Creación

El jugador de damas, 7: «Monte y ajedrez»

Continuamos la publicación por entregas de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 6

Una casa ficticia

Cada paso me aleja de la casa, que queda a mi espalda como una estación cerrada  porque el único habitante de ese lugar se ha muerto o se ha marchado. Mi sombra tantea con cuidado el camino para asegurarse de la solidez del suelo que pisa, sin reparar, tonta, que si se quiebra a cada paso es por su propia endeblez. Antes de adentrarme en el monte atravieso una zona de casas en cuyos márgenes se ha construido una carretera que vive con la esperanza de ser asfaltada. Las casas están protegidas con vallas y perros. Una de ella, la más lujosa, está a medio construir. Por lo visto el dueño se metió en un proyecto que superaba sus fuerzas. Quiso hacerse un palacio y se ha quedado con los cimientos de un palacio. Si hubiera sido menos ambicioso ahora tendría una modesta casa con un pequeño porche donde tomar el sol y, a lo mejor, me saludaba con amabilidad:

—Buenos días, amigo. ¿Vive usted por aquí?

—Yo no, mi mujer. Al otro lado de la loma.

—¿Están separados?

—¡Qué remedio! Se ha comprado una casa tan pequeña que sólo cabe ella.

—Sí señor, ese es el problema de nuestro tiempo, la vivienda. Como los bancos no dan nada de interés y las bolsas son inseguras el dinero se refugia en el ladrillo. Y los precios suben. Además la inmigración aumenta la demanda. Uno necesita varias vidas para pagar un piso de noventa metros. Así hablaría desde su pequeña casa si hubiera calibrado mejor sus posibilidades.

La zarzuela

Mi padre era muy aficionado a la zarzuela. No al palacio donde vive la Familia Real. Él nunca fue monárquico. Consideraba la restauración de la monarquía como una chochez impropia del general Franco. Incluso creía que el general había muerto ya en aquella época y que un doble, un sosias producto de la casualidad y de la cirugía manejado por los socialistas, había desempolvado la rancia peluca de los Borbones. A lo que era aficionado mi padre era a la zarzuela, ese género chico mitad ópera mitad teatro similar, según dicen los entendidos, a la ópera cómica francesa y al singspiel alemán. Su padre, mi abuelo, cantaba muy bien. De no haberse ganado la vida desahogadamente como sastre (en una época donde no había confección industrial todos tenía que pasar a la fuerza por sus manos), hubiera sido profesional en una compañía lírica. A mi padre, por recomendación, lo probaron para ver de ingresarlo en la misma compañía que vio triunfar, como aficionado, a mi abuelo. Fue la prueba más corta que se recuerda. Le dijeron que en lugar de oído tenía orejas. Probablemente pensarían en las orejas de cierto animal. Y lo echaron con cajas destempladas. Ya que no le dejaron atormentar al público con su desajustada voz, nos atormentaba a nosotros, sus hijos, graznando indiscriminadamente fragmentos de zarzuelas. Supongo que nunca supo que ese género se llama así porque las primeras representaciones se celebraron a mediados del siglo XVII en el palacio de La Zarzuela, cuyo nombre, dicho sea de paso, se debe a la gran cantidad de zarzas que crecen en los alrededores.

En mi niñez a la televisión española le dio por producir y emitir zarzuelas. A mi progenitor le dieron en el gusto. Las seguía tan embelesado o más que los encuentros del Real Madrid, del que era incondicional y eternamente crítico. Nunca jugaban tan bien como él hubiera querido y por eso los denostaba tanto que siempre parecía del equipo contrario. Sin embargo, para su oído musical embrutecido, los cantantes de zarzuela proferían sonidos celestiales. A mí, aunque no pudiera reconocerlo por aquello de la disputa generacional, también me gustaba. Durante la proyección televisiva se mantenía misteriosamente callado, apenas tarareando de una forma inaudible, luego se compraba la cinta y entonces sí berreaba sin complejos. Pasó de moda la zarzuela. A él le salieron unos tumores en la garganta que le impedían hablar. Aunque luego no fueron malignos, de esa época le quedó la costumbre de no cantar. Recuerdo, ya bastante mayor, un fragmento de zarzuela que recitaba, no cantaba, con frecuencia, para ilustrar la idea de que las personas deben acometer tareas apropiadas a su capacidad de realizarlas. Decía más o menos así: Hubo un tonto en el lugar que se creyó golondrina. / Un día se echó a volar desde lo alto de una encina. / Ya se puede suponer como acabó la proeza. / Contra el suelo se fue a dar y se rompió la cabeza. / Bien me puede suceder ante una dama tan fina / como al tonto del lugar que se creyó golondrina.

