Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (40)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago la conversión religiosa de un anciano, las ganas de tener ganas o los fastos funerarios por la reina de Inglaterra.

texto de Tomás Sánchez Santiago · fotografías de Encarna Mozas

La abrumadora tarea del poeta: desacostumbrarse con obstinación de todo lo que le concierne (vida, cuerpo, lenguaje) para hacer de su existencia un asunto siempre inaugural.


Es un anciano que vive en una residencia geriátrica, en un extremo de la ciudad. Frente por frente han abierto una iglesia evangélica. Sin dilación, el hombre no lo ha dudado y se ha convertido de golpe al protestantismo. Escandalizada, su familia se lo recrimina. «Necesitaba tener algún dios cerca, fuese el que fuese», ha dicho él por toda respuesta.

Es necesario, en esta hora, no perderle la cara al mundo ni un solo día. Quien se niega a mirar la realidad con entereza y compasión corre el riesgo de acabar suponiendo que es él quien tiene una vida dramática y, en consecuencia, es el mundo entero quien debe preocuparse de lo suyo y no al revés. Mancharse el vestido de unas gotas de café o perder el autobús adquieren así una dimensión cósmica (o cómica).


Sin mirarnos, sentado al sol como un reptil impasible, el hombre de Montrondo nos habla con palabras inevitables: sequía, fuente, lluvia, manantial… Palabras del agua, que aún no llega. En la voz no hay urgencia sino un desánimo hidráulico, una oración desganada que no está por encima de la indolencia de sus posturas, como si opusiera su estudiada desatención a la necesidad de que llueva. Luego, al hablar de distancias, empleó con naturalidad la palabra leguas. Todo en él lo hacía practicante de la ajenidad, habitante de una realidad inexistente, de un metaverso propio que nadie más conoce. Seguramente ni siquiera él.


Narcisismo digital: me observo cuidadosamente cada mañana la cicatriz en la yema del dedo (me la rebané a lo tonto cortando un limón). O quizás es ella la que me observa a mí. Quién lo sabe. Va presentando diarias variantes en su aspecto. A veces tienden a despegarse de nuevo sus bordes, como unos labios imposibles de sellar del todo; otras veces la piel trata de formar por su cuenta una alfombrilla adiposa que vuelve a querer regenerar todo. En todo caso, mientras esté ella, un malestar dactilar impedirá al tacto llegar con solvencia a las cosas. Así es el cuerpo, que solo se hace visible en sus anomalías por leves que sean. Cuando esto ocurre, estamos deseando que vuelva a adormecerse en el bienestar de la inadvertencia. Como me sucede con esta cicatriz, que se burla de mí sangrando a destiempo o dejando vislumbrar, si la aprieto con saña morbosa, los primeros indicios del mondongo que hay ahí adentro, en las bodegas misteriosas de los dedos. A veces se me figura una pequeña boca voraz que podría agrandarse de repente, engullirme y llevarme a las oscuras avenidas de mi propio interior para encontrarme con el revés de mí mismo.


No digáis de mí que, débil, decliné
los trabajos de mis mayores, y que hui del mar,
de las torres que erigimos y los faros que encendimos
para jugar en casa, como un niño,
que se divierte levantando castillos de papel

(poema de Robert L. Stevenson citado alguna vez por Javier Marías. También él hizo eso en su vida: retirarse de cualquier otra laboriosidad y encerrarse en una casa a inventar la vida con palabras —como quien juega a hacer ensalmos— en la enredadera envolvente de su sintaxis del pensamiento)

Ese filo difuso entre lo servicial y lo servil. Entre finezza y sumisión. Por estas tierras se observa a menudo esa peligrosa identificación en el ramo de la hostelería. Servir, como sinónimo de complacer caprichos instantáneos de alguien a quien no se conoce (pero si se conoce, aún peor), se convierte de repente en una pequeña ceremonia de humillación. «No disponemos de servicio de terraza», se advierte ahora en muchas cafeterías. En el aviso va el gesto económico de ahorrarse camareros pero también eso otro: que el cliente se ocupe de sí mismo, sin obligar a nadie más a servirle. El caso extremo, me cuentan, se da en un bar que ya tiene dispuesto un juego de bayeta y productos de limpieza para que el propio cliente deje la mesa lista tras recoger él mismo la artillería de vasos y tazas del cliente anterior. Y se ha difundido un peu partout —supongamos que es verdad: tiene toda la pinta— el ticket de una cafetería que cobraba un euro por cada paseo del camarero a la mesa. Tres paseos: tres euros. «Sírvase usted mismo», se empezó a leer hace años en los supermercados como pretendido signo de confianza y de libertad a favor de quien entraba allí a comprar. En realidad, se trataba de suplantar a los dependientes, que de esta manera sibilina no eran tan necesarios. Pero hay algo más en ello: no todo es cuestión de comodidad o de ventajismo comercial. Hay un punto de orgullo residual ibérico que aún perdura: ¿quién te crees que eres para que yo te sirva? En la España del XVII se llevaban aquellas gorgueras que evitaban tener que inclinar la cabeza ante alguien. En otro contexto, Theodor Adorno llega más allá: considera que las pantuflas sin talón, para meter los pies sin ayudarse de la mano, componen un símbolo doméstico del odio a inclinarse. En la vida actual esta aversión se manifiesta abiertamente en los oficios que atienden el ocio de los otros. Orgullo y envidia, qué dos pecados de extensión nacional aún tan visibles a la hora del vermú.


