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España: disfunciones geopolíticas y narrativas ideológicas

Edu Nauram reflexiona sobre la organización administrativa española actual y hace una propuesta audaz de reorganización que rompa con la jerarquía triestamental municipio-autonomía-Estado para armar un sistema más complejo que dé respuesta a los problemas de aquella.

/ por Edu Collin /

España, desde un punto de vista de administración territorial, no es un país normal. Normal sería un país como Holanda, o Polonia, o Ecuador. De tamaño medio, y homogéneo, y una gozada de administrar, con un gobierno central, una serie de regiones de tamaño bastante compacto, y municipios. Un sistema simple. Aquí no tenemos esto. España es un proyecto político cuyo objetivo ha sido el dominio de la península ibérica, un cacho de tierras muy variadas entre sí, en cuanto a climas y etnias. Religiones, por suerte, no: el caos sería inaguantable. 

Aquí, oficialmente, tenemos un modelo de administración territorial triestamental, con el gobierno central, CCAA y municipios. Pero también tenemos provincias, comarcas, mancomunidades, áreas metropolitanas, pedanías y otros entes. Es una estructura geopolítica muy compleja y llena de tensiones. Sin embargo, lo cierto es que esta estructura es demasiado rígida para la idiosincrasia del territorio, que demanda un nivel de complejidad aún mayor para adecuarse a la realidad del terreno. Vamos a dar un paseo por la península e ir viendo algunos ejemplos de estas disfunciones geopolíticas. Pero antes de nada,

¿Qué coño es España?

España es un proyecto político destinado a morir y resucitar de forma trágica y rocambolesca. Como un torero que busca esquivar al toro y a la vez acercarse a él lo máximo posible, España coquetea con su propio abismo y transfiguración mientras hace ver que eso es precisamente lo que más quiere evitar.

La mayoría de países del mundo desarrollado tienen la suerte de ser relativamente compactos desde un punto de vista idiosincrático/étnico. Son proyectos geopolíticos que se podría decir que han superado el test histórico de la modernidad, y han podido pasar de ser un conjunto de tribus dispersas, o ciudades-Estado rivales, a constituir una nación lo suficientemente grande como para aguantar su propia vela y construir economías de escala. En estos países normales, suele haber un solo idioma y religión comunes. Pensemos en Azerbaiyán, Suecia, Taiwán… Son unos afortunados. No saben lo que es este sinvivir español; esta constante fricción entre núcleo irradiador y sectores laterales que acaba detonando mala leche (y en el pasado, bombas) en el espacio público de forma constante e implacable.

Así pues, la mayoría de países tienen una delimitación mental muy clara entre interior y exterior, el pueblo y los extranjeros, por lo que las divisiones políticas suelen tener un solo eje basado en los paradigmas ideológicos. En España, la tensión tiene un doble eje: el ideológico y el territorial. Estos ejes, además, a veces se solapan, puesto que los actores periféricos a nivel territorial suelen tender a adoptar actitudes contestatarias a nivel ideológico para diferenciarse mejor del actor central. Nuestro país suele estar desbocado en una carrera ideológica histórica que proyecta al país a una utopía a marchas forzadas, mientras una mitad se desgañita y convulsiona por no querer participar en esta desventura. La más sórdida de las ortodoxias acaba siendo la causa y contrapeso a este vuelo futurista.

La idea de España es una construcción mental con un poso indeleble de paranoia y tautología forzada. España, en definitiva, es España; y si no fuera España, no sería España, y eso sería aparentemente muy malo, aunque la alternativa a la no-españidad jamás se menciona explícitamente, como si el mero acto de imaginar una alternativa equivaliera a atentar contra la idea misma de España en sí. España es una especie de no-lugar que pretende imponerse en todas partes para huir de sí misma y su falta de arraigo en algo real. España es una alucinación cultural con un temperamento extremadamente bipolar, que pasa de una vocación de imperio universal que pretende acunar la humanidad entera en su regazo, a odiarse a sí misma como la más histérica de las plañideras.

¿Por qué tenemos esta tendencia particular? Comparemonos con otros países: Francia también tiene una vocación centralista extrema, pero siempre ha partido de la base de que la condición de francesidad la impone París, el núcleo étnico e intelectual originario. Esta ciudad era la base de operaciones de los reyes, el idioma y su acento, y todas las grandes instituciones públicas: la administración, la universidad, los círculos literarios y artísticos, las academias científicas, etcétera. El resto del país, pues, ha ido entrando en el campo gravitatorio del pivote central parisino. Inglaterra ha vivido lo mismo con Londres, aunque de forma mucho más pragmática. Londres no es Inglaterra, pero sí que históricamente se reservaba a sí misma el monopolio sobre la condición de ciudad (la City), como si el resto del país fuera casualmente campo. En los Países Bajos, el sustrato ideológico consiste directamente en la eliminación del campo, concebir el país como una red amistosa de burgos vecinos, y una interrelación muy estrecha entre ayuntamiento y gobierno central.

En Italia y Alemania, la noción de nación es transversal y multipolar. No existe una gran capital central que esté colocada en un nivel hegemónico de escala cualitativamente superior al resto de ciudades. Sin embargo, sí que hay una mínima homogeneización lingüística que cubre todo el país. Esta puede llegar a ser una gran mentira oficial, dependiendo del grado de extremismo dialectal en algunas regiones, pero, aun así, es un discurso que se suele sostener. España, por otra parte, es un proyecto político que intenta albergar toda la península ibérica, y aquí las diferencias etnolingüísticas han sido tan grandes que la narrativa centralista no ha tenido el poder militar, cultural e institucional suficiente como para relegar los idiomas periféricos a condición de dialectos.

El peligro que hoy por hoy más teme el espíritu español es que haya una rotura completa, que se erija la España dónut, contrapuesta al Madrid agujero negro, que por cierto se ha embarcado en un proyecto netamente liberal y urbanita, y que en este maelstrom, Euskadi y Cataluña pujen exitosamente por una independencia total. La única forma de evitar esto en el fondo es que España se lance a la mayor de las quijotadas: la integración total de la península ibérica, Portugal incluido. España ha de pasar por un proceso de transfiguración y de ser una nación a ser algo más que una nación, un estadio superior, capaz de albergar en su seno los distintos espíritus nacionales. Sin embargo, para consumar este acto es necesario enfrentarse a una dicotomía: ¿debe asentar esta ultra-España su identidad nacional en el hecho diferencial de la península ibérica, o debemos considerar España todo lugar donde se habla español, y buscar un nuevo hermanamiento político con todos los países latinoamericanos, pero dejando de lado la periferia peninsular? ¿Quizás Madrid deba ser capital simultánea de Iberia y España, dos naciones con territorios, competencias parcialmente solapados y enhebrados entre sí?

