L epístolas a un perro et IV derrotas

La cruda realidad

Sexta entrega de las epístolas a un perro de José Manuel Sariego.

/ L epístolas a un perro et V derrotas / José Manuel Sariego /

Descartemos los artificios de la poesía, rechacemos de plano las exhibiciones de frívola belleza que pretenden disfrazar, tapar engañifas. La realidad que nos toca vivir, Bilbo, se asemeja más a historias ciertas, a vivencias que nos atañen, tales como las que, a continuación, relato.

Una luz crepuscular grisácea, mortecina avanzaba, se escapaba poco a poco hacia otro ocaso millones de veces repetido por la calle de San José: aceras soladas con baldosas y asfalto lindante repintado con rayas azules, blancas, amarillas, a cachos; y coches en hilera. Un hombre, acuclillado en la acera, a dos pasos de la sidrería La Corraína, con la alcancía de plástico de la miseración a los pies, llamó tu atención. Te acercaste a curiosear. El pordiosero rompió su impostada inmovilidad, esgrimió una vara medio oculta tras las posaderas y amenazó:

—¡Lárgate, chucho de los cojones! ¡Fuera, chucho de mierda!

Las imprecaciones quedaron colgando de los estómagos invisibles del aire vespertino tal que mariposas portantes del polen del fracaso. Pegué un fuerte, seco tirón de la correa. Le dimos la espalda:

—Vamos a casina, Bilbo, antes de que nos encime la noche.

La dueña de Lasti, el perrín faldero de geométricas manchas blancas y negras como mapas mudos de pelo rizado con quien tanto te gustaba jugar en la zona recreativa de perros de la Plaza de Europa, me soltó un día de sopetón:

—No me presta volver a casa con el panorama que me espera. Tengo una hermana de setenta años enferma, tirada en una cama articulada de esas que deja gratis la Seguridad Social y una madre de noventa y dos en perpetuo estado de depresión, siempre encamada también.

No supe qué decir e hice como que me andaba en flores.

—Me paso la vida en mi cuarto —prosiguió— con este trasto de Lasti que me abrasa a mordiscos, me tira de los pelos, que no me deja ni hacer ganchillo.

Mantuve la misma postura impasible, la misma actitud evasiva. Al entenderme la flor, Adela, la dueña de Lasti, cambió de tercio:

—El otro perro que tuve, anterior a este Lasti travieso, revoltoso como él solo, insufrible, se llamaba Pluto. Se me murió el 18 de octubre del 14.

(Qué chocante coincidencia: el mismo día, mes y año en que fechó tu natalidad el Ilustre Colegio Oficial de Veterinarios de Asturias).

—Tenía ya quince años, el prubín. Se quedó en los puros huesos por no comer. No hubo más remedio que ponerle la inyección. Lo enterré bajo el castaño de la finca de Mareo junto a sus padres, al lado mismamente de los campos del Sporting. En su tumba coloqué un ramo de orquídeas.  

Yo, a lo mío: fumando, silbando al éter, andándome en flores como quien oye llover. Tú, a lo tuyo: medrando sin parar, pasándotelo en flores como perrillo de todas bodas, como espécimen de vida regalada, sin percatarte de que los sueños de las plantas solitarias tratan de arracimarse en conglomerados melancólicos; sin suponer siquiera que en todos los caminos trillados, en todas las sendas triviales prolifera la flor del viento de color violado, venenosa.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

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