A veces, para qué negarlo, pienso en decirle a Emilia que la amo. Esperemos a que tengas dieciocho años y hayas terminado el instituto. Entonces ya no serás mi alumna. Serás legalmente mayor de edad y nos podremos casar. Yo haré un pacto con el diablo para que me congele la edad igual que el gobierno me viene congelando el sueldo desde hace años. Lo tengo todo planeado, pienso decirle. Pero luego me acuerdo del tonto del lugar que se creyó golondrina y me callo.

Cuando conocí a Herminia, sin embargo, yo no solamente me creía una golondrina, sino que lo era. Entonces si me gustaba una chica no tenía más que acercarme y cogerla, como el que arranca una flor silvestre de una cuneta. Con tal fuerza me creía el gallo del corral que transmitía esa convicción. Si tenía los cordones de los zapatos desatados y me dirigía a una chica diciéndole: átame los zapatos, ella me los ataba. Sin humillación, al contrario, porque tener el privilegio de atar las aladas sandalias de un dios era un honor y un placer. Así lo sentíamos ambos. La fe en uno mismo es una energía que, según la teoría de la relatividad, puede convertirse en materia. Esa fe impregna las palabras y los hechos. Es algo objetivo. Se puede tocar, ver, gustar. Y cuando falta se huele como los perros huelen el miedo.

¿Y el orgullo de intentar volar aunque te rompas la cabeza? La historia de la aviación está llena de esos mártires, gentes que aun siendo topos se creyeron golondrinas. Desde luego la casa como proyecto es un gran proyecto. Sus peladas columnas parecen el esqueleto de un dinosaurio.

La derrota

Hay quienes prefieren un gigante muerto a un enano vivo. Son los románticos. Espíritus que aman la derrota. Para mí, que soy un jugador, la derrota no tiene gracia. No tengo mal perder de cara para afuera, incluso se podría creer que encajo las derrotas con deportividad. La realidad es bien distinta. Siento que perder me disminuye. Cada vez que pierdo es como si el otro tuviera derecho a quedarse con lo mío y quitarme de en medio. Es sólo un juego, me digo, pero no lo puedo evitar. Debe ser un arcano de la lucha por la vida, la supervivencia del más fuerte, la evolución. ¿Por qué habría de estar vivo yo si otro lo hace mejor? ¡Qué viva él! ¿no? ¿Por qué habría yo de tener descendencia si otro me derrota? ¿Para transmitir los genes del débil? Que otro cubra a mi mujer y tenga hijos con ellas. Es el más apto. Que transmita sus genes.

Mi tío Saturnino

Aunque los genes, todo hay que decirlo, están sobrevalorados. Mi tío Saturnino compartía los suyos con dos hermanos que, según la teoría, debía haber sido más o menos de listos como él y que sin embargo eran medio bobos. Mi padre, el menor, de temperamento colérico y mi tío Matías, el mayor, un ser que no pudo superar correctamente la infancia. Se quedó embobado tratando de comprender en qué consistía el mundo al que lo habían traído y cuando murió, solo, sin hijos, sin mujer, mal atendido por las monjas en el asilo (antiguamente era costumbre acoger en casa a las hermanas solteras pero no a los hermanos), apenas había comprendido el prólogo y no demasiado bien. Mi tío Saturnino, sin embargo, era una lumbrera. Los jesuitas, que ejercían antaño de caza talentos, le ofrecieron a mi abuela la posibilidad de darle estudios. Todo correría de su cuenta. Mi abuela, que era una mujer simple, pensó que sería injusto que uno de sus hijos estudiara y los otros no. No creía, como Aristóteles, que la justicia consiste en tratar desigualmente a personas desiguales, sino, antes bien, en repartir todo a partes iguales: tres hijos, tres partes. Por más que insistieron los jesuitas la buena mujer fue inflexible. O todos o ninguno. Naturalmente fue ninguno. Con el tiempo Saturnino heredó el oficio de su padre y por ende la sastrería. Trató como autodidacta de llenar los huecos de su malograda educación mediante la lectura pero comprendía con resignación que su oportunidad de ser un intelectual había pasado.

