Poéticas

Tránsito y arrojo: ‘Polaris’, de Isel Rivero

Publicamos las palabras pronunciadas por Olga Muñoz en el acto de presentación del poemario 'Polaris', de Isel Rivero, en la Casa de América de Madrid.

/ por Olga Muñoz Carrasco /

Polaris es un libro extraño y hermoso. Su título llega del poema final de la recopilación que ha preparado con tanto esmero Benito del Pliego (Loadstar). Polaris nombra al astro más brillante de la constelación de la Osa Menor. Si consultamos en la Sociedad Española de Astronomía (SEA), sabremos que

«[l]o que hace especial esta estrella es el hecho fortuito de que el eje de rotación de la Tierra apunta casi exactamente hacia ella por su lado norte. Por lo tanto, a medida que la Tierra gira esta estrella se mantiene siempre quieta en un mismo punto del cielo y no comparte el movimiento diurno de salida y puesta que afecta al Sol, la Luna y el resto de estrellas del firmamento. Eso hace que la estrella Polar sea muy útil como recurso de orientación en la noche y conocerla resulta fundamental para excursionistas, exploradores y navegantes».

Algo nos dice esto del libro que presentamos: escritura que brilla, señal no voluble, apoyo para quienes necesiten ubicación.

Isel Rivero

La poesía de Isel Rivero (La Habana, 1941) constituye una aventura hasta hace bien poco distante, que avizorábamos sin llegar a conocer del todo. Esta edición ofrece una posibilidad de lectura que no pretende fijarla en la simple recopilación cronológica de obra, sino que postula una propuesta tan ambiciosa y a la vez tan natural como orientarse mirando el cielo. No hay fechas para el discurrir de los poemarios, ni agrupamiento de libros por idioma, ni ordenación por su condición, o no, de texto ya publicado (aunque toda esta información pueda encontrarse puntualmente en el prólogo). La iluminadora edición de Del Pliego canaliza la lectura de forma que el propio cauce se va disolviendo según avanzamos, queda integrado en el paisaje y apenas interfiere en la visión de conjunto, como esas terrazas de cultivo que parecen haber emergido de la montaña misma. Desde fuera, conocemos algunos números que impresionan y que aparentemente explican: «Más de seis décadas de escritura entre dos lenguas, tres continentes y media docena de países» (15). Pero esta edición fija balizas desde dentro, referencias íntimas que crean un territorio donde acontece sin obstáculos la respiración poética de Rivero con su extensión variable, con su ritmo a la vez reconocible e imprevisto.

Partiendo de la dispersión material, de esa desmembración que se convierte, según palabras de Del Pliego, «en fuerza centrípeta que la mantiene unida», asoman sin embargo algunos de los vectores que cohesionan la obra de Rivero. Antes de arrojarnos a sus tres poemas mayores, la «Antesala» nos enrumba: «En el desasosiego está el germen mismo de la imagen y la palabra que lucha por colmarse de realidad de la página.// Somos versos libres caminando entre los escombros de la memoria. Situarnos en las líneas de diálogo con la penumbra es el reto» (47).

Desasosiego, lucha, realidad y memoria, elementos que se confirman desde La marcha de los hurones, uno de sus libros emblemáticos. Más allá de su conexión con Cuba, más allá de la Troya de Tundra o del castillo de la Infanta en El Banquete ―sus tres largos poemas―; más allá, o precisamente apoyado en esas referencias concretas, se comienza a esbozar el perfil de su escritura con algunas líneas claras: la presencia de la profecía no atendida, la diáspora del ser humano y la sangrienta destrucción con que evoluciona la historia. Distintos escenarios, variados contextos en los que si hay continuidad es justamente por el dolor y el sacrificio. Leemos en el impresionante poema «Nuestro dolor»: «Nuestra dislocación es total. Otros calendarios, otras fiestas, otras lenguas, otras violencias, el dolor estalla ante la puerta cerrada. Ni regreso ni salida, tan simple» (105). El dolor parece una de las claves para la lengua poética de Rivero, y en uno de sus versos damos con un gesto aspiracional: «El tránsito de la tortura al esplendor» (112).

