/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
No creo, como curiosamente suelen afirmar ciertos biógrafos, que haya escritores sin biografía. Sobre todo si atendemos a la paradoja de que sean precisamente esos supuestos escritores «sin biografía» quienes cuentan con un mayor número de monografías dedicadas a reconstruir su vida; o, dicho de otro modo, quienes despiertan un mayor interés entre historiadores, biógrafos y lectores afanados en descubrir algunas claves hermenéuticas de su obra en el discurrir cotidiano de sus días ocultos y de sus noches insomnes.
La idea del escritor sin biografía procede, en buena medida, de una concepción romántica del autor entregado por entero a su obra —de donde deriva el persistente mito de la torre de marfil— y de la creencia, igualmente mistificadora, de que la literatura, en lugar de intensificar y profundizar la experiencia de la vida, acaba aislando al escritor del escenario donde esta se dirime. No existe escritor sin biografía, como tampoco puede existir ser humano —ya sé que incurro en una tautología— que carezca de ella.
La biografía de un escritor, por mucho que haya sido desdeñada como herramienta crítica por las escuelas formalistas y sus diferentes formulaciones teóricas, sobre todo estructuralistas, sigue proporcionando claves de indudable valor. Los datos y avatares biográficos funcionan como un subtexto esclarecedor que ilumina los recodos más sombríos —y, por ello mismo, más enigmáticos— de una determinada escritura.
Es por ello por lo que no deja de atraernos la vida «acorchada» de Marcel Proust, mucho más que la de su etapa de diletante mundano. Una existencia reducida a una habitación revestida de corcho, a una cama y a las abnegadas atenciones de Céleste Albaret; o el deambular espirituoso de Fernando Pessoa por el dédalo lisboeta. Cito a ambos porque constituyen dos ejemplos paradigmáticos de esos escritores que algunos críticos y biógrafos se empeñan en considerar autores sin biografía.
Leopoldo Alas, Clarín, aunque anterior a ellos, también ha sido incorporado a esa nómina de supuestos escritores sin biografía. Juan Antonio Cabezas llegó a definirlo así, mientras que José María Martínez Cachero afirmó que había llevado una «vida mate». Ambos juicios, repetidos con frecuencia, han terminado por convertirse en un tópico más que en una descripción ajustada de la realidad.
En Clarín, sin embargo, todo adquiere otra dimensión. Conviene recordar, una vez más, que el autor de La Regenta tardó más de ochenta años en incorporarse plenamente al canon del realismo-naturalismo español. También su recuperación biográfica fue lenta y discontinua. El interés por reconstruir su trayectoria comenzó a cobrar verdadero impulso, condicionado un tanto abruptamente por los acontecimientos posteriores a 1936, con Clarín, el provinciano universal, de Juan Antonio Cabezas. A este primer intento siguió, en 1952, el voluntarioso Ensayo bio-bibliográfico de Marino Gómez Santos. Pero la gran biografía del escritor, la que puede considerarse canónica, no llegaría hasta 2006, cuando el hispanista francés Yvan Lissorgues publicó Leopoldo Alas, Clarín, en sus palabras (1852-1901). Entre ambos hitos no faltaron las valiosas aportaciones de especialistas como José María Martínez Cachero o Gonzalo Sobejano, que contribuyeron al conocimiento de la figura y de la obra clariniana.
Rafael Jiménez Asensio viene a sumarse a esa selecta nómina de autores que han indagado en los «interiores ahumados» de Leopoldo Alas. No pretende, sin embargo, colmar un supuesto vacío biográfico, sino proponer una nueva lectura de su trayectoria vital a partir, sobre todo, de sus artículos periodísticos, de sus Paliques y de sus diatribas literarias, donde el escritor, el intelectual y el ciudadano republicano terminan por confluir. En esa perspectiva, claramente deudora de su admirado Jean-François Botrel, reside una de las principales aportaciones del libro: hacer del pensamiento político de Leopoldo Alas el eje vertebrador de una nueva interpretación biográfica.
Conviene recordar que el hacedor de Guimarán ha sido portador de una persistente leyenda negra, especialmente en Oviedo, y de una serie de tópicos que han terminado por cosificar su figura intelectual, literaria y personal. Todavía hoy perviven muchas de esas valoraciones prejuiciosas. Quizá por ello, algunos autores que han pretendido convertir al propio Alas en personaje novelesco no han hecho sino reproducir caricaturescamente esos mismos tópicos, con resultados tan poco convincentes como los de La otra vida de Anita Ozores, de Ramón Tamames, o La visita, de Fernando Quiñones.
