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Ser o no ser, ésa es la cuestión nacional

Iván Álvarez escribe contra la politización de las pulsiones identitarias y el humo peligroso de las idiosincrasias pretendidas y en defensa de la ciudadanía legislada; del patriotismo de Estado frente al patriotismo de la nación.

/ por Iván Álvarez /

No me siento español. Ahora mismo siento hambre, porque escribo esto a mediodía y no he desayunado. Cuando coma sentiré placer y satisfacción. Cuando marca un gol el Oviedo siento euforia, y cuando alcanzo un logro personal siento orgullo. Siento tristeza cuando electrocutan a John Coffey en La Milla Verde —el tiempo me exime de haber destripado el final—, y siento rabia cuando en una película de terror el grupo se separa; maldita ficción en la que los personajes parecen no haber visto cine de terror y desconocen lo más básico de supervivencia. Dicho lo cual, insisto, no me siento español. No entiendo qué significa sentirse español, o asturiano. Asumo que lo soy, lo pone mi DNI, igual que soy asturiano porque he nacido en Oviedo y Oviedo está en Asturias. No se me ocurriría decir que no soy asturiano porque no me identifico y no tengo mucho que ver con esa villa terriblemente mal urbanizada y cuya principal playa está llena de aguas fecales a la que algunos llaman Gijón.

Lo cierto es que en las sociedades modernas el único criterio objetivo hoy día para definir la nacionalidad viene dado por la legislación, es decir, aunque suene a tópico derechista, lo que ponga el DNI. Si extendiéramos una relación de criterios para delimitar la nacionalidad podríamos concluir fácilmente que todo lo que se salga de la ciudadanía es profundamente ambiguo y subjetivo. Pongamos de ejemplo el dicho de eres de donde paces, no de donde naces. Sin duda tiene una alta carga inclusiva y progresista, pero el primer problema obvio salta a la vista: a qué territorio nos referimos con el dónde. En una de mis numerosas a la vez que profundamente improductivas discusiones con abertzales me topé con la mítica frase pretendidamente progresista, sin duda sintetizada ad hoc para desmarcarse del antimaketismo tradicional del nacionalismo vasco, que dice: «vasco es el que vive y trabaja en Euskal Herria». ¿Por qué con el País de los Vascos es válida esta sentencia, pero con España no? Según su propio criterio, español sería el que vive y trabaja en España. Eso incluye a tu cuadrilla de amigos de Zumaya, sin duda. La respuesta que recibiremos es obvia: negamos la mayor y partimos de la premisa de que Zumaya no es España, aunque sería una petición de principio flagrante. Y entonces se nos plantearía otra duda, que supone meter el dedo en la llaga de más de uno, ¿son los picoletos afincados en Intxaurrondo vascos? La única respuesta que he recibido es una negación categórica, pues son fuerzas de ocupación —no sabemos en qué año se produjo tal ocupación, por cierto— y su trabajo no es decente. Si el trabajo de policía no es decente, y si no ser decente te niega la nacionalidad vasca, técnicamente estaríamos quitándole la condición de vasco a los ertzainas también. Y a los guardias forales. Por cierto, los fueros, qué cosa esta, mogollón de gente en Euskal Herriadiciendo que la monarquía es anacrónica mientras nos venden su milonga de los fueros y los derechos históricos como pueblo. Pueblo al que no sabrían definir sin meterse en un berenjenal de proporciones bíblicas, claro. Paradojas, como que te llamen falangista o fascista los que sueñan con una unión de destino en lo universal a ambos lados del Bidasoa.

