La verdad del cuentista

Noticias de ayer

Antonio Monterrubio escribe sobre la diferencia abismal de trato hacia privilegiados y subordinados durante el Siglo de Oro español, a partir de la lectura de algunos libros de José Deleito y Piñuela.

/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /

Dejando aparte a los nostálgicos del «por el Imperio hacia Dios», que no son pocos, existiría hoy un amplio consenso sobre las abismales diferencias de trato que poderes públicos y privados reservaban a privilegiados y subordinados en el Siglo de Oro español. Veamos algún caso en el que intervienen el poder judicial y ese embrión de cuarto poder que suponían los Avisos y Noticias de la época. En aquellos duros y oscuros, mal que les pese a algunos, tiempos del Antiguo Régimen, actores y sobre todo actrices eran objeto de desprecio y escarnio. No como ahora, cuando a nadie se le ocurriría motejarlos de saltimbanquis y titiriteros en cuanto abren la boca para algo distinto de alabar el orden imperante. Y menos aún acusarlos de ser truhanes, trapisondistas y vividores.

Pero abandonemos la ciencia-ficción y volvamos a la historia. En los Avisos de Pellicer del 25 de agosto de 1643, podía leerse: «De Valencia han avisado que allí degollaron a Íñigo de Velasco, un comediante de opinión, porque, olvidado de la humildad de su oficio, galanteaba con el despejo que pudiera cualquier caballero» (cit. en Deleito y Piñuela: También se divierte el pueblo). Es difícil dejar más claro en menos palabras que no importa el hecho en sí, sino la calidad de quien lo lleva a cabo. El pobre cómico probablemente aspiró a recabar los favores de alguna dama de alcurnia, lo cual terminó por costarle el cuello. Muy diversa habría sido su suerte de tratarse de un hidalgo, los cuales disponían de permiso especial para ligar, siempre y cuando no picaran demasiado alto.

Leamos otro Aviso, esta vez de Barrionuevo, fechado el 7 de noviembre de 1657. «Estaban el marqués de Almazán y el conde de Monterrey juntos viendo una comedia. Antojóseles una comediante […]. Asieron de ella sus criados, y así como estaba la metieron en un coche […]. Siguióla su marido, dando, sin por qué, muestras de honrado […]. No se la volvieron […] hasta echar a la olla las especias. […]. Contentarán al marido, con que habrá de callar y acomodarse […] como hacen todos» (ibídem). He aquí dos piezas que dan elocuente testimonio de la ecuanimidad periodística reinante en aquella sociedad estamental.

Ni que decir tiene que de los degolladores del cómico Casanova y los violadores de Isabel de Gálvez nunca más se supo. Como el propio Deleito y Piñuela explica en otro libro, en los siglos XVI y XVII «los funcionarios de la justicia, desde los más altos a los más bajos, lejos de aplicar esta rectamente, daban ejemplo funestísimo de incumplimiento de su deber, cuando no de venalidad frecuente. […] magistrados y alguaciles […] formaban la picaresca judicial» (La mala vida en la España de Felipe IV). El autor se refiere a las dos centurias citadas por ser el objeto de sus estudios, no porque tan infames prácticas se detuvieran ahí. Pero ahora que somos tan demócratas, constitucionalistas y buena gente en general, seguro que estas taras de otro tiempo ya no son de recibo ni están de moda. Con las normas de convivencia esas que nos hemos dado entre todos, no queda espacio para los malos usos y costumbres de épocas pretéritas. Los hábitos nefastos del poder judicial y mediático han periclitado sin vuelta atrás. Vaya, creo que nos hemos deslizado otra vez hacia el reino de la ciencia-ficción.

Un aire de familia une prácticas poco honorables de antaño y de hogaño. La ley del embudo con coberturas ideológicas variadas ha resistido bien el paso de los siglos. «La ley es tela de araña / […] / Hay muchos que son dotores / y de su cencia no dudo. / Mas yo soy un negro rudo / y, aunque de esto poco entiendo, / estoy diariamente viendo / que aplican la del embudo» (José Hernández: Martín Fierro). Se han afinado los mecanismos de normalización, las técnicas diseñadas para conseguir que el grueso de la población se conforme a y con unas reglas dictadas en beneficio de pocos y en detrimento de muchos. La tecnología de fabricación de la resignación propia de tiempos preindustriales ha sido sustituida por la del consentimiento, infinitamente más eficaz. Antes el orden existente se pregonaba como natural e inalterable, en última instancia establecido y querido por Dios y por tanto inapelable e inamovible. Si ya era difícil presentar reclamaciones al maestro armero, hacerlo al Creador se antojaba fuera del alcance de los límites humanos. Hoy, en cambio, reina gracias al olvido permanente. Se publicita y se vende como fruto de consensos y acuerdos entre y para todos, aunque nadie sepa cómo, cuándo ni dónde hemos dado nuestra aquiescencia a unas reglas del juego cuyo desequilibrio es notable. Pero en aquellos tiempos imperiales, las cosas podían torcerse incluso para los miembros de las élites.

