05 Giulino di Mezzegra

Franquistas de camuflaje

El diablo está en los detalles, dice un proverbio alemán. Los hombres no son lo que proclaman en grandes letras de molde, sino lo que deslizan en la letra pequeña de sus discursos. Y Marhuenda dijo cosas ciertamente significativas en aquella tertulia en la que la bancada izquierdista y la derechistas casi acaba a palos, como los gañanes del cuadro de Goya.

Ofendíase ostensiblemente hace unos días Francisco Marhuenda, director del diario conservador La Razón, en la tertulia política televisiva La Sexta Noche al entender que los contertulios de izquierdas lo acusaban de franquista por defender que Francisco Franco debe seguir enterrado en el Valle de los Caídos, el mausoleo gigantesco que el dictador construyó con esclavos, como los faraones egipcios, a fin de perpetuar su memoria. Lo cierto es que nadie lo había acusado de ser franquista; no, al menos, abiertamente, y parece haber mucho de excusatio non petita, accusatio manifesta en los aspavientos histéricos con que el periodista proclamaba que ni él ni su familia habían sido nunca franquistas. Hasta pronunció una palabrota impropia de sus modales de catecúmeno: «¡Yo en mi puta vida he sido franquista!».

El diablo está en los detalles, dice un proverbio alemán. Los hombres no son lo que proclaman en grandes letras de molde, sino lo que deslizan en la letra pequeña de sus discursos. Y Marhuenda dijo cosas ciertamente significativas en aquella tertulia en la que la bancada izquierdista y la derechista casi acaban a palos, como los gañanes del cuadro de Goya. España no es Alemania y Franco no era Hitler, dijo Marhuenda. La guerra civil no fue una guerra entre buenos y malos, dijo. La alternativa de aquella guerra que ganó Franco, dijo, era un régimen comunista. Napoleón Bonaparte está enterrado en Los Inválidos y a nadie le escandaliza, dijo también, y tiró finalmente de argumentario oficial pepero para conminar a los españoles a respetar la Historia, a dejar de mirar al pasado y a centrarse en mirar al futuro.

Lo más curioso y significativo de este repertorio argumental es la comparación con Napoleón. Marhuenda podría haber comparado a Franco con Lenin, también él loado todavía, pese a la caída del régimen que levantó, en un mausoleo en Moscú. Habría matado con ello dos pájaros de un tiro en su refriega dialéctica contra los Escolar, Maraña, Sardá y Aroca. Por un lado, habría logrado dejarles como hipócritas que piden enterrar a los sátrapas enemigos pero no a los propios (aunque seguramente los cuatro serían partidarios de enterrar a Lenin); por otro, habría logrado quedar él de lo contrario, de persona respetuosa con la historia, sea de un signo o de otro, y que efectivamente es alguien que mira al futuro y no al pasado. Pero no lo hizo, seguramente porque el mausoleo de Lenin, Marhuenda sí lo quisiera desmantelado y bien desmantelado. Escogió, en cambio, establecer la comparación con Napoleón, algo que, por otra parte, no ha sido el único conservador español en hacer en los últimos años. En 2007, Manuel Fraga, fundador del Partido Popular y persona a la que Marhuenda muy probablemente admire, declaraba a El Faro de Vigo su opinión de que para valorar a Franco en su justa medida tenían que pasar cincuenta años de su muerte, tal como había sucedido con el emperador corso, que al día siguiente de morir «era un estropajo» y, sin embargo, con el tiempo pasó a ser el héroe nacional francés y fue enterrado en Los Inválidos con todos los honores. La comparación con Napoleón, por otra parte, fue moneda corriente en vida del propio Franco, de quien la propaganda del régimen reseñaba con cierta insistencia que había sido el general más joven de Europa desde Bonaparte. Era mentira: generales más jóvenes que Franco, que lo fue a los 34 años, los hubo en el siglo XIX incluso en España y el récord de juventud correspondía a Francisco de Paula Borbón y Castellví, que había accedido al generalato en 1878 con veinticinco años. Pero Franco sabía, como lo sabe Marhuenda, lo ejerce con desparpajo en su periódico, que nunca hay que dejar que la verdad le estropee a uno un buen titular.

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El periodista Francisco Marhuenda (1961) de niño y en la actualidad como director del diario La Razón.