Sobre esta base se fundamenta parte del sentido de esta poesía, sobre una cualidad visionaria que avanza tropezando con la ceguera de alrededor. Oímos en el poema «Casandra»: «Está bien así./ Mi diálogo queda frente a la pared sentado/ Y yo soy un vaso de cristal» (119). Es decir, la intuición de futuro como receptáculo transparente frente a una superficie opaca. La tercera sección de Polaris se titula «Tienes que nombrarlo», y ese membrete podría acoger también la totalidad del libro. «Tienes que mirarlo», podríamos anteponer, para después nombrarlo, pues mirada y palabra componen un mismo movimiento (casi musical, según leemos en la penetrante entrevista de Yaiza Martínez y Del Pliego). Escribe Rivero: «las palabras son testigos/ levantan un péndulo sobre mi cabeza» (127). Entonces, la poesía entendida como imposibilidad de apartar la mirada; después, sostenida en la incómoda visión, atroz muchas veces, violenta, desgarradora; finalmente, la poesía como detenimiento y contemplación, ojo que analiza y se preocupa y ocupa del ser humano zarandeado por la historia, al mismo tiempo que se detiene en otros sujetos dañados, en sus cuerpos, incluso en el cuerpo propio… Pero así aceleramos con demasiados puntos de fuga, bajemos un momento la velocidad porque, además, no se trata de un recorrido lineal. No podía serlo además en una lectura no cronológica de la obra que propicia este Polaris.

En el capítulo 4, «Canciones, canciones & canciones», la violencia enlaza con el amor, y la voz se hace niña insomne, hija herida y secuencia del «llanto de mujer largamente prohibido/ que la radiante flecha plateada del amanecer desgarra» (135). Reconocemos algunas de las balizas internas antes comentadas: sufrimiento, agresión, nombramiento en relación con la memoria: «dónde está el mensaje amor/ dónde está la primera palabra/ dónde comienza/ si solo el silencio dicta la voluntad/ de los que están muertos/ […] mi cuerpo ensamblado como porciones de una mujer histórica/ de una mujer arcaica que una vez se inclinó sobre el abismo/ […] la mujer que de nuevo mira sobre su hombro derecho/ antes de precipitarse en el mismo silencio / el mismo silencio eterno de los vivos» («La llovió la noche», 138-9).

Las mujeres marcan la sección titulada «Diosas madres hermanas». En ella coinciden la prestidigitadora, Venus naciendo, Mnemósine que también profetiza, Medea, la suicida Marina Tsvetáieva, el nushu y María (madre de Jesús), que en un impresionante sermón ordena: «deshaced los altares/ y haced de un oscuro vacío innominado/ el objeto de vuestra devoción» (183). En todos los poemas la mujer se vincula a la voz y la palabra, de muy diferentes maneras. La más imponente sea quizá el discurso de María fundando un hueco para una vida diferente: «Cómo decir explícitamente/ ningún sacrificio/ ninguna palabra/ ninguna fórmula prescrita/ contra la locura/ la actuación de la vida es suficiente/ una vida vivida en armonía/ con el vacío» (189).

La oquedad nueva se crea al nombrarla, el espacio se ensancha para quienes no lo tuvieron, o se desvela un lugar ya existente cargado de secreto, ese idioma propiamente femenino de las mujeres chinas. Esta poesía es por tanto también cavidad, vacío, hueco, arcano (la autora habla en la entrevista de la importancia del silencio). Las mujeres son invocadas en la obra de Rivero como presencias salvíficas. Los poemas se vuelven plegarias, y esas plegarias ejercen su poder, albergan respuestas: «Esto dijo [María]/ es la resurrección/ un renacimiento de lo esencial/ de los pájaros que vuelan/ de los árboles que no provocan miedo/ de los cuerpos que crecieron para dar y recibir/ del agua intacta/ de sabiduría ininterrumpida» (191).

El cuerpo, aquí mencionado, surge también como individualidad situada en el cruce de tiempos y espacios. Espacialmente se construye como desplazamiento, se encuentra sometido a una errantía perpetua que apunta al exilio sobre el que se levanta la obra de Rivero. En el tiempo, el cuerpo es entregado a la historia, al deseo y al deterioro, carne conectada con otras individualidades en transcurso, en unión amorosa y/o familiar, como cuando se descubren las manos de la madre en las propias. Un cuerpo que desborda sus límites específicos y pertenece a la especie y a la vida entera, y como ella en peligro por la descabellada destrucción del planeta: «Como antes, como siempre,/ el manual de conducta es/ Mutilar/ Extraer/ Capitalizar/ marfil y ganglios del perfume» (263).