Murphy

Antes de que un tal Marcelo Palacios se suicidara y su enorme biblioteca se uniera a la de mi tío, reventando sus límites, en los ordenados estantes de las paredes de su casa se podían rastrear sus gustos: astronomía, filosofía, historia, alguna novela (no muchas) y ningún libro de poesía. Un lugar destacado ocupaban los libros de ajedrez, una de sus pasiones. Estaba allí la biografía del gran Paul Murphy, en cierto sentido el único español que ha sido campeón del mundo pues, aunque nacido en Nueva Orleáns, era hijo de un español y una francesa. Este norteamericano precoz, a los doce años ya derrotaba a grandes maestros. Habiendo acabado con todos sus rivales en el Nuevo Mundo, arribó a Europa en 1858, a los 21 años, y también derrotó a todos los europeos. Era tan bueno que nadie quería enfrentársele. Me pasa a mí lo mismo con el juego de damas, nadie quiere jugar conmigo y no encuentro un programa de ordenador lo suficientemente avanzado como para oponerme resistencia. Estoy pensando hacer lo que hizo Murphy cuando regresó invicto de Europa. Puso un anuncio en el periódico ofreciendo un peón y salida a quien quisiera jugar con él. Nadie recogió el guante y Murphy tuvo que retirarse del ajedrez en plena juventud. Murió a los 47 años de una embolia cerebral mientras se bañaba.

Capablanca

De la misma época tenía la biografía y las partidas más importantes de Andersen, de nombre Adolf, alemán, profesor, como yo, de matemáticas en Breslau, su ciudad natal. A este genial ajedrecista (derrotado por Murphy en su gira) se debe la partida llamada «Inmortal» que jugó, no contra un aficionado, sino contra uno de los mejores de aquel tiempo, Kieseritzky, en la que Andersen sacrificó la dama y las dos torres para dar mate con sólo tres piezas menores. ¿Qué aficionado al ajedrez no ha reproducido en el tablero, como el músico que toca una pieza guiándose por la partitura, esa maravillosa partida?

También tenía dos libros escritos por el cubano Capablanca: Mi teoría del ajedrez y Fundamentos del ajedrez. A este cubano descendientes de catalanes que durante toda su vida ajedrecística jugó 583 partidas oficiales no perdiendo más que 35, por lo que lo llamaban el Infalible y la Máquina Pensante, le pasó un poco lo que a Murphy. Tenía que poner en juego su título de campeón del mundo contra Alekhine, un soviético al que ya había ganado  otras muchas veces. La cosa le parecía tan fácil que se descuidó. En Buenos Aires, en 1927, Alekhine lo derrotó por 6 victorias a 3, con 9 empates. Un mal día lo tiene cualquiera. Lo malo fue que, por mucho que Capablanca buscó una nueva confrontación, el miedo de Alekhine y la creciente influencia soviética en el mundo del tablero lo privaron del desquite. Pasó el resto de su vida pidiendo una revancha que estaba seguro de ganar. Y no sólo él. Volvió a enfrentarse con Alekhine en el torneo de Nottingham. Lo derrotó. Pero el título seguía siendo del taimado ruso.

Allí podían verse también las partidas del encuentro de Reikiavik entre Bobby Fischer y Boris Spassky en 1957, justo el año en el que yo nací.

Con la muerte de Marcelo Palacios llegó el diluvio. La abundancia lo anegó todo ocultando las huellas del espíritu de mi tío.