Este particular rompecabezas sitúa a nuestro país en una posición única e incómoda. Nunca seremos la Francia centralista, para lo bueno y para lo malo. Lo malo consiste en esta perpetua falta de suelo identitario estable. Lo bueno es que, de conseguir superar este trance político, este país puede convertirse en una nueva especie política; una evolución capaz de absorber e integrar proyectos políticos subalternos que en otros lugares se intentarían aplastar, y que harían de España un ente político simultáneamente capaz de mantener una identidad discursiva central, y capaz de engendrar una prole de naciones dedicadas a perseguir avenidas idiosincráticas distintivas entre sí. Francia ha conseguido ser Francia a costa de asesinar la cultura occitana, que hace ochocientos años era la punta de lanza cultural europea, y eso es algo que jamás dejará de ser imperdonable.

El círculo vicioso de Madrid, Castilla y España

Hablar sobre Castilla es hablar sobre el fondo de la cuestión de la centralización, que en España en particular es generadora de un constante círculo vicioso tóxico. La teoría es la siguiente: básicamente, para que un estado funcione, necesita un correcto equilibrio entre centralización y descentralización. En un microestado obviamente la centralización es máxima, pero cuanto más grande/culturalmente diverso es un país, más descentralización necesita. Pero cuanta más hay, más riesgo hay de que el país implosione. El problema de España es geográfico por naturaleza. Se da una combinación de dos factores opuestos entre sí de forma muy clara:

(1) El territorio peninsular acota de forma natural las fronteras óptimas para los límites de un Estado moderno: Mar y Pirineos. Cualquier alternativa política tiene que luchar contra la inercia enorme que generan las economías de escala de un territorio geográfico tan redondo como es la península ibérica. Estas economías de escala se ven amplificadas por una política de cohesión radial (infraestructuras…). El caso contrario sería, por ejemplo, Polonia, cuyas fronteras han bailado masivamente a lo largo de su historia, y le ha causado desaparecer varias veces.

(2) Por otra parte, el territorio geográfico peninsular es muy rugoso, muy variado, muy segmentado. Tiene muchos huecos, muchos escondrijos, muchos valles cerrados, muchas sierras. Por si fuera poco, es un territorio muy seco. Madrid es la única capital europea sin acceso fluvial o marítimo. Cualquier entidad política que aspire a dominar y gestionar esta península lo tiene muy difícil, porque 1: cada región se va forjando su propia identidad de forma natural, con la ayuda de la protección que le otorga un relieve accidentado, y 2: la falta de infraestructura fluvial históricamente ha sido un hándicap indirecto enorme en la construcción del estado español moderno. Básicamente, si construir un Estado moderno fuera un videojuego, los Países Bajos sería dificultad Mario Bros nivel 1, y España, nivel Dark Souls. Bueno, mentira, ese nivel está reservado para Etiopía, Nigeria o India, pero fácil no lo tenemos.

Consecuencia: Tienes una región geográfica que tiende sí o sí a largo plazo a la centralización, pero cuya dificultad en conseguirla es enorme. En cualquier otro lugar del planeta, un Estado tan débil como el español habría implosionado, pero a causa del entorno peninsular, en el que no hay vecinos directos, la tendencia a que Madrid sea capital es tan fuerte y natural que ha permitido a España sobrevivir, básicamente porque está en medio y porque, por muy mal que lo haga, no hay alternativa o competencia creíble.

Dicho esto. Desde el punto de vista histórico, la configuración política de España se ha ido creado como la fusión de una serie de bandas que iban de norte a sur, fruto de la Reconquista. Podría haber pasado cualquier otra cosa. El mapa administrativo romano tiene elementos que chocan frontalmente con lo que consideramos natural hoy en día. El más claro ejemplo de lo que se ha perdido de la administración romana es la conexión de Extremadura con Lisboa, que ha precipitado esa región a un subdesarrollo permanente, ya que para el resto de direcciones, las distancias son demasiado vastas y el territorio demasiado accidentado como para permitir cualquier sinergia económica o cultural.

Decíamos antes que un Estado óptimo está en un equilibrio óptimo entre centralización y descentralización. Para eso necesita haber unos actores que tiren hacia adentro y otros que empujen hacia afuera. ¿Quién tira adentro? Castilla, por supuesto. ¿Quién empuja hacia fuera? Las costas. Y aquí es cuando llegamos al núcleo del problema español: la dinámica víctima/agresor que envuelve a Castilla.

El gran problema actual de España es que la región de Castilla no tiene la suficiente potencialidad demográfica, cultural y económica para mantener un campo gravitatorio estable sobre el resto de España. La región sobre la cual se asienta, principalmente la doble meseta, es muy extensa, pero árida, y al contrario de otras zonas de Europa, no tiene un cuerpo de ciudades suficientemente potente para exportar capital político, cultural, económico, etcétera.

Tomemos Francia, por ejemplo. Francia es históricamente la creación de un ente político, París, que absorbió a otros entes a su alrededor, los principales siendo Borgoña y Occitania. ¿Cómo pudo tener esa capacidad de absorción tan grande? Basta con ver la geografía: una enorme llanura ultrafértil, desde Verdún hasta Amiens, hasta Nantes, hasta Limoges. Y el núcleo central, de París a Orleáns, una fábrica de trigo impresionante. Con una constelación de ciudades rellenando todo el territorio: Le Mans, Bourges, Troyes, Angers, Poitiers, etcétera. Ciudades con clases medias y artesanales de muchos siglos de antigüedad, por cierto.

¿Qué vemos en España? Una situación mucho más difícil.

