Creación

Hilo de pecios y haikus enjaulados (y 7)

Concatenación de escritos fragmentarios de José Manuel Sariego; fugaces aprehensiones del flujo de conciencia del autor en un tiempo abracadabrante.

/ por José Manuel Sariego /

Testamento de la zorra trunco (y 3)

La sorpresa del relator fue morrocotuda. La tercera cala en los papeles de Ernesto le deparó un final abrupto e inesperado. A freír espárragos toda intención testamentaria; al carajo las cuitas de los descendientes, las trampas de la zorra y demás gaitas apenas esbozadas. En ese tercer fisgoneo en el manuscrito inconcluso comprobó con sus propios ojos que Ernesto había decido abortar la redacción del testamento así por las buenas, sin mayores explicaciones. Como los lectores suelen incurrir en distracciones y olvidos, convendrá, antes que nada, refrescar las memorias con lo relatado hasta ahora, que bien poca chicha enseña.

Ernesto descubrió en el Diccionario de la lengua española que la desusada expresión del título Testamento de la zorra aludía al «testamento en que se dejan en herencia bienes que no se poseen». Ese sintagma nominal le venía que ni al pelo para abordar el propósito largamente ideado de emborronar unas cuartillas que sus hijos podrían leer una vez convertido en fiambre. Necesitaba plasmar su testimonio vital, no tanto por satisfacer la curiosidad —nada perceptible— de los dos herederos, como por justificar su particular existencia. Una existencia, la suya, resumida en intangibles nada exclusivos u originales, sino pertenecientes al procomún. Una heredad, la suya, de nulo valor (ni cuentas bancarias saneadas ni patrimonios inmobiliarios ni títulos de nobleza ni derroches aventureros). Ernesto Rodríguez Sarmiento era consciente de que dejaba a sus dos hijos la herencia del perro sin pedigrí. Ha de acotarse […] que Ernesto, el testador, había cumplido los sesenta y seis las vísperas del confinamiento pandémico del año 2020, justo el tiempo en que inició la escritura del documento. Los pipiolos destinatarios, ya talluditos ellos, rondaban la treintena: una, por arriba; el otro, por debajo.  Se tranquilizaba remirando la fecha de caducidad de su carné: 11/10/2027. Recordaba a menudo en conversaciones con los amiguetes la frase que le soltó el funcionario de la comisaría de policía —tres años ha— al entregarle la tarjeta de plástico renovada: «No vuelva usted hasta dentro de diez años». A lo que Ernesto replicó con reflejos inusuales en él: «Y usted que lo vea». Quiere decirse que aquel dato del carné de identidad operaba, en su inconsciencia, como salvoconducto, como pasaporte de una vida dilatada un trecho más. O a ese inseguro mástil se agarraba. Quiere decirse que no sentía apremio que lo apurara, que lo impulsara a redactar ese documento testamentario que se traía entre manos. Ya se anticipó […] que cuando decidió iniciar su particular testamento de la zorra ni siquiera la peste del momento —la dichosa covid-19— era una amenaza. Apenas un hilillo de mierda, una gripe de nada, una broma macabra. Verdad es que la cosa se fue torciendo al paso de los días entre la incredulidad, la incertidumbre y el miedo. Con todo, […] ninguna razón aparente lo azuzaba, ninguna obligación impelía a Ernesto a sincerarse por escrito ante sus hijos, a desnudarse impúdica y gratuitamente, a despellejarse a sí mismo a destiempo. […] Quizá se tratase de otro empeño inútil, el enésimo intento vano de parar las aguas del olvido.

Si las razones para emprender la escritura de ese peculiar testamento eran bien flacas, menos argumentos, en opinión de este relator, sustentaban la decisión de interrumpirlo de manera tan radical. O eso se podía concluir al cabo de echar la tercera cata a las cuartillas fisgadas. Apenas el maullido lastimero de un gato, el gañido feble de un perro, el quejido de un anciano debilucho. A eso se reducía su arsenal dialéctico, tan vigoroso en otros naufragios:

Que si las mascarillas confunden.

Que si los geles hidroalcohólicos escargatan la piel.

Que si las distancias angustian.

Que si el miedo imperante es líquido y campa entre las tinieblas.

Que si un infantilismo de patio de escuela se ha apoderado de la acción política.

Que si mejor acordar unos presupuestos que garanticen el sustento de la gente que derribar a martillazos placas y estatuas.

Que si qué carajo más da que un rey ponga pies en polvorosa para escándalo de monárquicos y regocijo de republicanos (o al revés).

Que si este puto coronavirus inacabable parece empeñarse en lograr que de hambre mueran los más, de tristeza otros tantos y de ricachona soberbia los menos (los de siempre, como siempre).

Que si, sesenta y seis años después, ni cuatro certezas, ni dos agarraderas, ni un clavo ardiendo puede legar a su descendencia.

Y así, poco más o menos de esta guisa desaguisada, inmerso en un barullo mental de difícil control, asediado por infinitas combinaciones de bits, le dio carpetazo al fallido Testamento de la zorra. En definitiva, a Ernesto le gustaba escribir más que hablar. Y leer más que mirar. Y escuchar más que oír. Y mucho más las nueces que el ruido. Casi que no era de este mundo, a la vista de tales cualidades. A Ernesto Rodríguez Sarmiento, dicha sea la verdad, el aifon le pegaba como a un santo dos pistolas. 

Versos en una valla

Acércate a mí,
coño de caramelo,
acércate a mí.

Dos silencios

Cuando un silencio
pandémico aturde tu
propio silencio.

Viejo y sentimental

Le dio por ver Un
rayo de luz y lloró a
moco tendido.


José Manuel Sariego Martínez (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), más conocido por su dedicación a las tareas políticas como concejal, diputado regional y dirigente del partido socialista gijonés, ha publicado dos libros en los que se entremezclan reflexiones y comentarios derivados de aquella actividad junto a textos más intimistas: La ciudad y la memoria que se me escurren entre los pliegues de la rutina (La Productora, 2004) y Desusado estuche de mi memoria (Trea, 2013). En 2015 publicó en Trea su primera, decidida, neta incursión en los inabarcables territorios de la república literaria: Los reinos tristes de Acilina.

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