El canto de las calandrias

Pienso en Marcelo Palacios mientras dejo a mis pies la tarea de conducirme hasta las primeras estribaciones del monte, allí donde nacen los pinos; a mis ojos la de vigilar los nopales que aprovechan cualquier promontorio para alzarse sobre el nivel del suelo y amenazar al viajero con sus palas pinchudas; a mis oídos la de interpretar el mensaje secreto cifrado en el canto de las calandrias. ¿Qué se dirán unas a otras con ese estruendoso entusiasmo? He oído decir que la mayor parte del canto de los pájaros no transmite información alguna relacionada con la defensa, la alimentación o el apareamiento, sino que es gratuito, pura manifestación de alegría y ganas de vivir. ¿Es eso lo que dicen las calandrias: estoy viva y me alegro de estarlo? En cierto modo una biblioteca se parece al concierto que están dando allá arriba esos pajaritos grises, medio amarillos, con el vientre blanco como un babero. En cada libro una voz pregona el ansia de vivir. Unos visten carátulas serias, de ciencias, de filosofías, otros llevan máscaras galantes, aventureras, poéticas; pero en el fondo todos dicen lo mismo: estoy vivo y me alegro.

Marcelo Palacios

Y sin embargo, una buena mañana, Marcelo Palacios, que había parido y alimentado como única familia, como único amor, como única amistad, una gran biblioteca, salió a la terraza del ático del edificio de ocho pisos donde vivía, se quitó las gafas y se arrojó al vacío. No dejó ninguna nota para el juez, pero el hecho de quitarse las gafas, plegarlas, una pata cruzada sobre la otra, y dejarlas con cuidado en el suelo, indicaba fehacientemente su intención. Pienso que si llevara gafas también me las quitaría para suicidarme porque, como escribió un poeta griego, «El sueño es hermano de la muerte», y uno se quita las gafas para dormir.

No dejó nota alguna, pero sí la palabra ANANKÉ escrita mil veces a lápiz en las paredes de su piso. Ananké, como me refirió mi tío y luego comprobé al leer el libro, es la misma palabra que escribió en su celda el arcediano de Nuestra Señora de París, la novela de Víctor Hugo. Ananké significa fatalidad. En el caso de la novela el religioso la escribió porque hervía de deseo por la gitanilla Esmeralda. Por eso penaba. ¿Se había Marcelo a sus 54 años enamorado sin remedio? ¡Quién sabe! Hay tantos motivos para escribir fatalidad en las paredes de nuestras casas que lo raro es no verlas todas decoradas así. El deseo de vivir almacenado en todos los libros de su ingente biblioteca no pudo contrarrestar esa fatalidad, fuese la que fuese.

El padre de Marcelo, hombre que había hecho dinero con el esparto y más tarde con la compraventa de especias, había invertido el dinero en tierras y en inmuebles  liberando para siempre a su único hijo de la necesidad de ganarse la vida. Vistos los resultados la ventaja fue cuanto menos dudosa. Tanto tiempo libre y tanta lectura lo habían aquijotado. Cuando murió salieron de debajo de las piedras varias tías segundas reclamando la cuantiosa herencia, de la cual la biblioteca era una parte ínfima. La tía ganadora conocía a mi tía Encarnación desde niñas, incluso eran medio primas, y le vendió a mi tío Saturnino la biblioteca de Marcelo Palacios por un precio simbólico.

En el edificio de donde se arrojó, Marcelo había comprado un ático de ciento cincuenta metros, sin contar la terraza, y allí vivía rodeado de parte de sus libros. La otra parte residía en el piso de abajo, también de su propiedad. Ambas viviendas estaban unidas por una escalera. Esto da una idea de la cantidad de sitio que ocupa el saber. Por fortuna, en la parte de arriba de la sastrería habían quedado abandonados los pisos que nos vieron nacer. Yo tenía diecisiete años cuando nos vinimos a vivir cerca de la glorieta. El propio Saturnino había sacado un poco antes de allí a sus hijos como si el edificio amenazara ruina. Las habitaciones donde soñé de adolescente con aventuras y amores se llenaron de los sueños de otros, que en el fondo eran mis propios sueños. Yo viví también las vidas prensadas en esos libros. Cuando era niño no lo sabía. Creía que haría todos esos viajes físicamente, que viviría todas esas experiencias de primera mano. Me equivocaba. No lo lamento. No, no lo lamento. Casi es mejor así.