Rafael Jiménez Asensio logra alejarse de los lugares comunes para profundizar en el contexto histórico desde el que Clarín analiza la realidad política española. Lo hace mediante un interesante y casi detectivesco proceso de investigación que permite seguir la evolución del inveterado republicanismo de Leopoldo Alas, quien, sin renunciar a sus principios —según infiere el propio Jiménez Asensio—, fue adoptando con el paso del tiempo posiciones cada vez más pragmáticas, sobre todo tras la pérdida de las últimas colonias de ultramar. Ese mismo itinerario intelectual explica también su creciente escepticismo hacia los regeneracionistas, representados por Joaquín Costa, a quienes Alas, no sin ironía y acierto, motejó de «hidráulicos».
Pero en esta biografía, obra de un profundo conocedor de Juan Valera y Benito Pérez Galdós, no podían faltar las páginas dedicadas a las relaciones literarias de Clarín con ambos autores. Especialmente revelador resulta el triángulo que Rafael Jiménez Asensio establece entre Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas, Clarín. En esta pormenorizada reconstrucción queda meridianamente expuesto el juego de intereses en el que se vio inmerso el escritor ovetense, ya que muchos de sus contemporáneos solo buscaban en él al crítico prestigioso, al vocero y divulgador de sus propios méritos literarios.
Cuando Emilia Pardo Bazán comprendió que Clarín dejaba de servir a sus intereses —al negarse este a reseñar Morriña e Insolación en La España Moderna— contribuyó con su silencio a relegarlo, valiéndose para ello de la influencia que ejercía sobre el director de la revista, José Lázaro Galdiano, con quien mantuvo una conocida relación sentimental. En el enfrentamiento entre Emilia Pardo Bazán y Leopoldo Alas —e invierto deliberadamente el sujeto principal de la controversia— se encuentra uno de los principales orígenes de la injustificada fama de misógino que todavía acompaña a Clarín, cuando en realidad no dejó de tratarse de una enconada rivalidad literaria. Como corrobora tanto la displicencia con la que la autora de Los pazos de Ulloa recibió La Regenta —«En resumen, que V. se ha doctorado de novelista sin graduarse antes de bachiller y licenciado»— como las palabras que le dedicó tras su muerte: «¿Quién nos desgarrará como aquel perro? Mire usted que yo pasé cuatro o seis años de mi vida sin que un solo instante dejasen de resonar en mis oídos los ladridos furiosos del can». Ambas citas ponen de manifiesto la inquina que la escritora gallega profesó a Clarín, a quien nunca favoreció, pese a los numerosos apoyos que el escritor ovetense le había dispensado antes de su desencuentro definitivo en La España Moderna.
Esa relación profundamente asimétrica la refleja mejor que nadie el escurridizo autor de Fortunata y Jacinta, novela en cuya escritura Galdós se empleó con singular denuedo tras la lectura de La Regenta. Galdós fue, entre todos sus contemporáneos, quien mejor comprendió la extraordinaria dimensión de la novela de Clarín. Una grandeza que, sin embargo, silenció durante años, hasta que consideró que el autor ovetense ya no podía hacerle sombra en su posición preeminente en el ámbito literario. Fue el tiempo, más que sus contemporáneos, el que terminó por restituir a La Regenta el lugar que le correspondía. La relación de Leopoldo Alas con Benito Pérez Galdós resulta, en este sentido, especialmente conmovedora por el fervor y la generosidad con que el hacedor de Guimarán trató en todo momento a su avieso correligionario.
En fin, son muchos los aspectos que ilumina esta solvente monografía de Rafael Jiménez Asensio, quien entra por mérito propio en el reducido elenco de los grandes clarinistas, como implícitamente señala Leopoldo Tolivar Alas en su esclarecedor prólogo: «Si Yvan Lissorgues nos mostró lúcidamente a Alas a través de sus palabras, Jiménez Asensio lo ha hecho desde su atmósfera, grata e ingrata, y con un rigor investigador y una prosa dignos del mayor elogio».
Sí, Leopoldo Alas no es un escritor sin biografía, sino un escritor cuya biografía ha permanecido demasiado tiempo sepultada bajo una espesa capa de lugares comunes que Rafael Jiménez Asensio contribuye a disipar en Clarín, republicano de las letras.

Rafael Jiménez Asensio
Orígenes, 2026
284 páginas
20 €

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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Este texto me ha gustado mucho por la profundidad con la que reivindica la figura de Clarín y la importancia de conocer la vida de los escritores para comprender mejor su obra. He admirado el rigor, la claridad y la pasión con la que está escrito. Además, despierta el interés por acercarse tanto a Clarín como al excelente trabajo de investigación realizado por Rafael Jiménez Asensio.