Por fin ha llovido, y el color de las cosas ha cambiado. Frente a casa hay aparcado un camión desde anoche. Varios metros de caja (WORKTEAM, se lee aparatosamente en ella) y dieciocho ruedas. Como un gran cetáceo varado, resiste inmóvil bajo la lluvia dejándose mojar en esa inutilidad de lo que de momento solo ocupa sitio, sin más función que esperar enfriándose. Su desmesura quieta, inerte, me acompaña en la mañana como una promesa de que a toda aventura antecede un letargo que ya es parte de ella. Así podría sucederle al creador. Sus parálisis, sus periodos de impotencia contienen larvado el porvenir de algo aún inexistente pero que ya se está gestando en los dominios oscuros de una invisible feracidad, que así se distingue de la mera producción. Porque crear no es hacer. Esa es la clave.


Qué ganas de tener ganas. Entonces, no se ha perdido todo todavía.


La saturación de tatuajes tiene que ver con el culto al cuerpo que tanto se practica en esta época: gimnasios, culturismo, deportes en grado extremo, labores de excavación estética, depilaciones… Lo peor es que esta exhibición corporal puede traer aparejada obligatoriamente la carencia de espíritu. Cuando alguien se emborrona de arriba abajo con todo un mural tatuado o exhibe musculatura feroz o un par de labios neumáticos, parece querernos decir: «Mirad, esto es lo único que poseo pero tengo más que tú». Y apuesto a que a menudo es así.

Cayó la noche hace rato en la ciudad. Bajo los puentes, los nervios del agua dejan una caligrafía de arrugas iluminadas. Ni un alma ya. Todo quietud en la tiniebla de las inmediaciones. Ladridos de latón viejo parecen increpar el único ruido: la algarabía nocturna de los estorninos invisibles en los árboles. Por el camino, la luz de las farolas propone charcos amarillentos que marcan el hilo de la orilla del río. Por ahí, lento y tardío, regreso a casa.


Fastos funerarios en Inglaterra. El mundo entero ve pasear el cadáver transeúnte de una reina. El rigor interpretativo de los centenares de componentes de la función es encomiable. Parece el final fatídico y solemne de una ópera de mucha trompetería. O un ballet de marcados movimientos marciales. Pienso con morbosidad melancólica que todo el atrezzo ha debido de ensayarse cientos de veces en vida de la difunta; tal vez ella misma lo haya visto desde una ventana palaciega y haya preguntado… En todo caso, más allá de la parada funeraria queda al descubierto esa sensación que desea provocarse: la del Poder del que ha sido investida, sin concurso humano aparente, la monarquía. Es lo más parecido a aquellos faraones que provocaban en los súbditos respeto, admiración, miedo y sumisión absoluta. Como ellos, también la reina inglesa negociaba con la eternidad: era la cabeza visible de la Iglesia anglicana. Eso la acercaba más a los dioses y la distanciaba de la vida mortal diaria. Qué paradoja: la monarquía no es real [sic]; es solo un símbolo, una entelequia que permanece impasible —como aquellas divinidades antiguas— ante las pasiones y las vicisitudes humanas, que no parecen afectarle. Ni siquiera se han dado detalles de los últimos días de Isabel, como si la degradación final y la muerte no fuesen con ella. Como todos los símbolos, su efigie acabará por ser pasto de decoración en las tazas de té, en las jarras de cerveza y en las camisetas. Esa será, al cabo, su utilitaria eternidad mercantil.

Cómo me gustaría saber definir lo que veo con tal justeza, con tal precisión que todo pareciera otra cosa.


Verbo olvidar:
qué difícil, a veces,
de conjugar.


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Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

1 comment on “Los cuadernos pálidos (40)

  1. «Cómo me gustaría saber definir lo que veo con tal justeza, con tal precisión que todo pareciera otra cosa.» Pero sin dejar de ser lo que es, pues todo es siempre más de lo que es. Ahí la poesía.

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