La abubilla

Un gusano asqueroso, como una raya tridimensional pintada con tiza en el suelo para signar una meta o una separación, un punto al que hay que llegar o del que no hay que pasar, me detiene. Aunque el gusano, como un perro, pudiera oler mi miedo no se lo creería. Se miraría a sí mismo: una cinta pardusca sin otra cosa que anillos y protuberancias, más fino que mi dedo meñique, húmedo, blando, carente de esqueleto, de pies, de manos, de ojos, como el chiste de la oreja pero menos, porque una oreja es una catedral gótica comparada con una lombriz de tierra. Y luego me miraría a mí, que soy un Everest a su lado y no se lo creería. Porque no comprende a los seres humanos y no sabe que un ser humano puede tener miedo de ideas, de sueños, de imágenes que pululan en su cerebro, de fantasmas. Y un gusano, con todo, pesa muchísimo más que un fantasma, es mucho más largo y tiene mucha más fuerza. No tiene por qué subestimarse. Si una idea puede hacer retroceder a un hombre ¿por qué no él, que es un elefante en comparación?

El gusano y yo, como la montaña, estamos parados, petrificados, pintados en un cuadro. La quietud: una dimensión que aún no han descubierto los físicos. En esa dimensión el movimiento es algo extraño. No hay tiempo. Es la dimensión de los muertos. De repente entra en escena un pájaro. Es una abubilla macho. Su copete rojizo desplegado longitudinalmente sobre su cabeza como un abanico tiene las puntas de las plumas negras como si las hubiera metido en tinta china. A lo mejor es un pájaro literario. Las alas y la cola son blanquinegras como las páginas impresas de un libro. Su pico es fino como la mina de un lápiz afilado. La abubilla comprende que ha arribado al mundo de la quietud y no tiene prisa. Aterriza. Da pequeños saltos que parecen tan gráciles y se acerca al gusano. Lo coge con su pico como si fuera comida china y alza el vuelo. Tal vez tenga familia que alimentar en el hueco de algún árbol.

Margaritas para los cerdos

La primera hija de mi tío Saturnino murió ahogada a los seis años. Según dicen era lista como el hambre y ya sabía leer. Después tuvo tres hijos más y ninguno de ellos, dos machos y una hembra, logró interesarse por los libros. La vida primero y la genética después le jugaron una mala pasada. La letra impresa era para mis primos como las famosas margaritas para los cerdos o la no menos famosa miel para la boca del asno. Eso, con ser grave en la progenie de un hombre culto y, desde el 72, poseedor de la mejor biblioteca de la ciudad, no era lo peor. Lo peor era que a ninguno de sus tres torpes hijos pudo hacerles comprender el movimiento del caballo en el escaqueado espacio del tablero. Comprendían el de la torre, todo recto, y hasta el del alfil, aunque menos, en diagonal; pero cuando llegaban al caballo no les entraba en la cabeza de ninguna manera. Si mi tío insistía ellos lloraban e iban a refugiarse tras los muros del torreón amurallado de mi tía Encarnación donde estaban a salvo, pues esta detestaba el juego tanto como ellos.

El chivo expiatorio

 Mi tía Encarnación había llegado a esa edad en la que a uno la consciencia le pesa. Se sentía antológicamente mal. Cuando alguien se siente así busca en su entorno un chivo expiatorio para que la cosa cobre sentido.

  Una tarde que se encontraba especialmente malhumorada (quizá coincidiera con el inicio de una menopausia precoz) encontró a su marido jugando en la sastrería una partida de ajedrez con un amigo suyo, médico al que también el vicio hacía recortar horas de consulta y por lo tanto de ingresos. A mi tía se la llevaron los demonios. En ese momento comprendió que la culpa del infierno en que se había convertido su existencia la tenía el hecho de haberse casado con un hombre tan pueril que se pasaba las tardes jugando como un niño. Algo no anda bien en la cabeza de un adulto que juega con caballitos y torrecitas de madera. Eso pensó, y la idea se fue agrandando en su mente haciendo al ajedrez y a su marido la causa de todos sus males. Cuando al cabo de los años le descubrieron un cáncer fulminante que acabó con su vida en pocos meses, no renegó de Dios ni del destino, sino del ajedrez y de su marido, para ella los culpables también de eso. En cierto modo es cómodo encontrar la fuente de donde emana la infelicidad. Es un poco como creer en Dios.

