Creación

El jugador de damas, 6: «Despertar»

Continuamos la publicación por entregas de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 5

El gallo

Un gallo me anuncia la mañana. Tiendo inconscientemente la mano para apretar la clavija y cerrar la puerta del canto. Comprender la inutilidad de mi acto (el gallo debe estar en la casa vecina pluriempleado como despertador ecológico, semental gallináceo y férrico remate de veleta) me refuerza en la convicción de que me he despertado. A la párvula claridad del alba me asomo por su diminuta ventanilla al calendario de mi reloj. Allí distingo vagamente un uno. Ayer viernes era 31, luego hoy es sábado. Lo que implica que hace menos de tres horas terminamos la carta con el consabido: sin nada más que decirte, esperando tu pronta respuesta, me despido atentamente, etc. etc.

—¿Y dices que no volvió a hablarte?

—En su vida.

—¡Qué tonta! En fin. Buenas noches.

Y cortas. El gallo cree que si él no cantara el sol no saldría. Si alguien lo amordazara, le pusiera esparadrapos en los ojos para que no pudiera cerrarlos y lo obligara a contemplar la llegada de un día ajeno a su concurso, entonces comprendería que toda su vida ha sido un error, que su estruendoso y metálico canto no hace que nazca nada, ni el sol, que puede perfectamente cerrar el pico sin que la naturaleza se hunda en la oscuridad. Probablemente, desengañado, acabaría emborrachándose de bar en bar, preguntándose para qué sirve. ¡Cómo me gustaría verlo así acabado! A cada kikirikí que me traspasa la cabeza crece mi deseo de ver su orgullo abatido. Aunque cabe otra posibilidad: que al amordazarlo el sol efectivamente no salga. ¿Y que significaría que no saliera el sol? Como todo el mundo sabe el sol no sale ni se pone, esa es una forma de hablar. Es la Tierra la que, girando, le da alternativamente la cara y la espalda. Luego si el sol se detiene (como lo detuvo Josué durante la batalla de Gabaón para apurar el tiempo de su victoria sobre los cananeos, ya que no disponía de luces artificiales como las que nos permiten a nosotros, en el campo de tenis, acabar los partidos) es en realidad La Tierra la que frena. Teniendo en cuenta que gira a unos mil quinientos kilómetros por hora, imaginemos las consecuencias que una parada en seco tendría comparándola con los efectos de un coche que por accidente impacta contra un muro a unos escasos ciento sesenta kilómetros por hora. Un frenazo tal sería el fin del mundo. Todo el planeta saltaría hecho añicos. Quizá ese cataclismo fuera la consecuencia de taparle la boca al gallo. Lo haría de todas formas. Quiero dormir.

La sábana

He salido a la calle con una sábana. La sábana es de color rosa. Tengo que comprar algo en el supermercado y he escogido el camino menos transitado, que pasa por un callejón a espaldas de mi propio edificio. No lo he escogido porque mi indumentaria me lo haya aconsejado sino por puro azar. Vestido con unos calcetines negros, sin zapatos, y calzoncillos blancos decentemente solapados bajo la sábana me veo raro pero no termino de establecer la naturaleza de esa impropiedad. Me pregunto si mi indumentaria es inadecuada. Me miro de arriba abajo. El torso desnudo y lampiño, las piernas peludas, los calcetines de algodón y una sábana rosa que trato de colocar al estilo griego cruzándola sobre un hombro. Decido que no voy demasiado mal. Estaba en casa y me he puesto lo primero que he pillado. Sigo avanzando. Entonces me desdoblo como el que muere sale de su cuerpo y se contempla a sí mismos desde lo alto. Me veo avanzar de esa guisa por el callejón. Hace una magnífica mañana soleada. No voy desnudo. Llevo una sábana color rosa enrollada sobre la pelvis y cruzada sobre un hombro, como un griego. ¿Y si me pusiera la sábana a modo de manto como un patriarca? De repente me encuentro tratando de cubrir mayormente mi desnudez y, como si una bombilla se encendiera de repente en mi cabeza, recobro la cordura. ¿Cómo he podido salir de mi casa vestido con una sábana? Experimento esa sensación de vergüenza y ridículo y de esto no está pasando que debieron sentir Adán y Eva cuando, después de la caída, se dieron cuenta de que estaban desnudos. Afortunadamente no hay nadie en el callejón. Me enrollo bien la sábana y desando lo andado camino de mi casa. Voy a salir del callejón a una calle principal. Lo que más temo es encontrarme con alguien conocido. Sigo teniendo suerte, la ancha avenida y el parque que la remata están desiertos. Nadie me ve y estoy cerca de casa. Me recojo las faldas para ir más deprisa. Lo voy a conseguir. Pero no. Allí, subido en los peldaños de una escalera que conduce a un comercio que cerró hace meses, está Jesús Mayoral. Se ríe de mí.