Entre Madrid y Castilla se da un círculo vicioso: para conseguir estabilidad en España, Madrid chupa muchísimo capital cultural y económico a las Castillas. Demasiado. Todo el mundo en Castilla se lamenta de la excesiva centralización madrileña y su situación de desamparo. Pero Madrid necesita ese capital desesperadamente para combatir contra el empuje centrífugo de las costas, mucho más fértiles, pobladas e industrializadas, y poder así mantener el país unido. De ahí las ansias políticas de radializar la red de infraestructuras. Se crea la situación de que muchas regiones periféricas españolas sienten Madrid como un lastre a nivel de innovación institucional, no como un apoyo, y hay una tendencia constante al deseo de independencia. Por eso se dice por ejemplo que el problema catalán no se soluciona, se gestiona. Así fue desde la mitad del siglo XIX, todo el siglo XX, y lo será durante el XXI.

La descentralización no llega porque Madrid siente (sea esa percepción correcta o no) que una descentralización mayor generaría más fuerzas centrífugas que centrípetas, y por tanto una implosión de España. Además, Castilla (el alma cultural de la España política) es a su vez incapaz de sentirse como una agresora hacia los zonas periféricas y costeras, porque su temperamento está marcado por su condición de víctima de Madrid capital. Su propia situación de autofagocitación castellana para mantener fuerte el nexo madrileño le produce dolor, y este dolor le impide empatizar con el dolor de las regiones periféricas. Estas regiones periféricas constatan la falta de comunicación con el centro y el temperamento de una fuerza que que se comporta de forma innecesariamente tiránica y que forma una máscara dopamínica que oculta su debilidad real.

Andalucía

La comunidad autónoma andaluza es una estructura política sin arraigo histórico a nivel político (aunque sí cultural), que en la Transición surgió de la nada con el objetivo de administrar la región más poblada y más pobre del país empezando desde cero. Esa región había estado dividida en las taifas de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada, que después de la conquista cristiana mantuvieron su condición de reinos, y por tanto su administración propia y fueros. Las fronteras de esos reinos dentro de la Corona de Castilla son más o menos la de las actuales provincias, creadas en el siglo XIX. En la Segunda República hubo un intento abortado de unir políticamente lo que ya estaba bastante unido culturalmente. En el franquismo las diputaciones eran el marco fundamental de gestión territorial, cada una con un gobernador civil al frente, designado por el régimen.

En la Transición se hicieron grandes debates sobre cómo encarar la gestión territorial andaluza. Durante aquellos años, Antequera y Ronda fueron centros conciliares de discusión, y en un principio iba a parecer que Antequera iba a adquirir la condición de capitalidad autonómica, sin ser capital de provincia (igual que Mérida o Santiago), pero al final los sevillanos se llevaron el gato al agua. Desde entonces, Sevilla ha sido una capital de una región que le ha venido grande, y la élite de esta ciudad ha usado las instituciones públicas para fortalecer el crecimiento de su propia ciudad a expensas del resto de la región. Esta situación ha sido vista con recelo desde las otras ciudades de la región. Desde Málaga, por una rivalidad sobretodo económica que ha crecido a lo largo de la democracia, desde Granada por una rivalidad mucho más transversal y antigua, y desde Jaén y Almería por su percepción de olvido y descuido por parte de Sevilla.

Hoy por hoy, lentamente surgen y se asientan movimientos de emancipación política fuera de Sevilla, el mayor de ellos en Granada, que pide partir la autonomía artificial en dos y devolver a Granada su radio de gestión histórico. Por otro lado, ha quedado claro que la élite sevillana es por defecto incapaz de velar con altura de miras por el resto de la región, que estando como está, padece un desequilibrio territorial insoslayable. La mejor solución a largo plazo probablemente sea retomar el proyecto primigenio de la Transición, de ubicar la capitalidad en Antequera o Ronda. La primera está estratégicamente mejor situada, en el cruce de autopistas y AVE que vertebra la región, y la segunda tiene mayor encanto y tradición netamente andalucista. Habría que elegir.

Más en lo concreto, la provincia de Córdoba es un buen caso de estudio sobre cómo la división provincial muchas veces no se ajusta a la realidad local. Realmente la provincia está dividida en tres áreas. En el norte, tenemos la comarca de los Pedroches, al otro lado de la Sierra Morena, lugar de dehesas, y un ejemplo paradigmático de zona marginada por la administración pública, y en general por la sociedad. En medio, tenemos la franja de la vega del Guadalquivir, con una Córdoba bastante grande y bastante sola. En el sur, tenemos una red horizontal de ciudades y villas medianas, separadas entre sí por provincias, ya que Antequera y Ronda están bajo Málaga, y Puente Genil, Écija, Osuna, Lucena… en Córdoba. Es muy plausible que en el futuro, esta red de ciudades similares, en vez de depender de la capital provincial, deseen construir una mancomunidad administrativa transversal; una pandilla, dicho de forma burda.

Valencia

El problema de Valencia es que su estructura triprovincial no se ajusta óptimamente a la disposición de sus tejidos urbanos. Durante el Reino de Valencia, el territorio se dividía en dos gobernaciones: la gobernación de Valencia y la gobernación de Orihuela (hoy provincia de Alicante). Al mismo tiempo, la gobernación de Valencia se subdividía en la lugartenencia de Castellón y lugartenencia de Játiva, aunque esta última tuvo varios períodos donde fue independiente de la de Valencia. Esta estructura era más realista que la de hoy. La cosa es que la geografía de la región está dividida en varias áreas distintivas. 

Por un lado tenemos Valencia y su extensa huerta, en la que el campo gravitatorio de la ciudad impide el crecimiento de núcleos urbanos que no respondan a una lógica metropolitana. En el interior, una serie de poblaciones conforman una zona de transición entre Castilla y el País Valenciano, en una línea que va de norte en Ademuz hasta Yecla en Murcia, pasando por Utiel o Almansa. Estas poblaciones tienen una identidad regional difusa, que suele mirar en ambas direcciones. En el extremo sur de la región, tenemos la huerta de Alicante y Elche. Y en medio, una extensa zona compleja, montañosa pero sorprendentemente dinámica, con una red de ciudades medianas (50K), de esa clase de tamaño que son las que le dan chicha a un país, y que Italia y Alemania tienen a rebosar, pero que en España faltan tanto. Esta red tiene un corredor interior que va desde Alzira hasta Alcoi, ciudades con una resiliente historia industrial y ciudadana, y el corredor de la costa, desde Gandia hasta Benidorm, grandes potencias en el sector turístico.