Un noble juego

Mi padre tenía un carácter tan colérico que cuando en su niñez le negaban algo se daba de coscorrones contra la pared. Acaparó una parte tan grande de la cólera familiar que no dejó casi nada para sus hermanos. Matías era timorato y apocado hasta tal extremo que en eso libró a los otros dos, por lo que Saturnino, libre de la cólera del uno y de la timidez del otro era razonable pero firme, un hombre de profundas convicciones. Por eso no hubiera consentido que su mujer le reprochara la práctica de un juego-ciencia cultivado por personajes como Balzac, Goethe, Ibsen, Nabokov, Poe, Larra, Unamuno, Leibniz, Voltarie, Rousseau, Marx, Engels, Mendelssohn, Prokofiev, Schumann, Euler, Ramón y Cajal, Lenin, Lincoln, Napoleón, Fernando el Católico o Santa Teresa de Jesús, por citar unos pocos entre muchos. ¿Eran todos ellos locos que juegan con caballitos y torrecitas de madera? No. Sólo insinuarlo podía hacerlo hervir de justa indignación. Así que su mujer callaba, y el silencio hacía aumentar su rencor hacia el juego y su refrendo a la negativa de sus hijos a aprenderlo.

Mi tío no llegó a sospechar nunca las razones de su mujer para ese proteccionismo que él achacaba a exceso de mimo y acabó resignándose a tener analfabetos para el idioma del ajedrez, ciegos para su maravillosa danza, anósmicos para su exquisito perfume. ¿Qué iba a hacer? Que se resignara no quiere decir que no se sintiera defraudado. Para él el ajedrez era un atributo de la inteligencia y alguien a quien no le entrara en la cabeza era tondo de remate. Tenía tres hijos tontos de remate y eso en un racionalista como él era un fuerte impedimento para el normal desarrollo de sus relaciones afectivas. Nunca dijo: estos no son hijos míos; pero lo pensó.

Se podría creer que la familia de mi tío Saturnino fue una familia rota por el ajedrez. Nada más lejos de la realidad. Era una familia normal, como todas. Nadie supo nunca que mi tío despreciaba a sus hijos, nadie supo nunca tampoco que mi tía despreciaba a mi tío. Todo eso se guardó siempre en el fondo de las consciencias y nunca dio muestras de estar allí.

El sobrino diabólico

Dicen que a quien Dios no le da hijos el diablo le da sobrinos.

La segunda razón para no creer que fue una familia rota por el ajedrez se remonta al concepto de familia. Una familia es algo más que la mujer y los hijos. También la componen sobrinos. Mi tío, desde que a los ocho años me enseñó el movimiento de las piezas, sin ser yo un niño prodigio, vio en mí los fundamentos del ajedrez y los reconoció. Éramos de la misma sangre y podíamos llegar a la misma altura, a ser uno de los nueve o diez mejores jugadores de la ciudad y, sin duda, el mejor de nuestra calle. No es mucho, pero es algo.

Entre los múltiples avatares de mi infancia, mi adolescencia y mi juventud siempre tenía un momento para enfrentarme a él. Alcanzar su nivel me costó años de visitar la sastrería. Pronto le gané fácilmente al médico. Se pasaba el día estudiando en detrimento nuevamente de su trabajo. Repasaba aperturas, juego medio, finales; reproducía partidas. Todo inútil. Cuando llegaba a la sastrería, mi tío y yo, por turnos, lo utilizábamos como una piedra para afilar nuestras armas. Había alcanzado su nivel y se había estancado. Yo solía perder contra mi tío pero, por eso mismo, cuando tras una partida perfecta obtenía la victoria, ésta era dulcísima. Me iba a casa rumiando la partida como los animales que regurgitan la comida la vuelven a traga y así la jugaba en mi mente una vez tras otra.

A los veinte años

A los veinte años estaba en la facultad estudiando la carrera. Mi vida estaba llena de libros y de chicas. Todos los días era mi santo, San Jordi, un libro y una flor. Leía y follaba como si el mundo se fuera a acabar. De hecho el mundo se acabó. ¿Dónde está ese mundo de mis veinte años? Ya no existe.

Había roto con muchas tradiciones y adoptado otras pero el ajedrez con mi tío no lo había abandonado, era como una novela interesante de la que quisiera saber el final. Ahora le ganaba una partida de cada tres. La progresión era lenta y llegué a creer que nunca lo alcanzaría. Hasta que un día, no sé por qué, él empezó a jugar peor. 

