decir es que, en aquella época, sustraerse a militar en alguno de los bandos contendientes era quedar en tierra de nadie, algo que suponía, y todavía supone para quien no posee espíritu gregario, quedarse al margen, ser ninguneadoen el mejor de los casos o atacado desde ambas trincheras en el peor. Tomás Sánchez Santiago asumió el riesgo de no adscribirse a grupo alguno y mantener, como demuestra esta revisión de su obra poética, una independencia estética admirable, porque sus preferencias se decantaban por una mixtura que transgredía los encasillamientos programáticos. Es oportuno recordar ahora que, junto a José Manuel Diego, publicó el estudio Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente en 1990, aunque dicho estudio estaba finalizado algunos años antes, como el autor recuerda en sus notas memorialísticas, recogidas en un volumen publicado el pasado año por la editorial Trea bajo el título de El murmullo del mundo, lo que demuestra, por una parte, el reconocimiento de la influencia que sobre su poesía ha ejercido la generación del 50 —con Claudio Rodríguez a la cabeza— y, por otra, la elección, dentro de la variedad propia de toda generación, de dos autores que apuestan por la poesía como un ejercicio de conocimiento, aunque las formas de ponerlo en práctica de uno y otro no sean coincidentes.

Además de riesgo, la otra palabra es conciencia; conciencia de que el lenguaje, como vehículo encargado de transportar hasta la página la intensidad de la emoción con las menos fugas posibles (en alguna ocasión Sánchez Santiago ha hablado del hiato que se produce «entre lo que se nombra y lo que existe realmente»), ha de ser tratado con sumo esmero; ha de ser pulido, cincelado, respetado. Sobraría decir, si no fuera por la ligereza con la que algunos lo pervierten y contaminan, que la premisa principal para cumplir esos propósitos es conocer los innumerables recursos que tal herramienta nos ofrece. Tomás Sánchez Santiago es consciente de ello y, por esa razón, se empeña en afinar su sonido, en acrecentar las posibilidades semánticas, en limar lo utilitario, el óxido de las diferentes capas que lo cubren con tropos y otros procedimientos estilísticos. Acebes Arias escribe al respecto que «este decir propio, depurado e intenso, es ante todo un ejercicio de indagación y de búsqueda, marcado por una asombrosa continuidad en la que las palabras y temas mantienen su sentido y coherencia primigenias», algo que no se puede llevar a cabo sin ese respeto y ese conocimiento al que aludíamos. Y es que esta indagación no se circunscribe, contra lo que puedan pensar algunos lectores, únicamente a asuntos de carácter metafísico, por más que toda poesía digna de serlo, de una u otra forma, lleve implícito ese tipo de búsqueda, ni a la metapoética, muy frecuente desde sus primeros libros. Hay un intento por desvelar el engranaje de la cotidianidad que parte de una relación familiar con las cosas de su entorno y los seres más cercanos («¿Debo hablar/ de asuntos de los hombres?», se pregunta); un deseo de liberar los distintos significados que contiene una misma palabra, librarla de esa costra de costumbre que la cubre y deja solo visible lo más común y reduccionista. «La poesía de Tomás —regresamos a Acebes Arias— atiende al sentir de las palabras cotidianas, a las más usuales, a las que se hallan más cerca de las cosas designadas. Este decir, que busca penetrar en lo esencial, se solapa también con el afán de violentar el lenguaje mediante asociaciones insólitas, originales». Podemos ver algunos ejemplos al respecto: «la íntima quemadura de la exactitud/ en las palabras»; «esos meses brillantes/ como el pelaje de terneras lentas»; «con murallas de escote carcomido»; «la leche reventando como una barba blanca en la cazuela» o «la espesura textil de las habitaciones».

Hablábamos más arriba de que la poesía de Tomás Sánchez Santiago no se ha plegado a una estética determinada porque ha sabido conjugar opciones aparentemente enfrentadas y ha discurrido por un camino no excesivamente trillado, el de la experimentación propia, desde unas coordenadas personales («Cuando escribes te manchas de ti mismo», escribe) que huyen del hermetismo esencialista. En él conviven un discurso de antecedentes simbolistas y ciertos recursos que reactualizó la vanguardia —la ruptura sintáctica o la fluidez rítmica de nuevo cuño, por ejemplo—; lo que tal vez ha contribuido a esa especie de desubicación generacional que padece. Por fortuna para él, esto carece de importancia, porque la fortaleza de sus convicciones poéticas y la personalidad de su poesía han acabado imponiéndose, como cualquier lector avisado podrá comprobar leyendo Este otro orden, título de su poesía reunida entresacado de uno de sus poemas, una poesía en la que, como escribe el prologuista, «la preocupación por la palabra» está al servicio de «[la] integridad ética y [la] conciencia estética». En estos tiempos que corren, una combinación menos habitual de lo que nos gustaría.


