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Diez «llagas» de la Santa Iglesia, hoy

Luis Regueiro, sacerdote progresista e historiador, adepto al movimiento sinodal, enumera los problemas que aquejan hoy a la Iglesia católica.

/ por Luis Pose Regueiro /

Artículo originalmente publicado en Religión Digital el 29 de diciembre de 2022

Soy sacerdote católico e historiador de la Iglesia, con mente abierta, y deseo de que esta familia cristiana sea realmente más fiel a Jesús en el tiempo que nos toca vivir. Soy consciente de los fallos humanos de la institución de ayer y de hoy, y por supuesto de los míos propios, lo cual me hace mirar la historia con humildad y a veces con decepción e incluso con vergüenza propia y ajena, pero sin renunciar también a la belleza y al bien hecho, ni a la esperanza de que podamos aprender y mejorar (con la ayuda de Dios, claro).

Me crean o no, lo que me mueve a expresar la siguiente reflexión no es el afán de protagonismo ni la búsqueda de lío, sino simplemente expresar en conciencia lo que llevo dentro, porque creo que es muy importante que lo hablemos entre tod@s con sinceridad y sin miedo, y tengo la sensación de que escondemos y silenciamos muchas opiniones similares, barriendo para debajo de la alfombra y haciendo como si no pasara nada, o convencidos de estar en el buen camino aun viendo el precipicio delante. El movimiento sinodal nos anima a hablar, y no como una «caja de Pandora» (aunque muchos opinen así), sino como una oportunidad para buscar al Espíritu también en el sensus fidelium; en la fe del pueblo, en marcha, hoy.

Echemos un pequeño vistazo a la maestra historia.

En 1830, con las revoluciones liberales de París y Bélgica, también en la Iglesia se empezaron a manifestar católicos a favor de la convivencia democrática y la separación entre la Iglesia y el Estado, que favoreciera una libertad religiosa más auténtica y evangélica. Personajes destacables en este sentido fueron Lamennais, Lacordaire y Montalembert, que con su periódico L’Avenir comenzaron en ese mismo año a hacer oír una voz diferente en la Iglesia. Fueron increpados por algunos obispos y se acercaron a Roma para dialogar con el propio Papa Gregorio XVI, que, en lugar de prestarse a conversar, publicó en 1832 la encíclica Mirari Vos condenando el liberalismo, tanto político como eclesial (condena que después se agrandará en la segunda mitad del siglo).

Unos meses después, aún en 1832, Antonio Rosmini, un sacerdote italiano de gran talla intelectual y espiritual, escribió el libro Delle cinque piaghe della Santa Chiesa, que no publicaría hasta 1848. Rosmini, en un principio, gozó de la protección del ya entonces Papa Pío IX, pero este, al año siguiente, cambiaría de parecer con respecto al movimiento liberal tras la revuelta republicana en Roma, condenando después con dureza las tendencias modernistas (encíclica Quanta Cura de 1864, con el anexo Syllabus). El libro de Rosmini fue prohibido ya desde 1849, y algunas de sus afirmaciones condenadas; pero en 2001 fue rehabilitada su memoria, e incluso en 2007 fue proclamado beato por el Papa Benedicto XVI.

Y bien, ¿qué decía Rosmini en ese polémico libro? Pues básicamente exponía con dolor, pero con amor a la Iglesia, cinco «llagas» que veía en aquel momento como los principales problemas «sangrantes» de este Cuerpo de Cristo. ¿Y cuáles eran estas «llagas»? Resumiendo mucho (se invita a los lectores a profundizar buscando su libro):

  • El distanciamiento entre el clero y el pueblo (en la vida y en la liturgia).
  • La poca formación cultural y espiritual del clero en general.
  • Las discrepancias y desunión entre los obispos.
  • La intromisión política en el nombramiento de los obispos.
  • La riqueza acumulada por la Iglesia.

Vamos ahora a dar un salto hasta hoy, y no seré el primero que hace una analogía entre aquella profética reflexión de Rosmini y el momento actual. ¿También hoy la Iglesia se encuentra en una difícil encrucijada, con «llagas sangrantes» que curar? Pues creo que es evidente que sí, aunque no coincidamos todos en su identificación, priorización, ni posibles remedios. Sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo, pero, como dije, me siento en la obligación moral de ser sincero y compartir mi opinión al respecto, sin querer ofender a nadie ni provocar ningún cisma sino con amor fraterno a esta Iglesia a la que pertenezco, y que pienso que debería superar inmovilismos que obstaculizan la recepción y vivencia del mensaje evangélico hoy.

No se trata de ir contra la tradición, ni de acomodarse a los tiempos porque sí o por quedar bien con la sociedad actual, sino de replantearse en serio la Encarnación, que ocurrió hace ya unos dos mil años, pero sigue acompañando a la humanidad en su ritmo y circunstancias, con sus avances, baches y retrocesos. Como dijo el mismo Jesús: «Mucho tengo aún que deciros, pero no podéis con ello ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16,12-13).

