Creación

Eva y Angélica

El ángel visita a Adam Smith y a Eva y les comunica que Yahvé los desahucia del Paraíso, pero la pareja, que se hallaba almorzando tranquilamente, se niega a irse. Un relato de Josemanuel Ferrández Verdú.

/ un relato de Josemanuel Ferrández Verdú /

La primera mujer fue desposeída por un querubín con espada de fuego, arrojada a la soledad de un matrimonio azaroso y dramático. Yavhé envió un querubín bien armado para echarlos del paraíso. Los querubines eran como los generales de cinco estrellas entre las jerarquías angélicas. Siempre he creído que los arcángeles eran el rango superior, y por esta razón fue uno de ellos el encargado de anunciar a la Virgen María que iba a ser madre de Jesucristo crucificado, pero no es así: de hecho, un arcángel, dentro de la jerarquía angélica, ocupa, de los nueve niveles, el segundo más bajo, sólo por encima de los ángeles rasos. Los querubines, en cambio van después de los serafines, que son los encargados de atender directamente a Yavhé. Los querubines organizan las estrellas y la luz.

¿Por qué Yavhé apartó a uno de ellos de sus funciones habituales para encargarle la desagradable tarea de desahuciar a aquéllos a quién él mismo había creado, después del resto de los seres, para coronar su obra, y en cambio envió un simple arcángel a anunciar a la que iba a ser madre de su propio hijo, miembro de número de la Trinidad, un acontecimiento mucho más jubiloso y bello, a no ser que el destino trágico de Jesús aconsejara esta elección? 

La conversación, según Swedenborg, fue la siguiente:

—Buenos días, venía a rogarles que recojan sus cosas y se marchen del paraíso terrenal esta misma tarde.

La pareja, que se hallaba almorzando tranquilamente, sentada en dos asientos rudimentarios, ya que no había sillas aún, se volvió con sorpresa, porque no esperaba visitas, y menos con tan malas noticias.

—¿Se puede saber quién es usted, y de dónde ha salido? —le increpó Adam Smith, pues ese era su verdadero apellido.

—Soy el querubín Amiel, y, como ya les he dicho, tienen doce horas para recoger lo más necesario y abandonar el paraíso.

—Mire usted, señor Amiel: Dios nos dijo que podíamos vivir aquí en perfecta armonía con el medio ambiente, y eso es lo que vamos a hacer.

—Pero les pilló comiendo manzanas —dijo Amiel.

—Bueno, y qué?

—Pues que eso está prohibido.

—Pero solo fue una, y ni la acabamos —dijo Eva.

—Ya, pero lo que en realidad deseabais era ser tan poderosos como él.

—Y si eso fuera cierto, ¿qué tiene de malo querer ser iguales que él? —dijo Smith.

El querubín no parecía tener claro qué responder.

—Yavhé es un tipo duro, no es precisamente un demócrata. No soporta no ser el número uno en todo. A la primera sospecha que tenga de que alguien pueda hacerle sombra en lo más mínimo, no le tiembla el pulso para acabar con él. En realidad se comporta como un auténtico capo, pero qué le vamos a hacer: es imposible hacerle frente, ya que es capaz de fulminarte con solo mirarte de reojo. Sin embargo, a vosotros os hizo un favor gigantesco de fabricaros con un poco de barro y alojaros en este paraíso de su invención.
Es una pena que hayáis sido tan idiotas como para estropearlo todo simplemente para ser igual de poderosos, como si el poder fuera capaz de daros todo lo que necesitáis. ¿Qué pensabais hacer con tanto poder en caso de obtenerlo, sino aburriros como él y cometer las mismas barbaridades y equivocaciones? Además, ¿de verdad pensabais que Yavhé iba a ser tan idiota como para poner a vuestro alcance todo su poder con solo una pieza de fruta? Hay que ser tonto para creer un cuento como ese, aunque te lo cuente la serpiente más leída del mundo.

—¿Y qué cree usted que lo movió a crearnos y alojarnos aquí, si luego todo son engañifas y chanchullos manzaniles? —dijo Smith.

—Supongo que la mera experimentación, la curiosidad por saber de lo que es capaz una criatura hecha a su propia imagen. Al comprobar lo estúpidos que podéis llegar a ser, se dio cuenta de lo imbécil que es él mismo, que ha sido el modelo, y esto que quede entre nosotros.