Toda esta zona central adolece de una gestión óptima, al estar incómodamente dividida en dos provincias: Valencia y Alicante. Además, la gestión administrativa, presupuestaria y normativa hecha desde Valencia jamás podrá ser del todo correcta para este cúmulo de ciudades mientras persista esta estructura. El problema que tiene Valencia como ciudad es el clásico problema de una ciudad que posee también el nombre de la región de alrededor, que le sitúa en el dilema de perseguir una política de ciudad-Estado, succionando los recursos y reinvirtiéndolos en la polis, o descentralizar la región, siguiendo un camino que en última instancia vacía de significado el nombre mismo de una región que se sentiría suficientemente independiente como para sentirse idiosincráticamente independiente de su capital. Lo que vemos es una pulsión centralista de Valencia contra un impulso federalista levantino.

Extremadura

La región de Extremadura es víctima de la historia y de que la península ibérica esté conformada por identidades políticas constituidas a partir de un proceso de conquista que fue de norte a sur. En tal proceso, Portugal, un ente que va desde Oporto hasta el Algarve, forma un rectángulo político, económico y cultural totalmente distinto al bloque castellano-leonés. Esto a Extremadura le perjudica en extremo, puesto que la región, situada en las vegas de los ríos Tajo y Guadiana, forma un continuo geográfico con lo que es hoy la mitad sur de Portugal, y en tiempos romanos fue la provincia de Lusitania. Geográficamente hablando, tendría mucho más sentido que esta región estuviera conectada con Lisboa, no con el centro peninsular. Resulta que Castilla es ancha; tan ancha (aparte de no tener ríos navegables), que Extremadura simplemente no tiene la suficiente capacidad de conexión con la Meseta, y sufre un desamparo difícilmente remediable. Esta marginación se mitigaría con una reconexión con la costa atlántica, cosa que a día de hoy desgraciadamente es totalmente irrealista.

Por otra parte, está la cuestión de Plasencia, la capital no oficial del norte de la región, situada en la vega del Tajo, que tendría su propia provincia si la región estuviera más poblada. Se podría argumentar que esta zona tiene tanto en común con Talavera de la Reina y el este de la Castilla toledana como con Mérida y Badajoz.

Además, tenemos la cuestión de Olivenza, la población fronteriza donde hablan portugués, pero no tienen ningún régimen político o administrativo que apoye este hecho diferencial, ni lo hay para la comarca del extremo norte de la región donde a duras penas se mantiene vivo (o moribundo) el idioma extremeño.

León

El antiguo reino de León es un caso paradigmático de la insuficiencia de la estructura administrativa para adaptarse a las estructuras urbanas y étnicas locales. La Meseta norte, aún formando un conjunto geográfico uniforme, fue históricamente el campo de batalla entre dos entes políticas rivales: León, situada en la esquina superior izquierda, y Castilla (Burgos), situada en la esquina superior derecha. Castilla acabó evolucionando a ser un ente más dinámico y avanzado que León y lo acabó fagocitando, a medida que también se iba expandiendo por el resto de la península. Hoy, la meseta norte está regida por una comunidad autónoma llamada Castilla y León, desde una capital, Valladolid, de cultura mucho más castellana que leonesa. El grado de fusión es tan grande que León no dispone de una autonomía propia, aunque en la Transición no estuvo lejos de conseguirla.

El reino de León se compone de la provincia homónima y las de Zamora y Salamanca. En estas dos es patente el sentimiento de ambivalencia por mantener la filiación histórica con León o terminar integrándose en la gran Castilla/España. León, como ente político, también tiene problemas dentro de su propia provincia, ya que tiene que convivir con la región de El Bierzo (capital Ponferrada), una llanura dentro de las montañas que tiene un tamaño incómodo: demasiado pequeña para ser provincia propia, y demasiado grande para ser una comarca más. Aquí se mantiene con más fuerza el uso de las lenguas gallega y asturleonesa, y es una región famosa por sus problemas económicos y desatención desde el exterior. Es decir, es una región que a la vez tiene una identidad más radicalmente leonina, pero al mismo tiempo es un actor periférico opuesto a León. También existe una rivalidad menor entre Ponferrada y Astorga, y estas con León. Además, al sur, la comarca de Sanabria también siente una ambivalencia respecto a relacionarse más con su capital provincial, Zamora, o mirar hacia León.

Madrid

Madrid está administrativamente estructurada por un gobierno regional (la CAM), y el Ayuntamiento, que en su día consiguió engullir a un número bastante grande municipios de alrededor. El ayuntamiento tiene distritos, con barrios cada uno. Es una ciudad enorme y compleja, que presenta una multitud de instituciones de toda clase, sectores económicos especiales y una marabunta de núcleos poblacionales, polígonos industriales y suburbios de clase alta y baja. En la mayoría de países, una ciudad así, que gusta de hacer gala de su condición de capitalidad, tendría un distrito federal, pero por razones históricas, el Gobierno regional es simplemente la antigua provincia. Esta y Castilla-La Mancha iban a conformar una sola autonomía, pero se acabaron separando por suerte para los castellanos, que de lo contrario habrían sufrido los estragos de un déficit inasumible de desatención capitalina en los asuntos del territorio.

El problema actual que presenta la condición de región de Madrid capital es que, para empezar, todas las poblaciones de la zona exterior del triángulo madrileño sufren esta desatención. Los municipios de la sierra del Guadarrama, o la comarca de Las Vegas (Aranjuez), son áreas que existen definitivamente fuera del área metropolitana madrileña, sin embargo, están sujetas al mando de la CAM, que les presta una atención mínima. Ni siquiera a la hora de las elecciones se tiene en cuenta a estas zonas exteriores poco pobladas a la hora de tejer discursos y estrategias mediáticas.

