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¿Sabes lo que los cuirs le están haciendo a nuestra tierra?

Julianna Neuhouser escribe sobre casos de colusión entre transfobia, ecofascismo, conspiranoia y antisemitismo.

/ por Julianna Neuhouser /

Artículo originalmente publicado en Revista Común el 22 de octubre de 2021

En una conferencia magistral en el Instituto Político y de Participación Ciudadana (IEPC) Tabasco este marzo, la editora Laura Lecuona propuso que el avance de los derechos de las personas trans representa una amenaza para los derechos de las mujeres, insinuando que hay una mano negra detrás del activismo trans: «Este lobby tiene muy claro lo que busca», dijo Lecuona. «Y la gente que se deja llevar no tiene muy claro lo que va a pasar». El IEPC Tabasco terminó deslindándose de la conferencia, pero hay que analizar ese término: lobby. Es absurda la idea de que las personas trans constituyen un grupo de poder en un país en que casi un cuarto de ellas ha tenido que interrumpir sus estudios de manera definitiva por la transfobia y en que se suele recurrir a trabajos transexualizados, como el trabajo sexual y en las estéticas. Pero las teorías de conspiración no son racionales; desmentirlas también es absurdo. Hay que estudiar sus orígenes e historias: surgen en un contexto dado para explicar una situación en particular, y luego son adoptadas por otras personas que también las encuentran útiles.

Lecuona es la representante en México de Women’s Human Rights Campaign (WHRC), una organización transfóbica que intenta disfrazar su odio usando el lenguaje de derechos humanos (un detalle: en 2020, WHRC pidió oficialmente que el parlamento británico actuara para treinta la «eliminación» del «transgenerismo» [sic]). Sus más de 30 afiliados en México incluyen Las Brujas del Mar, Mujeres de la Sal, la Organización Nacional de Mujeres del PRD y hasta algunos colectivos del Estado de México que han sido señalados como grupos de choque priístas por activistas locales. En sus memorias —​​entre alabanzas de incendios de sex shops y negaciones de que haya participado en un ataque violento contra un bar para comunidad lésbica—, la fundadora de WHRC, la feminista radical inglesa Sheila Jeffreys, escribe que, «para entender el éxito de la agenda de los derechos trans, hay que saber quién financia sus organizaciones», y explica que una periodista estadounidense llamada Jennifer Bilek ha destapado una conspiración de «billonarios gays y travestis» (Sheila Jeffreys [2020]: Trigger warning: my lesbian feminist lfe, Spinifex, p. 224). Pero aquí pasa algo raro: aunque Bilek publica sus debrayes conspiranoicos en revistas conservadoras como The Federalist, First Things y The American Conservative, las raíces de su teoría están en un grupo ambientalista, llamado Deep Green Resistance (DGR), que quiere acabar con la civilización.

Deep Green Resistance es un grupo sumamente polémico en el movimiento ambientalista, tildado de ecofascista por sus críticos por proponer la destrucción inmediata de la infraestructura industrial sin preocuparse por la posibilidad de daños colaterales provocados por la interrupción de la cadena de suministro de alimentos a las ciudades; el surgimiento de la teoría de conspiración del «lobby trans» tiene que ver explícitamente con los conflictos en que estaba sumergido en 2012-2013. Hay una historia que contar, y es hasta graciosa para mí: tengo un nuevo género y una nueva nacionalidad, pero parece que no puedo zafarme del drama ácrata de hace casi diez años en el rincón superior-izquierdo de los Estados Unidos.

Recuerdo bien la vez que asistí a una conferencia de Derrick Jensen, el fundador de DGR. «¿Soy el único aquí que tiene un cuerno de chivo?», nos gritó. El auditorio quedó en silencio. Efectivamente, sí. «Es lo que esperaba», dijo. «Siempre lo pregunto, siempre recibo la misma respuesta. La única excepción fue en Pensilvania occidental. «Así somos», me dijeron. No sé qué pasa allí pero me caen bien». Ante esto, una voz de fondo, de una abogada judía que solía trabajar gratis para sacar anarquistas de la cárcel, gritó: «¡Pensilvania occidental es territorio nazi!». «No soy un nazi», balbuceó, perdiendo el ritmo de su arenga. Luego, nos decía, «La gente cree que soy como Pol Pot. No estoy de acuerdo. Platiquémoslo, entonces». Lo que seguía era una visión apocalíptica en que las ciudades iban a ser vaciadas a la fuerza: «Tenemos sangre en las manos si actuamos, tenemos sangre en las manos si no actuamos. Actuemos». Todo muy Año Cero. 