Entonces, en mi humilde parecer, lejos de la talla de Rosmini, ¿cuáles creo yo que son esas «llagas» de la Iglesia de hoy? Algunas aún coincidentes con las de entonces, y otras nuevas. Voy a concretarlas y resumirlas en estas diez, que no tienen por qué ir en este orden; y ojo, no digo que ocupen todo el panorama eclesial, y claro que hay muchas cosas buenas a destacar también, pero aquí hablo de las «llagas»:

1) El tradicionalismo y el individualismo. Ante una situación decadente y complicada, de incertezas, a menudo unos tienden a refugiarse anacrónicamente en la seguridad «de lo de antes», y otros a aislarse para hacer lo que cada uno considere al margen del resto; creo que debemos buscar un camino lo más común posible, siguiendo el sabio dicho: «unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, y caridad en todo».

2) El clericalismo. El poder de los sacerdotes y de los obispos sigue siendo a menudo excesivo y distanciador (al menos muchos se lo creen y así lo practican), de manera que las comunidades cristianas y diócesis dependen demasiado del variable jerarca del momento, con poca voz real ante su mando o apatía. Creo necesaria una verdadera sinodalidad corresponsable que nos movilice a tod@s.

3) Las riquezas y bienes acumulados. A veces todavía se ven comportamientos economicistas por parte de pastores que sostienen una especie de mercado de sacramentos. Y sí: hacen falta templos y recursos para la misión, pero ¿tantos? ¿No serán una trampa que nos consume demasiado tiempo y preocupaciones? Creo que necesitamos buscar maneras dignas de austeridad, desprendimiento y caridad.

4) El etnocentrismo. A menudo la Iglesia sigue siendo muy romanocéntrica, y ay del que se salga del tiesto centralizador. Creo que la encarnación del mensaje de Jesús en las culturas aún tiene mucho por hacer y aportar, en los lugares concretos y en el panorama mundial.

5) El machismo. Jesús escogió 12 hombres en aquel momento histórico, pero ¿alguien duda de que hoy escogería también mujeres para representarlo sacramentalmente? San Pablo prohibía enseñar a las mujeres entonces, pero ¿también lo haría hoy? Creo que las mujeres que se sientan llamadas a este servicio también deberían poder recibir el sacerdocio ministerial (y no lo digo por problema de número de ministros, sino por convicción humano-teológica).

6) El celibato obligatorio. Ciertamente es una llamada digna y admirable la del celibato, tanto como la de unirse para formar una nueva familia propia; ambas requieren amor, sacrificio y dedicación (no sé cuál más…), y creo que hombres y mujeres célibes o casad@s podrían ejercer el sacerdocio ministerial en la comunidad, enriqueciéndola desde sus carismas (y de nuevo, la motivación para mí no es la escasez).

7) La visión reduccionista de la sexualidad. La doctrina oficial al menos ya defiende que el sexo no es solamente para la procreación y admite la p/maternidad responsable, pero no los métodos anticonceptivos artificiales, ni el sexo prematrimonial. Creo que lo primero es una incoherencia (si se admite la actitud, ¿por qué no admitir una ayuda artificial?), y lo segundo una ingenuidad (ya no solo por incumplible, sino por desconocer la importancia del sexo en la comunicación y vida de una pareja).

8) La homofobia. Se va mejorando un poco (al menos públicamente) ante la visión negativa y denigrante de la homosexualidad —que no es una enfermedad ni un capricho—, pero sigue sin aceptarse que sea una manera digna de personas que se aman en conciencia; y creo que eso es lo verdaderamente importante y lo que Dios nos pide: que las personas amen como lo sientan en conciencia. Por tanto, creo que también las parejas homosexuales maduras deberían poder recibir la bendición de la Iglesia; y por supuesto, que l@s que se sientan llamados al servicio sacerdotal lo pudieran también recibir (y no seamos hipócritas: ya hay muchos sacerdotes homosexuales, y no deberían sentirse humillados ni contradictorios por ello).

9) Los abusos sexuales y su encubrimiento. Ambos errores terribles… Aquel, fruto de una sexualidad mal integrada, y este, fruto del miedo al escándalo. Ciertamente no es una lacra ni mucho menos mayoritaria, pero sí más común de lo que se pensaba; y también es verdad que se debe tratar con prudencia y discreción por respeto a las propias víctimas y a la presunción de inocencia, pero no sin justicia y audacia. Creo que se debe cuidar la maduración humano-sexual con más naturalidad, y ser más cuidadosos en la prevención de abusos (sin caer tampoco en distanciamientos obsesivos); y por supuesto, afrontar los problemas con diálogo sincero y medidas responsables.

10) El ritualismo vacío y la espiritualidad débil. Las celebraciones comunitarias son de los principales alimentos espirituales del cristiano, que lo deben llevar a vivir la fe en su vida cotidiana (oración, caridad, etcétera); pero a menudo da la sensación de que dichas celebraciones se quedan en un escaso cumplimiento rutinario y poco enriquecedor. Creo que necesitamos replantearnos una liturgia y una formación más vivenciales.

