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Teoría de la conspiración: la religión del ateo

Un artículo de Miguel Antón Moreno.

/ por Miguel Antón Moreno /

«Cuando se deja de creer en Dios se empieza a no creer en nada, y entonces se cree en cualquier cosa». Esta célebre sentencia, atribuida erróneamente a Chesterton, la escribió en realidad Émile Cammaerts en un ensayo sobre el inglés gordinflón, y resulta ser la síntesis más perfecta de por qué hoy tienen tanta acogida toda clase de conspiraciones. A raíz de las medidas que han ido adoptando los distintos gobiernos europeos para intentar frenar los contagios, oleadas de manifestantes han salido a las calles para protestar en contra del uso de mascarilla y otras restricciones relacionadas con la contención de la pandemia. La de la plaza de Colón o el intento de asalto al Reichstag son algunos ejemplos. (No entrarían en esta categoría manifestaciones tan razonables como las de los barrios obreros de Madrid donde se denunciaban las últimas medidas de Díaz Ayuso, que tanto recuerdan al segregacionismo más abyecto del siglo pasado). Buena parte de aquellos que rechazan el uso de mascarilla o el distanciamiento social asumen una postura negacionista con respecto al virus, llegando a defender que, o bien no existe, o bien es el detonante de una urdimbre demoníaca que vincula, no se sabe muy bien cómo, el 5G, los microchips y las vacunas.

Algunos de esos homúnculos circulan después sin mascarilla por restaurantes y centros comerciales, imponiendo al resto su dudosa e indemostrable versión de los hechos, pavoneándose, como haciendo alarde de su gallardía y su tontuna. Si tienes la mala pata de conocer a uno y encontrártelo, te vendrá a saludar para intentar contagiarte, no ya del virus, sino de su estupidez supina. Esto es un problema serio, porque en muchos casos la estulticia resulta ser incurable. Y es que a veces es más sencillo combatir una enfermedad que una ideología: es más fácil, por ejemplo, la lucha de un pediatra contra el resfriado de un paciente que la que tuvieron que llevar a cabo los aliados contra el fascismo en la segunda guerra mundial.

Todos hemos visto cómo algunos de estos delirios han sido amparados y promulgados por figuras mediáticas, como la del polimórfico cantante-activista-actor-alquimista-científico loco Miguel Bosé, que animó a la gente a acudir a una manifestación anti-mascarilla a la que después él no asistió, haciendo de todo este asunto una especie de tragicomedia estrafalaria. Otra de las celebridades mesiánicas que ocupa un puesto en el pódium de la imbecilidad profesional es el tenista Novak Djoković. Desafiando las medidas de seguridad, el serbio organizó un torneo de exhibición en el que participaron algunas de las estrellas del circuito, con público en las gradas y, por supuesto, sin mascarillas ni distanciamiento social. Obviamente el encuentro no podía terminar sin una fiesta privada de la que se publicaron algunas imágenes un tanto lamentables, con baile del trenecito incluido. El resultado del torneo fue el contagio de los participantes, como no podía ser de otra manera.

Siempre encontramos detrás de actitudes como esta algún tipo de justificación racional, en mayor o menor medida. Mejor tener en cuenta que hasta las argumentaciones más simplonas y torcidas, mal llamadas irracionales, tienen un componente de racionalidad insoslayable. En realidad, todo argumento o falacia exige el uso de la razón, por mucho que ese uso sea incorrecto o ilegítimo. Ni siquiera la pseudociencia, de la que tanto se nutre la conspiración, escapa de un diseño argumental que entraña indefectiblemente el uso del intelecto, es decir, de una construcción racional. ¿Tenemos que reconocer entonces que tanto Miguel Bosé como Novak Djoković están siendo racionales al emprender semejantes gestas? Irónicamente, así es. Racionales como lo pueda ser Sandro Rey practicando la adivinación o Jorge Javier Vázquez opinando sobre política, porque aunque sus consideraciones y sus argumentos puedan ser absolutamente burdos, estarán a menudo amparados por una justificación y un carácter explicativo difícil de refutar.

Al filósofo de la ciencia Karl Popper le preocupaban especialmente algunas teorías que, debido a su propia naturaleza, parecían no poder demostrarse como falsas y aparentaban tener un enorme poder explicativo. Bajo el prisma de esas teorías, cualquier hecho no hace más que verificarlas, y por eso acceder a ellas tiene el efecto de una conversión o una revelación religiosa. El psicoanálisis y el marxismo son los ejemplos que pone para dar cuenta de este fenómeno, en el que la teoría no puede ser falsada. Tomemos por caso el vaticinio marxista según el cual el capitalismo está condenado a la autodestrucción. Si uno intenta falsar esa tesis aduciendo que Marx se equivocaba, porque en realidad el capitalismo se ha hecho más fuerte e incluso se ha alimentado de los movimientos subversivos nacidos en su seno, el marxista ortodoxo le responderá, sencillamente, que Marx no dijo cuándo sucedería tal cosa, y que por lo tanto eso no demuestra la invalidez de la tesis. Claro que el capitalismo se terminará en algún momento, porque también en algún punto terminará la historia con la destrucción del planeta Tierra, cuando el Sol deje de darnos luz. Pero esas razones no parecen concordar con el pronóstico marxista, que había postulado el fin del capitalismo como resultado de una lucha de clases y una revolución proletaria. Aun así, se habrá refutado la tesis, porque siempre se podrá encontrar una respuesta desde dentro de las coordenadas de la teoría para solventar las objeciones y evitar la falsación. Lo mismo ocurriría con el psicoanálisis cuando, por ejemplo, se intentara negar la existencia del subconsciente. El psicoanalista podría responder que, en realidad, el deseo de falsar el psicoanálisis tendría su origen en la represión de una pulsión erótica de carácter edípico porque, pongamos por caso, la madre de uno habría acudido a terapia psicológica de joven.