La situación de Madrid es paradigmática en el marco de la discusión sobre la evolución de los entes políticos territoriales, y podrían marcar el futuro de la administración pública en España. Por un lado, el Gobierno regional y el municipal de Madrid tienen problemas de gestión territorial: el ayuntamiento adolece de falta de autoridad en lugares que se sitúan fuera de su límite municipal, pero que forman parte del mismo contínuo urbano. Al ser tan rígidos los términos municipales, hay pocas esperanzas de corregir estas ineficiencias. Y al gobierno regional le sobran las comarcas exteriores. Las diferencias idiosincráticas entre los municipios intra y extra el área metropolitana es demasiado grande. Por otra parte, los distritos, y también en menor medida los barrios, tienen un potencial de crecimiento muy grande. Un distrito de 200K habitantes actualmente no tiene representación democrática directa, y sin embargo un pueblo de 2K habitantes sí lo tiene. Una metrópolis enorme como Madrid no puede estar sujeta a un modelo democrático de mera escala municipal, sino que debe crecer en complejidad.

Todo ente político territorial, ya sea regional o local, tiene asignadas un cierto número de competencias normativas o de gestión. Hoy por hoy, la estructura administrativa supedita el listado de competencias, pero en el caso de Madrid (y potencialmente del resto del territorio nacional), posiblemente sería mejor que la preeminencia fuera la contraria: que la primacía estuviera situada en el listado de competencias, y cada una tenga una área de gestión asignada a un ente público, que podría ser un Ayuntamiento, una central de distrito, una comarca, diputación, región, corporación, mancomunidad o lo que fuere. En tal caso, la proliferación de entidades de gestión no implicaría un crecimiento desmedido del sector público ni la duplicación de competencias. En el caso de la región de Madrid, por ejemplo, las áreas exteriores podrían tener acceso a una mayor independencia de gestión a través de unas comarcas más fuertes, sin que Madrid centro tuviera que necesariamente constituir una comarca con las mismas competencias que el resto.

El sector público madrileño necesita pasar de ser un ente de dos capas a ser una cebolla con muchas, en la que la influencia de la administración capitalina vaya disminuyendo de forma paulatina y orgánica a medida que nos alejemos del centro. De esta manera, lo que ahora es el Gobierno regional y el Ayuntamiento serían, a grandes rasgos, una sola institución, que en el casco antiguo tendría acceso a todas las competencias normativas y de gestión, pero que en Alcalá tendría solamente un listado de pocas competencias. A la larga, si tal cosa se consigue, lo más probable es que el área de influencia de la administración madrileña acabe superando los actuales límites provinciales, extendiéndose primero hasta Toledo y Guadalajara, que hay quien considera que se sitúan dentro del área metropolitana, y más tarde por la mayor parte de Castilla, tanto la vieja como la nueva, sobre todo en áreas de gestión de temas que requieran una gran complejidad administrativa. 

Vamos a ver cómo la innovación productiva y tecnológica que Internet ha traído va a revolucionar poco a poco los departamentos de gestión pública, sobre todo a nivel informático. La mano de obra especializada, el clima innovador y las economías de escala en la capital acabarán creando plataformas de gestión pública complejas que los pueblos y ciudades del interior acabarán adoptando para hacer su gestión más eficiente. A muy largo plazo, es posible incluso que veamos un intento de fusión de la administración pública madrileña y del aparato estatal central español como tal, un impulso ideológico para que el presidente del Gobierno sea también alcalde de Madrid Centro. Reflexionar sobre un contexto tal nos permite esclarecer un gran problema profundo de la ciencia política, sobre la dicotomía entre universalismo y etnia, sobre concebir la civilización como una polis contrapuesta a la naturaleza, un ente urbano neutral formado por individuos sin etnia; o bien como un conglomerado étnico que se extiende de forma transversal sobre un territorio conquistado. En fin, hay tiempo para ir masticando esto.

Altiberia

La zona que rodea el País Vasco en España es una zona de gran tensión y complejidad. Es un rompecabezas geopolítico que nos remite a la cuestión vasca, un eje fundamental de la historia española. Por un lado, tenemos la situación de Navarra. Es bien conocida la agenda vasca de querer integrar a Navarra dentro de Euskadi, y tal proyecto político tiene su cierto sentido y legitimidad. El problema que surge es que, mientras que nadie duda de que el extremo norte, el valle de Baztán, es vasco hasta la médula, es del todo imposible argumentar que la ribera del Ebro, la comarca de Tudela, tenga hoy por hoy una idiosincrasia vasca. Esto crea una tensión que amenaza con romper en dos el actual territorio navarro. Y la frontera hipotética que surgiría en un troceamiento tal tampoco está tan clara. 

Hay una separación geográfica bastante definida entre las zonas montañosas y húmedas del norte y las llanuras del Ebro al sur, que a su vez también ayudan a delimitar la zona de influencia netamente vasca. Pero la comarca de Estella, situada más bien en la llanura, es bastante vasca. Por otra parte, la zona de Navarra central, donde se ubican los famosos castillos de Tafalla y Olite, casi no posee influencia vasca, y sin embargo tiene una identidad navarra muy marcada. Sería muy complicado trazar una frontera limpia. Además, tampoco está claro si la nueva Navarra del sur constituiría su propia provincia con capital Tudela o se uniría a La Rioja, con el problema de que esta nueva zona no forma parte del territorio histórico de La Rioja.

La zona de Miranda de Ebro también constituye un caso de estudio. Ciudad a caballo entre Burgos y Vitoria, siempre ha sufrido un abuso geopolítico por parte de la capital provincial, y una complicada historia económica. Además, ha recibido imigración vasca buscando hogares con el suelo más barato. La ciudad se sitúa dentro del primer aro de los montes vascos, en un eje de caminos, y una zona fronteriza donde choca la cultura vasca y la castellana. Y más al noroeste, tenemos la comarca de las Merindades, que forma parte de Burgos pero tiene un clima y cultura algo distinto al de la mayor parte de la provincia, y el Campóo con las fuentes del Ebro, que forma parte de Cantabria pero está situado al otro lado de la cordillera.

Hay un corredor geopolítico que pasa por Reinosa, Medina del Pomar, Miranda de Ebro, Haro, Logroño, Calahorra y Tudela, que delimita un conglomerado de regiones y comarcas que, aunque no entre sí no tienen una identidad conjunta de forma directa, lo que tienen es la característica común de, por un lado, situarse todas en la ribera alta del río Ebro (de ahí el nombre Altiberia), y sobre todo, por ser zonas de transición, que no forman parte de una cultura netamente mesetaria/castellana, ni tampoco una vasca, sino que es una región tapón.