El indio Annan, uno de los mejores jugadores actuales, tuvo un periodo de extraordinaria progresión en su juego que lo llevó desde un lugar secundario a los primeros puestos. Cuando en una entrevista le preguntaron el porqué de su brutal ascenso manifestó sinceramente: «Yo no me he dado cuenta de que haya mejorado, mi juego es el mismo de siempre, sólo que mis rivales, de repente, empezaron a jugar peor».

Debe ser que saber algo, o saberlo mejor, que para el caso es igual, no te cambia. Uno piensa que sería diferente si supiera alemán, por ejemplo, y cuando lo sabe se da cuenta de que es el mismo.

Mi tío debió de pensar que yo, de la noche a la mañana, había empezado a jugar mejor. En cuestión de meses nivelamos el número de victorias y si no se decantó a mi favor fue porque desplegó entonces una voluntad de hierro. Con sesenta años a sus espaldas tuvo que aprender a resistir y a sufrir. Y lo hizo. Desde que se vio perdido luchaba con una ferocidad nueva. Hasta yo, que era joven, acababa agotado. Él tomaba una pastilla para el corazón antes y otra durante la contienda. El discípulo estaba empujando al maestro y si en teoría era deseable y bonito en la práctica era simplemente derrota, alguien que es mejor que tú y te gana. Y eso no podía consentirlo. ¡Cómo luchaba el viejo zorro! Incluso creo que en los siguientes dos años recuperó su hegemonía. No sí, quizá sí, quizá no. No llevábamos una contabilidad. Por eso decidimos un verano dilucidar la cuestión y saber de una vez por todas quién era el mejor.

El combate

Acordamos que ganaría quien llegara antes a diez victorias, desechando las tablas, que por otra parte no era un resultado frecuente entre nosotros ya que las partidas las disputábamos a muerte.

Tenía sesenta y dos años y estaba enfermo del corazón. Yo tenía veintidós y una salud de hierro. Los profanos creen que el ajedrez no tiene nada que ver con la forma física y con la edad. Se equivocan. La mente se cansa como una parte del cuerpo más. Aunque hay mentes excepcionales que se mantienen extraordinariamente fuertes hasta avanzada edad eso no es lo habitual. Triunfos de viejos sobre jóvenes han pasado a la historia del ajedrez precisamente por ser infrecuentes. Blackburne a los 72 años venció a Nimzowitch de 27 en el torneo de San Petersburgo en 1914. En 1932 Tarrasch venció a los 70 años en el torneo de Munich. El gran Lasker venció a los 66 años a Pirc (27 años) en el torneo de Moscú en 1935.  A los 80 años nada menos que Mieses ganó a Christoffel de 24 años en el torneo de Hasting en 1945. Existen algunos ejemplos más que, si bien no rompen la norma, ofrecen a los viejos precedentes suficientes como para ser optimistas.

En contra de esas excepciones yo empecé muy bien el torneo alcanzando rápidamente una ventaja de tres puntos. Uno cero, dos cero, dos uno, tres uno y cuatro uno. A base de cafinitrinas se rehízo y llegamos a estar empatados a seis y a siete. En tenis se dice que quien remonta pierde. Haciendo bueno en ajedrez ese dicho yo gané las dos partidas siguientes, poniéndome a un paso de la victoria total. Nueve a siete y blancas. Su biblioteca era mía, pues eso nos habíamos jugado. Pero siguiendo con el ejemplo del tenis ¡cuánto cuesta hacer el último punto!

La última jugada

La última partida tuvo lugar una mañana del mes de Junio que no era demasiado calurosa. No estábamos en la sastrería sino en su piso. Debía ser festivo. Yo salí de dama y él respondió moviendo el caballo de rey. Esa jugada me invitaba a entrar en la apertura catalana, una apertura hecha de encargo con motivo de la exposición universal de Barcelona de 1929. Se ofreció un cuantioso premio a quien inventara para ese evento una apertura que como ocurre con la española, la francesa, la india, la siciliana, la zaragozana o la inglesa ligara el nombre de Cataluña al tablero de 8 x 8. El judío austrohúngaro Tartakower fue quien ganó el premio con una extraña variante del gambito de dama donde el alfil blanco se fianchetta en el enroque del rey.