Lo mismo ocurre con las teorías de la conspiración. Cuando intentamos demostrar la falsedad de una teoría conspirativa sólo estamos confirmándola. Si le decimos a un negacionista del COVID-19 que hay datos contrastados que nos indican que hay ya más de un millón de muertos, nos responderá que no tenemos forma de verificar esos datos; si le informamos de que hemos perdido a un familiar por coronavirus, nos dirá que en realidad ha muerto de otra enfermedad; y si le preguntamos por la saturación del sistema sanitario, responderá que se debe a una mala gestión deliberada que forma parte de un complot que responde a su vez ante una agenda mundial de control de población e ingeniería social, pergeñada por el poder demoníaco que habita en las sombras. Por supuesto, cualquier argumento en contra reforzará su teoría, porque de ese modo estaremos cayendo en la trampa de las élites que diseñan ese plan maléfico a escala global.

Dice un personaje de Dostoyevski en Los demoniosque, a pesar de que las soluciones aportadas por la ciencia son forzadas, la pseudociencia es «el más terrible castigo de la humanidad, peor que una epidemia, que el hambre o la guerra». A lo que añade en tono mordaz: «Yo mismo no paso de ser una pseudociencia y, por esa misma razón, la odio con más ahínco». A diferencia de la ficción, que según Aristóteles tiene más valor que la historia porque no habla de lo que ha pasado sino de lo que podría pasar, las teorías de la conspiración exigen un alto grado de fe que permita una revelación de carácter religioso en la persona que las asume. Esa fe y esa revelación conducen en muchos casos al fanatismo, porque no se defienden las teorías como hipótesis, sino como verdades indubitables que además parten del axioma de que todo es mentira (¿se habrán dado cuenta los conspiranoicos de que ese lema es una aporía?). Como toda ley, también esta parece tener sus excepciones, porque, aunque se entienda por esa consigna que de todo hay que dudar, en ningún caso la conspiración asume que puedan no ser ciertas las teorías que defiende.

Otra de las leyes fundamentales de la teoría de la conspiración consiste en afirmar que todo está conectado, es decir, que todo acontecimiento responde ante una voluntad ordenadora frente al caos, y que por tanto el factor del azar no tiene cabida alguna en todo aquello que sucede en el mundo. Aquí hay que echar mano de la recuperación que hace Gustavo Bueno de la idea platónica de Symploké, según la cual, ni nada puede estar conectado con nada (algo que es del todo obvio), ni todo puede estar en conexión con todo. Esto último no parece estar tan claro. Si todos los hechos del mundo se encontraran en una situación de dependencia unos de otros (como en una red de esas que el poder supuestamente teje desde la sombra), entonces no podría concebirse una ley causal que permitiera el desarrollo de los acontecimientos, porque la situación de absoluta dependencia de todas las cosas en dicho escenario impediría su normal desarrollo en el espacio y el tiempo, sepultando la existencia en un total inmovilismo. Por ello es necesario admitir que algunas cosas están conectadas y otras no, es decir, que algunas de las cosas que ocurren tienen explicaciones lógicas que pueden señalarse como intencionales, incluso por parte de un agente racional, y que otras sencillamente obedecen a la fuerza del azar.

Las teorías conspirativas, en su intento por dar explicación a algunos de los acontecimientos más terribles que suceden en el mundo, como pasa con la actual pandemia, están en el fondo tratando de dar respuesta al problema del mal. En la mayoría de casos, la conspiración se interesa por asuntos relacionados con conflictos bélicos, atentados, asesinatos, abusos sexuales o enfermedades, y que tienen que ver por lo tanto con el mal y el dolor. La muerte y la finitud de la existencia, la conciencia de la propia limitación y la consecuente inutilidad de todo esfuerzo, es lo que tradicionalmente se ha identificado como el principio de todo pensamiento metafísico; de cualquier idea que trate de ir más allá de la experiencia. ¿Pero qué ocurre cuando necesitamos dar explicación del sufrimiento y la muerte si ya hemos abandonado la posibilidad de que exista un dios y un cielo? Una sociedad en la que se ha abandonado la religiosidad y la idea de dios, no se resigna a asumir el vacío al que conduce la negación de entidades trascendentes. Ante la emergencia de la nada, se diluirá el antiguo sentimiento religioso entre nuevos elementos cobradores de sentido: la publicidad, la medicina, el cientificismo, los expertos, la cultura y, por supuesto, la conspiración. La miseria de la vida nos exige una explicación, y mejor si podemos evadir la culpa y señalar a alguien con el dedo. Frente a la actual pandemia de COVID-19, puede llegar a ser más fácil defender cualquier tipo de explicación paranormal antes que quedarse con la incertidumbre. Y para mostrarnos seguros sobre nuestra teoría, en caso de ser negacionistas, necesitaremos organizar manifestaciones antimascarilla y llenar de babas al de al lado si es preciso, u organizar torneos de tenis y fiestas multitudinarias con el juego del limbo, todo para intentar hacer ver que nuestra teoría de la conspiración es infalible. Porque si mueren solo unos pocos ancianos o incluso unas cuantas decenas de miles, habrá sido por cualquier otro motivo, y si no, pues eran solo ancianos, como tanto se repetía al principio de la pandemia. Desde luego que ante este escenario asusta la posibilidad de convertirse en alguien que no cree en absolutamente nada, precisamente por las consecuencias que tiene acabar creyendo en cualquier cosa.


Miguel Antón Moreno (Madrid, 1995) es estudiante del doble grado en filosofía e historia, ciencias de la música y tecnología musical en la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y músico.

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