Selección de poemas

Los últimos recursos

Venir desde muy lejos, de no
se sabe dónde,
a consumar el rito de la vida. Empezar
donde debieras la pelea, sin el oficio
ruin de las palabras, y no entender jamás
que es vicio ocioso
el de los años perseguidos con coraje,
codicia que no sirve, como a
una frutación mal madurada. Luego,
huir del ocio, hablar
de ser felices (tú ya sabes: el vino, los viajes),
alardes de amoríos…

O gastar
no pocas tardes en dar a la soledad
un nombre falso no de remedio,
más bien de circunstancias;

reconocer la luz de la alegría
cuando la tropezamos, amar en el
invierno, viajar (Paris, Genève) y
a lo más, algún asomo
de vida impenitente
en claras tierras fértiles, iniciadas
al arte del abrazo.

No comprender ya nada
que no sea el lento deterioro
de los actos, esperar como mucho
muerte muda
en la serenidad de un dulce sueño

y entregarte al olvido sin reservas.

(de Amenaza en la fiesta, 1979)

Fidelidad

Cuando su cuerpo no sea más que una vieja parroquia
a la que nadie quiera entrar, sino que pasen
todos con largo paso de quien teme
entrar en compasión con su contacto
y a nadie se le ocurra arrojarle hasta el fondo
la luz de su moneda, sabiendo como habrán
de saber que las limosnas no le serán ya pródigas,
pues su carne colgará en combas secas,
tristes combas nocturnas hasta el ámbito
también antes ardiendo de los cirios;
cuando no haya devotos de sus labios
ni musiten sus ansias los más lejanos fieles
feligreses, yo seguiré asistiendo aún con más celo
si cabe a sus gastadas ceremonias.
Yo empeñaré el aliento hasta lo último,
hasta cubrir su cuerpo con pasos empapados
donde me reconozca…; y a pesar de todo ello
jamás habré sentido
mi pisar tan profano.

Conclusión y recuento

Irremediablemente. Igual que un vicio
(y más que ningún otro
el vicio de vivir, que es el más ciego),
irremediablemente igual todo termina
por dar en la costumbre.

Y del encontronazo, una enseñanza:
mengua el asombro cuanto crece el hábito.

(de La secreta labor de cinco inviernos, 1985)

(retracción)

No sé por qué no quiero que me pille diciembre
—sus jardines de plata, sus relojes sin sueño
y sus lanas cansadas—. Es hora de cerrar
las alas a las tiendas. Sé que venden gemidos
en una calle oblonga donde hay frascos con llanto
encerrado de niñas. Llevadme allí. Si vuelven
pájaros silenciosos, no les dejéis que aniden
en lugares que ardieron con paja viva y dicha
templada. Nos veremos más acá de los brillos
que pone en sus fronteras este mes malvenido.
Por sus aceras lisas hay un hielo que amarga
los pasos confiados de quienes traen azúcares.

(de Vida del topo, 1992)

Mi padre se hace viejo

Pues ya lo ves, Tomás, que con el tiempo
se desprende la fuerza de las piernas
y los ojos apuran hasta el ansia
el desastre moreno que es la luz
cuando se pierde la tarde. Es otoño
y no distingo bien en este tráfago
civil cómo tiritan las acacias
para acabar de perder su boscaje
de hojas que se retiran humilladas
a decorar la soledad de algunos
escaparates en invierno. Mira
qué difícil el pulso, y no consigo
labrar un sueño entero que me alivie
de la monotonía. Tengo miedo,
además, cuando alcanzo noticias
de que tiempos menos benignos vienen
a enfriar las ciudades y a sus cúpulas
desestimarlas vientos que cuartean
los labios que educaron otros climas
más amables. Si vieras cómo tiemblo
cuando me quedo a solas con la casa
ahora, la casa chica donde hubo
pasiones lentas, carne asustadiza
que enderezaba un invisible cáñamo
debajo de las perchas, en el cuarto
de los baúles oscuros donde aún duran
libros de inmortal tinta y olorosa
escritura como aquel: Patres Principes.
Me cansan los asuntos, las rodillas
me arruinan si es que las lluvias percuten
como fustas de mimbre que en las tejas
decidiesen reunir en clamor sordo
otras aguas lejanas y hace tiempo
que el espejo me devuelve un deshielo:
el susto silencioso de las canas
ensabanándome. Por más que hostigo
la memoria, todo lo allegadizo
se va volviendo menos, cruza un flujo
las cosas y las pone en retirada
mortal de color sepia (como aquellas
revistas de viajes que nos turbaban
las siestas en agosto y daban frío).
Así que ya lo ves, solo sé nombres
(Francisco, Eutimia, Narciso, Carmina),
nombres que desenvuelvo y solo un rostro
común que los amuebla me contesta;
di tú cuanto he vivido, pon palabras
que enciendan otra vez años mojados
ahora por el olvido igual que leña
vana. Habla, pues, por mí. Di que es un pozo
que apenas atestigua, mi memoria,
mis labios nada pisan hace tanto
y empiezo a hablar de otro modo, hijo mío.