Jaloque

El Jaloque (el nombre tradicional del viento del sudeste, que a veces trae las arenas del Sáhara) es un nombre poco conocido que se le da a toda la región que va desde Almería hasta Alicante. A veces se le llama Levante, pero incluyendo entonces también a Valencia y Castellón. Esta región está troceada de forma incómoda. Por un lado, Almería se siente marginada en el extremo de Andalucía, y desde Sevilla no se le hace suficiente caso. Por otro lado, antes de los años ochenta Murcia y Albacete formaban parte de una misma región, con capital en Murcia. Esta unión era demasiado forzada, puesto que la mayor parte de la provincia de Albacete es claramente manchega, pero también es cierto que hay un cinturón de municipios en el sur de la provincia que se identifican también con el polo murciano.

Por otra parte, toda la llanura central de la región de Murcia, que se le suele llamar huerta, en verdad forma un claro contínuo hasta Elche y Alicante, pero está separada de estas ciudades políticamente por razones históricas (las conquistas de los reinos de Castilla y Aragón). La huerta de Alicante/Orihuela es la misma llanura que la de Murcia a efectos geográficos, y ambas zonas a nivel geográfico tienen más cosas en común que Alicante y Gandía. A nivel cultural es otro tema, puesto que el área de habla catalana sigue viva incluso en esta zona.

También conocemos la historia de Cartagena, su constante rivalidad con Murcia y su deseo de emancipación, que llegó a un punto álgido durante la Primera República, con el movimiento cantonalista, y que aún subsiste. Es una ciudad que no se siente subordinada a Murcia en términos demográficos y económicos y que cuenta incluso con el agravio de que parte de su área metropolitana (el Campo de Cartagena) forme parte del término municipal murciano aunque esté al otro lado de la sierra. Lejos al oeste, las comarcas de Baza y Huéscar, aunque forman parte de Granada, también pueden considerarse como parte de esta región natural. Muy al norte, tenemos la población de Almansa y su campo, que se encuentra en plena zona de transición, y ni ellos saben si considerarse manchegos, murcianos, valencianos, o su propia cultura.

Hace unos años se puso de moda en Internet un juego que consistía en contar cuántos cuadrados había en un dibujo de varios cuadrados juntos. La gracia del ejercicio era la constatación de que hay cuadrados dentro de cuadrados, y otros que se forman a partir de trozos de cuadrados colindantes. En geopolítica pasa lo mismo: no puedes pretender que hay regiones y municipios que puedes recortar con tijeras y meter en moldes, sino que el territorio ha de verse como una red fractal de actores regionales de tamaño variado interrelacionados de forma multidimensional. Si queremos alcanzar la máxima prosperidad en todo el territorio, hay que abandonar toda pretensión de ejercer una represión sobre ciertas áreas, y dejar que todo los actores tengan la libertad de hacer florecer sus agendas geopolíticas. El territorio llegará a un equilibrio homeostático que resultará en una jerarquía dinámica y orgánica, amoldable al paso del tiempo y la emergencia de nuevos proyectos urbanos.

Otros temas varios

Está el tema de que Castilla-La Mancha es una región artificial, y que la gente de Ciudad Real no siente nada en común con los de Guadalajara. De hecho, La Mancha es una región cultural que sí tiene su propia identidad. Es una red transversal de ciudades situadas en, más que una llanura, una gigante sartén, y que si se mancomunaran entre sí dejando de lado la comunidad autónoma, tendría sentido.

Está el tema de que hoy por hoy las regiones montañosas del Pirineo, que antaño albergaron la Marca Hispánica, se beneficiarían enormemente de organizarse bajo una estructura administrativa que imite las fronteras condales de antaño. Alto Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Pallars, Urgell, Cerdanya y la Vall d’Aran podrían todas operar bajo un mismo Estatuto condal. Los cabildos canarios son un buen modelo sobre el que basar este nivel de administración. Con una capacidad de flexibilidad suficiente, incluso Andorra podría estar cómoda en un régimen así.

Está el tema de que, mientras Gibraltar siga estando fuera de la soberanía nacional, seguirá siendo una espinilla clavada en el corazón político español. No es necesario recuperar la plena gestión administrativa en ese municipio, que podría tener un estatus de ciudad autónoma, igual que Ceuta y Melilla, pero mientras ese suelo no sea netamente español, la derecha seguirá teniendo una fuente de energía, por la cualidad humillante que representa este hecho diferencial. Un país no es solamente sus habitantes, como ingenuamente decían desde Ciudadanos: también es su suelo. De lo contrario, nada debería poder impedir a las comunidades de jubilados ingleses de la costa mediterránea de crear sus propios gibraltares en sus urbanizaciones de verano.

Está el tema de Cataluña y su proyecto de pasar de provincias a veguerías, con lo que se crearían zonas administrativas nuevas tales como el Bajo Ebro, el Penedés, el Alto Ter, el Alto Pirineo y la Cataluña Central. Este proyecto sería tremendamente positivo para la organización de la Cataluña interior, ya que se adaptan de forma más natural a la disposición demográfica y geográfica de la región. Desgraciadamente, desde Madrid, la voluntad política para permitir esto es nula. Además, a la veguería de Tortosa le podría llegar a ser natural ser cabeza administrativa de comarcas del extremo norte valenciano y la zona de Caspe y Alcañiz en Aragón, pero esto sería algo polémico desde fuera.

Está el tema de que hoy por hoy Soria y Teruel, y en general toda la enorme área montañosa del Sistema Ibérico, extremadamente despoblada, tienen más en común entre sí que ambas provincias con sus respectivas regiones. Entre medio de las dos se extiende una área que, por ser demasiado pequeña y despoblada, no llegó a constituir provincia: Calatayud, pero que también constituye un polo magnético. España necesita, pero esta región muy especialmente, que se difumine la separación entre municipio y región a nivel administrativo. Las veinte o más capitales de comarca de esta zona, tan grande como Hungría por cierto, son los únicos motores que crean valor para esas zonas, y necesitan tener la capacidad para dirigir y administrar sus zonas como si fueran pequeños territorios feudales. Hoy por hoy, los municipios rurales tienen un déficit de calidad administrativa brutal por falta de personal, ya que nadie con buen currículum quiere irse a vivir tan lejos. Muchas veces la diputación provincial es la que toma las riendas de forma extraoficial. Hay que tejer un marco legal que funcione como guante en mano para los habitantes de la España vacía.