La conexión en lo material entre naturaleza, mujer y cuerpo dibuja una de esas continuidades aludidas, en las que se actualiza lo hasta aquí expuesto: don de la profecía, inminencia de la catástrofe, avance de la destrucción, persistencia del dolor, pero a la vez sabiduría en la actitud de atención al mundo y su multiplicidad que ilumina cierta esperanza en respuesta a la preocupación ecológica (cuánta sintonía con otros poetas latinoamericanos y su preocupación ecológica, como los recogidos en aquella antología, El consumo de lo que somos, publicada en su día por Amargord).

La poesía de Rivero se sostiene sobre el arrojo y el tránsito continuo, lo que conduce a una investigación constante en la lengua, a una reinvención de la voz, de las voces, de los tonos en casi cada proyecto, más allá del español. Palabra adherida al movimiento, que se desplaza abriendo las muchas ventanas que, por cierto, pueblan sus versos: «Caminar/ es la apuesta», oímos. Y, para terminar, los últimos versos del último poema de Polaris, titulado igualmente con el nombre de esa estrella en la que fijamos la mirada según avanzamos en esta espléndida antología, en busca no solo de guía hacia adelante sino también hacia atrás, en busca del origen: «Hay que rastrear aún el último nudillo/ el diente de sable/ En una corriente de agua ondula/ la piel blanca/ el arroyo abierta ahora/ mi mano/ aquí/ un signo del ser» (299).

Palabras pronunciadas en el acto de presentación del libro en Casa de América, Madrid, 15 de diciembre de 2021.


Selección de poemas

Antesala

A Enrique Suárez de Puga

No es la noche la que acontece
Aun cuando el cielo ya opacado
Anuncie el esplendor de las estrellas

Ni la mágica textura de los árboles
Inclinándose adormecidos
Hacia el césped gris

Es la voz de la memoria
Precipitándose sin palabras
Al espacio innombrable
Del silencio

Fuera del verbo
Hinca la rodilla
El presentimiento
No dejando rastro
Ni huella
Pero llegando descalzo
Desmontado de su buque

Sin tiempo
Arrastrando tras de sí
La realidad
Humana
Hacia otro momento
Otra forma

Y es allí
Ahora
Antes
Mañana
Que comienza el poema.

Historia seria

Te dejaré atrás, pero tú serás mi viuda
Anna Ajmátova

El Duque de Wellington
conoció a Fernando VII
Tomaron té
y una crónica fue escrita
A eso le llaman Historia

En el Hotel Wellington de Madrid
los toreros duermen
antes y después del sacrificio

Hay una bahía y posiblemente un golfo de Wellington
y hay ciudades que seguro también llevan su nombre

Wellington es el nombre de unas botas camperas
mi padre las llevaba de cacería
le gustaba el barro en las suelas
el barro que se pegaba al buscar gacelas
se regodeaba
en caminar con ellas dentro de la casa
embarrando los azulejos
dejando que sus perros olieran
la sangre seca en el empeine

Wellington es también el nombre de una receta
para la carne al horno
que se envuelve en masa de hojaldre
y es también el nombre
de plumas de fuente
hechas a mano y numeradas
que se usan para firmar tratados

Estatuas ecuestres
figuran en todas las plazas
respetables y serias del mundo
bustos como setas germinan
en todos los salones a media luz
donde los hombres se reúnen
Es una tradición guardada e inspirada
por César que cruzó el Rubicón

Pero Wellington es sólo un hombre
menos simpático que Lord Nelson
quien tuvo una tórrida pasión en Nápoles

Borbones, Habsburgos, Tudores, Romanovs,
Plantagenets, Saboyas, Valois, Hohenzollern,
la lista del registro puede ser extensa
si incluimos a los arribistas post-coloniales
cuyas familias reclamarían su pedigrí
adjudicados en campos de muerte, conquistas y saqueos

Nuestra breve historia
Seis mil años
Y tantos héroes.