—¿Y adónde vamos a ir? —dijo Eva.

—Al mundo real. Allí las cosas son más confusas y complicadas, pero no estaréis tan vigilados y podréis ser todo lo malos y sinvergüenzas que os apetezca, al menos de momento, mientras no se organice alguna redada de las que le gusta montar a veces.

Entonces llegó Angélica, que era prima segunda de Eva por parte de una tía del Ampurdán

—Hola, soy la prima Angélica, y al oír todo este alboroto he venido desde mi choza, que no está muy lejos de aquí.

—Y ¿se puede saber qué hacía usted en el paraíso y quién le ha dado permiso para pernoctar entre su bucólica vegetación? —dijo Amiel.

Ella extrajo un papel del seno abundante y lo mostró delante de todo el mundo. Amiel tomó el papel con desconfianza y lo leyó. Dicho papel decía así:

CERTIFICADO DE RESPONSABILIDAD PARADISÍACA Y TERRENAL

La abajo firmante ha pasado con suficiencia las pruebas establecidas por el departamento de leche y miel de la junta local del paraíso para poder acampar a sus anchas y disfrutar de las paradisíacas vistas, flores y frutos así como estrechar lazos de amistad con fieras y alimañas alojadas dentro de los límites de este centro de interés cultural.

El jefe de negociado Miguel, arcángel delegado del Bosque Prohibido.

Luego se lo devolvió a Angélica de mala gana y Angélica dijo dirigiéndose a Eva efusivamente:

—Querida prima, ¿es que ya no te acuerdas de mí?

A lo que Eva, con gran embarazo porque no tenía ni idea de quién pudiera ser aquella recién llegada, le dijo:

—Por supuesto que me acuerdo: tú eres hija de la tía Resurrección, ¿no?

—Parece mentira con las veces que jugamos a tirar piedras a los pavos y a correr a los pollos por entre los algarrobos y subirnos después a los almendros en flor para rezar el ángelus de Millet y el de Dalí —dijo Angélica, y luego miró a Amiel y le dijo, en un tono profesional:—. ¿Qué pasa con ellos, hay algún problema?

—Lo hay y gordo. Han querido ser como Dios. Han comido manzanas prohibidas y todo ello totalmente desnudos.

—Esta es nuestra casa, querida prima, y ahora viene este hombre que huele a miel o no sé qué y pretende desahuciarnos así por las buenas.

—¡Ah! Qué desalmadas pueden llegar a ser estas criaturas del Señor. No os preocupéis, que esto lo voy a arreglar ahora mismo —y extrajo con agilidad una pluma de pavo y un papiro de sus vestidos. Luego escribió algo en alguna lengua romance y cogió un palomo que había por allí, al cual envió con el papiro colgando del cuello, echándolo a volar; y el palomo se fue raudo como una centella hacia su destino.

—Dentro de poco se sabrá en la asociación de la que soy vicepresidenta y que tiene como cometido evitar todo tipo de desahucios. Veremos si este tal señor Miel o como se llame tiene agallas a echaros de aquí sin buscar una alternativa de éxito a vuestra situación.

La espada de fuego se apagó de pronto al quedarse sin combustible. Después de muchos líos y trámites, fueron alojados en una masía del Ampurdán, donde inauguraron con cánticos celestiales y sardanas la nueva vivienda, pero al poco hubo un gran revuelo y la gente comenzó a decir que lo del paraíso había sido un abuso de poder y que todo el mundo tenía derecho a regresar y tomar posesión de aquellos lugares inventados por un dios que había dejado de existir. Se vieron envueltos en manifestaciones y grandes multitudes de gente pacífica que querían juntar todo su pacifismo para obtener con ello ventajosas condiciones para hacerse ricos y poder emigrar al paraíso a dilapidar sus fortunas en medio del bullicio y la algarabía.

La alegría se extendió tanto entre el gentío que muchos se volvieron locos y se fueron dando saltos hasta la cúspide de una montaña, desde donde se arrojaron al vacío para celebrar su fáustica felicidad.

[EN PORTADA: El ángel expulsando a Adán y Eva del paraíso, de Johannes Sadeler, entre 1550 y 1600]

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