Otro criterio, relacionado con la decencia, concretamente con la conducta personal del individuo nacional, es su respeto por la cultura y la lengua autóctonas. No vamos a entrar en la relación mecánica que mucha gente establece entre los conceptos de cultura y lengua propia y sus supuestos territorios donde prácticamente hay una cultura y una lengua para cada territorio, daría para toda una serie de libros sobre geografía, antropología, sociología, historia y lingüística, pero vamos, que allá cada uno con sus imposturas y sus gilipolleces. Volvamos al asunto del respeto. Las redes sociales nos han acercado a propios y extraños a niveles nunca vistos, podemos charlar con una persona del otro lado del planeta y si ponemos Skype podemos incluso ver como se confía por estar en su propia casa, olvida que está frente a una cámara, y se saca un moco. Terrible. También las redes sociales nos brindan la posibilidad de descubrir a mucha gente que cree que un vecino no es de su misma comunidad, aunque sea nacido en el mismo pueblo, solo porque no alcanza ciertos estándares de nacionalidad. Ese estándar nacional estará sujeto a cuánto usa una lengua determinada esa persona, a cuántas fiestas tradicionales acude, su conocimiento de la historia del territorio de referencia o a qué movimiento político se adscribe. A veces estos vecinos poco coherentes con su presunta nacionalidad son insultados, son llamados colonos, invasores, bestias con forma humana, se dice que tienen baches en el ADN y cosas por el estilo. Por suerte, nunca nadie que haya dicho estas burradas ha llegado a un puesto de alta responsabilidad pública.

El respeto a nuestras costumbres es un concepto bastante ambiguo, además: ¿cómo se mediría ese respeto? Tenemos a españoles muy españoles hablando de nuestras costumbres como arma arrojadiza contra los inmigrantes, pero lo cierto es que sus costumbres de ir a los toros, ahogarse en gomina y explotar a sus empleados no nos dejan en muy buen lugar a los españoles. Esto ha sido caricaturesco, lo sé, pero saben a qué me refiero: hay gente que no debería tirar ninguna piedra nunca. Y subo la apuesta: ¿Cuáles son nuestras costumbres? ¿Ir a misa? Pues según quién, yo no. Yo tengo por costumbre mear sentado, por ejemplo. Y me lavo las manos antes de mear, no solo después, como Torrente. Lávense las manos antes de tocarse zonas con mucosas. Pero lo más importante de todo, sospechen de la gente que habla de formas de ser, costumbres e idiosincrasias particulares atribuibles por igual a todos los habitantes de un territorio de miles de kilómetros cuadrados, llámese Cataluña, España o Europa.

En resumidas cuentas, parece que solo lo que pone un papel determina la nacionalidad. Lo cual no quita que puedas querer perder esa nacionalidad, o que tú te identifiques de otra manera, o que incluso tengas una identidad plural —cosa sanísima, por otra parte—. Como decía, yo no me siento español, no tengo un pulsión españolista en el pecho, pero asumo que es una sociedad y que es un Estado en el que me ha tocado vivir y sufrir. ¿No quieres serlo? Vale, negociemos, pero ser español, lo que se dice ser, eres.


Iván Álvarez es historiador, licenciado por la Universidad de Oviedo.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

2 comments on “Ser o no ser, ésa es la cuestión nacional

  1. libreoyente

    Totalmente de acuerdo.
    https://youtu.be/myVi6pVYYb8

  2. Pau Comes

    Iván, con estas ideas para formar parte de la selección española de futbol por mas que fueras tan bueno como Messi o Cristiano. No basta con ser español y ser uno de los mejores. La selección nacional es algo más. Esto es lo que le dijo el presidente de la federación a Piqué cuando este le manifestó que nunca había tenido ningún problema para jugar con los mejores de España. La selección española, la roja, es algo más. Este plus es un sentimiento, en este caso del españolismo, del nacionalismo español, sentimiento que tu dices no compartir y yo tampoco a pesar de que nuestro DNI dice los que dice. Todo ello no quita que aprecie las cualidades y bellezas de personas y paisajes de los pueblos de España empezando por los que me unen lazos familiares. Lástima que tengamos un estado al que tenemos que sufrir mas que compartir.

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