—Pero, hombre, ¿cómo se te ocurre salir así a la calle?

Está sinceramente divertido. Yo echo a correr como alma que lleva el diablo. Con la velocidad la sábana se ahueca a mis espaldas. Al doblar la esquina la calle que enfrento está infectada de gente.

La coqueta

Vuelvo a despertarme. El sueño permanece unos instantes encendido y luego se apaga. Hace siglos que no soñaba en una cama ajena. Ahora vuelvo a hacerlo y para ese reestreno escojo un sueño clásico. ¿Alguna vez alguien no ha soñado que se descubre de repente desnudo por la calle y se avergüenza? Supongo que ese sueño lo arrastramos desde el Edén. Eva se lo transmitió a Caín y Abel. Ambos lo sufrían.

La cama, a mi derecha, está vacía. Si hubiera oscuridad completa podría saber el tiempo que hace que Chitina se ha levantado por el grado de enfriamiento de la sábana; pero como las hilachas desprendidas del sol por el rallador de la persiana han aprovechado su ausencia para acostarse en su sitio no sabría distinguir entre un calor y otro.

Miro el despertador. Son las diez. Desde que el gallo dejara de cantar no se oye nada. En la escala de valor de los silencios es un silencio de calidad. No ese silencio de bloque de pisos repleto de sonidos que no oyes pero que de alguna forma sabes que están ahí emboscados y que de un momento a otro saldrán a atracarte. El silencio de ahora es un silencio ameno, dulce, como si el mundo y yo nos compenetráramos de tal forma que no hiciera falta decirnos nada.

Me incorporo apoyando la espalda en los barrotes de hierro forjado del cabezal, pongo la almohada a modo de cojín para no clavármelos e inspecciono la habitación.

Al lado de la ventana hay una coqueta rústica con un espejo en el que un pintor habilísimo ha copiado buena parte del entorno. La palabra coqueta me hace pensar si no es posible que los distintos pueblos tengan distintas lenguas porque no oyen igual. Sería una explicación novedosa para la confusión babélica. Nosotros, cuando oímos un gallo, escuchamos kikirikí, los franceses escuchan cocorocó. No creo que los gallos franceses sean más machos que los gallos españoles. Debe ser que los huesecillos del oído de los españoles difieren de los huesecillos del oído de los franceses. Por eso ellos oyen cocorocó y nosotros kikirikí. Independientemente de quién refleje mejor una realidad nouménica filosóficamente inaprensible, debemos de darles a ellos la ventaja por el empeño. Incluso la misma palabra que apela al gallo es onomatopéyica en ese idioma: coq. De ahí viene la palabra coqueta, una mujer que quiere agradar a muchos hombres igual que un gallo quiere agradar a muchas gallinas. Galo y gallo vienen de la misma palabra latina: gallus. Los franceses son gallos. Por eso el gallo es el animal totémico nacional como aquí lo es el toro.

¡Qué brutos! Me refiero a los franceses. Hicieron una revolución y les cambiaron el nombre a los meses. ¿Cómo podía durar eso? Que les cortaran la cabeza a nobles inocentes que lo único que hacían era beneficiarse de cómo estaban dadas las cartas cuando ellos vinieron al mundo, vale, pase. Si los africanos que llegan en pateras y viven aquí hacinados y perseguidos hicieran la revolución, lo mismo me cortaban a mí la cabeza por tener coche, casa y oler siempre a ropa limpia. Una chica lava y plancha mi ropa. Yo cada noche echo la ropa usada al canasto y cada mañana después de la ducha cojo ropa limpia. Comprendería su actitud. Me beneficio de un estatus quo. El mundo occidental acapara el 85% de los recursos de la tierra según un estudio de hace años. Ahora debemos estar en el 95%. Las cosas son así y así están bien ¿no? ¿Qué puedo hacer yo? ¿Comprarme un coche eléctrico para contaminar menos? Somos tan culpables o tan inocentes como muchos de los nobles a los que guillotinaron.