Y está el tema de la idiosincrasia catalana y la falta de entendimiento de esta a nivel profundo por parte de los castellanos: estos no entienden que el proyecto civilizatorio catalana es enteramente vecino al suyo. Antes, en la Barcelona de la Edad Media, iban a su bola. Era una especie de reinado muy descentralizado al que le gustaba patronizar una clase mercantil pujante en Barcelona para compensar el enorme grado de independencia aristocrática del interior. Más que una Corona, todo el este peninsular era un conglomerado aristocrático con mentalidades muy comarcales que se guerreaban en miles de cruentas guerras señoriales hoy olvidadas. Y Castilla estaba lejos. No pintaba nada. Y un buen día, Castilla empezó a acercarse. Poco a poco. Al principio venían unos pocos gobernadores, y su séquito. Y cada siglo que pasaba, cada vez estaba más cerca, y más cerca… Hasta hoy. Hoy, el espíritu barcelonés ve como el castellano está directamente encima suyo. Y, para colmo, llama traidor a un proyecto que nunca dejó de participar de forma en el fondo renuente, porque no quedaba otra. La Castilla histórica actúa, da por hecho, de que la etnia catalana es española, pero esta conclusión nunca fue fruto de un diálogo intercultural real, sino más bien de una fantasía solipsista. Cuando el catalán no coopera en esta fantasía, el castellano se enfada, se sorprende. Y lo que tendría que hacer… es madurar. 

Es probable que, en la práctica, sea históricamente demasiado tarde para la etnia catalana desgajarse completamente de España al estilo tradicional, formando un país propio. Por tanto, lo que veremos en el futuro será posiblemente una pulsión política en Cataluña de izquierda extrema, que busque fusionar su tradición política moderna anarquista con el impulso catalanista, para formar una especie de proyecto político de idea antiestatalista. Buscar la independencia no de Cataluña, sino de la Terra como concepto, e intentar llevar a un plano futurista la organización de la interrelación entre el Estado y el territorio. Ese es el único proyecto viable que los catalanes tienen para zafarse de la idea de España no solamente de su territorio, sino también de la zona valenciana y balear.

Anexo: psicoanálisis de la trinidad Lisboa-Madrid-Barcelona

Madrid es una ciudad con una personalidad altamente adicta al poder, por sentir que nunca es suficiente, que sus enemigos siempre sobreviven y se multiplican, y le retan con su existencia general. Esta obsesión por el ajuste perfecto al dogma y la primacía le empuja hacia un olvido constante de la sofisticación y la sensibilidad. El clima seco tampoco ayuda.

Barcelona, la llamada rosa de fuego, tiende hacia un eterno nacimiento constantemente truncado, por no poder ser independiente como antaño. Se mueve en claves de autosabotaje, analretentividad, histeria. Se vanagloria en hacer bien lo fácil, pero no se atreve a dar el salto en lo difícil. Le gusta ver lo que hace su rival madrileño, y le gusta copiarlo y hacerlo mejor, por despecho. Tiene una fijación sobredimensionada según la cual se vuelve fuerte por ser bella, no por ser fuerte. 

Lisboa tiene una actitud contrapuesta a la de Barcelona, puesto que ya es independiente, pero nota el aliento de Madrid en su nuca muy fácilmente. De hecho, lo nota antes Lisboa que Madrid mismo. La saudade, ese sentimiento tan portugués de añoranza, en parte se debe a su imposibilidad por no poder ser joven y alocada, de tener que madurar a marchas forzadas para mantener la independencia y a España a distancia.

Anexo: joder con los vascos, macho, ahí existiendo, qué pesaos

La existencia de la etnia euskaldún ha roto esquemas desde siempre, algo los castellanos han experimentado como faro de luz y éxtasis, y como verruga y pozo tenebroso. No es normal que existan los vascos, que exista una etnia que no sea ni siquiera indoeuropea, que no encaje en ningún sistema ideológico, religioso o imperial. Los vascos son los únicos y últimos nativos del continente. Ya estaban aquí desde la noche de los tiempos, y luego llegó el resto de gente. De hecho, se sabe que en la prehistoria, el Ebro hacía de prehistoria entre los Homo sapiens y los neandertales, y el área vasca actual podría ser considerada literalmente una de las primeras zonas de mestizaje cultural de la historia de la humanidad.

Se dice que una de las razones de su supervivencia, aparte de la geografía intrincada de los montes vascos, es por la posesión de un idioma con una vocalización muy diáfana y serena, que habría ralentizado el ritmo de integración cultural en el exterior, y un matriarcado espiritual muy enraizado en la identidad de los miembros de su llamada raza. Algo que se entiende poco es que el idioma castellano tiene un factor distintivo, y es que nació en la cuenca del Ebro en los últimos siglos del primer milenio, no tanto como un idioma de un pueblo concreto, sino más bien como un pidgin, una lengua de intercambio, de comercio, de conexión entre el oeste peninsular y el este. Y se nota el poso de la influencia vasca en el castellano, sobretodo en la entonación de la lengua, que es más seca y dura que el resto de lenguas peninsulares, como el catalán y el portugués, que son más melosas. Estos dos idiomas románicos peninsulares de cada extremo de la península, que provienen de un antiguo continuo dialectal, tienen un estilo performativo más parecido entre sí, que con el castellano, cuyo origen está en el centro peninsular. Lo que ocurre en el fondo es que este idioma castellano es un idioma especial, producto de una relación simbiótica con el vasco que le es central a su idiosincrasia.