La noticia del atentado recorrió Madrid cual reguero de pólvora. Autoridades y pueblo llano se mostraban compungidos y consternados. Todos se hacían cruces sobre cómo había llegado a producirse un suceso de tal magnitud en la mismísima capital. El alevoso crimen había tenido lugar en pleno corazón de la urbe. El arma atravesó un brazo, taladró el pecho, fracturó dos costillas y dejó a la víctima muerta al instante. El autor se escabulló entre la multitud, probablemente ayudado por un séquito de cómplices que favoreció su huida. Así fue asesinado, en la noche del 21 de agosto de 1622, el conde de Villamediana, correo mayor del reino, prócer arrogante, gran satírico y poeta de mérito. Aunque los hechos nunca fueron del todo esclarecidos, «la pública voz le acusaba de haber osado poner su amoroso pensamiento en una belleza augusta, que había de serle fatal» (Deleito: El rey se divierte).

El conde se había granjeado numerosos enemigos a lo largo de su carrera. Ahí estaban los damnificados por sus despiadadas sátiras o por sus amoríos adúlteros. Se ha hablado también de disputas familiares y turbios asuntos de dinero. Incluso de su presunta implicación en un ruidoso proceso acerca del pecado nefando. Pero muchos sospechaban que la causa era una supuesta inclinación por la esposa de Felipe IV, Isabel de Borbón, hija del rey de Francia Enrique IV, mujer celebrada por su belleza e ingenio. En su pieza La gloria de Niquea, escrita con ocasión del cumpleaños del monarca, ella era la reina de la hermosura. Al final del primer acto de la siguiente obra, el teatro de Aranjuez se incendió y Villamediana sacó en brazos a la soberana. A los hechos se fueron añadiendo anécdotas en las que es difícil espigar la parte de verdad y la que es fruto del imaginario popular. Se dice que la reina, encantada con sus proezas en la fiesta de cañas, le comentó al rey: «Qué bien pica el conde», a lo cual este habría replicado: «Pica bien, pero muy alto». Dado lo que sabemos de su personalidad, esta muestra de agudeza se antoja excesiva. Anotemos de paso que su libertinaje y larga lista de queridas, entre las que destaca la insigne actriz María Inés Calderón, apodada la Calderona, eran harto conocidos de nobles y plebeyos.

Otro de los chismes sobre el conde sostenía que en otra ocasión, se presentó con una divisa constituida por reales de plata presididos por el lema «Estos son mis amores». Si se hubiera tratado de alguno de nuestros personajes públicos y publicantes, sería fácil deducir que se refería a su querencia por el vil metal. En cambio, a tenor de los antecedentes, parece bastante claro que debía leerse «Mis amores son reales», y no solamente en el sentido de que fueran ciertos. Se llegó a afirmar que él mismo había prendido fuego al teatro para salvar a la reina. Se funden leyenda y realidad, pero detrás del asesinato los más vieron manos de alta alcurnia. Las coplas de la época señalaban sin ambages que el conde había sido apuñalado por impulso soberano.

Por supuesto el horrendo crimen quedó completamente impune. Como escribió Góngora, gran amigo del finado, «la Justicia va procediendo con exterioridades, mas tenga Dios en el cielo al desdichado, que dudo procedan a más averiguación». Y en efecto, se cumplió punto por punto el programa de ocultación y olvido que las cloacas de los Austrias elaboraron minuciosamente. «No hay nada nuevo bajo el sol», dice Qohelet.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.

1 comment on “Noticias de ayer

  1. Agustín Villalba

    Extraño artículo, que trata al principio de la maldad de los nobles españoles en el siglo XVII, luego denuncia “las técnicas diseñadas para conseguir que el grueso de la población se conforme a y con unas reglas dictadas en beneficio de pocos y en detrimento de muchos” y acaba contándonos el asesinato del Conde de Villamediana, sin que logremos ver cuál es el hilo conductor de todo el texto (aparte que los ricos son muy malos, que parece ser la idea fija y única del autor en todos los artículos que publica en este sitio).

    Sobre el hecho de que “la tecnología de fabricación de la resignación propia de tiempos preindustriales” haya sido “sustituida por la del consentimiento”, me permito recomendar al sr. Monterrubio el “Discours de la servitude volontaire” escrito por Étienne de La Boétie (1530-1563), a los 18 años y publicado por su amigo íntimo Montaigne 24 años más tarde, en 1572, es decir… ¡ en pleno siglo XVI !

    PS. “Las coplas de la época señalaban sin ambages que el conde había sido apuñalado por impulso soberano.”

    El conde no fue asesinado con un puñal sino con un “instrumento” mucho más potente, una ballesta probablemente:

    “Yendo el Conde al otro estribo recostado, le embistió un hombre y le tiró un solo golpe, mas tan grande que arrebatándole la manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y corazón y fue a salir a las espaldas. Juzgaron muchos haber sido hecha con arma artificiosa, para desplazar cualquier defensa”.
    (El historiador Gonzalo de Céspedes, en 1631).

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