La verdad del cuentista

Amor y pedagogía

Antonio Monterrubio escribe sobre el amor-pasión 'inventado' en el siglo XII, «el de Tristán e Iseo y los trovadores, el de Lanzarote y Ginebra y, por supuesto, el de Abelardo y Heloísa».

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La pasión era más corriente en la Antigüedad de lo que se pretende, también en el mismísimo seno del matrimonio, como pone de manifiesto la conocida sentencia Omnis ardentior amator propriae uxoris adulter est, que habitualmente se atribuye a este o aquel padre de la Iglesia, aunque al parecer viene de la filosofía estoica, en concreto de Séneca. Hay un amor-pasión que sí se inventó en el siglo XII, el de Tristán e Iseo y los trovadores, el de Lanzarote y Ginebra y, por supuesto, el de Abelardo y Heloísa. Este me motiva más, no sólo por ser una historia basada en hechos reales, sino porque tantas veces he subido y bajado con el amor de mi vida por la Rue de la Montagne Sainte-Geneviève, donde en otro tiempo Pedro Abelardo explicaba sus lecciones. Nacido en aquel periodo, el que posteriormente sirvió de modelo para los enamorados de Europa entera no es el único amor-pasión. Su forma y estructura particulares derivan de dos componentes fundamentales: el cristianismo —sea en su versión oficial o en la herética, como quiere Rougemont— y el feudalismo. Por su naturaleza, ese sentimiento de raíces cristianofeudales que, a lo largo de varios cientos de años, se ha enseñoreado de los corazones y las mentes europeas, es recíproco, sí, pero desgraciado. Esto es así, aparte de los imponderables sociales, porque lo que persigue es un imposible: que dos sean uno. Los textos medievales y otros que trillan la misma senda apenas hablan de felicidad, y por el contrario se regodean en la desdicha. Solamente la muerte puede calmar esa sed de fusión. Ese arrebato no tiene que ver ni con la dimensión cósmica del eros platónico, ni tampoco con la fuerza psíquica que define el amor en nuestra época postromántica.

El núcleo de un cometa es una bola de nieve sucia. El resplandeciente aspecto que ofrece procede de las nubes de gas y polvo que forman su cabellera y cola. De igual modo contemplamos el amor cortés rodeado por un halo de ñoñería, romanticismo sensiblero y cursilería que hace difícil vislumbrar su fondo. Desde luego, no es una súbita elevación de la valoración de la mujer —¡en un mundo atrozmente patriarcal y machista!— surgida cual oasis en medio del desierto. Menos aún nació de la imaginación de algunas damas nobles, como con demasiada frecuencia se sugiere. Parece cada vez más evidente que era un juego entre, por y para hombres. Ella ostentaba el papel de estímulo, cebo o premio, pero no tenía una intervención autónoma. Seguía sin ser considerada una persona de pleno derecho. Muy probablemente, la convivencia de muchos jóvenes y una sola presencia femenina noble, a menudo de edad similar a la suya, potenciaba su mitificación. Esto daba lugar a una serie de tensiones emocionales y sexuales cuyas energías desatadas canalizó la sociedad caballeresca en su propio beneficio. El servicio a la dama fue un estupendo sistema de aprendizaje. Al desarrollar el afán competitivo con sus compañeros e idealmente con el señor feudal, los aspirantes a caballero se fogueaban en el espíritu agonista y dominador. Los lazos establecidos con la señora se asimilaban —y eran intercambiables— con los de subordinación y lealtad que constituían el entramado del orden feudal. El vasallaje amoroso era el doble ficticio de su muy real contrapartida política. El homenaje a su esposa complementaba, o más bien remedaba, el debido al señor. Es posible que el papel de las damas contribuyera a dulcificar las costumbres en el interior de la nobleza. También pudo facilitar la introducción de cierta disciplina en los hábitos turbulentos de una juventud aristocrática armada hasta los dientes. «La dama tenía así función de estimular el ardor de los jóvenes, de apreciar con sabiduría, juiciosamente, las virtudes de cada uno. Presidía las rivalidades permanentes. Coronaba al mejor. Y el mejor era el que mejor la había servido. El amor cortés enseñaba a servir, y servir era el deber del buen vasallo», escribe Duby en Mâle Moyen Âge.

Lo que es claro, creemos, es que el intento de tomar en serio esa aventura tenía que representar un deporte de alto riesgo, un ejercicio extremo. Estamos hablando de un medio social obsesionado con el honor viril, el culto a la estirpe y la legitimidad de la descendencia. En ese caldo de cultivo, la idea de una realización carnal levantaría ampollas. Como muestra literaria de aquellos dramas, citemos el encabezamiento a modo de resumen que abre la Novela novena en la Cuarta Jornada del Decamerón de Boccaccio: «Micer Guillermo de Rosellón da a comer a su mujer el corazón de micer Guilermo de Cabestaing, muerto por él y amado por ella; cuando ella lo sabe luego, se arroja desde una alta ventana y muere, siendo enterrada con su amante». Antes de desaparecer, ella declara: «Hicisteis lo que debe hacer un caballero malvado y desleal; porque si yo, sin que él me forzara, lo había hecho señor de mi amor y a vos ultrajado en esto, no él sino yo debía sufrir el castigo. ¡Mas no plazca a Dios que caiga otra comida sobre tan noble vianda como ha sido el corazón de tan valeroso y cortés caballero como micer Guillermo de Cabestaing!». Hay un detalle, sin embargo importante, que no asoma en los ditirambos dedicados a la cortesía. La presunta idealización de la mujer no rezaba para campesinas, criadas, siervas. Estas, la apabullante mayoría de la población femenina de la época, silenciada más que silenciosa, no eran objeto de cuidado ni devoción alguna. Muy al contrario, como en todo tiempo y lugar, las mujeres de las clases subalternas fueron presa fácil, por la fuerza o la astucia, de los varones de clases superiores. Esto no obstaba, naturalmente, para que sus propios iguales tuvieran también un comportamiento abominable con ellas. Lo que no conviene olvidar es que quizás el mismo caballero prendado de su inaccesible dama a la que acaba de colmar de halagos no tiene el menor reparo en violar salvajemente a la primera campesina que encuentra.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca y ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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