Evidentemente, estas ideas requieren más desarrollo, fundamentación y debate; pero al menos creo que es necesario ponerlas sobre la mesa y afrontarlas, con calma y con caridad, pero también con audacia.

Sé que diciendo estas cosas me expongo a una reprimenda de mis superiores, o al rechazo e incomprensión de algunos compañeros sacerdotes y cristianos de a pie; y seguramente los insultos de algún comentarista con poca argumentación y mucho odio (sí, también hay haters que se dicen cristianos). Pero siento que debo hacerlo por honestidad y asumir las consecuencias. Probablemente algunos incluso me dirán que me estoy poniendo fuera de la Iglesia con estas ideas, cosa que niego rotundamente: en las familias se puede discrepar respetuosamente, sin que eso nos tenga que separar (y tampoco estoy cuestionando ningún dogma del Credo ni cosas esenciales). Pero también sé que no son pocos cristianos los que comparten en conciencia muchas de las cosas que dije aquí, y creo que sería justo y necesario saber de verdad cuántos piensan de esta manera o de otras; tal vez es el momento de posicionarse y hacerse oír… Si no, ¿cuándo?

Me parece que el camino sinodal en Alemania —tan discutido por algunos— es un claro y valiente signo de que la mayoría del pueblo de Dios quiere hablar con libertad y audacia sobre estas cosas tan importantes y cruciales. Negar y vetar este diálogo sería un error fatal para la Iglesia, y no solamente por la enorme pérdida social que sufrirá (y que ya está sufriendo por no afrontarlo), sino porque sería «aferrarse a tradiciones humanas dejando el mandato de Dios» (Mc 7,8), que es ayudar a la gente a conocer y a entrar en su Reino. Me duele ver lo difícil que a veces se lo ponemos al Espíritu (y de nuevo me incluyo asumiendo mi debilidad); no vaya a ser que también nosotros le fallemos de manera tenga que buscar otros «labradores para la viña» (Mt 21,43)…


Luis Pose Regueiro (Nigrán [Galicia], 1979) es sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo, ordenado en 2005. Ha sido párroco en las zonas de Crecente, Ponteareas y Salvaterra y profesor de religión en los institutos públicos de A Cañiza. Es licenciado en filosofía y teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, y en historia de la Iglesia por la Pontificia Università Gregoriana de Roma. Es autor del libro Cristóbal Colón: primer evangelizador de América, refacción de su tesina licenciatura.

2 comments on “Diez «llagas» de la Santa Iglesia, hoy

  1. Creo que tiene mucha razón

  2. Agustín Villalba

    De las 10 llagas, 5 tienen que ver con la sexualidad (5 a 9), 3 con el ejercicio del poder (2, 3, 4) y 2 (1 y 10) son la consecuencia inevitable del desgaste que produce la confrontación con la realidad de toda institución. Hechos todos ellos secundarios a la hora de juzgar una espiritualidad (aunque en el fondo sean la consecuencia directa de un desvío de la verdadera espiritualidad íntima hacia problemas exteriores a ella).

    Para mí todas esas llagas tienen poco que ver con el verdadero problema del cristianismo, que es el alejamiento del mensaje que contienen los Evangelios. Desde hace 2000 años la Iglesia no hace más que alejarse de él (acercándose además a formas de Poder que practican con frecuencia lo contrario de lo que Jesucristo predicaba). Basta leer el Nuevo Testamento o a los místicos cristianos (el Maestro Eckhart, Ruysbroeck, San Juan de la Cruz, Jakob Böhme o Miguel de Molinos – entre muchos otros) y luego un Manual de teología cristiana o una Enciclopedia teológica (como la del Abbé Migne que tiene 168 volúmenes), o la «Summa theologica» de Santo Tomás de Aquino, para darse cuenta de que la distancia entre ambos mensajes es gigantesca. Por un lado un mensaje espiritual tan revolucionario como el del Cristo (de ahí que tantos místicos hayan conocido la cárcel y algunos la hoguera) y por el otro una traducción de ese mensaje a inventos teológicos con frecuencia delirantes, mucho más filosóficos, políticos, sociológicos o incluso económicos que espirituales. Por un lado la invitación a una espiritualidad íntima, a una relación mística con Dios (semejante en todas las religiones – por esos todos los místicos, que sean cristianos, musulmanes – los sufís -, budistas, hindúes o incluso animistas, dicen las mismas cosas) y por el otro la politización e institucionalización del mensaje central de Jesús que tan bien resumió San Agustín: «Ama y haz lo que quieras».

    De ahí que para mí la decadencia y la desaparición de las religiones institucionales en general y del cristianismo en particular sean ineluctables. Alguien como yo, nacido en una familia católica practicante, que estudió con los jesuitas y a quien la espiritualidad siempre interesó mucho, jamás volverá a la práctica católica, por mucho que las 10 plagas diagnosticadas fuesen milagrosamente corregidas. La espiritualidad, necesaria al desarrollo y el equilibrio de la personalidad humana, seguirá existiendo. Las teologías, como todo lo falso, acabarán en el cementerio de los dogmatismos y de las ideologías.

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