Ningún pueblo prerromano, sea celta, cantábrico, íbero, o cualquier otro, ha sobrevivido a la invasión europea greco-romano-cristiana. El vasco, sin embargo, se ha de ver como un programa lingüístico-cultural único en que, por alguna razón, conservó en sí mismo la suficiente capacidad de pujanza y proyección exterior para poder no solamente sobrevivir al paso del tiempo, sino incluso ser capaz de, durante los primeros siglos de la reconquista, resonar más allá de sus fronteras y forzar al área alrededor suyo a amoldarse a su propia forma de ser. Es curioso como toda persona cuya lengua materna sea ajena al castellano tiene un acento propio distinguible, sobre todo si ese idioma materno es de otra familia lingüística (esto obviamente pasa en todos los idiomas). Un árabe o un chino, al hablar castellano, se nota que viene de ahí. En cambio, un euskaldún no tiene acento reconocible, como mucho una entonación característica (el típico ahí va la hostia). Es decir, que, de alguna manera, lo que históricamente ha conseguido el alma vasca, un idioma que ni siquiera es indoeuropeo, es imponer su propia pronunciación de las lenguas románicas al resto de la población de la península ibérica. Dicho de forma burda, el castellano en sí mismo podría ser latín tardío ibérico… con acento vasco.

Total, que tiene su gracia ver como para muchos españoles centralistas la etnia euskaldún, que no es siquiera indoeuropea, les supone una especie de pegote, o verruga, que afea el sueño de un supuesto continuo armonioso entre las lenguas románicas en la frontera pirenaica, o directamente de la primacía del castellano. Esta misma gente no entiende hasta qué punto el vasco es padre del castellano. La cultura vasca tiene una relación simbiótica con la lengua castellana, que emergió como una interlingua de comercio y comunicación entre diferentes etnias de la península, haciendo sobre todo de puente entre el latín y el vasco. Los primeros textos escritos en castellano los escribieron monjes vascos. La toponimia de aldeas con nombres vascos se extiende hasta la meseta manchega. Hoy en día hay casi tres millones de vascos en Euskadi, pero se estima una diáspora por las Américas y otros lugares de más de setenta millones de personas, haciendo del pueblo vasco literalmente la etnia con la mayor proporción entre integrantes y diáspora de la humanidad.

El hombre vasco representa para el castellano una fuente de desprecio, miedo, ansiedad y admiración. Desde las guerrillas rurales vascas de la edad antigua hasta los atentados de ETA, el pueblo vasco siempre ha hecho gala de una aparente fiereza indomable que siempre ha desconcertado a los castellanos. Este miedo, esta incomprensión de no saber de dónde puede surgir tanta energía enfrentándose a la civilización cristiana y europea (y ganando) quizá sea en parte la originadora del carácter seco y dogmático castellano, empeñado en sobreponerse como sea a esta energía.

La forma que ha tenido España de domesticar a los vascos es a través de la negación de toda legitimidad política por no estar establecida a través de los canales ortodoxos: el feudalismo. Aún hoy, una de las bases del argumentario clásico antiabertzale es que los vascos nunca han sido un país independiente, porque no han tenido un rey propio. En el actual País Vasco nunca hubo dinastías aristocráticas con las que posteriormente se podría decir que hubo independencia política, por el hecho de que este tipo de estratificación social era mal vista por la cultura vasca, que no quería tener nada que ver con la creación de jerarquías políticas y el surgimiento de hombres que se las dieran de señores importantes. El territorio, pues, estuvo gobernado nominalmente por Navarra y luego Castilla, pero no significa que no hubiera independencia de facto en el terreno. Navarra, por otro lado, fue siempre un reino de un grupo de vascos que escogieron tomar su propio camino, pero en este caso se argumenta que «Navarra no es vasca». En definitiva, para el chovinismo español, los vascos no tuvieron reino y por tanto no fueron independientes, y el reino que tuvieron en verdad no es vasco.

Los vascos, por otra parte, siempre han sorprendido al castellano con su energía de nuevo converso. Esta cultura, tan pagana durante tanto tiempo, permitió que el pueblo llano continuara teniendo un acceso a la experiencia mística, a través de la brujería, el uso de plantas medicinales, ritos, festividades, espíritus del bosque, mitos e historias fantásticas. Esta llama espiritual, que en la mayor parte de Europa fue extinguida muchos siglos antes, en la etnia vasca se mantuvo viva hasta tal punto que, cuando fueron cristianizándose, se tomaron más en serio el cristianismo, desde una perspectiva espiritual, no ideológica, que sus compañeros peninsulares. Así pues, los jesuitas, la organización cristiana más pujante, heterodoxa y fuerte de la historia cristiana, nació fundada por vascos en el momento de mayor debilidad del catolicismo, en plena revolución protestante. En las guerras carlistas, las tropas vascas se empeñaban en dar misa en cada aldea que conquistaban. En la conquista americana, los vascos siempre estaban en primera fila de forma desproporcionada, y hoy constituyen una parte sorprendentemente alta de las élites criollas.

Los castellanos siempre han tenido una preocupación existencial por el dogma, y por eso no entienden la posición política vasca, que es a la vez flexible y calculadora, pero también de una tozudez inaguantable. Esto siempre ha sido así, desde los romanos. Ha sido un pueblo que jamás ha renunciado a la independencia identitaria: reconocieron desde el primer momento su situación de inferioridad militar respecto a sus vecinos, y han tenido una política siempre conciliadora, que reconoce la égida del vecino a cambio de una independencia de facto. El vasco siempre ha preferido regalarle el relato al vecino a cambio de poder vivir en paz, ya que de todas formas tal relato no tiene valor para el vasco, que sabe quién es y no le hace falta que nadie se lo explique. Si eso significaba ser una provincia romana, adelante. Ser un condado, adelante. Lo que haga falta. Pero los fueros no se tocan, por la sencilla razón de que, en última instancia, el pueblo vasco no se toca. El pueblo vasco siempre estará donde está, y siempre irá a su bola, le guste o no al resto. La única opción capaz de vencer este hecho diferencial es, dicho claramente, el genocidio. ¡Que se atrevan!


Edu Collin Hernández (Amberes [Bélgica], 1995), hijo de belga y española, graduado en economía, y educado en el núcleo duro del Opus Dei catalán, ha vivido su juventud a caballo de entornos frikis interneteros, y comunidades hippies y new age. Psiconauta empedernido, escribe sobre la conexión entre las experiencias místicas y el surgimiento de entramados institucionales, y otros temas relacionados.

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