(de En familia, 1994)

Cajeras

Nadie las reconoce si no es en el andar
tan poco apresurado con que vuelven a casa
y el reflujo en las ropas de un olor comercial

aún con esa sal triste de las numeraciones
a punto de cuadrar. Y no se sobreponen
—maquillaje abatido y el carmín ya en desorden—

si oyen en el abismo de las últimas calles
chapoteo de cocinas o rechinar de alambres,
y el llanto de unos niños les recuerda que es tarde.

Mujeres ensopadas por la melancolía.
El neón de los horarios difíciles lastima
su pelo con un óxido de bayoneta antigua.

(de Ciudadanía, 1997)

Últimas horas de un año

No hay hora buena para decir la muerte.

Pero imaginarlo hoy, con el año hecho astillas
bajo esta luz municipal de limones sucios
en una plaza lloviznada y oscura de Madrid,
entre éstos
que ponen a cocer una petardería final
sobre flemones de nieve ya en las últimas
ventanas de diciembre,
no puede ser tan grave,
no puede ser tan fuerte.

Cierra el año sus alas como un ángel cansado
y todo se oscurece,
por más que alguien espante la noche
hacia lo alto con una puntería desesperada
que aleja nombres propios con sílabas de lágrimas.

Y los despiden mucho entre relámpagos,
como si nadie se atreviera a volver a soportar
su peso una vez más bajo la luz de otro año
nuevo.
            ¡Ox, ox!, suben así los nombres,
verticales y huidos como quien pierde suerte
en una tasación.
                         Se van —¡ox, ox!, sí—, pero ellos
volverán subidos en sus tronos, dispuestos a escupir
sus espumas silvestres, dispuestos a extender
sus facturas al oído como una mantequilla encarnizada.

Y aunque sigáis aquí
vosotros
ensuciando la nieve, su tocino asustado,
con ladridos de pólvora,
no han de faltar caminos de retorno
para lo que esta noche parece destinado
a no llegar nunca más
a molestarnos,

pues en toda estampida ya está escrito el regreso,
el gesto de ida y vuelta
de lo que abandonamos
pero viene otro día
a pedir las señales de un antiguo hospedaje.

¿Y no se las darás tú, oh, corazón
complicado de filas y de láminas,
de números bravíos y luces
de almacén,
de vislumbres, de trallazos y del deseo de la extranjería?

Como una insinuación

Cuando escribes te manchas de ti mismo.

Y pones oscuridad y aire atacado
cuando respiras encima
de lo que nombras.

¿Es así?

Vas arrojando aliento de frente
a las palabras.
Una humedad violenta
las aleja como a un vuelo de aves insultadas
hasta la desorientación.

Eres el que ofusca. Eres el que atiende
las heridas con sal
y el que se remoja en las contradicciones.

He venido a por ti
entre lentas comadronas con la lengua rapada.
He venido a por ti
mas no entraré a buscarte.
Te espero en las afueras de los nombres,
allí se han desalado
de sí mismos
y sólo continúa por sus huesos la sombra
de una música.

Esto ya no consuela,
esto ya no consuela y debes aprender
otras maneras
de enjuagarte en los nombres,
como cuando se cruza un mercado
ya desmantelado
y sólo se propaga, por toda actividad,
la inversa inflamación
de desdecir.

(de El que desordena, 2006)

Lo musitado

Eso que deja abiertas las puertas
al sollozo
                 (su voz sin hueso
y su tejido roto y escurrido)

y todavía hace posible
mover entre los dientes
la extraña compasión de los significados.

