/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Sucede que me canso de ser hombre
Pablo Neruda
Hacía ya dos años que ella me había dejado, llevándose a nuestros tres hijos. Desde entonces llevaba una vida aburrida pero interesante. El no saber qué hacer fuera del trabajo puede ser al mismo tiempo enormemente saludable e infernal.
Sonó el teléfono.
—Necesito dinero —dijo mi exmujer.
—Yo también lo necesito, en eso nos parecemos bastante.
—Tú no tienes a los niños.
—Te doy 800 euros al mes. Estoy de alquiler en una habitación y a base de pan y queso. A veces Ángela me trae una naranja.
—¿Qué?
—Una naranja.
—¿Y para qué quieres tú una naranja de Ángela?
—Para comérmela. Sabe que paso hambre. A veces me comería una rosquilla entera y tengo que aguantarme.
—No te hagas el mártir, demasiada suerte tienes de que esa amiga tuya te regale una naranja de vez en cuando.
—Si te doy más dinero, tendré que mendigar. Te arreglabas bien hasta ahora, ¿Qué te ha pasado?
—A mí nada. Es Aníbal, que carece de una fuente regular de ingresos.
—¿Aníbal? ¿Quién es Aníbal?
—Uno que se llama así. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Y lo tienes que mantener tú?
—Es un gran poeta underground. Creo que va a tener suerte pronto, solo es cuestión de esperar un poco.
—¿Y no ha pensado en buscar un trabajo para ir tirando mientras llega el éxito? Tampoco es mucho pedir.
—Lo ha intentado un montón de veces. Pero dice que se cansa mucho. Que él no ha nacido para eso. «Laborare stanca», como dijo Pavese.
—No sé quién es Pavese ni lo que significa esa palabra.
—Significa «trabajar cansa». Pavese fue un poeta italiano tan bueno que se suicidó. Seguramente era de Roma, ni más ni menos. Pero como a ti nunca te ha interesado la poesía…
—¿Y por qué debería interesarme?
—Aníbal escribe unas poesías que te quitan el aliento.
—Y no solo el aliento, supongo.
—Es un hombre maravilloso. Creo que he encontrado el amor de mi vida. Mi media naranja. En cambió tú les niegas a tus hijos el pan y la sal.
—Yo no les niego el pan, y menos aún la sal. Te puedo dar como mucho 900, pero no me pidas ni un céntimo más porque iré y hablaré personalmente con Aníbal.
—Vale, cielo. Sabes que siempre me has caído simpático. Mándame mañana mismo los 100.
—Mañana no puedo. Tengo reunión de anónimos. El domingo iré con Ángela.
—Vale. Haré una tortilla de patatas.
—Lo que tú quieras.
El domingo por la mañana Iván y Ángela aparcaron frente a la casa. Detrás, en el terreno libre, se escuchaba el rumor de conversaciones. Debía de haber varios amigos de ella, que siempre había tenido muchos y muy habladores. Llamaron al timbre y Aníbal les abrió. Era un hombre corpulento y calvo que vestía una túnica verde pistacho.
—Supongo que sois vosotros. Pasad.
Detrás de la casa, entre los matorrales y hierbas que crecían salvajes, había varias personas sentadas en cajas de madera, que charlaban animadamente acerca de una especie de revista literaria de tipo marginal que querían sacar adelante, según fueron enterándose por los detalles de la conversación.
Poco tiempo después, la revista comenzó a circular. Los propios autores se encargaban de llevar los ejemplares que vendían a la gente de la calle por un euro. Consistía en tres o cuatro hojas cogidas con grapas y garabateadas con unos poemas escritos a mano. Primero les leían alguno para convencer a los posibles compradores de que era un buen material. Iban de dos en dos y se detenían a hablar con los transeúntes para ofrecerles los poemas que muchos compraban debido al bajo coste del producto.
Una tarde dos de ellos vieron a una mujer que llevaba la compra y se acercaron para ofrecerle sus poemas. Al mismo tiempo que ellos, otras tres personas se acercaron también con papeles a la mujer. Igualmente portaban poesías escritas y la mujer no pudo sustraerse a la avalancha de poetas. Hubo palabras, empujones, golpes. Los otros tres eran más esmirriados, de manera que las fuerzas líricas estaban equilibradas. La mujer salió corriendo en medio de la trifulca.
Iván iba a la reunión de anónimos. Se hacían en un almacén abandonado. También iban cuatro o cinco anónimos más.
—¿Qué tal hoy? —preguntó Lidia, una treintañera guapa que pedía limosna cerca de un sitio concurrido.
—Mi abuela se ha muerto —dijo uno llamado Manuel, un hombre gordo que hablaba varias lenguas muertas.
Todos aplaudieron.
—No, por favor, la cosa carece de importancia. No penséis que es mérito mío.
—No seas modesto —dijo Paco—. Imaginamos lo que te debe haber costado eliminarla. Eres un genio.
—Se ha muerto ella sola. Tenía ciento ocho años. Ha enterrado a todos sus hijos y nietos menos a mí.
—Pero quedarán bisnietos, ¿no?
—No.
—¿Ninguno de tus primos ha tenido hijos? ¿Cuántos erais?
—Dieciséis primos. Nos hicimos todos drogadictos y ninguno procreó.
—Menudo lío, ¿no? Nunca hablaste de eso.
—No tuve ocasión.
—¿Y la herencia? Habrás heredado algo.
—Una casa en el campo. Allí nos juntamos los primos y tomamos la decisión de hacernos drogadictos.
—¿Unánimemente?
—Anónimamente. Fue una noche tempestuosa. Hubo tortazos y besos y luego alcohol y sexo y drogas. Desde entonces nos quedamos todos allí hasta que expiró el último, bueno el penúltimo, solo quedo yo.
—Y las parejas de ellos o ellas, ¿qué decían?
—Se sumaron a la fiesta. Las que quedaron vivas se fueron a las islas Marquesas…
—¡Santo Cristo! Menuda familia —dijo Lidia—. Y tú estás en drogatas anónimos.
—No. No soy un yonqui anónimo, sino con nombre y apellidos. Me conoce todo el mundo. Lo llevo lo mejor que puedo. Solo soy anónimo aquí, como persona normal. Me gustaría que celebráramos el Día del Orgullo Drogadicto.
—Una tontería —dijo una tal Carmen, que era una persona normal y anónima.
—De esa manera podríamos salir del cine.
—¿Salir del cine? ¿Qué significa eso?
—Nosotros no salimos del armario, sino del cine.
—Evidentemente —dijo Manuel.
—Nosotros podríamos celebrar el Día del Orgullo Normal.
—Eso no tiene ningún aliciente. Además somos pocos los normales.
—Pero orgullosos puede que haya alguno más —dijo Carmen.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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