Crecí en el noroeste de los Estados Unidos, donde confluyen un liberalismo santurrón y una tala indiscriminada que ha devastado uno de los paisajes más bellos de la Tierra. Pero también había resistencia. Inspirado en la clásica novela The Monkey Wrench Gang de Edward Abbey, Earth First! había emprendido una campaña de sabotaje y protesta: en 1990, Judy Bari organizó «el verano redwood» en el norte de California, juntando ambientalistas y leñadores para proteger los bosques restantes —hasta que un coche bomba acortó la campaña— y entre 1995 y 1996, un okupa en un bosque nacional de Oregón bloqueó la venta de árboles al sector privado. Pero en los años que siguieron al colapso del okupa, el llamado Estado Libre de Cascadia, surgieron otras corrientes que eran más oscuras. El escritor anarco-primitivista John Zerzan dijo que el recién publicado manifiesto de Ted Kaczynski, el Unabomber, representó «un destello de esperanza» (a pesar de apartados como «El peligro del izquierdismo», supongo [John Zerzan {2002}, p. 154]). En 2001, dos miembros del Earth Liberation Front quemaron un lote de camionetas, una acción directa que los haría presos políticos célebres. Cuando fueron sentenciados, pocos hablaron de las referencias a Charles Manson que hicieron en su última declaración al juez, pero años después, ya libres, quedó muy claro que su inspiración política venía menos del anarquismo verde que del fascismo esotérico de Julius Evola.

Jensen encarnaba muchas de las peores tentaciones de este movimiento. En 2009, dio una conferencia en Portland en que dijo que había que volar la presa Grand Coulee, ubicada río arriba; hacerlo inundaría la ciudad. Frente los abucheos de la audiencia, gritó una sola palabra: «¡Múdense!». Paradójicamente, a pesar de sus discursos sanguinarios, cuando surgió el movimiento de Occupy Wall Street, se lanzó contra el bloque negro, distanciándole aún más de la izquierda. Estas tensiones llegaron a su punto de quiebre en 2012, cuando Jensen fundó DGR, junto con el escritor Aric McBay y la feminista radical Lierre Keith, una veterana de Feminists Against Pornography y autora de The vegetarian myth, un libro que le ganó un pastelazo de veganos militantes. Una organizadora trans quería asistir al evento inaugural, y McBay le había prometido que podría usar el baño que acordaba con su identidad de género, lo cual provocó un alboroto interno. En un correo, Keith dijo que la comunidad trans era «reaccionaria», que «fue la cultura pornográfica la que realmente creó todo el concepto de trans». McBay terminó renunciando, creyendo que Jensen y Keith usaron el tema para aplastar una emergente estructura democrática en la nueva organización: «Trajeron sus incondicionales, gente que nunca les iba a interpelar», dice. «Jensen se ve como autor, no como organizador. Cuando eres un organizador, tienes que escuchar a la gente, pero un autor no tiene que hacerlo, simplemente dice lo que cree que es la verdad». Por cierto, durante el evento, resultó que la sede solo tenía baños individuales.

En mayo de 2013, en la conferencia Law & Disorder en Portland, un grupo de activistas LGBT confrontaron el contingente de DGR por sus políticas transfóbicas. Alguien lanzó un burrito a un representante de la organización, un burrito que se volvería icónico (ya que fue una conferencia anarquista, alguien hasta lo recogió del suelo y se lo comió). Dos días después, Earth First! declaró que ya no iba a publicar textos de DGR ni a promocionar sus campañas. Les llovieron cancelaciones de sus eventos y sus militantes empezaron a desertar. «En gran medida, se derrumbó por las inclinaciones de sus líderes de portarse como si fuera una secta», dijo Alexander Reid Ross, el cofundador de Earth First! Newswire. «Querían reclutar entre anarquistas, pero no fue sostenible, porque no eran anarquistas […] los grupos entre los cuales querían reclutar tenían posturas diametralmente opuestas en muchos temas». 

No todos vieron así el colapso de la organización. Jennifer Bilek, una de sus militantes, quien se encargaba en ese tiempo de buscar (sin éxito) nuevos espacios y aliados para DGR en Nueva York, se puso a investigar lo que llamó «el dinero detrás del proyecto transgénero» por «curiosidad sobre el poder del grupo que precipitó ese acontecimiento». Bilek llegó a la conclusión de que un grupo de hombres ricos blancos querían instaurar un sujeto transhumanista, haciéndonos adictos a un proceso constante de modificación corporal. La peor pesadilla de la ecología apocalíptica: un futuro cyberpunk en que la especie misma se vuelve mutable. «Para hacernos aceptar la fusión con máquinas/inteligencia artificial, hay que tener una disociación con la realidad biológica», dice Bilek. Toda la historia de lucha LGBT se subsumió en este complot transhumanista, de la lucha contra el sida (los farmacéuticos que fabrican antirretrovirales andaban buscando nuevos mercados, dice) al matrimonio igualitario: hasta el gobierno de Obama fue solo un peldaño en el plan.