Eso que empieza a arder
aun antes de encenderlo y pide paso justo
cuando ha encontrado perdición,
y atraviesa pasillos oscuros
lavándose las sílabas en saliva cansada.

Eso, lo dulce escatimado,
lo que llega sólo a morder la luz
de lo intermedio,
lo musitado, sí, de donde sale nada más
el humo hilado de unas pisadas en la nieve.

Hasta ahí, hasta ahí llegaba
la rozadura pequeña del poema.

Un ruido de uñas rotas
y nada más.

Tócame, al menos tócame otra vez

con los nombres sumergidos.

Estación roja

a José Antonio Abella y a M.ª Jesús

Hacia dónde va octubre con sus ventanas rotas, con sus linfas sin orden, con sus caballos revueltos de inmediatez salvaje. Te sigue un lujo frutal de esferas, cielos desconsolados y el bramido de turbios animales que las nubes descuelgan cada tarde.

                                                                                               Octubre, octubre…, sabes dejar que escuezan despacio todas tus horas. Lanzas al aire moscas sin gobierno y entregas adjetivos maniatados por la melancolía. Y siempre habla por ti tu población tranquila: hojas que borran solas nuestros pasos, lluvias que soportan un dictamen y atraviesan todas las cancelas de la tristeza.

Cuando te vayas, olvida entre nosotros algunas brasas sucias que nos guarden de los abatimientos. Y empuja suavemente las lociones del otoño hacia habitaciones finales, allá donde alguien cuida de perchas frías y de paños donde lloran, muy cansados, socios amarillentos.

*

tú, que sabías dejar dormido
un poema en el labio
para no molestar al mundo,
dinos ahora cómo acabar
sin ruido este domingo de noviembre
mientras se mojan todos los nombres
de la tierra,
mientras todas las rosas desafinan

porque un poeta ha callado
y hoy todo sobra en el mundo

menos tú

(pájaro del adiós al poeta José Diego)

6 de noviembre de 2011

*

otra vez
en lo alto de la noche
se me ha parado un nombre

tu nombre

pómulos importantes
flotan como navíos perdidos
por suburbios con riesgos
que la oscuridad trae

ha regresado un nombre

la lluvia escabullida
de sus dos sílabas
me ha lavado los párpados
y por los paños mentales de la noche
caen a plomo
las alas ya sin norma del sueño:
un trapo entre patadas
hasta el alba

nada tiene ahora tamaño ni colores
ni manifestación

solo llegan manotazos perdidos
a expulsar a esta cifra solvente
y sola,

que vuelve a proponer manjares
y luces ante una puerta
equivocada

y los alambres, despiertos de pronto,
del deseo

y el apetito bárbaro y sin nombre

                                               (pájaro de la deshora)

(de Pérdida del ahí, 2016)

Configuración del verano

a José Enrique Martínez

I

ahora  sí, ahora sí,
dentelladas flamantes…

la de la luz de julio sobre el río,
emplumándolo de agujas y de joyas veloces,

la del sudor y sus ondulaciones
húmedas sobre los cuerpos saqueados
por los pactos del calor,

la de los gritos impuros de los niños
en lo alto de la noche,
vivos y tardíos
entre dos patios aún calientes

entra ahora el verano
con su mugido hermoso
y arden sin sueño los seres
y la nobleza corta de las noches

dame a mí del manto de tus días
una orilla sin ánimo,
un puñado de hilo de asustadas sustancias

cosas de poco amparo
donde nunca habrán de llegar a beber
esos otros animales, los que traen hirviendo
entre los dientes
la lenta gelatina de la desolación

II

por el cielo, qué ruido
de astas sucias
la tormenta…

deja enferma la luz
al final de la tarde
un brillo de limones sumergidos

viene a por ti
el verano

¿y tú? ¿darás la espalda
a su cromo lujoso
de jardines candentes y de abejas bravías?

no, esta vez no

quémate en su aventura
de metales nocturnos y de túnicas
rojas, desabrochadas
a favor de los cuerpos

entra
en la onda dormida de la carne
y abrásate despacio allí,
junto a todos,
junto a todo

en la respiración incandescente
de perros, de frutas y medallas
que abrasan
el pecho de las niñas maldormidas

(2017)


Este otro orden: poesía reunida (1979-206)
Tomás Sánchez Santiago
Dilema Editorial, 2020
20,90€

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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