Pero cambiar el nombre de los meses es demencial. Hicieron que el año empezara el 22 de septiembre, equinoccio de otoño. Debió ser porque en otoño caen las hojas y eso les recordaba a las cabezas cayendo en los cestos. Además esa es la fecha de la fundación de la república. A ese primer mes lo llamaron Vendimiario. El mes de la vendimia en el país del vino. ¿Y los países donde no hubiera uva? ¿Pretendían en serio que todo el mundo llamara Vendimiario a parte de septiembre y parte de octubre? Bueno ¿por qué no? ¿No llamamos septiembre al noveno mes del año a pesar de significar el séptimo? ¿No llamamos octubre al décimo a pesar de significar el octavo? No vendría mal una reforma que adecuara la posición y el nombre. Julio debería ser septiembre. agosto debería ser octubre. De cualquier forma convendría un cambio menos chovinista, más universal. Que Enero se llamara nivoso es correcto en Francia, pero ¿cómo justificar el nombre en el ecuador, donde nunca nieva? Hoy, según ese calendario, no estaríamos a 1 de junio sino a 12 de pradial, el mes del prado. ¿Qué pensarían de ese mes en el Sáhara?

Por encima de la coqueta corretean portarretratos con fotos de niños. Son de madera, de porcelana, de metal bruñido, uno parece confeccionado con botones, otro con pequeñas conchas recogidas en la playa. Los tres niños, multiplicados milagrosamente por la magia de la fotografía, juegan consigo mismos y con sus hermanos a diferentes edades. Existe una teoría física que dice que ante cualquier alternativa la realidad, incapaz de escoger una u otra, se bifurca en dos mundos donde cada una de las posibilidades se realiza. De esa manera yo también estaría ahora viviendo con Herminia en una realidad donde el camión no se saltó el stop. Incluso hay un yo desperezándose en el mes Pradial porque Napoleón gano la batalla de Waterloo y conquistó el mundo. Si se pudiera juntar todos esos yo desperdigados y todos los que el tiempo ha ido fosilizando en el pasado se podría formar un país. Está por ver si un estado formado por infinidad de yos sería gobernable. Probablemente estaría continuamente sumido en luchas intestinas.

No suelo estar acostado hasta tan tarde. Mi estómago, como un patio de vecinos, rumorea sobre mi comportamiento. Si los sobornara, si los invitara a café con tostadas, probablemente acallaría sus quejas. Terminarían aceptando que anoche me porté bien. Como montar en bicicleta o nadar, hay cosas que no se olvidan. Y además aunque uno no juegue mucho al tenis si practica diariamente en el frontón se mantiene en forma. Estoy satisfecho del partido.

La bandeja

Veo mi ropa doblada en una silla. Los calzoncillos, también doblados, encima de los pantalones. Apenas iniciado el gesto de apartar las sábanas para incorporarme, mis manos se detienen. Chitina, vestida ahora con pantalones vaqueros y un jersey azul claro cerrado al frente por una hilera de botones nacarados, aparece tras la puerta de la habitación (que parece que se haya abierto sola) con una bandeja con patas de esas que utilizan los enfermos. Es adecuado. Estar en la cama después de las diez tiene algo de enfermizo.

—¿Sabes qué es una bandeja?

—Claro. Un grupo de musiquejos.

—Correcto. Espero que no desafine ninguno. El café con leche toca con bastante ardor, lleva cuidado.

—¡Qué rico! Tostadas con mantequilla, mermelada y zumo de naranja. Desayuno de hotel de cinco estrellas.

—Sí. También es lo que les damos en el hospital a los pacientes que vamos a operar a vida o muerte. Puede ser su último desayuno.

—En Alabama —le dijo—, no sé dónde lo leí, un condenado a muerte pidió para su última cena: gambas, solomillo y seis latas de cerveza. Se lo concedieron todo las autoridades menos la cerveza. Hay que ser capullo para negarle a un condenado a muerte seis latas de cerveza ¿no?

—Se pasó. No tenía que haber pedido tantas latas. Demasiado latoso, debieron pensar. Un par y sin alcohol hubiera colado. Tengo una amiga que lleva ya seis meses sin fumar. Aún no lo ha superado. Dice que su última voluntad es fumarse un Ducados en su lecho de muerte.