Montecarlo

And when you called
I was walking through the corridors
under your eyelids
seeing what your voice has not dared naming
the glassy eyed multitude
which moved under a tenuous dead unwilling fire
and stared
as if in awe
as if in stone

The multitude appeared to notice us
but I was still a wing around your neck
holding you back letting you dance away
and when you moved inquiringly
I was there to answer

They went on gambling
their hearts already frozen dry
their last bargain struck with fate
pretending not to notice
life’s entry into the bridal chamber at your side

Montecarlo

Y cuando llamaste
caminaba por los pasillos
bajo tus párpados
viendo lo que tu voz no se había atrevido a nombrar
la vítrea multitud avistada
se movía bajo un fuego tenue muerto reticente
y miraba con insistencia
como sobrecogida
como petrificada

La multitud pareció notarnos
pero aún era yo un ala rodeando tu cuello
respaldándose dejándote marchar bailando
y cuando hiciste el movimiento inquisitiva
yo estaba allí para dar respuesta

Ellos siguieron apostando
sus corazones congelados secos
sus últimas rebajas sacudidas por el destino
fingiendo no darse cuenta
de que la vida entraba en la suite nupcial contigo

Hoy primero de abril

Hoy primero de abril
En este año de la pandemia
Venus se acerca a las Pléyades

Hay que esperar a la hora exacta
En el temprano crepúsculo
Para verlas
Y sonreír
Porque esta tentación de las estrellas
Para hablar en silencio
Para acariciarse con la luz
Solo retorna cuando la Tierra
Se estremece bajo el empuje de la Luna naciente
Cada ocho primaveras.

Inclínate reverente esta noche
Y abraza lo desconocido.

Loadstar

Through microscope
into the invertebrate light
we find our faces a billion moons away
stirring up bones at the earth’s core

The wind swept sail and globe
above the plains

Two rivers meet
where there is neither beginning nor end
where we collapse into each other
and dive into the ocean floor

Seconds later
I stand at the foot of a volcano rising
at the birth of the Andes
Scratch I say the forest canopy
and with grinding teeth
its magma rose
above the torque of plates
above continents

Yes, it rose speciated
different
standing
against redwoods
an implant
the white dolphin of the Yangtsé

Back then
a foot print
and another
dug out from clay and sandstone
at Olduvai

Dredge still the last knuckle bone
the sabre tooth
Rippling in water flow
the white skin
the brook now wide open my hand
here
a sign of self

Polaris

Por el microscopio
en la invertebrada luz
encontramos nuestras caras a billones de lunas de distancia
al rebuscar huesos en el centro de la tierra

El viento barrió vela y globo
sobre las llanuras

Dos ríos se juntan
donde no hay principio ni fin
donde caemos unas en otras
y nos sumergimos hasta el fondo del mar

Segundos después
me levanto al pie de un volcán que emerge
con el nacimiento de los Andes
Araña digo la fronda del bosque
y con rechinar de dientes
su magma se eleva
sobre la torsión de placas
sobre continentes

Sí, se eleva evolucionado
diferente
erguido
contra las secuoyas
un implante
el delfín blanco del Yangtsé

En aquel tiempo
la huella de un pie
y otra más
excavada en arcilla y piedra arenisca
de Olduvai

Hay que rastrear aún el último nudillo
el diente de sable
En una corriente de agua ondula
la piel blanca
el arroyo abierta ahora
mi mano
aquí
un signo del ser


Polaris: muestra heterodoxa de poemas, 1959-2020
Isel Rivero
Olé Libros, 2021
334 páginas
15 €

Olga Muñoz Carrasco (Madrid, 1973) cuenta como poeta con los libros La caja de música (2011), El plazo (2012), Cráter, danza (2016), 15 filos (2021), Tapiz rojo con pájaros (2021) y Filo (inédito). Es profesora de Saint Louis University en Madrid. Entre sus trabajos académicos destacan los libros Sigiloso desvelo: la poesía de Blanca Varela (2007) y Perú y la guerra civil española: la voz de los intelectuales (2012). Ha preparado para Galaxia Gutenberg la antología de Blanca Varela Y todo debe ser mentira (2020). Su labor editorial está vinculada a la colección Genialogías de Tigres de Papel y al colectivo Lengua de Agua.

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