Marhuenda es franquista, claro que lo es. Quizás no un franquista arrecho y bunkeriano, del tipo del recién fallecido José Utrera Molina; probablemente no un franquista que acuda cada 20 de noviembre a alguna de las misas que siguen celebrándose en honor del dictador, ni uno que acostumbre a cantar el Cara al sol haciendo el saludo romano. Y seguramente no un franquista que quiera para la España de 2017 un franquismo restaurado en todo su vigor posbélico. Pero es que para ser franquista no hace falta nada de todo eso, basta con estar agradecido al papel histórico de Franco y con considerar que merece, debido a ese papel, el honor de un gran mausoleo.  Además, ser franquista no impide ser otras cosas. No es una identidad política excluyente. Se puede ser franquista y ser al mismo tiempo canovista o liberal conservador y hasta demócrata, porque democracias hay muchas y nadie es partidario de una dictadura si puede serlo de una democracia en la que las cosas que le preocupan estén a salvo porque así las dejaron los dictadores que tutelaron la transición hacia ella.

Hubo una tercera España —pequeñita, pero la hubo, la de los Madariaga, Baroja, Melquíades Álvarez y compañía— formada por quienes, en aquella guerra civil que sí fue una guerra entre buenos y malos, por más que hubiera algún malo en el bando bueno y algún bueno en el bando malo, rechazaron saltar a una u otra trinchera. Pero Marhuenda no hubiera formado parte de esa España indiferente, ni forma parte ahora. Marhuenda, ¿cabe alguna duda?, hubiera combatido con sincero fervor en las huestes de Franco, tal como lo hicieron tantos otros conservadores que no eran partidarios del advenimiento a España de una dictadura fascista o ultraconservadora, pero llegado el caso sí lo eran.

He aquí la expresión clave: «llegado el caso». A veces llega el caso. A veces la historia se simplifica a sí misma y obliga al ser humano a escoger entre dos trincheras. Y esas trincheras sólo se hacen explícitas en ciertos momentos excepcionales, pero no desaparecen cuando el trance remite, sino que se vuelven sutiles, elípticas, camuflables detrás de argumentarios socorridos pero falaces.

«Todos eran igual de malos», como si pudieran ser igual de malas una teocracia fascistoide y una democracia, siquiera una democracia degradada o de baja calidad (que no era el caso).

«Miremos al pasado y no al futuro», como si el tiempo fuera tan así de monolíticamente compartimentable. Como si el pasado, el presente y el futuro no se desliesen en un único gazpacho temporal. Como si el presente no estuviera perlado de incrustaciones del pasado y, si no lo remediamos, tampoco lo estuviera el futuro.

«La alternativa era el comunismo», como si al comunismo español y sus posibilidades de triunfo no los hubiera catapultado exclusivamente la guerra que Franco inició contra una república parlamentaria en cuyas Cortes el PCE tenía 17 escaños de 473 y el bolchevismo que pudiera profesar una parte del PSOE era más retórico que real.

«Franco no era Hitler», como si, puestos a comparar figuras históricas de diferentes países y hasta a equiparar a Franco con Napoleón, no pudiera establecerse una comparación más estrecha de Franco con Hitler: ambos fueron los sepultureros de una democracia progresista pero débil de la que el gran capital y parte de las clases medias temieron que fuera derribada por una insurrección comunista. Y hay diferencias, claro, pero, ¿acaso no las hay con Bonaparte? ¿Acaso Marhuenda respeta la riqueza de matices de la realidad cuando llama comunistas a sus rivales, como hizo también en aquella tertulia?

Otro de los tertulianos de La Sexta Noche, el inefable Eduardo Inda —que en este debate sobre qué hacer con los restos de Franco no dice ni que sí, ni que no, ni todo lo contrario, por lo que he aquí otra forma de franquismo elíptico—, decía a su vez que en España apenas había neofranquistas: todo lo más unos 5000. Seguramente tenga razón. Pero el mapa del franquismo del siglo XXI no estaría completo si no se contabilizase también a aquellos franquistas a los que no hace falta prefijar, porque no son nuevos en absoluto. Esos veterofranquistas que nunca dejaron de serlo ni sienten la necesidad de reinventar el franquismo a fin de reverdecer sus laureles, porque saben que el franquismo, en esencia, sigue muy vivo en esta España en la que Franco lo dejó todo atado y bien atado.

Yo, el Valle de los Caídos, lo dinamitaría. Con Franco dentro.


 

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