—Seguro que cuando le acerquen el paquete protesta. ¿Muriéndome yo? ¡Quita! ¡Quita!

Mientras desayuno miro de soslayo mi ropa. Desnudo bajo la sábana y la finísima cubierta me siento incómodo. Afortunadamente la bandeja hace de burladero.

—Bueno —dice—. El precio incluía alojamiento y desayuno. Espero que recomiendes el hotel.

—-Voy a hablar tales maravillas que vas a tener a media ciudad haciendo cola.

Le agradezco que no me invite a quedarme porque así me evita tener que rechazar su oferta. La sensualidad de la pasada noche unida a la luz de la mañana de primavera han acentuado mi deseo de estar a solas con la imagen de mi amada Emilia. Quiero vagar por los montes como un don Quijote cuando penaba por su señora Dulcinea. Quiero pasear por el cementerio como un poeta romántico pensando en el suicidio a causa de un amor imposible. Emilia, mi amor, en un mundo paralelo de esos que se bifurcan, tú y yo ahora estamos juntos. ¿Por qué me habré quedado en esta parte del bardal? También es verdad que en otro mundo paralelo Chitina me ha invitado a comer y yo he aceptado. Me presenta a sus hijos como su nuevo papá. Y la pequeña grita llorando:

—Yo no quiero a este papá, yo quiero a mi papá.

He acabado con el desayuno. Chitina ha levantado la persiana y los pinos, como brochas, han pintado de verde la luz.

—¿Los que no te llaman Chitina cómo te llaman?

—Mamá.

—Eres única —le digo—. ¿Puedo llamarte algún día?

—Claro, te voy a dar mi teléfono.

Tenía la esperanza de que tuviera que salir de la habitación, pero por el contrario abre un cajón de la coqueta y coge una pequeña agenda y un bolígrafo. Intercambiamos nuestros teléfonos. Me da una hoja de papel con el suyo apuntado.

—Lo metería en el bolsillo, pero… —hago ademán de ponerlo en un bolsillo imaginario que se abre en la piel de mi pecho desnudo.

—Ahí tienes tu ropa —dice Chitina con una sonrisa traviesa. Parece una última broma.

—Verás, es que al comer del fruto del árbol de bien y del mal me he dado cuenta de que estoy desnudo y me ha entrado pudor. Lo comprendes ¿verdad?

—Claro —dice ampliando su sonrisa. Así hasta parece bella—. Claro. Ya me voy.

Cuando se va salgo apresuradamente de la cama. En el espejo de la coqueta  me ha parecido ver un sátiro.

Azulejos

En el cuarto de baño realizo mis abluciones matinales con el rigor de un sacerdote purificando el cáliz. Me echo una buena aspersión de desodorante, me cepillo los dientes con el dedo índice, me paso un peine por el pelo. Ni pizca de caspa ni de grasa. Parece que el sátiro despeinado y peludo que fulguró en el espejo de la habitación por un momento ha sido domesticado. Un afeitado sería conveniente, pero no estrictamente imprescindible. Los cañones de las mejillas están cargados pero aún no han empezado a disparar.

Los azulejos del baño, de un azul cerúleo, son como suplentes del espejo principal y, para hacer méritos, reflejan con nitidez mi imagen. Creen que algún día, cuando el espejo principal se rompa, alguno de ellos ocupará su sitio. Por eso se esfuerzan. Así, reproducido mil veces, me siento como mirado por una mosca. Si estos pequeños ladrillos vidriados pensaran, uno de ellos, el más listo, en lugar de reproducir mi imagen proyectaría como en un milagro la cara de Emilia. Entonces lo arrancaría pacientemente con la pequeña lima de un cortaúñas y saldría con él escondido debajo de la camisa para colocarlo en el lugar más consagrado de mi casa y ofrecerle sacrificios como a un dios. Pero los muy zafios se empeñan en imitar mi cara. Y eso que estos azulejos son, entre los azulejos, los de coeficiente intelectual más alto. Por lo menos son azules. Otros azulejos, esos ya estúpidos sin remedio, son blancos o amarillos.