Jensen, por su parte, se encontraba cada vez más aislado. Su mentor John Zerzan le repudió, escribiendo que «su hundimiento es entristecedor». Pero encontraría otros aliados, y ahora suele dar entrevistas en sitios y podcasts de la ultraderecha. En una con el sitio nacionalista blanco Counter-Currents, despotricó contra los migrantes, las personas trans y la pornografía. Pero cuando dijo que «el tema trans es el tema más autoritario que hay», tal vez se le escapó la ironía de que estaba diciéndoselo a personas que abogan por la expropiación de todas las propiedades de la comunidad judía, «como mínimo».

Hay una ley de hierro de las teorías de la conspiración en que tienden hacia el antisemitismo. Era inevitable, tal vez: Bilek se reparó en la figura de George Soros, la bestia negra de la derecha, pero también una judía trans del nombre Martine Rothblatt, quien se volvería su obsesión. Grupos neonazis empezaron a circular los textos de Jennifer Bilek, reemplazando la frase «hombres ricos blancos» con «judíos». Un neonazi le escribió, diciendo que no está de acuerdo con la palabra blancos para describir esas personas, recomendándole un video con el título «Judaísmo transhumanista» del fascista irlandés Keith Woods. Woods cree, como Bilek, que el movimiento trans proviene del transhumanismo, e incluso la cita, pero va más lejos, argumentando que el transhumanismo es esencialmente judío en su cosmovisión, ya que representa «un rechazo fundamental de la virtud y la ley natural». Bilek había compartido ese video antes, diciendo que, mientras ella escribe sobre la intersección entre lo trans y el transhumanismo, Woods ha agregado la intersección de esos dos con el judaísmo: «¡Creo que ha encontrado algo! Un análisis fascinante». En el futuro, dijo Bilek, no les llamaría blancos, «para que la gente pueda llegar a sus propias conclusiones».

Esta teoría cayó en tierra fértil en el Reino Unido post-Brexit, que va de enemigo a enemigo: refugiados, médicos extranjeros, judíos, corbynistas y, ahora, personas trans. Allá circulaba dicha teoría en foros como Mumsnet, fomentando una radicalización en línea, algo que ya hemos visto en el GamerGate, el altright y Qanon, pero también se lavó de sus asociaciones derechistas, de su antisemitismo más obvio, para que pudiera entrar al mainstream, y de ahí se diseminó a otros países. Helen Joyce, una editora en The Economist, entrevistó a Bilek cuando estaba preparando su libro Trans: when ideology meets reality, pero dada la polémica alrededor de la entrevistada, no la citó; Bilek la acusó de plagio. Contra el Borrado de Mujeres, una campaña española —coordinada por la diputada del PSOE Ángeles Álvarez— hace uso amplio de las teorías de Bilek en su sitio web, en una sección titulada «El Lobby Q: la financiación del generismo queer». Aquí en México, Laura Lecuona ha seguido la pista de estas teorías hasta sus conclusiones más descabelladas: «El transgenerismo es el camino al transhumanismo y el transhumanismo es eugenesia», escribió en su cuenta de Twitter, citando a Bilek como su fuente.

Suena como una novela de Kurt Vonnegut: un grupo ecofascista intenta organizar a la izquierda, fracasa, culpa a la conspiración internacional de judíos travestis que quieren hacernos replicantes, y esta idea da vueltas al mundo. Me hace pensar en lo que nos pregunta el narrador de la canción satírica Stuart, de The Dead Milkmen: ¿sabes lo que los cuirs le están haciendo a nuestra tierra? Pero luego pienso en el resurgimiento del antisemitismo y la retórica eliminacionista de WHRC, una organización que ha estado avanzando sigilosamente en la política mexicana, y pierde su gracia. En su libro Against the Fascist creep, Alexander Reid Ross ha escrito sobre el proceso a través de cual el fascismo ha podido avanzar en el discurso mainstream, y eso describe perfectamente como esta teoría ha saltado de un área gris del movimiento ambiental —en que se codeaba la izquierda con la ultraderecha— a revistas internacionales, partidos políticos e institutos de gobierno.


Referencias

John Zerzan (2002): Running on emptiness: the pathology of civilization, Feral House.

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