Desde el principio de la partida me sentí incómodo con esa apertura, cada vez me gustaba menos la posición de mis piezas. El alfil blanco se había quedado tapado por una muralla de fichas. Jugaba a remolque. Inevitablemente llegó un momento decisivo en el cual los dos olíamos que las negras tenían una jugada ganadora. Tenía que ser con el alfil o con el caballo. Mover el alfil parecía lo mejor, pero después de un análisis más profundo fallaba porque, a pesar de ganar un peón, liberaba el alfil blanco y dejaba una combinación imparable. El caballo parecía peor a simple vista, pero después de los cambios la torre entraba avasallando y las  blancas perdían. Todo esto, pensaba, si lo veía yo no podía dejar de verlo mi tío. Llegaríamos al 9 – 8 y la próxima la jugaría él con blancas. La cosa estaba igualada. Mi tío, empero, tardaba mucho en encontrar la jugada. Miraba al alfil y movía los labios como los mueven las personas que no están acostumbradas a leer. Miraba al caballo y volvía a mover los labios como si rezara. Tomaba pastillas para el corazón como si fuesen almendras. Yo repasaba variantes para defenderme del salto del caballo y no encontraba ninguna solución. En cuanto moviera el caballo tumbaría mi rey para darle a entender que había visto toda la secuencia y que era inútil seguir. ¿Cómo había llegado a esto? Por culpa de la maldita catalana. Una patada en el culo tenían que haberle dado al tal Tartakower en lugar de un premio. La cuestión es que el movimiento del alfil parecía bueno y, aunque mi tío siempre me aconsejó desconfiar de las jugadas con apariencia ventajosa, en eso cifraba mi esperanza. Esperanza vana, pensaba, porque estaba convencido de que mi tío acabaría viendo la jugada correcta. Pasaban los minutos. El aire fresco entraba por las ventanas abiertas. La luz iluminaba la cara del caballo negro que piafaba impaciente. Eso no vale, pensé, la luz le está indicando el movimiento.

La mano de mi tío se dirigió lentamente al alfil. Mi corazón se oprimió (pensé pedirle una pastilla de esas que él tomaba), se oprimió de pena. Si movía ese alfil se acabaría el torneo y con él nuestra relación. La novela llegaría a la última página. Ya no volvería a ir por la sastrería, ya no volveríamos a jugar él y yo. Una época de mi vida se cerraría. Pensé prevenirlo, pero eso hubiera sido humillante.

Tan lentamente como había tocado el alfil separó su mano su mano susurrando: compongo. En ajedrez existe una regla que obliga a mover la pieza que se ha tocado: pieza tocada, pieza jugada se dice con rima y todo para que se recuerde y no se olvide. Mas cuando una pieza no está situada correctamente en el centro de su escaque se puede corregir su posición diciendo «compongo» para que el contrario sepa que no se tiene intención de jugarla sino de colocarla bien. Aunque realmente no era necesario (no éramos tan quisquillosos), teníamos la costumbre de decir «compongo» cada vez que tocábamos una pieza sin jugarla. Bien. No me defraudes Saturnino. Mira el tablero. El ajedrez, tú me lo has dicho muchas veces, es una forma de mirar.

 Al final movió el alfil. Hicimos rápido las siguientes jugadas. Cuando comprendió su error, agotado, tumbó el rey. Era mejor el caballo, comentó. Yo no dije nada. A las dos semanas murió de un ataque al corazón. Pasó una noche en la UCI delirando. En su delirio hablaba de caballos.

Como la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad, murió sin hacer testamento. Cuando la mujer ya no vive, como era el caso, todo es para los hijos y no hay más que hablar. No les comenté nada a mis primos de nuestro trato ni traté de hacer valer derecho alguno. Me apenaba, eso sí, el hecho de que la muerte prive a un hombre maduro de su voluntad, que lo deje reducido a la categoría de niño pequeño que tiene que pedir permiso para todo. Llevarme su biblioteca, ya que la había ganado, hubiera sido honrar su memoria. No pudo ser. De todas formas no hubiera tenido donde guardarla.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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