La perra

Abandono el baño y busco a Chitina por la casa. En el salón, transformado nuevamente por la luz solar, sólo encuentro a Emilia, está sentada en una butaca junto a la ventana leyendo un libro. Abro una puerta y me doy de bruces con el cuarto de las escobas. Allí se acumulan éstas junto a una mesa de plancha, cubos de plástico, una aspiradora, Emilia, un pie de lámpara sin pantalla y cientos de utensilios de limpieza. En la cocina sólo está Emilia haciéndose el desayuno. A la que no encuentro ni debajo de las alfombras es a Chitina. Como un indio pongo la oreja en el suelo para localizarla por medio de las vibraciones. Un pequeño temblor proveniente del jardín me pone sobre la pista. Efectivamente, allí está regando unas matas de poco menos de un metro de altura repletas de grandes flores arracimadas con forma de mariposas de color amarillo. Retama que junto a las correhuelas que se enroscan y trepan como serpientes por todo lo que permanece erguido dan un aspecto asilvestrado al jardín.

El pastor alemán (en este caso pastora, lo que no hace disminuir mi pánico) se acerca con la intención, según su dueña, de presentarse y trabar amistad, según yo, de morder, atarazar y triturar. Si quisiera atacarme me destrozaría. ¿Por qué razón tengo que entregarme al capricho de un perro? Si me ataca porque me ataca. Si no me ataca porque me perdona la vida.

—No tengas miedo, no muerde —me dice Chitina cuando ve que yo, ingenuamente, alzo las manos para protegerlas.

La perra se apoya sobre las patas traseras, se yergue, pone las patas delanteras sobre mi pecho y busca con sus dientes mi yugular. Chitina no se enfada con ella porque intente destrozarme el cuello, sino porque me está poniendo perdida la camisa. ¡Qué inversión de valores! Le riñe y se la lleva a su caseta para atarla. Respiro. La próxima vez vendré armado y volveremos a vernos las caras.

—Vuelvo en un segundo —me promete Chitina.

El tiempo

El sol va rápidamente trepando hacia su cenit. Cada segundo convierte 600 millones de toneladas de hidrógeno en 596 millones de toneladas de helio proyectando en forma de energía las 4 millones de toneladas restantes. Deberíamos de pensar en el sol como lo que es, una bomba de hidrógeno descomunal. Toda la vida en este planeta depende de que una bomba siga explosionando. Cada segundo bum, bum, bum,  el corazón del sol envía sangre luminosa para alimentar las flores púrpura de los dedales de monja en los extremos de matas espigadas.

Chitina vuelve tras haber atado a la perra en la parte frontal de la casa. Ha tardado poco. Ha sido desaparecer tras la esquina y volver a aparecer. Claro que ha estado fuera más de un segundo. En un segundo pocas cosas se pueden hacer, a no ser que uno sea una mosca enana. Una mosca enana aletea mil veces en un segundo. Parece increíble. Es el aleteo más rápido a este lado del río. Sin embargo hay cosas mucho más rápidas. Un muón, tras su nacimiento, tarda en descomponerse unos 2.2 microsegundos (0.0000022 segundos). Un muón es un electrón gordo, posee 208 veces la masa de un electrón normal. Por lo demás es igual a él. Un tauón es un electrón más gordo aún. Posee 3.600 veces la masa del electrón. Por ser tan grueso vive mucho menos. La obesidad es muy mala. Además fuma. Su vida media no es superior a 5 picosegundos (0.000000000005 segundos). En ese tiempo tiene que hacer todo lo que nosotros solemos hacer en setenta u ochenta años. Parece muy poco, pero es un siglo comparado con el tiempo que tienen los muertos. Porque los muertos no tienen ni un picosegundo de esos. Carecen de tiempo. No les queda ni una pizca, ni la más mínima porción, ni el último finísimo grano en su reloj de arena. Al otro lado el monte el Cementerio me llama como una costumbre.

—Bueno —dice Chitina—. Cojo el coche y te acerco.

—Voy a ir paseando monte a través. No quiero perder la oportunidad de extraviarme por el camino. Además, tengo tiempo.

—Como quieras. Si dentro de diez años veo bajar de la sierra un ser peludo hablando del sistema solar cuenta con mi hospitalidad.

Considero la oportunidad de darle un beso ¿en la boca? ¿En la mejilla? y tras desecharla parto.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “El jugador de damas, 6: «Despertar»

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