/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Todo empezó con la guerra de Irak, la primera. Recuerden que Sadam Husein invadió Kuwait en el verano de 1990 y se generó un conflicto internacional, en el que una coalición de 34 países, liderados por Estados Unidos y autorizada por la ONU, expulsó a los iraquíes del emirato. El conflicto pareció terminar con la campaña aérea sobre Irak. Pero nadie invadió el país; se consideró demasiado peligroso.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York determinaron como respuesta la guerra de Afganistán, que se inició en octubre de aquel año. La guerra terminó en 2021 con la retirada de los aliados occidentales y un gobierno talibán en Kabul. Este conflicto ha supuesto unos 176.000 muertos. Y ha sido un fracaso.
Pero en marzo de 2003 se inició una segunda fase de la guerra de Irak, que tenía como objetivo derrocar al régimen y eliminar armas de destrucción masiva. Duró hasta diciembre de 2011. La guerra la inició la misma coalición que en 1990. A pesar de que muchos dirigentes, como Tony Blair, sabían que Irak no poseía armas nucleares, la guerra siguió su curso. Muchos analistas advirtieron a los miembros de la coalición de los riesgos, pero no fueron atendidos. En este conflicto, los Estados Unidos cometieron un error gravísimo, ya que el ejército iraquí, una vez derrotado, no rindió las armas. Desde hace siglos las guerras terminan con la rendición del enemigo y la entrega de armas. Aquí los yanquis quisieron hacer un invento, y despues de la invasión se desató una fuerte violencia contra las fuerzas de ocupación y entre los diversos grupos o facciones (léase Al-Qaeda). El balance de este error fueron unas 150.000 personas muertas según las estimaciones más prudentes. Y ha sido un fracaso.
Apenas apagadas las cenizas de las guerras iraquíes, en 2011 tuvo lugar la guerra civil de Libia y la de Siria. En Libia grupos opositores con el apoyo de Occidente derrocaron a Gadafi. Aquí lideró la orquesta Francia, con el pretexto de una «intervención humanitaria». Muerto el dictador, el país ha quedado dividido en zonas de influencia controladas por bandas armadas. El conflicto ha costado unos 30.000 muertos. Y ha sido un fracaso.
En Siria ocurrió algo parecido: después de una serie de manifestaciones contra el régimen baazista y de la represión subsiguiente, se inició una guerra civil que implicó a casi todas las potencias del momento: Rusia y China se ubicaron al lado de los baazistas mientras Turquía, Arabia Saudí y Qatar —con la CIA detrás— se posicionaron a favor de la oposición armada. El conflicto terminó en 2024 con el triunfo de una alianza yihadista y Ásad, el presidente, huyó del país. El conflicto ha dejado no menos de 600.000 cadáveres y otros 100.000 desaparecidos. Y ha sido un fracaso.
Observen la encadenación de conflictos y la implicación occidental en todos ellos, sin mencionar a Israel, que estaba detrás de muchos de ellos.
Finalmente (por ahora), en 2026 una coalición israelí-norteamericana, sin previo aviso, atacó Irán. El objetivo era impreciso: derrocar al régimen e impedir su rearme. Esta vez la guerra se inició sin máscara alguna: fue una agresión durante una supuesta negociación diplomática. No hay cobertura de la ONU; los aliados de Estados Unidos se inhiben ante una guerra que les sorprende, ya que ni tan siquiera fueron informados. Esta guerra tiene dos protagonistas: Netanyahu y sobre todo Trump.
Trump, que había ganado las elecciones diciendo que acabaría con todas las guerras en algunas semanas no tendrá nada fácil recuperar la credibilidad entre los suyos, contrarios a estas aventuras militares. A los ayatolás, que predican el martirio, no les han doblegado ni las bombas, ni los asesinatos de muchos líderes.
Los mandos militares desde el Pentágono hablan de haber alcanzado miles de objetivos, pero no han podido ganar ningún objetivo político. Irán sabe las bazas que juega: cierra Ormuz, bloquea el tráfico marítimo mundial, provoca una inflación sin parangón e incendia las petromonarquías del Golfo.
Trump sigue diciendo que los persas se arrodillan a sus pies, pero no es cierto. Los iranies siguen con sus ataques, sabiendo que el tiempo juega a su favor. Las bravatas de la casta militar trumpista no hacen mella en su sistema; las defensas iranies, con armas que se fabrican con pequeños motores de motocicletas y chapas de latas de petróleo, con un coste ínfimo, hacen frente con éxito a los costosos misiles de ataque. El régimen de los ayatolás no solo no se ha rendido, sino que ha afianzado sus pilares ideológicos. Han planteado a la cúpula yanqui unas condiciones inaceptables, aun cuando ellos dicen lo contrario.
Trump no tiene otra salida porque está derrotado y los ayatolás se saben vencedores, aun cuando sea a un coste altísimo. Nadie puede tolerar que Ormuz quede en manos de Irán, controlado solo por ellos; tampoco que Irán tenga el uranio para diez bombas nucleares como se cree que tiene. ¿Qué puede hacer el megalómano de la Casa Blanca? Nada de esto puede tolerar, pero si sigue la guerra e intenta destruir todo Irán, los mercados financieros se le echarán encima, como ya han hecho después de su insensata bravata de eliminar una civilización en una noche. Ahora, ha quedado claro que la superpotencia americana no ha podido controlar Ormuz ni quitarles el arsenal nuclear. Por lo tanto, esta guerra era, desde el inicio, un disparate. ¿No le advirtieron a este loco de los peligros? Puede que algunos le advirtieran, pero en este caso los despidió. Solo le quedan aduladores. Ahora, si prosigue la guerra se hunde en su casa, y si deja y abandona la guerra quedan en evidencia los límites del poder yanqui. ¡Toda una lección de historia que se inició en Irak en 1990!

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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